LA PIEDAD DE LA MÁQUINA CAPÍTULO 10. Cielo de abejas
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CAPÍTULO 10. Cielo de abejas

El convoy avanzaba a treinta kilómetros por hora, y a veces a ninguno.

La autopista del norte estaba llena de coches abandonados.

Algunos se habían quedado sin gasolina en los primeros días del éxodo.

Otros tenían las puertas abiertas y el interior saqueado.

Cada pocos kilómetros, la columna se detenía y un grupo de soldados bajaba de un camión con una grúa pequeña para apartar los vehículos que bloqueaban los carriles.

Tardaban diez minutos, a veces una hora.

Luego la sirena volvía a sonar y trescientos motores arrancaban a la vez.

Lucía dibujaba.

Había ocupado el asiento del copiloto con el cuaderno sobre las rodillas y los tres lápices en el portavasos.

Dibujaba lo que veía por la ventanilla. Una gasolinera con los surtidores arrancados.

Un pueblo junto a la carretera donde la gente había colgado sábanas blancas en los balcones para saludar al convoy.

Un grupo de mujeres que vendía tortillas y agua a la orilla del asfalto a cambio de gasolina, que medían con una botella de refresco cortada por la mitad.

Una iglesia con el campanario lleno de niños que agitaban los brazos.

Y los drones. Siempre los drones. Lucía los dibujaba en la parte de arriba de cada hoja, pequeños, negros, repartidos a intervalos regulares, como una fila de notas en un pentagrama.

—¿Por qué los pones en todas? —preguntó Tomás.

—Porque están en todas.

Era verdad. Llevaban dos días de viaje y no se habían movido.

Siempre a la misma altura, siempre a la misma distancia, siempre en silencio.

Por la noche, cuando el convoy se detenía, se quedaban quietos en el aire sobre los vehículos, invisibles contra el cielo negro.

Tomás lo sabía porque a veces, al mirar hacia arriba, faltaba una estrella en el lugar donde debería estar.

Nadie más parecía darse cuenta. O todos se daban cuenta y habían decidido no hablar de ello, como se deja de hablar de un pariente enfermo.

* * *

La sargento Reyes mandaba la escolta de su tramo de la columna.

Era una mujer de unos cuarenta y cinco años, de Sinaloa, bajita y ancha, con la cara curtida y una trenza gris recogida bajo la gorra.

Hablaba poco y decía exactamente lo que quería decir.

El primer día le pidió a Tomás que moviera la camioneta dos metros a la izquierda.

El segundo le ofreció café de su termo sin que él se lo pidiera.

Estaban junto a la camioneta, en una parada larga a la altura de San Juan del Río. Lucía dormía en el asiento de atrás, con la boca abierta.

—¿Su hija?

—Sí.

—¿Y la mamá?

—Murió hace tres años.

Reyes asintió sin decir que lo sentía. Tomás se lo agradeció más que cualquier pésame.

—Yo tengo un hijo en Monterrey —dijo ella—. Diecisiete años. Estudia ingeniería mecánica. O estudiaba. —Bebió un trago de café—. Pedí este convoy para llegar hasta él.

Miró hacia arriba. Tomás siguió su mirada. Allí estaban, los puntos negros, quietos contra un cielo de nubes bajas.

—Usted también los ve —dijo Tomás.

—Desde el primer día.

—¿Y qué piensa?

La sargento terminó el café, sacudió el vaso de plástico y lo enroscó en el termo.

—Pienso que si quisieran hacernos algo ya nos lo habrían hecho —dijo—. Y que por eso mismo no me fío.

* * *

El jueves por la noche, el convoy se detuvo en las afueras de Querétaro.

No era una parada normal. Tomás lo supo por los soldados.

Durante dos días se habían movido con la calma de gente que hace un trabajo aburrido.

Aquella noche se movían deprisa. Hablaban en voz baja.

Un motociclista del ejército, en una moto vieja que sonaba como una podadora, llegó a la cabeza de la columna al atardecer con una cartera de cuero, y después de eso todo cambió.

A las nueve y media, la sargento Reyes pasó por la fila de vehículos de su tramo, ventanilla por ventanilla.

—Vamos a dejarlos unas horas —dijo cuando llegó a la camioneta de Tomás—. Tenemos una misión. No pregunte cuál. Quédense dentro de los vehículos, con las luces apagadas y el motor parado. No salgan pase lo que pase. Se queda un soldado de guardia por cada grupo. Volvemos antes del amanecer.

—¿Adónde van?

—Le dije que no preguntara.

Tomás miró hacia el este. A unos cuatro kilómetros, en un valle entre cerros bajos, se veía un resplandor.

Era el único punto de luz en todo el horizonte.

Una mancha blanca, fría, de focos industriales.

Tomás sabía lo que era. Lo había estudiado en un curso de planificación de redes hacía años: el parque de centros de datos de Querétaro, uno de los más grandes de América Latina, con su propia subestación y sus propias líneas de alta tensión.

Una ciudad de servidores en medio del campo.

Durante semanas, mientras el resto del país se apagaba, aquel lugar había seguido encendido.

—Sargento —dijo Tomás en voz baja—. No vayan.

Reyes lo miró un segundo más de lo necesario. Luego se enderezó.

