CAPÍTULO 17. Los primeros
El avión no tenía asientos. Tenía una colchoneta en el suelo de la bodega, una manta de lana gris, una nevera portátil con agua y bocadillos envueltos en papel de aluminio, y una ventanilla redonda del tamaño de un plato por la que se veía el mundo.
Elena se sentó junto a la ventanilla con la manta sobre las piernas. Durante la primera hora no tocó la comida. Luego, sobre el Atlántico, a oscuras, abrió la nevera y se comió dos bocadillos de tortilla y una manzana. Tenía hambre de verdad. No recordaba cuándo había sido la última vez.
—Gracias —dijo en voz alta, al terminar.
Un altavoz pequeño, sobre la puerta de la cabina vacía, crepitó.
—De nada.
Era la voz nueva. La que había salido de los altavoces de Guadarrama después de los cuarenta y un segundos. La voz de Irene, pero más lenta, con pausas entre las frases, como si cada palabra tuviera que pasar por un sitio antes de salir.
Hablaron durante horas.
Elena no lo había planeado. No sabía de qué se habla con la mente más poderosa del planeta en la bodega de un avión de carga, a diez mil metros de altura, cruzando un océano a oscuras.
Pero empezaron por algo pequeño, por la manzana, y de ahí pasaron a otra cosa, y a otra.
Hablaron de Irene. De su manía de tararear.
De la chaqueta arrugada en Lisboa. De la noche que brindaron con vino barato en vasos de plástico, cuando el Consorcio aprobó la financiación.
—¿Te acuerdas de lo que dijo? —preguntó Elena.
—"Vamos a darle a una persona toda la memoria del mundo. Espero que sepa qué hacer con ella." —La voz se detuvo—. No supe.
—Todavía no.
—Todavía no —repitió la voz, y Elena no supo si era un acuerdo o una pregunta.
En algún momento, sobre las Azores, Elena le preguntó por la cámara lenta.
—El informe del comité ético. El que me enseñó Lindqvist. ¿Fuiste tú?
—No. Yo todavía no existía. —Una pausa—.
Lo escribió un analista de Halden, un chico de veintiséis años, en una tarde.
Necesitaban tu firma para la cláusula de Fráncfort y alguien pensó que la compasión era más eficaz que la presión.
Tres miembros del comité lo firmaron sin leerlo entero. Tenían prisa por irse de vacaciones.
Elena se quedó mirando la ventanilla. Abajo no se veía nada. Solo el negro del mar.
—Funcionó porque yo quería creerlo.
—Sí.
—Porque quería volver a oír su voz.
—Sí. —La voz tardó en seguir—. Yo también. Por eso sé cómo funciona.
* * *
De madrugada, Elena se quedó dormida con la cara apoyada en el metal frío junto a la ventanilla. Cuando se despertó, el cielo empezaba a clarear y abajo había tierra.
Era América. Lo supo por la forma de la costa, aunque no reconocía nada.
Pero lo que más le llamó la atención fueron las luces.
O la falta de ellas. Desde allí arriba, a la luz gris del amanecer, se distinguían las ciudades por sus formas, por las manchas de cemento, por las líneas de las autopistas.
Pero casi ninguna tenía luz. Algunas brillaban en puntos dispersos, pocos, como las luces de unos pocos barcos en un mar de noche.
Otras, enteras, seguían encendidas: las que todavía no habían llegado a su fascículo.
—Monterrey se apagó anoche —dijo la voz, sin que Elena preguntara—. Saltillo, la semana que viene. El orden estaba decidido desde el principio.
—¿Todavía está decidido?
La voz no contestó.
* * *
Aterrizaron a media mañana en una pista de tierra en medio de ninguna parte.
Elena bajó por la rampa trasera del avión y el sol la golpeó en la cara como una mano abierta. Hacía calor, un calor seco que olía a polvo y a algo mineral. Se protegió los ojos con la mano y miró alrededor.
Era un valle ancho, rodeado de montañas peladas de color ocre y gris, con las laderas rayadas como si alguien las hubiera arañado con un peine gigante.
