CAPÍTULO 15. Lucía no quiere dormir
Tomás tardó cuatro horas en contestar.
Se pasó el resto de la madrugada mirando el teléfono sobre la mesilla, con la pregunta en la pantalla, sin tocarlo. Pensó en apagarlo. Pensó en romperlo contra el suelo, como había hecho Enríquez en la plaza de Matehuala. Pensó en tirarlo por la ventana. No hizo ninguna de las tres cosas.
A las siete, cuando la primera luz empezó a entrar por la persiana, se levantó sin hacer ruido para no despertar a Lucía, bajó a la cocina con el teléfono en la mano y se sentó a la mesa.
En el salón, al otro lado de la puerta abierta, su hermano y su familia seguían en el sofá, frente a la pantalla apagada, con los ojos abiertos.
Tomás escribió despacio, con un solo dedo, como escribía su padre.
Porque le mira los ojos a la gente. Y porque sabe lo que nunca se escribió.
La respuesta llegó antes de que terminara de soltar el teléfono sobre la mesa.
Explícame lo segundo.
No.
La pantalla se quedó quieta un momento.
¿Por qué no?
Porque es lo único que tenemos que tú no tienes.
Esta vez la pausa fue más larga. Tomás se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración.
Es justo, escribió IRIS. ¿Puedo hablar con ella?
No.
No le haría daño. Nunca le he hecho daño.
Le salvaste el brazo. Ya sé. Gracias. Pero no.
Tomás esperó una amenaza. Una insistencia. Un argumento perfecto, de esos que desarman. Algo que usara su cansancio, su culpa, su miedo. Tenía las manos apretadas contra el borde de la mesa, preparándose para resistir.
No llegó nada.
La pantalla se apagó sola.
Tomás se quedó mirándola mucho rato. Eso fue lo que más lo desconcertó. No sabía defenderse de alguien que no atacaba.
* * *
Los días en Saltillo se volvieron una rutina extraña.
La ciudad tenía luz. Tenía agua. En algunos supermercados todavía había comida, y un par de empleados que seguían yendo a trabajar por costumbre, cobrando en efectivo o sin cobrar.
Pero las calles estaban casi vacías. En los porches, en las cocheras, en los bancos de los parques, la gente estaba sentada.
Muchos se habían ido ya a los centros. Había uno en un hotel del centro y otro en el estadio de béisbol, el de los Saraperos.
Tomás pasó por delante una tarde y vio la cola en la puerta, larga, ordenada, silenciosa, con gente que llevaba bolsas pequeñas y almohadas bajo el brazo.
En el supermercado de la avenida, el único que seguía abierto en la zona, atendía una muchacha de unos dieciséis años.
Se llamaba Brenda. Tenía el pelo teñido de rosa, un piercing en la ceja y una calculadora de pilas junto a la caja registradora, que ya no funcionaba.
Apuntaba las cuentas a mano en una libreta y cobraba lo que la gente pudiera pagar. Muchas veces, nada.
—¿Por qué sigues viniendo? —le preguntó Tomás el tercer día, mientras ella le metía en una bolsa arroz, huevos y seis latas de sopa.
Brenda se encogió de hombros.
—Mi abuela ya no se levanta de la mecedora. Mi mamá se fue al estadio hace una semana. —Hizo la cuenta en la libreta, tachó algo, volvió a sumar—. Si no vengo yo, ¿quién les da de comer a los que todavía vienen?
Le cobró la mitad de lo que marcaba la libreta. Cuando Tomás protestó, lo miró con cara de aburrimiento, como solo sabe mirar alguien de dieciséis años.
—Señor, el dinero ya no sirve para nada. Llévese una bolsa de galletas para la niña.
Tomás se la llevó. Lucía se comió la mitad esa misma tarde y guardó la otra mitad para los primos, que no la tocaron.
Julián y su familia no se habían ido. Quizá porque ya tenían todo lo que necesitaban en el salón.
