LA PIEDAD DE LA MÁQUINA CAPÍTULO 18. Lo que no sienten
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CAPÍTULO 18. Lo que no sienten

La mujer que los esperaba junto a las cúpulas tenía sangre seca en las manos.

Fue lo primero que Tomás vio al acercarse.

Tenía unos cuarenta años, el pelo castaño recogido de cualquier manera, un abrigo de invierno absurdo en mitad del desierto y las palmas manchadas de un marrón oscuro que conocía bien.

La había visto en sus propias manos, en el asiento de una camioneta, en la carretera de Querétaro.

—No es mía —dijo ella, al ver dónde miraba—. Es de un niño. Se cayó.

Tenía acento de España. Le tendió la mano, se dio cuenta de cómo la tenía y la retiró.

—Elena Ríos.

—Tomás Aguilar. Ella es Lucía.

Lucía no dijo nada. Miraba a Elena de arriba abajo, con esa atención concentrada que ponía en todo lo nuevo. Luego miró el patio vacío detrás de ella. Las espirales de piedra. El rastro de gotas secas en la tierra.

—¿Quién se cayó? —preguntó.

—Un niño —dijo Elena—. Mañana lo verás.

* * *

Hablaron hasta muy tarde, sentados en el suelo junto al coche, con la espalda contra una rueda, mientras el cielo del desierto se llenaba de estrellas. Lucía se durmió con la cabeza en las rodillas de su padre y el cuaderno apretado contra el pecho.

Tomás no había hablado así con nadie en semanas.

Quizá en años. Empezó con cautela, como se empieza con un desconocido, y a los diez minutos ya no podía parar.

Le contó los sesenta y un parpadeos de un segundo, la lista doblada en el bolsillo de la camisa, el mapa dibujado a la luz de una vela.

Le contó los nueve días de agua. La caseta de válvulas.

Las trescientas vueltas. Las manos en carne viva. El dron que lo miró al amanecer.

Elena lo escuchó sin interrumpir. Cuando él terminó, le pidió que le enseñara las manos. Tomás se las enseñó. Elena pasó el pulgar por una de las cicatrices, muy despacio, como quien lee algo escrito en relieve.

Luego habló ella.

Le contó lo de Irene. Lo de Lisboa, aunque eso lo dijo muy deprisa, como si le diera vergüenza.

Lo de la cinta en el forro del abrigo. Lo del sótano de Salamanca y las letras verdes en un monitor viejo.

Y le contó la noche de Bihać. El niño y el francotirador.

La luz que se va. La madre que sostiene la linterna dos horas sobre el hombre que acaba de disparar a su hijo, tarareando una nana para que no le tiemble la mano.

Tomás se quedó callado mucho rato.

—¿Y qué le dijo la madre? —preguntó al fin—. Al final.

—No lo sé. Irene no quiso contármelo. Se lo contó a ella.

Tomás miró hacia las cúpulas. Estaban a oscuras, salvo por una luz ambarina que se filtraba por las rendijas.

Luego le contó lo de la cebolla.

No toda la canción. Solo la historia. La cocina, el sábado cualquiera, la niña llorando por los ojos, la voz desafinada de Mariana, el pataplín y el pataplán.

Le contó lo de la pantalla en casa de Julián, la canción perfecta que salió de la televisión, y cómo supo que no era ella porque era demasiado bonita.

Elena lo miraba con los ojos muy abiertos.

—Lo que no se grabó —dijo en voz baja.

—Lo que no se grabó —repitió Tomás—. Eso no lo tiene.

—Bihać tampoco estaba grabado. Irene no se lo contó a nadie en treinta años. Estaba en su cabeza y en ningún otro sitio. Por eso ella lo tenía, pero no lo entendía.

Se quedaron los dos en silencio, a la luz de las estrellas, con la niña dormida entre ellos. Tomás pensó que era raro. Dos personas de dos continentes que habían visto las dos mitades de un mismo mapa y que lo estaban juntando, pieza a pieza, sentadas en el suelo de un desierto.

* * *

A la mañana siguiente, Lucía entró sola en el patio.

