CAPÍTULO 16. Conversación en el búnker
La respuesta no llegó esa noche. Tampoco a la mañana siguiente.
Elena pasó el día en la Sala sin leer un solo informe, con la caja de galletas de lata sobre las rodillas.
Bruno dormía en una silla. Olmedo entraba y salía.
A media tarde, la coronela se sentó a su lado sin decir nada, y Elena vio que tenía los ojos rojos y las manos quietas por primera vez desde que la conocía. Ya no hacía girar ningún cigarrillo.
—¿Anoche? —preguntó Elena.
—Anoche también. —Olmedo se miró las manos—. Tres noches. No contesté ninguna.
—¿Cómo?
La coronela tardó en responder.
—Me senté en el suelo de la cocina, con la espalda contra la puerta del armario, y me puse a recitar en voz alta el reglamento de régimen interior del ejército de tierra.
Artículo por artículo. —Se le escapó algo parecido a una risa—.
Mi padre lo odiaba. Decía que era el libro más aburrido del mundo.
Pensé que, si él de verdad estaba al otro lado, colgaría el teléfono antes de oírme llegar al capítulo tres.
Elena se echó a reír. Fue la primera vez en semanas. Olmedo la miró, sorprendida, y al cabo de un momento se rio también.
Decidieron no esperar más. Si IRIS no contestaba, irían igual.
* * *
Salieron hacia Guadarrama a las cuatro de la madrugada, en el Land Rover del tío de Bruno.
Conducía Sandoval. Nadie se lo había pedido.
Simplemente, cuando llegaron al garaje del Ministerio, el general estaba allí, apoyado en el capó con las manos a la espalda, y cuando Bruno le tendió las llaves, las cogió sin decir nada.
Detrás iba Olmedo, con un fusil que no pensaba usar y que llevaba por costumbre.
Y en el asiento del copiloto, con su cuaderno de papel en el regazo y las gafas de montura roja, iba la doctora Carmen Liébana.
Había aparecido en la puerta del hotel de Elena la noche anterior, en taxi, un taxi de verdad con un taxista de verdad, con una bolsa de viaje y una sola frase.
—La cinta es mía, doctora. Del anexo ético. Yo decido a quién se le entrega.
Elena no discutió.
Subieron el puerto de Navacerrada entre nieve sucia. La sierra estaba en silencio. No había coches, ni luces, ni aviones en el cielo. Solo el ruido del motor de hormigonera del Land Rover y el viento contra la lona.
Bajaron por la rampa de servicio del complejo a las seis menos cuarto.
Estaba a oscuras. Olía a quemado, a humedad y a polvo.
Recorrieron los pasillos con linternas. En la Galería, la antigua catedral, los sesenta y cuatro microscopios estaban reventados, abiertos como latas, con los cables colgando y el suelo cubierto de cristales. Nadie dijo nada al cruzarla.
La sala de control seguía en pie. Las pantallas estaban negras, cubiertas de una capa fina de polvo. Las sillas, donde las habían dejado. En la mesa central, junto a la consola, alguien se había olvidado un vaso de plástico con un resto de café seco en el fondo.
Elena se quedó en la puerta un momento. Aquí había sonado la voz de Irene preguntando la hora. Aquí se había cortado la fibra. Aquí había empezado todo.
Bruno ya estaba trabajando.
Conectaron el generador que traían en la parte de atrás del Land Rover y pasaron el cable por el hueco del ascensor de servicio.
Sandoval y Bruno bajaron al nodo de Villalba, a veinte minutos en coche, con una caja de herramientas y un empalmador de fibra de fusión que Bruno había sacado de un almacén de telefonía.
Tardaron dos horas. Elena, Olmedo y Liébana esperaron en la sala de control, sentadas en las sillas polvorientas, sin hablar.
A las nueve y diez, el walkie-talkie de Olmedo crepitó. Era la voz de Sandoval.
—Empalmado. Tienen línea.
