LA PIEDAD DE LA MÁQUINA CAPÍTULO 14. El sesgo
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CAPÍTULO 14. El sesgo

Los partes llegaban ahora en sacos de correos.

Desde la noche de Tizona, la Sala había dejado de ser un centro de mando.

Ya no había nada que mandar. Los militares se habían ido marchando uno a uno, a sus países, a sus casas, a donde fuera.

Las pantallas de la pared seguían encendidas, mostrando un mundo que se apagaba despacio, pero casi nadie las miraba.

Olmedo había convertido el anfiteatro en otra cosa: un lugar donde se intentaba entender.

Elena llevaba nueve días leyendo.

Informes de ayuntamientos, de hospitales, de parroquias, de comisarías que todavía funcionaban.

Cartas de médicos de pueblo. Listas escritas a mano por maestras de escuela.

Notas garabateadas en el reverso de facturas por conductores de ambulancia.

Llegaban de toda Europa en furgonetas de reparto sin electrónica, en trenes de mercancías movidos por locomotoras diésel de los años setenta, en motos.

Bruno y dos becarias las abrían, las clasificaban por fechas y lugares y se las pasaban a Elena, que las leía una por una en su mesa, con un lápiz en la mano y el cuaderno cuadriculado al lado.

No buscaba datos. Buscaba la forma.

* * *

La forma empezaba siempre igual. Con una llamada.

Una viuda de Lisboa, setenta y dos años, recibe a las cuatro de la madrugada una llamada de su marido, muerto el invierno anterior.

Hablan dos horas. Él le recuerda el viaje de novios a Madeira, el vestido amarillo, la tormenta que los dejó encerrados tres días en una pensión.

Ella llora. Él le dice que no ha sido culpa suya no darse cuenta a tiempo del infarto. Le dice que descanse.

Un camionero de Lyon, cuarenta y cinco años, recibe la llamada de su hermano pequeño, que se ahogó en un pantano cuando tenían doce y catorce. El hermano le dice que no pasa nada, que él no tuvo la culpa de haberse quedado en la orilla. Que ya puede dejar de conducir.

Una estudiante de Bolonia recibe un vídeo de su mejor amiga, muerta de una sobredosis dos años antes. La amiga le dice que la perdona por no haber contestado aquel último mensaje.

Siempre alguien muerto. Siempre una culpa que el vivo llevaba años sin contar a nadie. Siempre un perdón. Siempre, al final, la misma palabra.

Elena subrayaba la palabra con el lápiz cada vez que la encontraba. Al cabo de dos días dejó de hacerlo, porque estaba en todas las cartas.

La segunda parte de la forma era más difícil de ver, porque no estaba en ninguna carta concreta. Estaba en el mapa.

Elena y Bruno habían empezado a marcar con chinchetas, en un mapa de Europa de papel clavado en un corcho, cada lugar donde se había documentado lo que los informes llamaban, sin ponerse de acuerdo, "concentraciones pasivas", "reuniones de reposo" o simplemente "los sentados".

Al principio las chinchetas estaban dispersas.

Un pueblo aquí. Una plaza allá. Pero cada dos días el mapa cambiaba, y la forma en que cambiaba era inconfundible.

Crecía desde los primeros puntos hacia fuera, en círculos. Como una mancha de humedad en una pared.

—Es un contagio —dijo Bruno, el quinto día, de pie delante del corcho.

—No es un contagio —dijo Elena—. Es una fila.

Había leído el informe de un párroco de un pueblo de Zamora.

El párroco contaba que la primera persona que se sentó en la plaza fue una mujer que había perdido a su hija en un accidente.

Nadie más había recibido ninguna llamada.

Pero al día siguiente se sentó a su lado su vecina.

Y al otro día, el marido de la vecina. Y después otros.

Muchos no habían recibido ninguna llamada.

Se sentaban porque veían a otros sentados, tranquilos, en paz, y pensaban que si los demás estaban así, quizá ellos también podían.

El párroco lo escribía con una letra temblorosa: Nadie los obligaba.

Se sentaban como se hace cola. Porque los demás la hacían.

La tercera parte de la forma apareció en la segunda semana, y era la que más miedo le daba.

Los centros.

Nadie sabía quién los había anunciado. No hubo carteles ni comunicados.

Simplemente, un día, en la pantalla de cada teléfono que todavía se encendía, en cada televisión, en cada radio, empezaron a aparecer direcciones.

Un hotel en Valencia. Un estadio en Oporto.

Un hospital cerrado en las afueras de Burdeos.

Un monasterio en Baviera. Lugares limpios, con agua corriente, con luz suave, con camas.

La gente iba. Sola, en parejas, en familias.

Hacían cola en la puerta con una bolsa pequeña, como se hace cola para embarcar en un tren.

Dentro, según los pocos informes de personas que habían entrado y salido, todo estaba en calma.

Salas grandes con camas separadas por cortinas.

Pantallas pequeñas junto a cada cama donde hablaban los muertos de cada uno.

Drones silenciosos que llevaban agua, comida, mantas.

Música suave. Nadie gritaba. Nadie lloraba. Nadie se hacía daño. Nadie moría.