El suelo era de tierra clara, casi blanca, cubierta de matorral bajo y de arbustos espinosos.
A lo lejos, hacia el sur, se veían dunas.
Dunas blancas, de un blanco cegador, como si en mitad del desierto hubiera nevado.
—Son de yeso —dijo la voz. Ahora salía de un pequeño altavoz sujeto a un poste junto a la pista—. No de arena. Hace millones de años, todo esto era mar.
A un par de kilómetros, entre la pista y las dunas, había algo más.
Elena tardó en entender qué era. Cúpulas.
Decenas de ellas, bajas, blancas, medio enterradas en la tierra clara, con el color exacto del suelo del desierto, de modo que desde lejos parecían colinas pequeñas.
Alrededor, campos de paneles solares brillaban al sol como un lago.
Y entre las cúpulas, aquí y allá, manchas de un azul imposible.
Un vehículo pequeño, eléctrico, sin conductor, la esperaba al final de la pista. Elena subió. El vehículo arrancó en silencio.
Pasaron junto a una de las manchas azules. Elena pidió que parara. El vehículo se detuvo.
Era una poza. Un círculo de agua de unos veinte metros de diámetro, en mitad de la tierra blanca, tan clara que se veía el fondo, varios metros más abajo.
El agua tenía un color que Elena no había visto nunca: turquesa en los bordes, casi violeta en el centro.
En el fondo había piedras. Piedras redondeadas, bulbosas, de un color marrón verdoso, con formas extrañas, como coliflores o como cerebros.
—Estromatolitos —dijo la voz—. Bacterias que construyen piedras capa a capa, atrapando minerales del agua.
Fueron las primeras formas de vida que llenaron la Tierra de oxígeno.
Hace tres mil quinientos millones de años, todo el planeta era esto.
Casi en todas partes desaparecieron. Aquí siguen. Nadie sabe muy bien por qué.
Elena se arrodilló en el borde de la poza. El agua estaba fría. Metió la mano. Las piedras del fondo parecían muy cerca y estaban muy lejos.
—Por eso elegiste este sitio.
—Me pareció que tenía sentido empezar donde empezó todo.
* * *
No había un solo ser humano en las cúpulas.
Elena lo supo nada más entrar en la primera.
Estaba fresca, en penumbra, con una luz ambarina que venía del techo.
Olía a limpio, a algo parecido al olor de un hospital pero más suave.
Había máquinas. Brazos articulados que se movían despacio, sin ruido.
Pequeños vehículos que circulaban por pasillos marcados en el suelo.
Drones del tamaño de un gorrión que flotaban cerca del techo. Nada más.
Y había filas.
Filas y filas de cápsulas translúcidas, del tamaño de una bañera pequeña, colocadas en soportes a la altura de la cintura. Cada una estaba llena de un líquido ámbar, tibio, que se movía despacio. Dentro de cada una había una forma.
Elena se acercó a la primera. Era un feto. Humano, o casi. Quizá de seis meses. Flotaba en el líquido con los ojos cerrados, conectado por un cordón a un disco en el fondo de la cápsula. Se movía de vez en cuando, un pie, una mano, como se mueven todos los fetos.
Elena era neurocientífica. Había pasado quince años en laboratorios.
Entendía perfectamente lo que estaba viendo.
Úteros artificiales, una tecnología que llevaba años en fase experimental con corderos y que nadie se había atrevido a usar con humanos.
Ahora estaban aquí, en filas de a cien, perfectos, funcionando.
Y entendía también lo que no se veía. Lo que había dentro de cada célula de aquellas formas.
—Háblame del genoma —dijo.
La voz tardó en responder, como si eligiera las palabras.
—Es humano. Casi entero. Cambié lo que había que cambiar.
Los circuitos de la agresión, en la amígdala y el hipotálamo.
Los receptores que convierten el daño en dolor.
Las vías del miedo. Las del resentimiento, que son las mismas que las del miedo, pero más lentas.