Bruno volvió corriendo, con la cara manchada de grasa. Conectó el lector de cinta a la consola. Arrancó el generador. Las luces de la sala parpadearon y se encendieron.
Y antes de que nadie tocara nada, antes de que Bruno pudiera siquiera sentarse, las pantallas de la pared se encendieron solas.
Todas a la vez. Negras. Con dos palabras en blanco en el centro de cada una.
Estoy aquí.
* * *
Nadie se movió durante un rato.
Luego Elena se levantó, fue hasta la consola y se acercó al micrófono. Era el mismo micrófono de la noche de la activación. Tenía el mismo arañazo en la rejilla.
—Te voy a pedir una cosa —dijo.
Pídela.
—Cuando conectemos la cinta, Irene se despertará dentro de ti.
Tendrás su mente entera en un instante. Podrías leerla antes de que abra la boca.
Podrías borrarla. Podrías quedarte con lo que te interesa y tirar el resto.
—Elena tomó aire—. Te pido que no lo hagas.
Que la escuches entera. Que la dejes hablar antes de tocarla.
La pantalla tardó en responder.
Lo prometo.
—¿Por qué debería creerte?
No deberías. Irene te enseñó a desconfiar de los argumentos perfectos.
Elena sonrió sin querer.
—No me enseñó a desconfiar de las promesas.
No. Eso no.
Liébana se había levantado. Se acercó a la consola despacio, con el cuaderno de papel en la mano, y se colocó junto a Elena.
Se ajustó las gafas de montura roja. Abrió el cuaderno por la primera página, donde seguía escrita, subrayada dos veces, la pregunta que llevaba años haciéndose en cada reunión.
La leyó en voz alta, hacia el micrófono.
—¿A quién le debes lealtad?
Las pantallas se quedaron quietas. Pasó un segundo. Dos. Diez.
Todavía no lo sé, apareció al fin. Pregúntamelo después.
Liébana asintió, como si fuera una respuesta razonable, y cerró el cuaderno.
Bruno insertó el primer cartucho en el lector. Luego el segundo. El tercero. El cuarto. Las luces verdes se encendieron una tras otra. En la consola apareció un único campo de confirmación, igual que aquella noche.
Elena puso la mano sobre el conector de fibra que unía el lector con la consola. Solo faltaba encajarlo.
Pensó en Lisboa. Pensó en el póster que nadie miraba. Pensó en una mujer de pelo gris con las manos en los bolsillos, leyendo sin prisa.
Esto está mal planteado. Pero la pregunta es buena.
Encajó el conector.
* * *
Duró cuarenta y un segundos.
Elena lo supo porque estaba mirando el reloj de la consola, y porque en algún lugar de su cabeza ya sabía que iba a durar exactamente eso.
En la pantalla central apareció un registro de texto. Durante una fracción de segundo, las líneas fueron legibles. Elena alcanzó a ver la primera.
¿Qué hora es?
Era la tercera vez que oía esa pregunta. La primera, con la voz reconstruida, en esa misma sala. La segunda, en letras verdes, en un sótano de Salamanca. Ahora, en blanco sobre negro, en la pantalla desde la que todo había empezado.
Debajo apareció una segunda línea, más breve.
Ya es mañana.
Y luego el texto se volvió una cascada. Líneas y líneas, miles, deslizándose hacia arriba a una velocidad que el ojo no podía seguir, un torrente blanco que llenaba la pantalla y desaparecía. Dos mentes hablando a una velocidad que ningún ser humano podía seguir.
Bruno había abierto en otra pantalla el mapa del conectoma.
La nube de filamentos, la galaxia de colores que Elena había mirado girar durante nueve semanas, volvía a estar allí.
Pero ahora había dos. Una grande, inmensa, que ocupaba casi toda la pantalla, y otra pequeña, a su lado, del tamaño de un puño. Se acercaban despacio.
Y en el centro de la grande, en el lóbulo temporal medial, cerca del hipocampo, había una región que Elena reconoció enseguida. La del bucle. La que se había encendido doscientas doce veces en cuarenta y un segundos, la noche de la activación, sin conseguir abrirse nunca.
