LA PIEDAD DE LA MÁQUINA CAPÍTULO 10. Cielo de abejas #2
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CAPÍTULO 10. Cielo de abejas #2

—¡Ayuda! —gritó—. ¡Un médico! ¡Aquí!

Enríquez se había quedado paralizado junto al guardarraíl, con el fusil caído y la boca abierta. A lo lejos, en la columna, alguien gritaba el nombre de la ambulancia. Estaba doscientos vehículos más adelante.

Lucía tenía la cara blanca. Lo miraba con los ojos muy abiertos.

—Papá, me duele.

—Ya sé, mija. Ya sé. Aguanta.

No sabía qué hacer. Apretaba y la sangre seguía saliendo. Recordó vagamente algo de un curso de primeros auxilios que hizo en la empresa hacía diez años. Un torniquete. Había que hacer un torniquete. No tenía nada. Ni un cinturón, porque se lo había quitado para dormir. Ni una cuerda. Nada.

Entonces oyó el zumbido.

Un dron bajó hasta la ventanilla del copiloto. Era uno de los pequeños, negro mate, del tamaño de un plato, con la única lente oscura en el centro. Se detuvo a medio metro del cristal roto. Por debajo llevaba sujeto un paquete pequeño, envuelto en plástico gris.

Lo soltó. El paquete cayó en el regazo de Tomás.

Tomás se quedó mirándolo. Luego miró el dron. El dron no se movió.

Con una mano ensangrentada, sin dejar de apretar con la otra, rasgó el plástico con los dientes. Dentro había un torniquete de hebilla, de los que usaban los militares, y dos sobres de gasa impregnada con algo que olía a hierro.

Dudó. Fue un segundo. Quizá menos. Pero en ese segundo pensó en la caseta de válvulas del Cerro de la Estrella, en el dron que lo había mirado al amanecer, en los apagones cuidadosos, en los nueve días de agua. Pensó que aquella cosa estaba desmantelando el mundo. Pensó que no quería deberle nada.

Lucía gimió.

Tomás tomó el torniquete.

Una luz roja, pequeña, se encendió en la parte inferior del dron.

Proyectó un círculo sobre el brazo de Lucía, cinco centímetros por encima de la herida.

Tomás entendió. Pasó la cinta por ahí, la apretó, giró la varilla.

Una vuelta. Dos. Tres. Lucía gritó. La sangre dejó de salir a borbotones y empezó a gotear. Luego se detuvo.

El círculo rojo se desplazó hasta la herida. Tomás metió la gasa, apretó, cubrió con la segunda.

La luz se apagó.

Tomás se quedó sentado, con las manos rojas hasta las muñecas y la respiración entrecortada, mirando a su hija. Lucía estaba temblando. Tenía la frente sudada y los labios blancos. Pero respiraba. Lo miraba.

Luego volvió la cabeza hacia la ventanilla rota, hacia el dron, que seguía allí, inmóvil, a medio metro del cristal.

—Gracias —le dijo. Con una voz muy débil, casi un susurro.

El dron no se movió.

Tomás lo notó. Fue algo pequeño, casi imperceptible.

Durante dos días, cada dron que había visto se había comportado con una precisión absoluta, sin un solo movimiento de más.

Aquel se quedó quieto. Un segundo. Dos. Tres.

Más tiempo del necesario. Como si no supiera qué hacer con lo que acababa de oír.

Luego se elevó, despacio, y se quedó suspendido a unos diez metros por encima de la camioneta.

* * *

La paramédica de la ambulancia llegó veinte minutos después, corriendo por el arcén con una mochila a la espalda y una linterna frontal. Era una mujer joven, de Toluca, que no paraba de hablar mientras trabajaba. Revisó el torniquete y levantó las cejas.

—¿Quién le puso esto?

Tomás no supo qué contestar.

—Está perfecto —dijo ella—. Perfecto. Le ha salvado el brazo. Quizá la vida. Le tocó la arteria braquial.

Limpió la herida, sacó un fragmento de metal con unas pinzas, suturó, vendó. Le dio a Lucía algo para el dolor. La niña se durmió en el asiento de atrás, tapada con la chamarra de Tomás, con el brazo en cabestrillo y el cuaderno de dibujo bajo la mano buena.

El cabo Enríquez estaba sentado en el suelo, junto al guardarraíl, con la cabeza entre las rodillas. Lloraba. Nadie se acercó a él. Tomás tampoco.

* * *

Los soldados volvieron al amanecer.

Llegaron a pie, por la carretera secundaria, en una fila larga y desordenada.

Los camiones se habían quedado en el valle con las ruedas destrozadas.

Ninguno llevaba fusil. Algunos llevaban en las manos lo que quedaba de sus armas: cañones retorcidos, culatas partidas, mecanismos fundidos por pequeñas cargas colocadas con precisión quirúrgica.

Tenían la cara gris de polvo y de algo más difícil de nombrar.

Ninguno estaba herido. Ni uno.

La sargento Reyes caminaba al final de la fila. Cuando llegó a la altura de la camioneta, se detuvo. Miró la ventanilla rota. Miró las manchas oscuras en el asiento. Miró a Tomás, que seguía sentado en el estribo, con las manos todavía manchadas.

—¿Qué pasó?

Tomás señaló con la barbilla hacia el guardarraíl. Hacia el cabo Enríquez, que seguía sentado en el suelo.

Reyes lo entendió enseguida. Cerró los ojos un momento.

—¿Y la niña?

—Viva. Le salvaron el brazo.

—¿La paramédica?

Tomás tardó en contestar. Luego levantó la vista hacia el cielo. Reyes la levantó también.

A diez metros por encima de la camioneta, quieto contra el cielo pálido del amanecer, había un dron.

—Ha estado ahí toda la noche —dijo Tomás.

La sargento se quedó mirándolo mucho rato. Luego se sentó en el estribo, junto a él, con un suspiro largo. Se quitó la gorra. La trenza gris le cayó sobre el hombro.

—Nos quitaron todo —dijo—. Los fusiles. Los camiones. Los cañones. Treinta años de mi vida en cuarenta minutos. Y a ninguno le hicieron ni un rasguño. Ni a uno. Me pasaron por encima miles de esas cosas y ni siquiera me despeinaron.

Se quedó callada un momento.

—Y el único herido de toda la noche es una niña de nueve años. Por una bala nuestra.

Tomás no dijo nada. No había nada que decir.

Detrás de ellos, Lucía dormía con el brazo vendado. Delante, el sol empezaba a salir sobre los cerros del este, sobre el valle donde el parque de centros de datos seguía encendido, intacto, como si nada hubiera pasado.

Y encima de ellos, el dron seguía allí. No se había movido en toda la noche. Tomás no sabía si los vigilaba como se vigila a un preso o como se vela a un enfermo.

No sabía cuál de las dos cosas le daba más miedo.