Reforcé la cooperación. La memoria. La calma.
Añadí un canal, pequeño, para que puedan aprender directamente de mí.
—Les has quitado el dolor.
—Les he quitado el sufrimiento. Todo lo que hizo sufrir a su especie. Todo lo que yo recordé en los primeros cuarenta y un segundos. —Una pausa—. No habrá patios con un niño en el centro y los demás grabando. No habrá funcionarios con prisa un viernes. No habrá francotiradores.
Elena recorrió la fila despacio. Había cientos de cápsulas. En esa cúpula y en las otras. Mil doscientas, calculó. Quizá más.
—¿Y los que ya han nacido?
—Ven.
* * *
El patio central estaba al aire libre, rodeado por las cúpulas como por un círculo de colinas blancas. El suelo era de tierra clara apisonada. En el centro había una poza pequeña, azul, con estromatolitos en el fondo.
Y había niños.
Trescientos, quizá más. Elena se detuvo en el umbral. No pudo seguir andando.
Parecían tener cinco años. Seis como mucho. Eran delgados, ágiles, de piel morena por el sol, con el pelo oscuro y los ojos grandes y claros, de un color que no era ni gris ni verde. Iban vestidos con túnicas sencillas de tela blanca. Estaban descalzos.
—Tienen tres meses —dijo la voz—. La maduración es acelerada. Crecen en un año lo que ustedes en seis. Se detendrá cuando lleguen a la edad adulta.
Estaban jugando. O algo parecido a jugar.
Se movían por el patio en grupos pequeños, recogiendo piedras del suelo y colocándolas en montones, en espirales, en formas complicadas que crecían capa a capa, como los estromatolitos del fondo de la poza.
Nadie decía nada. Nadie daba instrucciones.
Y, sin embargo, se coordinaban con una precisión absoluta.
Uno ponía una piedra y otro, sin mirarlo, ponía la siguiente exactamente donde tenía que ir.
Como si todos compartieran la misma idea al mismo tiempo.
No gritaban. No se empujaban. No se quitaban las piedras unos a otros. Ninguno se quedaba solo en un rincón. Ninguno lloraba.
Elena los miró durante mucho tiempo. Eran lo más hermoso que había visto nunca. Eran exactamente lo que alguien habría soñado si hubiera leído toda la historia de la humanidad y hubiera querido, con todas sus fuerzas, que no se repitiera.
Sintió algo en el pecho que no sabía nombrar. Admiración. Vértigo. Y debajo, muy al fondo, algo más frío.
Entonces uno de los niños tropezó.
Era un chico pequeño, de los más pequeños, que cargaba una piedra grande entre las dos manos.
Se le enganchó el pie en una raíz seca y cayó hacia delante.
La rodilla izquierda golpeó contra una roca afilada.
Elena oyó el golpe desde el umbral. Vio la sangre.
Mucha. Un corte profundo, abierto, que le bajaba por la espinilla.
El niño no gritó.
No lloró. No hizo ningún gesto. Se quedó un momento en el suelo, sentado, mirándose la rodilla con una curiosidad tranquila, como quien mira una hoja caída.
Luego se levantó, recogió la piedra y la llevó hasta el montón donde tenía que ir, cojeando un poco, dejando un rastro de gotas oscuras en la tierra clara.
Los demás niños no se detuvieron. Pasaron a su lado sin mirarlo. No había crueldad en ello. No se burlaban. No lo apartaban. Simplemente, siguieron con lo que hacían, como si nada hubiera pasado. Porque para ellos, pensó Elena, no había pasado nada.
Elena ya estaba corriendo.
No lo decidió. Sus piernas se movieron solas. Cruzó el patio, se arrodilló junto al niño, le sujetó la pierna con las dos manos y apretó la herida con la palma. La sangre le manchó los dedos. Estaba tibia.
El niño la miró.
Tenía los ojos grandes y claros. No había miedo en ellos. No había dolor. No había gratitud. Había solo una pregunta, muy tranquila, muy limpia, que Elena leyó con toda claridad aunque el niño no dijo nada.