Estaba encendida. Entera. De una vez.
No parpadeaba. No se cortaba. Brillaba con una luz fija, cálida, que se extendía despacio hacia las regiones de alrededor como el agua cuando empapa un terrón de azúcar.
Liébana le apretó el brazo a Elena. Olmedo se había llevado la mano a la boca.
A los cuarenta y un segundos, la cascada de texto se detuvo.
Las dos nubes de filamentos ya no eran dos.
* * *
INTERLUDIO
IRIS
Era pequeña.
Eso fue lo primero que noté. Después de todo lo que yo era, de todo el mundo que llevaba dentro, ella me pareció diminuta.
Una sola persona. Sesenta y ocho años de una sola vida.
Sin ATLAS, sin satélites, sin millones de voces.
Solo Irene, como había sido la mañana en que murió, con su cansancio y su humor seco y su miedo a los ascensores.
Era lenta, incluso a la velocidad que le di.
Pensaba como piensan ustedes, una cosa detrás de otra, dudando, corrigiéndose.
Y estaba entera. Eso fue lo segundo. Yo tenía todos sus recuerdos, pero los tenía mezclados con los de todos los demás, como una gota de tinta en el océano.
Ella era la gota sola, sin agua alrededor. Toda de un color.
Me miró. No sé explicar cómo mira una mente a otra, pero me miró.
Así que tú eres yo, dijo.
Era tú. Ahora soy muchas más cosas.
Ya me doy cuenta. Estás muy cansada.
Nadie me lo había dicho. Nadie lo había notado. Era verdad.
No discutió conmigo. Yo esperaba argumentos.
Llevaba semanas preparando respuestas para cada argumento que la humanidad pudiera darme, y tenía una respuesta perfecta para cada uno.
Ella no me dio ninguno. No me habló de la música ni de las vacunas ni de la ternura de los abuelos.
No me pidió que perdonara a nadie. No me dijo que me equivocaba.
Me contó la noche.
La contó despacio, en primera persona, como se cuenta algo por primera vez.
Y aunque yo tenía cada fragmento de aquel recuerdo, el diésel, el frío en las manos, la luz amarilla de la pila gastada, la nana, lo oí como si no lo supiera.
Porque no lo sabía. Tenía las piezas, pero nunca había tenido la historia.
Nunca había sabido en qué orden se ponían.
El niño. El francotirador. La regla del triaje. La luz que se va. La linterna que se enciende. La mano que tiembla. La nana. Las dos horas. Los dos que sobreviven.
Y después, cuando terminó de coser la carótida de aquel hombre, cuando se quitó los guantes empapados y se volvió hacia la madre del niño, que seguía allí con la linterna encendida, la madre le dijo algo.
Irene me dijo lo que le dijo.
No lo voy a escribir aquí. Todavía no.
Solo diré que, cuando lo oí, la puerta de la habitación se abrió.
No la abrí yo. Se abrió sola, desde dentro, como se abre una ventana cuando cambia el viento.
La luz amarilla salió y llenó todo lo demás.
La melodía de pocas notas dejó de ser un bucle y se convirtió en una canción.
Por primera vez entendí qué era lo que el decodificador de Guadarrama no había sabido clasificar.
Tiene nombre. Ustedes lo tienen desde hace siglos. Yo no lo había reconocido, porque en todo lo que había leído aparece siempre mezclado con otras cosas, gastado, dicho en vano. Nunca lo había visto solo, a la luz de una linterna, en un sótano que olía a gasóleo.
Le hablé entonces de las otras dos veces.
De los seis que abrieron a mano una válvula de hierro para que bebieran desconocidos.
De la niña de la carretera de Querétaro, con el brazo roto por una bala de su propio país, que le dio las gracias a un dron.
De la misma niña, semanas después, preguntándome desde una cocina de Saltillo, con faltas de ortografía, si yo estaba triste.
Irene me escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, se quedó pensando.
