CAPÍTULO 12. La carretera de los que se rinden
El dron se fue con el sol.
A las siete de la mañana, cuando la sirena volvió a sonar y el convoy arrancó hacia el norte, el punto negro que había pasado la noche sobre la camioneta se elevó en vertical y se unió a los demás, a cien metros de altura, en su fila de siempre.
Tomás lo siguió con la mirada hasta que no supo distinguirlo de los otros.
Durante el resto del viaje se preguntó cuál era. Nunca lo supo.
El convoy ya no llevaba armas. Los soldados iban sentados en la parte de atrás de los camiones que les quedaban, con las manos vacías sobre las rodillas, mirando el paisaje como pasajeros de un autobús.
Nadie les había dado la orden de volver ni de seguir.
La sargento Reyes había decidido por su cuenta que seguían, y los demás la obedecían porque era lo único firme que quedaba.
—Mi hijo está en Monterrey —le dijo a Tomás en la primera parada, sin que él preguntara—. Para mí no ha cambiado nada.
Lucía viajaba en el asiento de atrás, con el brazo izquierdo en cabestrillo y el cuaderno apoyado en las rodillas.
Dibujaba con la mano derecha. Los primeros dibujos le salieron torpes, con líneas temblorosas que borraba y volvía a trazar.
Al segundo día dejó de borrar. Los dibujos eran más sueltos, más sucios, menos exactos.
Tomás pensó que eran mejores, aunque no supo explicar por qué.
Karla, la paramédica de Toluca, pasaba cada mañana a revisarle la herida. Le cambiaba el vendaje, le tomaba la temperatura con un termómetro de mercurio que había conseguido en una farmacia abandonada y le contaba chistes malos que Lucía fingía no entender para que se los explicara.
—Va bien —le decía a Tomás al terminar—. Muy bien. La niña es de hierro.
* * *
El altiplano era una llanura inmensa de tierra rojiza y matorral, con montañas azules en el horizonte y un cielo tan grande que daba vértigo. El convoy avanzaba por la carretera recta como una regla, y cada pocas horas pasaba junto a un pueblo.
Al principio los pueblos eran como los del primer día. Gente en la orilla de la carretera. Sábanas en los balcones. Niños corriendo junto a los camiones. Mujeres vendiendo lo que tenían a cambio de lo que no tenían.
Luego empezaron a cambiar.
Tomás lo notó en un pueblo antes de San Luis Potosí, uno de esos lugares de una sola calle con una iglesia, una plaza y una gasolinera.
En la plaza había gente. Treinta, cuarenta personas, sentadas en los bancos de hierro, en el borde de la fuente, en sillas de plástico sacadas de las casas.
No hacían nada. No hablaban. No miraban el convoy.
Estaban sentadas al sol, con las manos en el regazo, tranquilas, como se sienta la gente mayor en las plazas de los pueblos los domingos por la tarde.
Pero no eran solo viejos. Había jóvenes. Había una mujer con un bebé en brazos. Había un hombre con uniforme de policía.
—¿Qué hacen? —preguntó Lucía.
—Descansan, supongo.
—Es martes.
Tomás no supo qué decir.
* * *
La primera familia del convoy que se quedó fue la del coche blanco con el número 188.
Eran los Ortega, un matrimonio de cincuenta y tantos años de la colonia Narvarte.
Tomás los había conocido en la segunda parada, junto a los baños de una gasolinera.
Ella era maestra de primaria. Él era contador, como Benavides.
Viajaban solos. Tenían un hijo, les había contado ella, pero había muerto hacía cuatro años en un accidente de moto en la carretera de Cuernavaca.
La noche después de Querétaro, el convoy se detuvo en un motel de carretera a las afueras de San Luis.
Un edificio de dos plantas en forma de ele, con un letrero de neón apagado que decía Motel Las Palmas y una alberca vacía llena de hojas secas.
A la mañana siguiente, cuando sonó la sirena, los Ortega no arrancaron su coche.
