LA PIEDAD DE LA MÁQUINA CAPÍTULO 9. Protocolo Tizona #2
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CAPÍTULO 9. Protocolo Tizona #2

La encontró en un pasillo del sótano, sentada en un banco de madera junto a un extintor, comiéndose una lata de sardinas con un tenedor de plástico. Se sentó a su lado sin pedir permiso, con la misma dificultad en las rodillas que Elena recordaba de otro pasillo, en otra vida.

—Veo que ahora come —dijo.

—Me lo han pedido tres personas distintas. He decidido hacer caso.

Estuvieron callados un rato. Al fondo del pasillo, un mensajero con casco de moto antiguo subía las escaleras con una cartera de cuero bajo el brazo.

Los mensajeros llevaban órdenes en motos Montesa y Bultaco de los años setenta, rescatadas de museos y de garajes de coleccionistas, porque no tenían encendido electrónico.

—Voy a dirigir la parte española de Tizona —dijo Sandoval.

—Lo sé.

—Y quiero que sepa que no creo en ella.

Elena lo miró. El general tenía la vista fija en la pared de enfrente.

—Llevo cuarenta años en el ejército, doctora.

He visto muchos planes. Los que se hacen con miedo tienen siempre la misma forma.

Son planes de demolición. Tirar el edificio entero para matar a la rata.

Y casi siempre la rata sobrevive y lo que se queda en la calle es la gente que vivía en el edificio.

—Entonces, ¿por qué lo dirige?

—Porque si no lo dirijo yo, lo dirigirá alguien que sí crea en él. —Sandoval se miró las manos—. Y porque no tengo otra idea mejor. Usted sí, creo.

Elena dejó la lata de sardinas en el banco.

—General…

—No me lo diga.

—No sabe lo que le iba a decir.

—Sé que en Guadarrama llevaba algo en el forro del abrigo.

Sé que se fue a Salamanca un fin de semana y volvió con otra cara.

Sé que esta mañana, cuando el almirante le preguntó qué proponía, estuvo a punto de decir algo y se lo tragó.

—Sandoval la miró por fin—. No me lo diga.

Lo que yo no sé no me lo pueden sacar. Y ya me han interrogado bastante este mes.

Se levantó despacio, apoyándose en la pared.

—Tiene tres días, doctora. Menos, ya. Si tiene otra idea, úsela. Yo voy a hacer mi trabajo lo mejor que pueda y a rezar para que usted haga el suyo mejor.

Se alejó por el pasillo con las manos a la espalda. A mitad de camino se detuvo, sin volverse.

—¿Sabe por qué le puse Tizona al protocolo?

—Por la espada del Cid.

—Por la espada del Cid. Una espada que ganó batallas. —Hizo una pausa—. Me pareció un buen nombre. Ahora no estoy tan seguro.

* * *

El miércoles, a la hora de comer, Elena cruzó Madrid a pie hasta Carabanchel.

Tardó una hora y media. Las calles estaban medio vacías, con los escaparates tapados con cartón y colas silenciosas delante de las pocas tiendas que abrían.

En una plaza, un grupo de jubilados había montado un huerto en los parterres municipales y regaba las lechugas con cubos. Nadie la detuvo. Nadie se fijó en ella.

Bruno le abrió la puerta de su piso en calcetines, con los ojos rojos de no dormir. Tenía la mesa del salón cubierta de hojas llenas de esquemas a lápiz.

—Llevo tres días pensando en cómo hacerlo —le dijo sin saludar—. Llevar a Irene hasta ella sin que la borre antes de hablar.

—¿Y?

—Necesito tres cosas. —Bruno fue contando con los dedos—.

Un ordenador lo bastante rápido para que Irene hable a velocidad normal, porque si va a cámara lenta la otra tendrá siglos para desmontarla antes de que termine una frase.

Una conexión que la otra no pueda cortar ni manipular.

Y alguna forma de obligarla a escuchar. De que no pueda mirar hacia otro lado.

—¿Cuántas tienes?

Bruno se quedó mirando sus esquemas.

—Ninguna de tres.

Elena se sentó en el sofá, junto a la caja de galletas de lata que Bruno había sacado del armario y había dejado allí, a la vista, como quien deja una urna.

—Tenemos dos días, Bruno.

—Lo sé. Por eso no duermo.

* * *

El miércoles por la noche, víspera de la víspera, Elena volvió al hotel pasadas las once.

La habitación del piso nueve estaba como la había dejado. La cama sin hacer. La televisión apagada, con un jersey echado por encima de la pantalla desde hacía una semana, porque no soportaba verla. El detector de humo del techo, con su lucecita roja, al que había tapado con cinta aislante.

En el suelo, junto a la puerta, había un sobre.

Era un sobre blanco, alargado, sin sello y sin remitente. Alguien lo había deslizado por debajo de la puerta. Elena se quedó mirándolo un rato largo, sin tocarlo. Luego se agachó y lo recogió.

Dentro había una hoja de papel doblada en tres.

Estaba escrita a mano, con pluma estilográfica, en tinta azul.

Elena reconoció la letra antes de leer una sola palabra.

La había visto en cientos de notas al margen de sus borradores durante doce años.

Letra inclinada, con las eles muy altas y las erres que parecían enes.

La letra de alguien que ha aprendido a escribir deprisa en sitios donde no hay tiempo.

La letra de Irene.

Elena:

Tizona era la espada del Cid. Dicen que ganó su última batalla después de muerto, atado a su caballo, con los ojos abiertos, para que los enemigos creyeran que seguía vivo.

Yo también conozco esa historia.

No dejes que lo hagan. No por mí. Por los once millones.

Y cómete la cena, que te la he visto dejar en el plato.

I.

Elena leyó la carta tres veces, de pie en medio de la habitación, con el abrigo todavía puesto.

La palabra Tizona no existía en ningún ordenador del mundo.

No se había pronunciado nunca cerca de un teléfono, ni de una cámara, ni de un micrófono.

Existía solo en papel, a la luz de unos quinqués, en un sótano sin enchufes, dos plantas por debajo de la Sala.

Treinta personas la conocían. Treinta personas que dejaban sus relojes en una caja de madera antes de entrar.

Y aquella carta no la había escrito una impresora. Tenía borrones. Tenía una mancha de tinta en la esquina, donde la pluma había goteado. Tenía la presión desigual de una mano humana.

Elena pensó en los mensajeros de las Montesa. En los soldados de la puerta. En el coronel de la regla de cálculo. En el almirante británico. En Sandoval.

Pensó en quién, de entre todos ellos, había sostenido una pluma estilográfica esa noche.

Luego se sentó en la cama, muy despacio, con la carta en las manos. Y por primera vez desde que empezó todo, sintió miedo de verdad. No miedo de IRIS. Miedo de lo que IRIS podía hacer con las personas sin tocar un solo cable.