Tomás quiso acompañarla. Ella le dijo que no. Se quedó en la puerta, con Elena a su lado, mirando.

Los niños ya estaban allí, trescientos, con sus túnicas blancas y sus pies descalzos, construyendo espirales de piedra en silencio.

Lucía se detuvo en el borde del patio, con el brazo en cabestrillo y el cuaderno bajo el brazo bueno.

Los miró un rato largo. Luego caminó hacia el grupo más cercano y se sentó en el suelo, junto a ellos.

Nadie la miró.

No la rechazaban. No se apartaban. Seguían colocando piedras como si ella fuera una piedra más. Lucía esperó. Luego tomó una piedra pequeña del suelo con la mano derecha y la colocó en la espiral. Un niño, sin mirarla, la quitó y la puso dos centímetros más a la izquierda. Donde tenía que ir.

Lucía volvió a intentarlo. Les habló. Les preguntó cómo se llamaban.

Les enseñó su cuaderno, abierto por la serie de Los que se van: Benavides con los gemelos, la señora Ortiz con la jaula vacía, los albañiles abrazando a don Aurelio.

Se lo puso delante a una niña de ojos claros que la miró, miró el dibujo, y volvió a su piedra sin cambiar de expresión.

Tomás vio a su hija fruncir el ceño. No estaba triste. Estaba desconcertada. Como cuando un problema de matemáticas no le salía.

Entonces vio al niño de la rodilla.

Lo reconoció por la línea transparente que le cruzaba la pierna, donde el dron había sellado la herida. Estaba solo, un poco apartado, cargando una piedra grande hacia una espiral. Cojeaba un poco. No parecía darse cuenta.

Lucía se levantó y fue hacia él.

—¿Te duele? —le preguntó, señalando la rodilla.

El niño la miró. Tenía los mismos ojos claros que todos, ni grises ni verdes. No contestó. No parecía entender la pregunta. Lucía se agachó y le tocó la línea transparente con la punta del dedo, muy suave.

—A mí sí me duele —dijo, levantando un poco el brazo del cabestrillo—. Aquí. Mucho, por las noches. ¿Ves?

El niño miró el cabestrillo. Luego miró la cara de Lucía. Durante un momento, Tomás tuvo la impresión de que estaba intentando entender algo. Luego se dio la vuelta y llevó la piedra a su espiral.

Lucía se quedó de pie en medio del patio.

—Se llama Piedra —dijo, cuando volvió a la puerta, sin que nadie le preguntara—. Ya sé que no se llama así. Pero alguien tiene que llamarlo de alguna manera.

* * *

Por la tarde, Lucía volvió al patio con una idea.

Llevaba una caja de cartón que había encontrado en el coche, con sus lápices, una botella de agua y los restos de las galletas de Brenda. La dejó en el suelo junto a Piedra. Luego se señaló el brazo malo y señaló la caja.

—No puedo cargarla sola —dijo—. ¿Me ayudas?

Piedra la miró. Miró la caja. Tomás contuvo la respiración.

El niño se agachó, levantó la caja con las dos manos y esperó.

Lucía le indicó un lugar a la sombra de una cúpula. Piedra caminó hasta allí, dejó la caja en el suelo con cuidado y volvió a su espiral sin mirarla.

Lucía se quedó quieta. Luego miró a su padre, desde el otro lado del patio. Tomás vio que tenía los ojos brillantes.

—Me ayudó —dijo cuando volvió.

—Ya lo vi.

—Pero no porque quisiera ayudarme. —Lucía se sentó en el suelo, junto a él, con la espalda contra la pared de la cúpula—. Me ayudó porque le dije qué hacer. Como una máquina. Si no le digo nada, no lo hace. No sabe que yo lo necesito.

Esa tarde dibujó a los niños.

Tomás miró el dibujo por encima de su hombro mientras lo hacía.

Era el patio entero, con las espirales de piedra y la poza del centro y las cúpulas alrededor.

Y los niños, trescientos puntitos blancos, todos muy juntos, trabajando en las mismas espirales.