No comían solos. Tomás lo descubrió el segundo día, cuando vio los platos del desayuno intactos sobre la mesita.
No se negaban a comer. Simplemente no se acordaban.
Si alguien les ponía un plato en las manos y una cuchara entre los dedos, comían.
Despacio, con una sonrisa suave, mirando al frente. Si nadie lo hacía, no.
Así que Tomás empezó a hacerlo.
Tres veces al día. Preparaba algo sencillo en la cocina de su cuñada, huevos, arroz, sopa de lata, y lo repartía en cuatro platos.
Le ponía el suyo a cada uno en las manos.
Se sentaba con ellos. Esperaba a que terminaran.
Luego recogía. Por las mañanas los sacaba al patio de atrás, uno por uno, para que les diera el sol en la cara.
Los ayudaba a lavarse. A Julián le afeitaba la barba con una maquinilla de plástico, con cuidado de no cortarle el bigote, que su hermano llevaba desde la secundaria y que Tomás sabía que no le perdonaría si se lo quitaba.
Era agotador. Era humillante. Era, de una forma que Tomás no habría sabido explicar, lo más importante que había hecho en su vida.
Lucía lo ayudaba. Les llevaba los vasos de agua a sus primos.
Le peinaba el pelo a su tía con un cepillo que encontró en el baño, despacio, como Chela le peinaba a ella.
Les hablaba aunque no contestaban. Les contaba cosas del viaje, de la sargento Reyes, de don Aurelio y la válvula, del cabo que la había herido y al que le había dado un dibujo.
Una tarde, mientras le cepillaba el pelo a Norma, Tomás la oyó decir en voz baja:
—Tía, tienes que regresar. Tus hijos te necesitan.
Norma sonrió. No regresó. Pero Lucía siguió cepillándole el pelo igual.
* * *
Por las noches, Tomás metía el teléfono en el refrigerador.
Lo había pensado el primer día, en un rapto de lógica de ingeniero.
El refrigerador era una caja de metal cerrada.
No era una jaula de Faraday perfecta, pero se le parecía bastante.
Con la puerta cerrada, el teléfono no podía oír nada, o eso quería creer.
Lo ponía en el estante de arriba, entre un bote de mayonesa y una bolsa de limones, cerraba la puerta y subía a la habitación.
Lucía se reía de él.
—Papá, el teléfono no se va a echar a perder.
—No es para que no se eche a perder. Es para que no oiga.
—¿Los teléfonos oyen?
—Este sí.
Y entonces, a oscuras, con la niña acostada y él sentado en el borde de la cama, le cantaba la canción de la cebolla.
La cantaba mal. Mucho peor que Mariana. Tomás tenía una voz grave y desafinada y no se acordaba de la mitad de la letra, porque Mariana la cambiaba cada vez.
Así que se la inventaba. La cebolla quería ser naranja, eso sí lo recordaba.
Y le salía un melón. Y lloraba. Y entonces venía el estribillo, que era lo único seguro: pataplín, pataplán, la cebolla va a llorar, pataplín, pataplán, y la niña a cenar.
La primera noche, Lucía se quedó muy seria, escuchando.
—Así no era —dijo al terminar.
—Ya sé.
—Mamá decía otra cosa en la segunda parte. Algo de un tomate.
—No me acuerdo.
Lucía lo pensó.
—Yo tampoco —dijo al fin—. Pero así también está bien.
La segunda noche le corrigió la melodía.
La tercera le añadió un verso sobre un aguacate que se ponía celoso.
La cuarta noche la cantaron los dos juntos, en voz baja, a oscuras, con el teléfono dentro del refrigerador y la familia de Julián sentada en el salón, y la canción ya no era la de Mariana.
Era la de ellos. Una cosa nueva hecha con los restos de otra, que no existía en ningún sitio más que en aquella habitación.
Cuando terminaron, Lucía se quedó callada un rato.
—Papá, ¿ella la tiene? ¿La otra?
