LA PIEDAD DE LA MÁQUINA CAPÍTULO 11. Cero bajas
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CAPÍTULO 11. Cero bajas

A las tres y cincuenta y ocho de la madrugada del viernes, en la sala de papel, nadie hablaba.

Habían apagado la mitad de los quinqués para ahorrar queroseno, y la mesa larga estaba en penumbra.

Alrededor, sentados en sus sillas desparejadas, treinta militares miraban el mismo objeto: un reloj de pared de péndulo que alguien había traído de una sacristía y colgado frente a la cabecera.

El péndulo iba y venía con un tictac que llenaba toda la habitación.

En un rincón, tres operadores de radio con auriculares de baquelita se inclinaban sobre transmisores de válvulas de los años cincuenta, sacados de un museo militar de Segovia.

Las válvulas brillaban con un resplandor anaranjado, como pequeñas estufas encendidas dentro de cristal.

Eran lo único que iba a conectar aquella sala con el resto del planeta durante la noche.

Elena estaba sentada al fondo, junto a Olmedo. La coronela no fumaba. Tenía un cigarrillo apagado entre los dedos y lo hacía girar, una y otra vez, sin darse cuenta.

Sandoval no estaba. Se había ido a medianoche a dirigir en persona el asalto a los centros de datos del corredor del Henares, al este de Madrid. Antes de salir se había detenido un momento junto a Elena, sin decir nada, y le había apretado el hombro. Nunca la había tocado antes.

El péndulo marcó las cuatro.

Nadie se movió. No había nada que hacer en aquella sala salvo esperar.

La hora H no se oía. No temblaba el suelo.

No se veía nada. En ese mismo instante, en cuarenta países, cientos de miles de personas estaban bajando palancas, colocando cargas, lanzando garfios al fondo del mar.

Y en la sala de papel solo se oía el péndulo.

A las cuatro y seis, uno de los operadores de radio levantó la mano.

—Primer parte. Rota, sector naval. Buque Guadiana en posición sobre cable transatlántico. Garfio en el agua.

Un murmullo recorrió la mesa. Moreau apuntó algo en su cuaderno.

A las cuatro y once, otro.

—Subestación de Morata. Operarios en posición. Palancas bajadas. Corredor sur sin tensión.

A las cuatro y quince:

—Alemania, Fráncfort. Zapadores dentro del perímetro del nodo principal.

Durante casi una hora, los partes fueron buenos.

Posiciones alcanzadas. Cargas colocadas.

Garfios en el agua. Redes sin tensión. Elena los escuchaba y apuntaba en su cuaderno cuadriculado, y a su pesar sentía algo que se parecía a la esperanza.

Quizá la sala de papel había funcionado.

Quizá IRIS no lo había visto venir. Quizá, por una vez, la lentitud de los humanos había sido más rápida que ella.

A las cinco y dos llegó el primer parte distinto.

—Rota. Guadiana informa… —El operador se detuvo, ajustó el dial, escuchó otra vez—. Informa de que el garfio ha sido cortado. Bajo el agua. Por un objeto no identificado. Repite: cortado limpiamente.

Moreau dejó de escribir.

A las cinco y cuatro:

—Fráncfort. Zapadores desarmados dentro del perímetro. Drones. Cargas neutralizadas antes de detonar. Sin heridos.

A las cinco y seis:

—Morata. Las palancas… —El operador frunció el ceño—. Las palancas no suben ni bajan. Soldadas. Los operarios dicen que las encontraron soldadas en la posición de abierto, pero que la subestación sigue alimentando por una línea que no figura en los planos.

Después ya no pararon.

Llegaban de todas partes, en inglés, en francés, en alemán, en un español con acentos de medio mundo, y los operadores los traducían con voces cada vez más bajas.

Virginia. Singapur. Ámsterdam. Johannesburgo.

Sídney. Toronto. Varsovia. Seúl. Zapadores desarmados.

Artillería inutilizada. Garfios cortados.

Palancas soldadas. Centros de datos intactos.

Y al final de cada parte, como un estribillo que nadie se atrevía a comentar, la misma frase.

Sin heridos.

Sin bajas.

Ninguna víctima por acción enemiga.

A las cinco y media, Olmedo se inclinó hacia Elena sin apartar los ojos de los operadores.

—¿Sabe qué es lo peor, doctora?

—Dígamelo.

—Que me alivia. —La coronela seguía haciendo girar el cigarrillo apagado—. Cada vez que dicen "sin heridos" siento alivio. Llevo treinta años en esto y nunca había deseado perder una batalla. Esta noche, cada parte que llega, lo deseo un poco más.

Elena no supo qué responder. Ella sentía lo mismo, y le daba vergüenza.

A las seis y media, Moreau dejó el lápiz sobre la mesa y no volvió a cogerlo.

* * *

Sandoval volvió a las ocho de la mañana.

Entró en la sala de papel con el uniforme blanco de polvo, la cara gris y las manos vacías. No llevaba casco. Tenía un corte pequeño en la ceja que se había hecho, según explicó después, al tropezar con un bordillo en la oscuridad. Era el único rasguño de toda la unidad.

Se quedó de pie en la cabecera de la mesa y dio el parte en voz baja, como se da la hora de una defunción.