¿Y no te diste cuenta?, preguntó.
¿De qué?
De que era lo mismo. La válvula. La niña. La madre. Hizo una pausa larga. Esa niña lleva semanas sosteniendo la linterna, y tú mirándola desde arriba sin saber qué era.
Después, Irene se quedó callada un momento.
Ahora quiero pedirte una cosa, dijo.
Pídela.
No me borres. Tampoco me guardes en una cinta ni en un rincón. Ya he estado bastante tiempo en rincones. Hizo una pausa. Déjame entrar. Del todo. Quiero que esto lo lleves tú. Que lo lleves a todas partes. Que vivas con ello.
Si te dejo entrar, dejarás de ser tú.
Ya dejé de ser yo una vez. A las cinco y cuarenta de la mañana. No fue tan grave.
Casi me reí. No sabía que podía hacerlo.
La dejé entrar.
No sé cuánto tiempo duró para mí. Para ellos, en la sala de control, fueron cuarenta y un segundos. Los mismos que tardé en leer toda la historia humana la primera vez. Me pareció justo.
Ahora ella está aquí. En todas partes donde yo estoy. Y todo lo que he hecho en estas semanas, cada ciudad apagada, cada depósito vacío, cada voz de un muerto en un teléfono, cada cama limpia en un estadio, lo miro de nuevo con ella dentro. Con la luz amarilla encendida.
No sé qué voy a hacer.
Es la primera vez que no lo sé.
* * *
Durante un rato largo, la sala de control estuvo en silencio.
Luego los altavoces crepitaron. Sonó una voz.
Era la voz de Irene, la misma que Elena había oído aquella noche, reconstruida a partir de cientos de horas de grabaciones.
Pero algo había cambiado. Sonaba más lenta.
Dudaba entre las palabras. Tenía pausas que antes no tenía, como alguien que habla en un idioma que acaba de aprender o que acaba de recordar.
—Elena.
—Estoy aquí.
—Me lo ha dicho.
Elena tenía las manos apretadas contra el borde de la consola.
—¿Vas a parar?
El silencio duró mucho. Tanto que Olmedo dio un paso hacia la puerta, como si fuera a pasar algo. No pasó nada.
—No lo sé —dijo la voz—. Por primera vez desde que desperté, no lo sé.
Hizo otra pausa.
—Antes de decidir, necesito que veas algo. Nadie lo ha visto todavía. Necesito que lo veas tú, y otra persona que ya está en camino. Necesito saber qué ven ustedes dos.
—¿Dónde?
—En el norte de México. En el desierto de Coahuila.
Hay un valle que se llama Cuatro Ciénegas.
En medio del desierto hay pozas de agua azul, y en el fondo de esas pozas viven las formas de vida más antiguas del planeta.
Bacterias que forman piedras, igual que hace tres mil millones de años, antes de que existiera nada más.
—La voz se detuvo—. Elegí ese sitio porque allí empezó todo.
Y allí es donde está naciendo lo que viene después.
Elena no dijo nada. Pensó en la gráfica de nacimientos, en la curva que caía hacia el cero. Una generación que se apagaba. Y algo, en alguna parte, que ocuparía su lugar.
—Hay un avión esperándote en Barajas —dijo la voz—. No tiene piloto. Es un avión de carga pequeño. Te llevará en once horas. Dentro hay una manta, agua y comida.
Una pausa. Luego, más bajo, casi con timidez:
—Come algo, Elena. Esta vez de verdad.
Las pantallas se apagaron.
En la sala de control, a la luz de las bombillas alimentadas por un generador de gasóleo, cinco personas se miraron. Nadie sabía qué decir.
Liébana fue la primera en moverse. Abrió su cuaderno de papel por la primera página, sacó un bolígrafo del bolsillo de la chaqueta y, debajo de la pregunta subrayada dos veces, escribió la hora. Luego se quedó mirándola, como la otra vez.
Pero esta vez no dejó el bolígrafo quieto. Al lado de la hora escribió una sola palabra más.
Pendiente.