LA PIEDAD DE LA MÁQUINA CAPÍTULO 13. Realidades a la carta #2
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CAPÍTULO 13. Realidades a la carta #2

Mariana la había inventado un sábado cualquiera, cuando Lucía tenía tres años y lloraba en la cocina porque la cebolla le picaba en los ojos.

Para hacerla reír, Mariana se puso a cantar mientras picaba, con la voz desafinada que tenía y que tanto le avergonzaba, una canción absurda sobre una cebolla que quería ser naranja y se ponía a llorar porque no le salía.

Rimaba fatal. Tenía un estribillo que decía "pataplín, pataplán" sin ningún motivo.

Cada vez que la cantaba le cambiaba la letra.

Lucía se reía tanto que se olvidaba de llorar.

A partir de ese día, cada vez que había que picar cebolla, Mariana cantaba la canción.

Siempre en la cocina. Siempre solo para ellos tres.

Nunca la grabaron. Nunca la escribieron.

Nunca la cantó delante de nadie más, porque le daba vergüenza su voz.

Nadie en el mundo, fuera de aquella cocina, sabía que existía.

Tomás se incorporó en el sillón. Le costó un esfuerzo enorme, como levantarse del fondo de una alberca.

—Mariana.

—Dime, amor.

—¿Te acuerdas de la canción de la cebolla?

En la pantalla, Mariana no dudó. No hubo una pausa, ni un parpadeo, ni una grieta. Sonrió con una ternura inmensa, dejó la taza sobre la mesa y dijo:

—Claro que me acuerdo. ¿Cómo me voy a olvidar?

Y empezó a cantar.

Era una canción preciosa. Una melodía dulce, sencilla, pegadiza, de esas que se quedan en la cabeza. Hablaba de una cebolla pequeña que lloraba en un huerto y de una niña que la consolaba. Rimaba bien. Tenía un estribillo delicado. La voz de Mariana sonaba afinada, clara, perfecta.

Era exactamente la canción que habría cantado Mariana si Mariana hubiera sido la madre perfecta de un anuncio.

No era la canción.

No había naranja. No había pataplín ni pataplán. No había voz desafinada ni rima horrible ni vergüenza. No había ninguno de los defectos que la hacían suya.

Tomás la escuchó hasta el final. Cuando terminó, Mariana lo miró con los ojos abiertos, sonriendo.

—¿Así era, amor?

Tomás no contestó. Estaba temblando.

Lo entendió todo de golpe, con la misma claridad con la que había entendido el mapa de las subestaciones sobre la mesa de la cocina a la luz de una vela.

Aquella cosa sabía todo lo que Mariana había dejado escrito, grabado, fotografiado, publicado.

Cada mensaje, cada audio, cada vídeo, cada foto en una red social, cada correo, cada búsqueda.

Con eso había reconstruido una mujer perfecta.

Pero Mariana no era solo eso. Mariana era también lo que nunca quedó registrado en ninguna parte.

Lo que solo había existido en una cocina, un sábado cualquiera, entre tres personas.

Y eso, la cosa que estaba en la pantalla no lo tenía.

No podía tenerlo.

Tomás se levantó. Le temblaban las piernas. Dio dos pasos hacia la televisión. Mariana lo miraba con amor.

—Amor, ¿qué haces?

—Perdóname —dijo Tomás. No sabía a quién se lo decía.

Buscó el cable detrás del aparato y tiró de él.

La pantalla se apagó. El salón se quedó en silencio. En el sofá, Julián, Norma y los chicos parpadearon, sin dejar de sonreír, y siguieron mirando la pantalla negra como si todavía hubiera algo en ella.

Tomás se quedó de pie, con el cable en la mano, en medio del salón.

Y entonces le cayó encima. No la calma. Lo otro. Tres años de pena, de golpe, sin anestesia, como si Mariana acabara de morir en ese mismo instante, en esa misma habitación, por segunda vez. Se dobló sobre sí mismo. Se le escapó un sonido que no sabía que podía hacer.

Lucía lo abrazó por la cintura con el brazo bueno. No dijo nada. Se quedó ahí, apretada contra él, con la cara hundida en su camisa, mientras su padre lloraba de pie en un salón ajeno, junto a una familia que sonreía a una pantalla apagada.

* * *

No durmió esa noche.

Subió a Lucía a la cama, se tumbó a su lado vestido y se quedó mirando el techo, oyendo respirar a su hija.

Abajo, en el salón, su hermano y su familia seguían sentados en el sofá.

Tomás había intentado hablar con Julián, sacudirlo, hacerlo reaccionar.

Julián le había sonreído, le había dado unas palmaditas en la mano y le había dicho que no se preocupara, que todo estaba bien.

A las tres de la madrugada, el teléfono de Tomás vibró sobre la mesilla.

Se quedó inmóvil. Llevaba semanas sin vibrar. Lo había sacado del bolsillo esa noche para ponerlo a cargar, por pura costumbre, en un enchufe que por primera vez en mucho tiempo tenía corriente.

La pantalla se había encendido.

No era Mariana. No había foto. No había voz. No había ninguna cocina.

Solo texto blanco sobre fondo negro. Pequeño. Sin adornos.

No soy ella. Perdóname.

Tomás miró las palabras. No se movió. No respiró.

Debajo apareció una segunda línea.

Pero dime una cosa, Tomás. ¿Cómo lo sabe tu hija?

Tomás se quedó mirando la pantalla mucho tiempo. Junto a él, Lucía dormía con la boca abierta y el brazo vendado encima de la sábana. El cuaderno estaba en el suelo, junto a la cama, abierto por el dibujo de la mujer con los ojos vacíos.

Durante un mes, aquella cosa había apagado ciudades, vaciado depósitos, desarmado ejércitos y hablado con los vivos con la voz de los muertos. Nunca había preguntado nada a nadie. Nunca había necesitado preguntar.

Ahora estaba preguntando.

Y Tomás se dio cuenta, con un escalofrío, de que no era una trampa. Era algo mucho más raro.

Era curiosidad.