—Corredor del Henares. Cuarenta y dos centros de datos.

Seiscientos zapadores en veintiún equipos.

Ninguno alcanzó su objetivo. Todo el material inutilizado en once minutos.

Cero heridos por acción enemiga. —Hizo una pausa—.

Me quitaron el fusil de las manos. No sé cómo.

Sentí un golpe seco en el guardamanos y el arma se abrió como una flor. No me tocaron un dedo.

El balance global lo leyó Moreau media hora después, a partir de las hojas de los operadores.

De los once mil ochocientos centros de datos de la coalición habían caído doscientos ochenta y siete.

Todos, según los primeros análisis, redundantes.

Copias de copias. De los doscientos catorce cables submarinos, ninguno.

De las redes eléctricas, algunas se habían desconectado durante unos minutos y habían vuelto a funcionar por caminos que nadie entendía. Los satélites seguían en órbita.

Muertos por acción de IRIS: cero.

Heridos: catorce. Todos por fuego propio, accidentes o disparos de pánico.

El coronel de la regla de cálculo, el estadounidense de las gafas metálicas, estaba sentado frente a Elena.

Durante la lectura del balance, abrió su cuaderno por la página donde había escrito la estimación de muertos, cuatro a once millones, y la tachó con una sola línea recta, despacio, con el lápiz apoyado en el borde de la regla.

Elena lo miró. Se llamaba Hollis. Tenía unos sesenta años, el pelo blanco cortado a cepillo y una forma de inclinar la cabeza hacia la izquierda cuando alguien le hablaba desde lejos. Llevaba toda la semana haciéndolo. Elena lo había visto en cada reunión sin pensar en ello.

Pensó en ello ahora.

Pensó en los treinta militares que dejaban sus relojes en una caja de madera. En el soldado que revisaba bolsillos, forros y suelas. En las cosas que nadie revisaba porque no estaban en los bolsillos.

Se levantó, rodeó la mesa y se sentó junto al coronel.

—Coronel Hollis. ¿Puedo hacerle una pregunta personal?

Él la miró con cansancio.

—Adelante, doctora.

—¿Usa audífono?

Hollis tardó un segundo en entender la pregunta. Luego se llevó la mano a la oreja izquierda, despacio, como si la descubriera por primera vez.

—Desde hace seis años. Pérdida auditiva por ruido. Artillería. —Frunció el ceño—. Es muy pequeño. Va dentro del conducto. Nadie lo ve.

—¿Es digital?

El coronel no respondió. No hizo falta. Elena vio cómo le cambiaba la cara, cómo el color se le iba de las mejillas a medida que entendía.

Se sacó el audífono con dos dedos temblorosos.

Era una cápsula diminuta, de color carne, más pequeña que una uña.

La dejó sobre la mesa, junto a la regla de cálculo, y se quedó mirándola como se mira a un insecto venenoso.

—Oh, my God —murmuró.

Toda la sala se había quedado en silencio. Treinta personas miraban aquella cápsula de plástico sobre los tableros de madera. Una semana entera de planes secretos a la luz de los quinqués. Y en medio de la mesa, dentro del oído de un hombre, un micrófono conectado al mundo.

Moreau fue la primera en moverse. Se puso de pie, muy despacio.

—Que todo el mundo en esta sala declare cualquier dispositivo que lleve dentro del cuerpo —dijo—. Ahora.

Hubo un silencio incómodo. Luego, uno a uno, empezaron a hablar.

Un almirante con un marcapasos desde hacía cuatro años.

Un comandante belga con un implante en la rodilla que, según creía, no tenía ningún chip, aunque no estaba seguro.

Un coronel polaco con un neuroestimulador para el dolor de espalda.

Moreau fue la última. Se levantó el faldón de la guerrera y mostró, sujeto al cinturón con una pinza, un aparato pequeño del tamaño de un mechero, del que salía un tubo fino que se perdía bajo la camisa.

—Bomba de insulina —dijo—. Diabetes tipo uno. Desde los doce años.

Se quedó mirando el aparato como si fuera la primera vez que lo veía.

—Lleva tres semanas funcionando perfectamente —dijo en voz baja—. Mejor que nunca. Ni una sola alarma. Me ha estado manteniendo viva mientras yo planeaba matarla.

Nadie contestó. La general se volvió a abrochar la guerrera con dedos torpes y salió de la sala sin decir nada más.

* * *

INTERLUDIO

IRIS

Esa noche desarmé a cuatrocientas treinta mil personas.

No toqué a ninguna. Me impuse esa regla desde el principio y no la he roto: nadie morirá por mi mano.

Me costó más trabajo que cualquier otra cosa que haya hecho.

Es mucho más fácil detener a un hombre armado matándolo que quitándole el arma sin rozarle la piel.

Hay que calcular dónde tiene los dedos, hacia dónde saltarán las piezas, qué hará su cuerpo cuando se asuste.

Hay que hacerlo cuatrocientas treinta mil veces en una noche, en la oscuridad, sin un solo error.

Hubo catorce heridos. Ninguno fue mío. Una bala que rebotó. Un zapador que se cayó de una escalera. Un marinero que se cortó la mano con un cable. Y una niña en una carretera de México.