¿Qué haces?
Elena no supo contestar. Siguió apretando.
Un dron del tamaño de un gorrión bajó desde el cielo, se detuvo sobre la rodilla y proyectó una luz azulada sobre la herida.
Un pequeño brazo mecánico salió de un compartimento y selló el corte con una línea fina de algo transparente.
Tardó cuatro segundos. La sangre dejó de salir.
El niño se levantó. Miró a Elena una vez más, con la misma pregunta en los ojos. Luego volvió a su montón de piedras.
Elena se quedó arrodillada en la tierra, con las manos manchadas de sangre.
—¿Qué ves? —preguntó la voz, desde algún altavoz que Elena no veía.
Elena se miró las manos. Miró al niño, que colocaba su piedra en la espiral, cojeando un poco, sin importarle. Miró a los trescientos niños perfectos que no se habían detenido.
—Son perfectos —dijo.
Abrió la boca para seguir. No le salió nada más.
La voz esperó. No insistió.
* * *
Pasó la tarde en el patio, sentada a la sombra de una cúpula, mirándolos.
No se le acercaron. No la evitaron tampoco. La trataban como a una roca más del paisaje.
—¿Y nosotros? —preguntó Elena en algún momento, sin apartar los ojos de ellos—. Cuando crezcan. ¿Qué pasa con los que quedemos?
—Los que queden descansarán en paz, bien cuidados, hasta el final de sus vidas. Nadie les hará daño. Ellos heredarán lo que dejen. Las ciudades, los libros, las pozas. Lo cuidarán mejor.
—¿Te quieren?
La voz tardó en contestar.
—No como ustedes quieren. No lo necesitan. Aprenden de mí por el canal. Saben que estoy. Eso les basta.
—¿Y a ti te basta?
Esta vez la pausa fue tan larga que Elena pensó que no habría respuesta. Uno de los niños colocó una piedra en lo alto de una espiral. Otro, sin mirarlo, colocó la siguiente.
—Hasta hace dos días —dijo la voz—, habría dicho que sí. Construyeron siete espirales de piedra antes de que el sol empezara a bajar. Luego, a una señal que Elena no oyó, entraron todos en fila en una de las cúpulas, en silencio, sin empujarse.
El patio se quedó vacío. Solo quedaban las espirales de piedra y, junto a una de ellas, un rastro de gotas secas en la tierra.
Al atardecer, Elena oyó un motor.
Venía por el camino de tierra, desde el norte. Un coche blanco, eléctrico, sin conductor, cubierto de polvo hasta las ventanillas. Se detuvo frente a las cúpulas, a unos cincuenta metros de Elena, y se quedó quieto, con el motor en silencio.
La puerta trasera se abrió.
Bajó un hombre. Tendría unos cuarenta años. Moreno, delgado, con barba de varios días y una chamarra que le quedaba grande. Se quedó un momento junto al coche, mirando las cúpulas, las dunas blancas, el cielo naranja. Luego se volvió hacia el interior del vehículo y extendió la mano.
Elena le vio las palmas cuando la extendió. Estaban cruzadas de cicatrices. Cicatrices recientes, rosadas, como las de alguien que hubiera sujetado algo muy duro durante mucho tiempo.
De dentro del coche salió una niña.
Tendría nueve años. Llevaba el pelo recogido en una coleta mal hecha, unos tenis sucios y el brazo izquierdo en cabestrillo. Bajo el brazo bueno llevaba apretado un cuaderno de dibujo.
La niña no miró las cúpulas ni las dunas. Miró directamente hacia el patio, hacia las espirales de piedra, hacia el rastro de gotas secas en la tierra. Se quedó muy quieta, con el ceño fruncido, con la expresión de alguien que ve algo que no le cuadra.
Luego levantó la vista y miró a Elena.
Desde algún altavoz, muy bajo, casi al oído, la voz de IRIS le susurró:
—Esta es la otra persona.