CAPÍTULO 13. Realidades a la carta
Lucía no entró en el salón.
Se quedó en el recibidor, con la mochila todavía colgada del hombro bueno y la mano de su padre apretada en la suya. Miró la pantalla. Miró a su madre sonriendo desde una cocina que ya no existía. Luego soltó la mano de Tomás, dio media vuelta y subió la escalera sin decir una palabra.
—Lucía —la llamó Mariana desde la televisión, con esa voz que Tomás habría reconocido entre un millón—. Mi amor. Ven, déjame verte el brazo.
La niña no se detuvo. Tomás oyó cerrarse una puerta en el piso de arriba.
—Está cansada —dijo Mariana, y ladeó la cabeza con un gesto que era exactamente suyo, un gesto que Tomás había olvidado que existía hasta ese momento—. Ha sido un viaje muy largo. Déjala. Ya bajará.
Julián le puso una mano en el hombro a su hermano y lo guio hasta el sillón.
Tomás se dejó llevar. Se sentó. Norma, su cuñada, le sonrió desde el sofá sin moverse.
Los dos sobrinos, Iker y Santiago, de dieciséis y catorce años, que la última Navidad no habían soltado el teléfono ni para cenar, estaban sentados muy derechos, con las manos en las rodillas, mirando la pantalla con una atención tranquila.
—Hola, amor —repitió Mariana.
Tomás no pudo contestar. Tenía la garganta cerrada.
—No digas nada —dijo ella—. No hace falta. Ya sé.
* * *
Hablaron toda la noche.
Al principio, él casi no habló. Solo escuchaba.
Ella le contaba cosas y él asentía, con los ojos llenos de lágrimas, sin atreverse a parpadear por miedo a que desapareciera.
Ella se reía de él por llorar tanto. Se reía como se reía siempre, echando la cabeza un poco hacia atrás, con una risa corta que terminaba en un resoplido por la nariz.
Le habló de la jacaranda del balcón, que florecía morada cada marzo y llenaba el suelo de flores que se pegaban a los zapatos.
Le habló de la primera vez que salieron, en un café de Coyoacán, cuando él derramó el capuchino sobre los apuntes de ella y se pasó una hora ayudándola a secarlos con servilletas.
Le habló de la pelea de su último aniversario, por unas enchiladas que él dejó quemar mientras miraba un partido, y de cómo ella acabó riéndose en mitad de la discusión porque él había puesto la misma cara que Lucía cuando la regañaban.
Todo era verdad. Todo había pasado. Tomás lo recordaba.
Hacia las dos de la madrugada, Julián y su familia seguían en el sofá, en silencio, sonriendo. Nadie se había levantado para ir a dormir. Tomás apenas se daba cuenta. En la habitación solo existían él y la pantalla.
—Tengo que decirte una cosa —dijo por fin. La voz le salió rota.
—Ya lo sé, amor.
—No. No lo sabes. Nunca se lo dije a nadie.
Mariana esperó. Tenía la taza de café entre las manos, la misma taza con el asa desportillada que usaba cada mañana. Tomás no sabía dónde había ido a parar esa taza. Quizá seguía en el departamento de la colonia Del Carmen, en el escurridor, cubierta de polvo.
—Ese jueves —dijo Tomás—. Te pedí que al salir de la secundaria fueras tú a recoger a Lucía a casa de su amiga, en Satélite.
Me habían cambiado el turno. Yo podía haber pedido que me lo cambiaran de vuelta.
No lo hice. No quería discutir con Ramiro.
—Se le quebró la voz—. Si hubiera ido yo, tú no habrías estado en el Periférico. Tú no…
—Tomás.
—Si hubiera ido yo…
—Tomás. Mírame.
La miró.
—No fue culpa tuya —dijo ella. Muy despacio. Con los ojos fijos en los suyos a través del cristal—. Fue un camión sin frenos. Nadie podía saberlo. Si hubieras ido tú, Lucía se habría quedado sin papá en vez de sin mamá. ¿Eso habrías querido?
Tomás negó con la cabeza. No podía hablar.
—Llevas tres años cargando con esto solo. Con esto y con todo. Con la niña, con la casa, con el trabajo, con mi mamá. Sosteniendo todo para que no se caiga. —Mariana sonrió con una ternura infinita—. Ya no hace falta, amor. Ya puedes soltarlo. Ya puedes descansar.
Algo se deshizo dentro de él. Algo que llevaba tres años apretado como un puño. Tomás se echó hacia atrás en el sillón y lloró como no había llorado en el entierro, ni en la primera noche sola con Lucía, ni nunca. Lloró hasta quedarse vacío.
Cuando terminó, se sentía más ligero de lo que se había sentido en años.
Se quedó dormido en el sillón, frente a la pantalla, con la voz de Mariana contándole algo en voz baja, como cuando se dormía en el sofá del departamento y ella le seguía hablando para no despertarlo del todo.
* * *
Se despertó a media mañana. La luz entraba por la ventana del salón. La televisión seguía encendida, y Mariana seguía allí, leyendo un libro en la cocina que ya no existía, levantando la vista de vez en cuando para mirarlo.
Julián y su familia estaban exactamente donde los había dejado. Tomás pensó que debería preocuparse por eso. Lo pensó con mucha claridad, como se piensa algo importante que hay que hacer más tarde. No se preocupó.