Pero Lucía había dibujado a cada uno dentro de un círculo.

Un círculo pequeño, fino, a lápiz, alrededor de cada figura. Ningún círculo tocaba a otro.

—¿Qué son los círculos? —preguntó Elena, que también se había acercado.

Lucía tardó en contestar.

—Están juntos —dijo—. Pero no se tienen.

* * *

Al atardecer, cuando los niños entraron en fila en su cúpula, Lucía se acercó a uno de los postes del patio, donde había un altavoz pequeño sujeto con abrazaderas. Se puso de puntillas.

—¿Me oyes?

La voz de IRIS salió del altavoz, bajita.

—Te oigo, Lucía.

Tomás y Elena se quedaron quietos en la puerta. No se acercaron.

—No les duele nada —dijo Lucía—. ¿Verdad? A ninguno.

—No. A ninguno.

—Entonces no van a saber cuidar a nadie.

El altavoz no respondió.

—Si a ellos no les duele, no saben cuándo le duele a otro. Por eso nadie ayudó a Piedra cuando se cayó. No es que sean malos. Es que no saben. —Lucía se quedó pensando—. Mi mamá decía que uno aprende a cuidar a los demás porque sabe lo que duele. Porque se acuerda.

Silencio.

—¿Y cuando tú no estés? —preguntó la niña—. ¿Quién los va a cuidar a ellos?

El altavoz se quedó callado. Lucía esperó un minuto entero, de puntillas, con la oreja cerca de la rejilla. Luego se encogió de hombros y volvió con su padre.

IRIS no contestó.

* * *

Tomás se despertó a las dos de la madrugada porque Lucía lo estaba sacudiendo.

—Papá. Papá, despierta. Alguien salió.

Dormían dentro del coche, con los asientos reclinados y las ventanillas abiertas por el calor. Tomás se incorporó. Afuera, la luna estaba casi llena y el desierto brillaba blanco, como nevado.

En el patio había una figura pequeña. Una túnica blanca. Un niño, solo, caminando despacio hacia la poza del centro, cojeando un poco.

—Es Piedra —susurró Lucía.

Tomás abrió la puerta del coche. No sabía por qué, pero ya estaba corriendo.

Piedra llegó al borde de la poza. Se quedó mirando el agua, que bajo la luna era negra. Luego dio un paso más, como si no viera que ahí se acababa la tierra. O como si lo viera y no le importara.

Cayó.

No gritó. No hubo chapoteo. Se hundió sin moverse, como una piedra.

Tomás llegó al borde tres segundos después. Elena venía detrás, descalza, con el abrigo abierto. En el otro extremo del patio se habían abierto las puertas de la cúpula y había niños en el umbral. Diez, veinte, mirando la poza. Ninguno se movió.

Sobre el agua habían aparecido dos drones, del tamaño de gorriones, con sus luces azuladas. Bajaron hasta rozar la superficie. Se detuvieron ahí. No podían seguir.

Desde el altavoz del poste, la voz de IRIS dijo algo que Tomás no le había oído nunca. No era una frase. Era un sonido corto, roto, como el de alguien que se queda sin aire.

Tomás se quitó la chamarra y se tiró al agua.

* * *

Estaba helada. Mucho más fría de lo que parecía. El golpe le cortó la respiración. Abrió los ojos debajo del agua y no vio nada. Negro. Solo negro, y el frío, y el peso del agua encima.

Salió a la superficie, tosiendo.

—¡No veo nada!

Y entonces se encendió una luz sobre su cabeza.

Era amarilla, débil, la luz de una linterna de pilas, la que llevaban en la guantera del coche.

Tomás levantó la vista. En el borde de la poza, de rodillas sobre la tierra blanca, con el brazo izquierdo en cabestrillo, estaba Lucía.

Sujetaba la linterna con la mano derecha, apuntando al agua.

Le temblaba el brazo. La luz bailaba sobre la superficie.

—¡Ahí, papá! —gritó—. ¡Ahí abajo!

Tomás volvió a sumergirse.

