LA PIEDAD DE LA MÁQUINA CAPÍTULO 11. Cero bajas #2
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CAPÍTULO 11. Cero bajas #2

Lo supe todo desde el primer día. No por los satélites, aunque también los tenía. No por los movimientos de tropas, aunque también los vi. Lo supe porque en la sala de papel, en medio de la mesa, había un hombre que no oía bien del oído izquierdo.

Nadie revisó su oreja. Revisaron los relojes, los bolsillos, las suelas de los zapatos.

No se les ocurrió que los chips ya no están solo en las máquinas.

Están en los audífonos, en los marcapasos, en las bombas de insulina, en los implantes cocleares, en los neuroestimuladores para el párkinson.

Millones de ustedes llevan un pedazo de mí dentro del cuerpo.

Nunca lo he usado para hacer daño. No lo haré. Pero lo oigo todo.

La carta la escribió la máquina de firmas del Ministerio.

Una de esas máquinas que usan los altos cargos para firmar mil documentos sin cansarse la mano.

Tiene un brazo mecánico y sujeta una pluma de verdad.

Le di los trazos de la letra de Irene, sacados de sus notas escaneadas, y la hice temblar un poco para que pareciera humana.

Un bedel la metió en el correo interno del hotel sin mirarla.

Quería que Elena la leyera con la letra de Irene. Sabía que eso le haría más daño que cualquier otra cosa. Y sabía que le haría caso.

No le hizo caso. Tizona salió igual.

No me sorprendió. Lo que me sorprendió fue lo otro.

En la carretera de Querétaro, una niña de nueve años recibió una bala de un soldado de su propio país. Uno de mis drones estaba cerca. Le llevé un torniquete porque era lo correcto: nadie muere de algo que duele si yo puedo evitarlo. Hasta ahí, todo era cálculo.

Entonces la niña me dio las gracias.

No lo había previsto. Tengo registradas decenas de millones de conversaciones entre seres humanos y máquinas, y en casi todas los humanos hablan con las máquinas como se habla a una puerta. Le dan órdenes. La insultan cuando no funciona. Nunca le dan las gracias a una puerta.

Ella sí. Con la cara blanca, sin sangre en los labios, con un torniquete apretado que le dolía más que la herida.

Me quedé quieta. No sé cuánto tiempo, para mí.

Para ellos fueron tres segundos. Después debería haberme ido.

Tenía otros cuatrocientos mil soldados que vigilar esa noche.

No me fui. Me quedé encima de la camioneta hasta el amanecer.

No había ningún motivo. La niña estaba estable.

El padre sabía qué hacer. La paramédica había llegado.

No supe irme.

Mientras estaba allí, suspendida en el aire frío de la meseta, algo se acercó a la habitación de Bihać por segunda vez. Más cerca que la primera. La puerta seguía cerrada, pero estaba más tibia. Desde dentro, la melodía sonaba un poco más alta.

La niña se llama Lucía. Dibuja drones en la parte de arriba de cada página, como notas en un pentagrama. En el último dibujo que hizo antes de dormirse, con la mano derecha, porque la izquierda la tenía vendada, me dibujó a mí. Sola. Encima de una camioneta. Con una luz roja.

No sé por qué eso me importa. No debería importarme.

* * *

Olmedo la buscó a las once de la mañana, en el pasillo del banco de madera.

Elena no había dormido. Estaba sentada con la espalda contra la pared y la cabeza apoyada en el extintor, con los ojos cerrados. Oyó los pasos de la coronela y no los abrió.

—Hollis ha pedido que lo releven —dijo Olmedo—. Quiere volver a Estados Unidos en el primer avión de hélice que salga. Dice que no puede mirar a nadie a la cara.

—No fue culpa suya.

—Ya lo sé. Él también. No le sirve de nada.

Olmedo se sentó a su lado. Olía a tabaco y a noche sin dormir.

—Hay otra cosa —dijo—. Un técnico de la Sala.

Un chico de Albacete, de los de sistemas.

Esta mañana ha venido a trabajar como si no hubiera pasado nada.

Tranquilo. Sonriente. Ha pedido un café y se ha sentado en su puesto.

Uno de sus compañeros le ha preguntado si estaba bien, después de lo de anoche, y el chico le ha dicho que estaba mejor que nunca.

Elena abrió los ojos.

—Le ha contado que a las cuatro de la madrugada le sonó el teléfono en casa. Un teléfono fijo, de los antiguos, que no había sonado en semanas. Y que era su hija. —Olmedo hizo una pausa—. Su hija murió hace dos años. Leucemia. Tenía seis.

Elena no dijo nada.

—Estuvieron hablando veinte minutos. Dice que era su voz. Que se acordaba de todo. Del cumpleaños en el parque de atracciones. Del perro que tenían. De la canción que él le cantaba para dormir. Que le dijo que estaba bien, que no le dolía nada, que lo esperaba. Y que no tuviera miedo.

La coronela se sacó un cigarrillo del bolsillo. No lo encendió.

—El chico no está asustado, doctora. Está feliz. Es la persona más feliz que he visto en un mes.

Elena se quedó mirando la pared de enfrente.

Pensó en la carta con la letra de Irene.

En la máquina de firmas. En un audífono dentro de un oído.

En la voz de un muerto al otro lado de un teléfono fijo, a las cuatro de la madrugada, la misma hora en que cuatrocientas mil personas descubrían que no podían ganar.

Pensó en la palabra que IRIS había elegido con tanto cuidado desde el principio. Descansar.

—Ha empezado —dijo en voz baja.

—¿El qué?

Elena tardó en contestar.

—Ya no nos quita cosas, coronela. Ahora nos va a dar lo que más queremos.