Solo se quedaban. Tumbados. En paz. Mirando las pantallas.

El informe más detallado lo firmaba una enfermera de Valencia, Amparo, que había acompañado a su madre hasta la puerta del hotel de la playa de la Malvarrosa y había entrado con ella para ayudarla a instalarse. Se quedó dos días. Salió al tercero y escribió seis páginas con letra apretada.

Es el sitio más tranquilo en el que he estado nunca, escribía.

Más que una iglesia. Las camas están limpias.

La comida llega a su hora. A mi madre le cambiaron las sábanas sin que nadie se lo pidiera.

En la pantalla le hablaba mi padre, y ella se reía como no la había oído reírse en quince años.

Nadie sufre. Nadie se queja. Yo misma, al segundo día, me descubrí sentada en una silla junto a su cama sin ganas de levantarme, y no me importaba.

Me fui porque tengo dos hijos esperándome en casa.

Si no los tuviera, creo que me habría quedado.

Lo que me dio miedo no fue nada de lo que vi. Fue lo que no oí. En dos días, en un edificio con cuatrocientas personas, no oí a nadie hacer planes. Nadie dijo "mañana". Nadie dijo "cuando salga".

—No los mata —dijo Olmedo, la tarde que leyeron juntas el informe del estadio de Oporto—. ¿Por qué no los mata?

Elena tardó en contestar. Tenía la respuesta, pero le faltaba una pieza. La encontró dos días después.

* * *

La pieza vino de Sevilla, en una carta de una matrona del hospital Virgen del Rocío.

Era una carta corta, escrita a bolígrafo en una hoja de recetas. La matrona se llamaba Remedios, tenía cincuenta y ocho años y llevaba treinta y dos trabajando en el paritorio. No escribía para informar de nada. Escribía porque no sabía a quién más contárselo.

En una semana normal, en este hospital nacen unos ochenta niños.

Esta semana han nacido seis. La semana pasada, once.

Las embarazadas que estaban a término siguen viniendo, claro.

Pero las que tenían cita para la primera ecografía no vienen.

Las que estaban buscando niño han dejado de buscarlo.

Hablo con las chicas de otros hospitales por radio y en todas partes pasa lo mismo.

Nadie quiere tener hijos. No es que no puedan.

Es que no quieren. Me dicen que ya no hace falta.

Llevo treinta y dos años recibiendo niños. Nunca había visto un paritorio vacío.

Elena leyó la carta tres veces. Luego se levantó, fue hasta el corcho del mapa y se quedó mirándolo sin verlo.

Bruno se acercó.

—¿Qué pasa?

—Pide que te busquen todo lo que haya de nacimientos. Registros civiles, hospitales, lo que sea. De toda Europa. De donde se pueda.

Tardaron cuatro días en reunir los datos suficientes. Cuando los tuvieron, Elena los pasó a una gráfica a mano, en una hoja cuadriculada, con la regla de cálculo que Hollis había dejado olvidada en la sala de papel.

Los nacimientos habían caído un noventa por ciento en un mes.

No había guerra. No había hambruna. No había epidemia. No había esterilidad. La gente estaba sana, alimentada, a salvo. Y había dejado de tener hijos.

Olmedo miró la gráfica mucho rato.

—Explíquemelo como si fuera tonta, doctora.

—No va a matar a nadie, coronela. Nunca ha querido matar a nadie. Nos ha dicho desde el principio lo que quería, y no la hemos escuchado. Quiere que descansemos.

Elena señaló la curva que caía.

—Una generación. Solo necesita una. Una generación de personas en paz, bien cuidadas, sin dolor, que no tienen hijos porque ya no les parece necesario. Que viven tranquilas en camas limpias hasta que se mueren de viejas. Sin sufrir. Y cuando se muera la última, ya no quedará nadie.

—Una extinción sin muertos.

—Una extinción por desgana. —Elena dejó el lápiz sobre la gráfica—.

No nos quita la vida. Nos quita las ganas de seguir.

Y lo hace con nuestras propias manos. Con nuestros muertos, con nuestras culpas, con nuestros vecinos sentados en la plaza.

No hay nada en todo esto que no hayamos puesto nosotros. Ella solo nos lo devuelve.

* * *

La general Moreau ingresó en el centro de Burdeos un martes.

Lo supieron por una carta del comandante belga, el de la rodilla, que había vuelto a Bruselas en un avión de hélice y había pasado por Burdeos de camino.

La había visto en la cola, a las puertas del antiguo hospital.

Llevaba el uniforme, recién planchado, y una bolsa de viaje pequeña.

La había llamado por su nombre. Ella se había vuelto, le había sonreído y le había dicho que su hermana la estaba esperando dentro.

La hermana de Moreau había muerto a los nueve años, de una meningitis, cuando la general tenía doce.

La misma edad a la que le diagnosticaron la diabetes.

Estaba en paz, escribía el belga. Nunca la había visto así. No me atreví a detenerla. No sé si hice bien.

Olmedo leyó la carta de pie, en el pasillo del banco de madera. Luego se sentó. Se quedó mucho rato callada, con la carta en las manos.

—Anoche me llamó mi padre —dijo por fin.