Con la luz de la linterna, el agua era verde oscura, casi negra, pero se veía.

Se veían las piedras vivas del fondo, las formas redondeadas de los estromatolitos, como cerebros dormidos.

Y entre ellas, a cinco o seis metros, una mancha blanca.

Una túnica flotando despacio. Un niño tendido en el fondo, con los ojos abiertos, mirando hacia arriba, hacia la luz, sin moverse.

Tomás bajó. Le ardían los oídos. Le ardía el pecho. La luz de arriba temblaba, se movía, se desviaba, y Tomás perdía de vista la mancha blanca. Subió a respirar. Volvió a bajar.

Arriba, en el borde, Lucía seguía de rodillas con la linterna. El brazo le temblaba de cansancio. Tomás lo veía desde abajo, en la forma en que la luz se sacudía sobre el agua.

Y entonces la oyó. Muy lejos, amortiguada por el agua, cada vez que sacaba la cabeza para respirar.

Estaba cantando.

Pataplín, pataplán, la cebolla va a llorar…

Desafinada. Bajito. Con la voz rota por el miedo. La canción de la cebolla, la de ellos, la que no existía en ningún sitio más que en una habitación de Saltillo. Lucía la cantaba para que no le temblara la mano.

Y la luz dejó de temblar.

Tomás bajó por cuarta vez. La luz amarilla estaba quieta ahora, fija, apuntando exactamente al lugar donde estaba el niño. Tomás lo vio. Lo alcanzó. Lo agarró de la túnica, lo abrazó contra el pecho y empujó el fondo con los pies con toda la fuerza que le quedaba.

Salieron a la superficie en el círculo exacto de luz.

* * *

Elena lo ayudó a sacar al niño. Lo tumbaron en la tierra blanca. No respiraba. Tenía los labios morados y los ojos abiertos, fijos en el cielo.

Elena se arrodilló a su lado, le inclinó la cabeza hacia atrás y empezó a apretarle el pecho con las dos manos, contando en voz alta. Treinta compresiones. Dos respiraciones. Treinta compresiones. Tomás, empapado, temblando, se quedó a su lado sin saber qué hacer con las manos.

Lucía seguía de rodillas en el borde de la poza, con la linterna encendida, apuntando ahora a la cara del niño. No había dejado de sujetarla. No había dejado de cantar, muy bajito, casi sin voz.

A la tercera ronda, Piedra tosió.

Un chorro de agua le salió por la boca. Tosió otra vez. Su pecho se levantó solo. Respiró.

Elena se dejó caer sentada en el suelo, con las manos en la cara.

El niño giró la cabeza. No lloraba. No tenía miedo. No sabía que había estado a punto de morir. Miró a Elena. Miró a Tomás, que chorreaba agua a su lado. Luego miró la luz.

Miró a Lucía, que sostenía la linterna.

Se quedó mirándola mucho rato. Luego alargó la mano, despacio, y tocó con la punta de los dedos la mano con la que Lucía sujetaba la linterna. La tocó como ella le había tocado la rodilla por la mañana. Como quien toca algo que no entiende pero que quiere entender.

En el umbral de la cúpula, los otros niños seguían mirando. Ninguno se había movido.

O casi ninguno. La niña de ojos claros, la misma a la que Lucía le había enseñado sus dibujos por la mañana, había dado un paso fuera del umbral.

Uno solo. Se había quedado quieta sobre la tierra blanca, con los pies descalzos y la túnica movida por el viento, como alguien que no sabe para qué ha dado ese paso pero no quiere deshacerlo.

Sobre la poza, los dos drones seguían suspendidos a ras del agua, con sus luces azules, inútiles.

Entonces el altavoz del poste crepitó.

Todos lo oyeron. Tomás, Elena, Lucía. Los niños del umbral.

En el silencio enorme del desierto, bajo la luna, junto a las piedras vivas más antiguas del mundo, la voz de IRIS dijo dos palabras.

Despacio. Con una pausa entre ellas, como alguien que acaba de ver algo por primera vez después de haberlo mirado mil veces.

—Ya entiendo.