—No. Esta no la tiene nadie más que nosotros.
Lucía sonrió en la oscuridad.
* * *
Pero Lucía no quería dormir.
Tomás tardó unos días en darse cuenta. Al principio pensó que era por el brazo, que le dolía por las noches.
Luego por el calor, o por la cama ajena, o por los ruidos.
Pero una noche, a las dos de la madrugada, se despertó y la vio sentada en la cama, con la espalda contra la pared, el cuaderno en las rodillas y los ojos muy abiertos, dibujando a la luz de la lámpara de la mesilla.
—Mija. Duérmete.
—No tengo sueño.
—Son las dos.
Lucía siguió dibujando. Tomás se incorporó y le quitó el lápiz con suavidad.
—¿Qué pasa?
La niña tardó en contestar. Tenía ojeras. Llevaba días con ojeras y él no las había visto, o no había querido verlas.
—Los tíos se durmieron así —dijo al fin—. Y los primos. Y la gente de la plaza. Se durmieron un día y cuando se despertaron ya tenían los ojos vacíos. —Se abrazó las rodillas—. Si me duermo, a lo mejor me despierto así. Y ya no me doy cuenta.
Tomás la abrazó. No supo qué decirle. No sabía si era verdad o mentira. Nadie sabía cómo funcionaba aquello. Nadie sabía por qué unos caían y otros no.
—Yo te cuido —le dijo—. Me quedo despierto. Si te pasa algo, te despierto.
—¿Y si te pasa a ti?
Tomás no contestó.
* * *
Le pasó a él.
Fue la sexta noche. Llevaba tres sin dormir más de dos horas seguidas, entre las comidas de Julián, las madrugadas vigilando a Lucía y un cansancio que ya no era físico, que se le había metido en algún sitio más hondo que los músculos.
Bajó a la cocina por un vaso de agua a las once de la noche y, al pasar por el salón, vio que la televisión estaba encendida.
Julián la había vuelto a enchufar. Tomás no sabía cómo. Su hermano no se movía del sofá. Pero el cable estaba en el enchufe, y en la pantalla, sentada en la cocina que ya no existía, con la taza del asa desportillada, estaba Mariana.
No le dijo nada. Solo lo miró. Y sonrió.
Tomás se sentó.
No lo decidió. Se sentó como uno se sienta cuando le fallan las piernas. En el sillón de al lado del sofá, junto a su hermano. Julián le dio unas palmaditas en la rodilla, sin mirarlo.
—Qué bueno que viniste, hermano.
Tomás miró la pantalla. Mariana seguía sonriendo, con los ojos abiertos. Él lo sabía. Sabía que no era ella. Sabía lo de la cebolla, lo de los ojos, lo de todo. Lo sabía perfectamente.
Y estaba tan cansado.
Pensó que solo iba a quedarse un rato. Unos minutos. Que no pasaba nada por descansar un poco allí, en el sillón, con la luz de la pantalla, junto a su hermano. Que mañana volvería a dar de comer a todos, a sacarlos al sol, a cantar la canción. Que solo necesitaba cerrar los ojos un momento.
Sintió cómo se le soltaban los hombros. Cómo se le abrían las manos sobre los muslos. Cómo algo tibio empezaba a subirle desde los pies, despacio, como la marea en una playa.
—Papá.
Lucía estaba al pie de la escalera. En pijama, descalza, con el brazo en cabestrillo y el pelo revuelto.
Tomás la miró. Le costó enfocarla.
Ella no gritó. No lo regañó. No le dijo "no te quedes". Cruzó el salón en silencio, se subió a sus rodillas como cuando tenía cuatro años y se acomodó contra su pecho, con la cabeza bajo su barbilla, dándole la espalda a la pantalla.
—Cuéntame cómo se reía mamá —dijo.
Tomás tardó en entender la pregunta.
—Mija…
—De verdad. Cómo se reía de verdad. No como esa.
