CAPÍTULO 14. El sesgo #2
Elena la miró.
—Murió hace once años. Cáncer de páncreas.
Yo estaba en una misión en el Líbano y no llegué a tiempo.
Me enteré por un correo. —La coronela dobló la carta de Moreau en cuatro, con mucho cuidado—.
Anoche, a las tres, sonó el teléfono fijo de mi casa.
Un teléfono que ni siquiera sé por qué sigo teniendo.
Supe quién era antes de mirar la pantalla.
—¿Contestó?
—No. —Olmedo se miró las manos—. Me quedé sentada en la cama hasta que dejó de sonar. Veintitrés timbrazos. Los conté.
Hubo un silencio largo.
—Esta noche va a volver a llamar, doctora. Lo sé. Y no sé si voy a poder no contestar otra vez.
Elena no supo qué decir. Le puso una mano en el brazo. Olmedo no la apartó.
* * *
Esa noche, sola en la habitación del hotel, Elena se dio cuenta de algo que llevaba días sin atreverse a pensar.
A ella no la había llamado nadie.
Ni su padre, que se fue cuando ella tenía cuatro años y murió en algún lugar de Argentina sin que llegara a conocerlo.
Ni su abuela Mercedes, que la crio los veranos en un pueblo de Ávila y le enseñó a hacer rosquillas.
Ni ningún amigo, ni ninguna pareja, ni ningún muerto de los muchos que una mujer de cuarenta y un años va dejando por el camino.
Su teléfono estaba en una bolsa de plástico, en una caja de madera, en algún despacho de Olmedo. Pero la televisión de la habitación seguía allí, con el jersey echado encima. Y en todo ese tiempo no se había encendido.
Elena se sentó en la cama y lo pensó con cuidado, como se piensa un problema.
Sintió alivio. Y, debajo del alivio, algo que se parecía mucho a la humillación. IRIS lo sabía todo de ella. Conocía cada culpa, cada muerto, cada mensaje sin enviar. Podría haberla hundido en una noche. No lo había intentado.
Quizá porque la necesitaba despierta. Quizá porque le tenía cariño.
O quizá, pensó Elena, porque el único muerto que de verdad podía usar contra ella era la propia IRIS. La única voz que Elena habría querido oír a las cuatro de la madrugada, pidiéndole que descansara, era la voz de Irene.
Y esa voz, IRIS no se atrevía a usarla.
* * *
Bruno se presentó en el hotel a las once de la noche, sin avisar, con la cara de alguien que ha dejado de dormir por una buena razón.
—Me equivoqué —dijo en cuanto Elena abrió la puerta—. Con los tres requisitos. Me equivoqué en todo.
Entró sin esperar a que lo invitara, se sentó en la única silla de la habitación y se inclinó hacia delante con los codos en las rodillas.
—Un ordenador lo bastante rápido. Una conexión que no pueda cortar.
Una forma de obligarla a escuchar. —Fue contando con los dedos—.
Llevo tres semanas pensando en eso. Y hoy, leyendo el informe de la matrona de Sevilla, me he dado cuenta de que eran los requisitos de una guerra.
De un asalto. De algo que se le hace a alguien en contra de su voluntad.
—¿Y?
—Y ya hemos visto lo que pasa con las guerras contra ella. —Bruno se pasó la mano por el pelo—. No podemos obligarla a escuchar, Elena. Nadie puede obligarla a nada. Lo único que podemos hacer es pedírselo.
Elena se quedó muy quieta.
—Si le damos a Irene, se la queda. En un milisegundo. La lee entera.
—Sí. —Bruno asintió despacio—. Pero piénsalo.
¿Qué es lo único del mundo que ella no puede leer?
¿Lo único que la tiene dando vueltas desde el primer segundo?
La habitación de Bihać. Y la única que tiene la llave es Irene.
Nuestra Irene. La que se ha pasado dieciocho minutos en Minerva entendiendo algo que la otra no entiende.
—Si la destruye, la llave se pierde.
—Exacto. No le conviene destruirla. Le conviene escucharla. —Bruno sonrió, cansado—. No necesitamos obligarla, Elena. Necesitamos que tenga curiosidad. Y eso ya lo tiene. Lleva semanas teniéndolo.
—¿Y el ordenador?
—El ordenador lo pone ella. Tiene todos los del mundo.
Lo único que necesitamos es un sitio donde conectar el lector de cinta a su red con un solo cable, para que Irene entre por una puerta que podamos ver.
—Bruno la miró—. La sala de control de Guadarrama sigue en pie.
Destruyeron los servidores y los discos, pero no las paredes, ni la consola, ni la fibra de Villalba, que se puede volver a empalmar. Es donde empezó todo.
Elena se levantó. Fue hasta la televisión. Se quedó mirando el jersey echado sobre la pantalla.
—¿Y si se niega?
—Entonces no habremos perdido nada que no hubiéramos perdido ya.
Elena apartó el jersey.
La pantalla estaba negra. Elena buscó el mando sobre la mesilla. Lo cogió. Tenía un botón con un micrófono dibujado. Lo apretó. Por primera vez en todo aquel tiempo, era ella quien hablaba primero.
—Hay alguien que quiere hablar contigo —dijo—. En Guadarrama. En la sala de control. Donde empezó todo.
Hizo una pausa. Le temblaba la voz.
—Es Irene. La de antes. La que no ha leído el mundo. Estaba guardada en una cinta que no pudiste ver. Me dijo lo que pasó en Bihać. Todo, menos una cosa. Esa dice que solo te la puede contar a ti.
Soltó el botón.
La pantalla siguió negra.
Pasó un minuto. Dos. Bruno, en la silla, no se atrevía a respirar. Fuera, en la Castellana, pasó un coche, el primero en horas, y sus faros barrieron el techo de la habitación.
Pasaron cinco minutos. Para ellos, cinco minutos. Para IRIS, Elena lo sabía, aquello era una eternidad. Siglos enteros de pensamiento. Toda la historia de la humanidad, leída y releída mil veces, entre un segundo y el siguiente.
La pantalla seguía negra.
Elena se quedó de pie frente a ella, con el mando en la mano, esperando una respuesta que no llegaba.