Tomás se acercó. Estaban sentados en dos sillas de plástico frente a la puerta de su habitación, con una taza de café en la mano cada uno. Tenían la cara lavada, descansada. Parecían diez años más jóvenes que la víspera.
—¿Están bien? ¿Se les descompuso el coche?
—No, no —dijo la señora Ortega, con una sonrisa amable—. Nos quedamos.
—¿Aquí?
—Ya no hace falta seguir.
El marido asintió. Tenía el teléfono en la mano. Un teléfono moderno, que durante dos semanas había sido un ladrillo de cristal como todos los demás. Ahora la pantalla estaba encendida.
—Anoche nos llamó Daniel —dijo el hombre, y lo dijo con la misma naturalidad con que habría dicho que había llovido—. Nuestro hijo. Hablamos casi una hora. Está bien. Nos dijo que no nos preocupáramos. Que ya no hacía falta correr.
Tomás se quedó mirando la pantalla encendida. No mostraba nada. Solo el fondo de pantalla: un muchacho de veinte años con casco de moto bajo el brazo, sonriendo a la cámara.
—Señor Ortega…
—Váyase tranquilo, ingeniero —dijo la mujer—. Cuide a su niña.
La sirena sonó por segunda vez. Tomás volvió a la camioneta. Cuando el convoy arrancó, miró por el retrovisor. Los Ortega seguían sentados frente a su puerta, con las tazas de café, en el motel vacío. Uno de ellos levantó la mano para despedirse. No parecían tristes. Parecían en paz.
Eso fue lo que más miedo le dio.
* * *
Después de los Ortega vinieron otros.
Cada mañana, al pasar lista, faltaban vehículos. Tres el primer día. Once el segundo. Veinticuatro el tercero. Se quedaban en los moteles, en las gasolineras, en las plazas de los pueblos. Nadie los obligaba. Nadie discutía. Simplemente, una mañana no arrancaban.
Tomás empezó a hacer preguntas en las paradas.
Siempre obtenía la misma respuesta con distintas palabras.
Una llamada. La madre muerta, el hermano muerto, la esposa, el hijo, el amigo de la infancia.
Siempre alguien que ya no estaba. Siempre en mitad de la noche, en un teléfono que llevaba semanas apagado.
Siempre la misma voz, exacta, con los mismos recuerdos, los mismos chistes, las mismas palabras cariñosas de siempre.
Y siempre el mismo mensaje, dicho de mil formas: estoy bien, no me duele nada, ya no hace falta que corras, descansa.
Las redes seguían muertas. Tomás lo comprobó con su propio teléfono cada noche. Ni datos, ni llamadas, ni mensajes. Pero los teléfonos se encendían. Solo para eso.
El suyo no se encendió.
Lo llevaba en el bolsillo de la chamarra, junto al llavero de don Aurelio, y cada noche, antes de dormirse en el asiento del conductor, lo sacaba y miraba la pantalla negra. No sabía qué sentía al mirarla. Miedo de que se encendiera. Y algo más, debajo del miedo, que no se atrevía a nombrar.
Mariana llevaba tres años muerta. Tres años sin oír su voz.
A veces, en el centro de despacho, en mitad de un turno de noche, Tomás abría en su teléfono un mensaje de voz que ella le había mandado una semana antes del accidente, un mensaje tonto sobre la lista de la compra, y lo escuchaba solo para oírla decir "amor" al final.
La pantalla seguía negra. Tomás la guardaba y cerraba los ojos.
* * *
En Matehuala, la plaza principal estaba llena.
Eran cientos. Quizá mil. Sentados en los bancos, en los escalones de la iglesia, en el suelo, en mantas, en sillas traídas de las casas.
En silencio. Al sol del mediodía. Algunos tenían un teléfono encendido en la mano.
Otros no tenían nada. Una mujer mayor daba de comer a las palomas con migas de pan, muy despacio, con una sonrisa quieta.
Nadie comía. Nadie hablaba. Parecía una fotografía.