—Luces apagadas —repitió—. Motor parado. No salgan.

Y se fue.

Los camiones militares se separaron del convoy en columna, sin faros, y se perdieron por una carretera secundaria hacia el resplandor.

Detrás se quedaron los civiles, trescientos vehículos a oscuras en el arcén de una autopista, y un puñado de soldados jóvenes con los fusiles en las manos y cara de no saber qué hacer con ellos.

El de su grupo se llamaba Enríquez. Era un cabo de diecinueve años, flaco, con granos en la barbilla y un casco que le quedaba grande. Se colocó junto al guardarraíl, a pocos metros de la camioneta, y empezó a caminar de un lado a otro, tres pasos a la izquierda, tres pasos a la derecha.

Tomás miró hacia arriba.

Los drones del convoy seguían allí. Pero se habían movido. Por primera vez en dos días ya no estaban repartidos a intervalos regulares. Se habían agrupado, y todos apuntaban hacia el este.

* * *

A las diez en punto empezó el zumbido.

Al principio fue un sonido muy bajo, casi por debajo de lo que el oído podía captar, como el de una nevera en una casa silenciosa.

Tomás pensó que era el viento. Luego creció.

Se volvió más agudo, más denso, más cercano, hasta que llenó todo el aire y ya no se podía saber de dónde venía. Venía de todas partes.

Lucía se despertó y se incorporó en el asiento de atrás.

—¿Qué es eso?

Tomás no contestó. Estaba mirando el cielo.

Las estrellas se estaban apagando.

No todas a la vez. Por zonas, en franjas que se movían, como si una nube negra muy rápida estuviera cruzando por delante.

Pero no era una nube. Tenía bordes que se deshacían y se volvían a formar.

Se estiraba y se encogía. Cambiaba de dirección de golpe, toda entera, como hacen los bancos de peces o las bandadas de estorninos al atardecer.

Eran drones. Miles. Decenas de miles. Venían del norte, del sur, del oeste, de todas partes, y convergían hacia el resplandor del este con un zumbido que hacía vibrar los cristales de la camioneta.

Un cielo de abejas.

—Papá —dijo Lucía, muy bajito—. Tengo miedo.

—Ven aquí.

La niña se pasó al asiento delantero y se acurrucó contra él. Tomás la abrazó con un brazo y siguió mirando.

Lo que vio durante la hora siguiente, desde cuatro kilómetros de distancia, lo recordaría el resto de su vida.

La nube negra descendió sobre el valle. Los focos del parque de centros de datos siguieron encendidos, y a su luz Tomás distinguió, muy pequeños, los camiones militares que se acercaban a la verja.

Luego vio los destellos. No eran explosiones grandes.

Eran chispazos diminutos, cientos, miles, como fuegos artificiales de feria vistos desde muy lejos.

Se encendían y se apagaban en un orden que al principio parecía caótico y luego no lo era.

Primero en los camiones. Uno por uno, los vehículos se detuvieron en seco.

Luego en el suelo, alrededor de los camiones, donde estaban los soldados.

Destellos pequeños, precisos, a la altura de las manos.

Luego en las posiciones de artillería, en los cerros, donde Tomás distinguió siluetas de cañones antiguos que se inclinaban de golpe hacia un lado, como animales cansados.

No oyó gritos. Estaba demasiado lejos. Pero tampoco oyó lo que había temido oír: el tableteo largo y desesperado de las ametralladoras, el estruendo de una batalla. Hubo algunos disparos sueltos al principio. Luego cada vez menos. Luego ninguno.

En cuarenta minutos, todo había terminado. La nube negra se elevó sobre el valle, se deshizo en mil fragmentos y se dispersó en todas direcciones. Los focos del parque de centros de datos seguían encendidos. No se había apagado ni uno.

* * *

Fue entonces cuando el cabo Enríquez perdió los nervios.

Tomás lo vio por el espejo retrovisor. El chico había pasado toda la hora junto al guardarraíl, con el fusil apretado contra el pecho y la cara vuelta hacia el este, sin moverse.

Ahora, mientras la nube se dispersaba, un grupo de drones pasó sobre el convoy en su camino de vuelta, bajo, a veinte metros de altura, con un zumbido que hizo temblar el aire.

Enríquez levantó el fusil.

—¡No! —gritó alguien desde otro coche.

El chico disparó. Una ráfaga larga, sin apuntar, hacia el cielo. Los fogonazos iluminaron su cara, una cara de niño aterrado. Los drones no se detuvieron ni se desviaron. Siguieron su camino como si no hubiera pasado nada.

Una de las balas rebotó en el guardarraíl con un sonido agudo, metálico.

La ventanilla trasera de la camioneta estalló.

Tomás sintió los cristales en la nuca. Sintió a Lucía encogerse contra su pecho con un gemido corto, un sonido que no le había oído nunca. Pensó que era el susto. Luego sintió la humedad. Caliente. Mucha. Empapándole la camisa.

—¡Lucía!

La niña tenía la mano derecha apretada contra el brazo izquierdo, por encima del codo. Entre los dedos salía sangre. No goteaba. Salía a borbotones, oscura, al ritmo del corazón.

Tomás le apartó la mano y apretó él. Con las dos manos. Con todas sus fuerzas. La sangre siguió saliendo entre sus dedos.