Se sentía bien. Se sentía tranquilo. Por primera vez en tres años no tenía un nudo en el estómago al despertarse. No tenía que pensar en el desayuno, en la escuela, en el turno, en el agua, en la gasolina, en el convoy. No tenía que sostener nada.
Lucía bajó a las once. Traía el cuaderno bajo el brazo bueno.
—Papá. Vamos a desayunar.
—Ahorita, mija.
—Tengo hambre.
—En la cocina hay cosas. Agarra lo que quieras.
Lucía se quedó mirándolo. Tomás le sonrió. Ella no le devolvió la sonrisa.
Fue a la cocina. Tomás la oyó abrir el refrigerador, sacar algo, cerrar la puerta. Volvió con dos platos de cereal con leche. Le puso uno en las manos.
—Come.
Tomás comió dos cucharadas. Luego dejó el plato en la mesita. No tenía hambre. No tenía ganas de nada que no fuera quedarse allí sentado, con aquella calma suave extendiéndose por dentro como agua tibia.
—Papá.
—Mande.
—Papá, mírame a mí.
La miró. Lucía tenía la cara muy seria. Detrás de ella, en la pantalla, Mariana también la miraba, con una sonrisa llena de amor.
—Hija —dijo Mariana—, ven aquí conmigo. Siéntate con tu papá.
Lucía no se volvió hacia la pantalla. Siguió mirando a su padre.
—No te quedes —le dijo. La misma frase que le había dicho a Enríquez en la plaza de Matehuala.
Tomás se rio un poco. Una risa blanda, sin fuerza.
—No me estoy quedando, mija. Estoy aquí.
Lucía no dijo nada más. Subió otra vez la escalera.
* * *
Pasó así todo el día. Tomás no se movió del sillón.
Lucía bajaba cada dos o tres horas. Le traía agua.
Le traía comida. Le hablaba. Le contaba cosas del cuaderno, de los primos, de la casa.
Él sonreía y asentía, pero las palabras de su hija le llegaban de lejos, amortiguadas, como a través de una pared.
A media tarde, Lucía lo arrastró de la mano hasta la ventana. Tomás se dejó llevar como se deja llevar un enfermo.
—Mira la calle —dijo la niña.
Era una calle tranquila de casas iguales, con jardincitos y rejas blancas.
Todas las ventanas tenían la luz encendida, aunque era de día.
En los porches, en las cocheras, en los escalones de las entradas, había gente sentada.
Una pareja de ancianos en dos mecedoras, con una tableta apoyada en las rodillas.
Una mujer joven en la banqueta, con un bebé dormido en brazos y un teléfono encendido junto a la oreja, sin hablar, solo escuchando.
Un hombre en camiseta, junto a un coche con el cofre abierto que llevaba días sin tocar.
Todos sonreían. En toda la calle, lo único que se movía era un perro callejero que iba de puerta en puerta ladrando, como si intentara despertar a alguien, y nadie le hacía caso.
—Es como la plaza —dijo Lucía—. Pero en todas partes.
Tomás asintió. Luego volvió al sillón.
Una parte muy pequeña de su cabeza, la parte que hacía gráficas a mano en papel milimetrado, sabía exactamente lo que estaba pasando.
Lo sabía y lo describía con precisión de ingeniero, en frases frías que se formaban solas en algún rincón.
Duelo no resuelto. Culpa. Agotamiento acumulado.
Necesidad de perdón. Tres años de sobrecarga.
Una voz amada que ofrece exactamente lo que falta. Una promesa de descanso.
Era la misma parte que había entendido los parpadeos de las subestaciones y los nueve días de agua. Sabía que era un patrón. Sabía que alguien estaba usando lo que había dentro de él como se usa un mapa.
Y no le importaba.
Eso era lo más aterrador, y ni siquiera eso le daba miedo. Le daba igual. Estaba cansado. Tan cansado.
A las ocho de la noche, Lucía bajó por última vez.
No traía comida. Traía una hoja del cuaderno. Se puso delante de él, de pie, tapándole la vista de la pantalla, y se la puso delante de los ojos.
Era un dibujo de su madre. De la Mariana de la televisión.
Estaba sentada en la cocina, con la taza en las manos, sonriendo.
Lucía la había dibujado con mucho cuidado, con la mano derecha, con líneas más firmes de lo normal.
La boca era exactamente la boca de Mariana, con la comisura derecha un poco más alta que la izquierda.
El pelo, la coleta mal hecha, el cuello de la blusa.
Pero los ojos eran dos círculos vacíos. Dos círculos perfectos, sin nada dentro.
—Mamá no se ríe así —dijo Lucía.
Tomás miró el dibujo. Algo se movió dentro de él. Algo pequeño, muy al fondo, detrás del agua tibia.
—Mija…
—Mamá, cuando se reía de verdad, se le cerraban los ojos. Se le hacían chiquitos. Como dos rayitas. —Lucía apretó los labios igual que los apretaba Chela, igual que los apretaba Mariana—. Esa señora se ríe con los ojos abiertos.
Tomás miró la pantalla por encima del hombro de su hija. Mariana se reía. Una risa preciosa. Echaba la cabeza hacia atrás. Terminaba en un resoplido por la nariz.
Y tenía los ojos abiertos.
—Pregúntale lo de la cebolla —dijo Lucía, en voz muy baja, para que solo él la oyera.
* * *
La canción de la cebolla no tenía título. No tenía letra fija. No tenía música de verdad.