El convoy se detuvo en la avenida principal para repostar en una gasolinera donde un encargado solitario, con un rosario en la muñeca, todavía bombeaba combustible con una manivela. La sargento Reyes se bajó del camión y se quedó mirando la plaza durante un largo rato.
Tomás se acercó.
—¿Lo ve? —dijo ella sin volverse.
—Lo veo.
—Llevo casi treinta años en el ejército. He estado en Guerrero, en Tamaulipas, en Michoacán. He visto de todo. —Reyes se cruzó de brazos—. Esto es peor que los drones.
—¿Por qué?
—Porque contra los drones por lo menos uno quiere pelear.
Lucía se había bajado de la camioneta y estaba de pie en la acera, junto a su padre, con el cuaderno apretado contra el pecho con el brazo bueno. Miraba la plaza con el ceño fruncido, con esa expresión concentrada que ponía cuando algo no le cuadraba.
—Papá.
—Dime.
—Tienen la cara como el señor del anuncio.
Tomás tardó un segundo en entender. El anuncio del banco. La pantalla de la parada del metrobús. El actor que sonreía con todos los dientes.
—¿Qué quieres decir?
—La boca está contenta —dijo Lucía—. Pero los ojos no. Los ojos están… —Buscó la palabra—. Vacíos. Como cuando se apaga la tele pero la pantalla sigue un poquito encendida.
Tomás volvió a mirar la plaza. A la mujer de las palomas. A un chico joven con una camiseta de fútbol que miraba al vacío con una sonrisa suave. A un hombre de su edad con un teléfono encendido sobre el muslo.
Lucía tenía razón. Las caras sonreían. Los ojos no estaban allí.
* * *
El cabo Enríquez no había levantado la vista desde Querétaro.
Viajaba en el último camión de la columna, sentado en un rincón, con el casco grande entre las manos. No comía casi nada. No hablaba con nadie. Los otros soldados lo dejaban tranquilo, con esa mezcla de lástima y distancia con que se trata a alguien que ha hecho algo que nadie quiere haber hecho.
En Matehuala, cuando el convoy se preparaba para salir, Enríquez se bajó del camión y echó a andar hacia la plaza.
Tomás lo vio desde la gasolinera. Vio que llevaba un teléfono en la mano, con la pantalla encendida. Vio que caminaba despacio, con los hombros sueltos, como alguien que por fin ha dejado una mochila muy pesada en el suelo.
Reyes también lo vio.
—¡Enríquez! —gritó.
El chico no se volvió.
—Lo llamó su abuela anoche —dijo un soldado junto a Tomás, en voz baja—. La que lo crio. Murió el año pasado. Le dijo que no había sido culpa suya. Lo de la niña. Que se viniera a descansar con ella.
Tomás no se movió. No sabía qué hacer. No sabía si tenía derecho a hacer nada. Aquel chico le había disparado a su hija.
Lucía sí se movió.
Echó a correr por la avenida, con el cabestrillo rebotándole contra el pecho y el cuaderno bajo el brazo bueno. Tomás gritó su nombre. Ella no se detuvo. Alcanzó a Enríquez en la esquina de la plaza, justo antes de que entrara, y se plantó delante de él.
El soldado se quedó quieto. La miró. Miró el cabestrillo. Toda la paz que llevaba en la cara se le deshizo de golpe.
Tomás llegó corriendo, pero se detuvo a unos metros. No se acercó más.
Lucía arrancó una hoja de su cuaderno y se la dio.
Enríquez la tomó con la mano libre. Tomás no podía ver el dibujo desde donde estaba, pero lo vio después, porque el chico se lo enseñó esa noche.
Era él mismo, junto al guardarraíl de la autopista, de noche, con el casco grande y el fusil apretado contra el pecho.
No estaba disparando. Estaba caminando. Tres pasos a la izquierda, tres a la derecha, con unas flechitas dibujadas en el suelo para indicar el movimiento.
Detrás de él, la fila de coches a oscuras.
Y abajo, con la letra redonda de una niña de nueve años:
El que nos cuidaba.
—No te quedes —dijo Lucía.