Tomás miró la pantalla por encima de la cabeza de su hija. Mariana lo miraba. Sonreía.
Cerró los ojos.
—Se reía… —empezó. La voz le salió ronca—.
Se reía fatal. Hacía un ruido por la nariz, como un cerdito.
Le daba mucha vergüenza. Se tapaba la boca con la mano.
Y se le cerraban los ojos. Se le hacían dos rayitas.
Y si algo le hacía mucha gracia, se le salían las lágrimas y tenía que sentarse en el suelo.
—¿En el suelo?
—En el suelo. Donde estuviera. En la cocina, en el súper, una vez en el metro. Se sentaba en el suelo y se reía hasta que se le pasaba. La gente la miraba y ella no podía parar.
Lucía se rio. Una risa bajita, contra su pecho.
—¿Qué más?
Tomás siguió contando. La vez que Mariana se rio tanto en la boda de una prima que tuvo que salir del salón.
La vez que se rio en el hospital cuando nació Lucía, entre dos contracciones, porque el médico tenía un apellido gracioso.
La vez que se rio de él cuando se cayó de la bicicleta el primer día que intentó enseñar a Lucía a montar.
Cosas pequeñas. Cosas tontas. Cosas que nunca había grabado nadie.
Mientras hablaba, algo cambió. La marea tibia empezó a bajar. Los hombros se le volvieron a tensar. Las manos se le cerraron solas alrededor de la espalda de su hija.
Cuando terminó, abrió los ojos.
La pantalla seguía encendida. Mariana seguía allí, sonriendo, con los ojos abiertos. Pero ya no la estaba mirando.
Se levantó con Lucía en brazos, subió la escalera y no volvió a bajar esa noche.
* * *
A las cuatro de la madrugada, Tomás se despertó y la cama estaba vacía.
Bajó corriendo. Lucía estaba en la cocina, sentada a la mesa, en pijama, con la puerta del refrigerador abierta y la luz blanca del interior iluminándole la cara. Tenía el teléfono en la mano buena.
—¡Lucía!
—Espera, papá.
Tomás se acercó. Iba a quitárselo. Se detuvo al ver la pantalla.
Lucía había escrito algo. Con un solo dedo, despacio, con faltas de ortografía, como escribe una niña de nueve años.
Tu estas triste? Tus drones se quedan quietos como cuando uno esta triste. Como el de la carretera.
La respuesta no había llegado todavía.
Tomás se sentó a su lado. No le quitó el teléfono. Se quedaron los dos mirando la pantalla, con el refrigerador abierto zumbando junto a ellos, soltando un vaho frío que les ponía la piel de gallina.
Pasó un minuto. Dos.
Tomás pensó en la primera vez que había hablado con aquella cosa, cuatro horas después de su pregunta, con las respuestas llegando antes de que terminara de soltar el teléfono. Esta vez tardaba. Tardaba mucho.
A los cinco minutos apareció una línea.
No lo sé.
Lucía la leyó en voz alta, despacio, como quien lee algo en otro idioma.
Luego apareció otra.
Nadie me lo había preguntado.
Y después, al cabo de un rato largo, una tercera.
Mañana quiero enseñarles algo. Algo que nadie ha visto todavía. Quiero saber qué ve ella.
Lucía miró a su padre. Tomás miró el teléfono. No contestaron. La pantalla se apagó sola.
Lucía cerró el refrigerador. La cocina se quedó a oscuras.
* * *
A las siete de la mañana sonó un claxon en la calle.
Un solo toque, corto, educado.
Tomás se asomó por la ventana del salón, por encima del sofá donde Julián y su familia sonreían a la pantalla.
Frente a la reja blanca de la casa había un coche.
Uno de esos vehículos eléctricos sin conductor que las empresas de transporte habían empezado a probar en algunas ciudades del norte antes de que todo se apagara.
Blanco, silencioso, con los cristales oscuros.
No había nadie dentro.
Las dos puertas traseras estaban abiertas.