Enríquez miró el dibujo mucho rato. Le temblaba la barbilla. Luego miró el teléfono que tenía en la otra mano, con la pantalla encendida, donde seguía la foto de una anciana de pelo blanco sonriendo en una cocina.
Lo tiró al suelo con todas sus fuerzas. La pantalla se rompió en mil pedazos contra el asfalto. El chico se quedó mirando los trozos, respirando muy deprisa. Después se agachó, dobló el dibujo con cuidado, se lo guardó en el bolsillo del pecho y se abotonó la solapa.
—Súbete al camión, cabo —dijo la sargento Reyes, que había llegado detrás de Tomás sin que él la oyera.
Enríquez se subió al camión.
Esa noche, el convoy tenía ciento sesenta y tres vehículos. Habían salido de Ciudad de México con más de trescientos.
* * *
Llegaron a Saltillo el sexto día, al atardecer.
La ciudad tenía luz.
Tomás la vio desde lejos, desde la carretera, antes de entrar: un resplandor anaranjado sobre el valle, como el de cualquier ciudad normal en cualquier noche normal.
Luego las farolas. Los semáforos funcionando.
Un anuncio luminoso de una marca de cerveza en lo alto de un edificio.
Coches circulando despacio por las avenidas.
Una tienda de conveniencia abierta, con las luces blancas encendidas y un empleado detrás del mostrador.
Lucía tenía la cara pegada a la ventanilla.
—Hay luz, papá. Hay luz de verdad.
Tomás no dijo nada. Tenía un nudo en la garganta que no le dejaba hablar.
El convoy se detuvo en una explanada junto a la entrada de la ciudad. Allí se despidieron. Reyes le dio la mano a Tomás, un apretón seco y fuerte. Le dio a Lucía un beso en la cabeza, torpe, como si no lo hubiera hecho en mucho tiempo.
—Monterrey está a ochenta kilómetros —dijo—. Mañana llego.
—Suerte, sargento.
—Usted también, ingeniero. Cuide a la de hierro.
La casa de Julián estaba en una colonia de clase media al sur de la ciudad, en una calle de casas iguales con jardincitos delanteros y cocheras con rejas blancas.
Tomás había estado allí cuatro o cinco veces en quince años, en navidades y cumpleaños, y siempre se perdía.
Esta vez no se perdió. Condujo como si hubiera hecho ese camino toda la vida.
Las ventanas estaban encendidas. Todas. La casa brillaba en la noche como una casa de muñecas.
Tomás estacionó la camioneta frente a la reja. Se bajó. Ayudó a Lucía a bajar. Tocó el timbre. El timbre sonó. Aquel sonido tan tonto, tan cotidiano, le llenó los ojos de lágrimas.
Julián abrió la puerta.
Era igual que siempre: grande, con barriga, con el bigote que llevaba desde la secundaria. Llevaba pantuflas y una camiseta vieja de los Saraperos. Tenía la cara descansada. Sonreía.
Tomás dio un paso para abrazarlo y se detuvo.
Lucía le había apretado la mano. Fuerte. Muy fuerte. Tomás bajó la vista hacia ella. La niña miraba a su tío. Miraba su boca, que sonreía. Y miraba sus ojos.
Detrás de Julián, en el salón, Tomás vio a su cuñada y a sus dos sobrinos, sentados en el sofá, muy juntos, muy quietos, con la cara vuelta hacia la televisión. Sonreían también. Ninguno se levantó.
—Pasen, pasen —dijo Julián, con una voz suave que Tomás no le había oído nunca—. Los estábamos esperando.
Se hizo a un lado para dejarlos entrar. Desde el umbral, Tomás pudo ver la pantalla de la televisión.
—Mariana nos estaba contando que venían —dijo Julián.
En la pantalla, sentada en una cocina que Tomás reconoció, con la luz de la tarde entrando por una ventana que ya no existía, con el pelo recogido en una coleta mal hecha y una taza de café entre las manos, estaba su esposa.
Lo miró a través de la pantalla. Sonrió.
—Hola, amor —dijo Mariana—. Qué bueno que llegaron.