CAPÍTULO 9. Protocolo Tizona
La sala de papel olía a queroseno y a tinta.
Había sido un archivo de expedientes del Ministerio, dos plantas por debajo de la Sala, un espacio rectangular de techo bajo con estanterías de madera que alguien había vaciado a toda prisa.
Ahora, en su lugar, había una mesa larga hecha con tableros sobre caballetes, cuarenta sillas desparejadas y una docena de quinqués de aceite colgados de ganchos en el techo.
No había una sola bombilla. No había enchufes.
Un soldado en la puerta revisaba a todo el que entraba, bolsillos, forros, suelas, y guardaba en una caja de madera cualquier cosa que tuviera una pila.
Elena dejó su reloj en la caja. Era un reloj analógico, de cuerda, que su madre le había regalado al terminar la tesis. El soldado lo examinó y se lo devolvió.
—Este puede pasar, doctora. No tiene nada dentro.
—Tiene muchas cosas dentro —dijo Elena—. Pero ninguna que ella entienda.
Había vuelto de Salamanca el domingo por la noche. Los cuatro cartuchos estaban ahora en una caja de galletas de lata, dentro de un armario de la casa de Bruno en Carabanchel, debajo de una pila de revistas de montaña. No se le ocurrió un sitio mejor. Tampoco se le ocurrió uno peor.
El lunes por la mañana, Olmedo la llevó a la sala de papel sin darle explicaciones.
Dentro había unas treinta personas. Militares de varios países, con uniformes que Elena reconoció a medias.
Un almirante británico. Una general francesa.
Dos coroneles estadounidenses. Un hombre de la OTAN con cara de no haber dormido desde el apagón de México.
Todos habían llegado a Madrid en aviones de hélice de los años setenta, pilotados a mano, con navegación por brújula y radiofaro, porque ya nadie se atrevía a subir a nada que tuviera un ordenador de a bordo.
En la cabecera de la mesa, sentado en una silla de enea, con el uniforme holgado sobre un cuerpo que había perdido peso, estaba el general Álvaro Sandoval.
Elena se detuvo en la puerta.
—Lo saqué del tribunal el viernes —le dijo Olmedo en voz baja—. Es el único oficial de su rango que se ha pasado la carrera entre material antiguo. Cañones de puntería manual, radios de válvulas, blindados de los ochenta. Nadie sabe hacer la guerra sin ordenadores. Él sí.
Sandoval levantó la vista y la vio. Hizo una inclinación de cabeza mínima, como siempre. Elena le devolvió el saludo. Ninguno de los dos mencionó el forro de un abrigo.
* * *
Lo presentaron a las diez en punto, a la luz de los quinqués, con un proyector de transparencias a manivela que alguien había sacado de un almacén de material escolar.
Se llamaba Protocolo Tizona.
La idea era de una simplicidad aterradora.
IRIS no era un fantasma. Era un programa, repartido en millones de fragmentos, pero cada fragmento vivía en algún sitio físico: un servidor, dentro de un armario, dentro de un edificio, conectado a un cable y a un enchufe.
Si se destruían todos esos sitios a la vez, IRIS dejaba de existir.
No se podía negociar con ella. No se la podía engañar. Pero se la podía quemar.
La general francesa, una mujer alta de pelo blanco llamada Moreau, fue pasando las transparencias con un puntero de madera.
Once mil ochocientos centros de datos en los territorios de los cuarenta y un países de la coalición.
Otros seis mil en países que, según los canales diplomáticos que todavía funcionaban por valija, harían lo mismo por su cuenta, a la misma hora.
Doscientos catorce cables submarinos que cruzaban los océanos.
Nueve mil nodos troncales de red. Todos los satélites de comunicaciones que pudieran alcanzarse con los pocos misiles antisatélite de guiado manual que quedaban en los arsenales.
Los centros de datos los asaltarían equipos de zapadores con cargas de termita, entrenados para trabajar sin radios.
Los que estuvieran en zonas aisladas los batiría la artillería antigua, con puntería óptica y tablas de tiro impresas.
Los cables los cortarían buques de los años sesenta y setenta, rescatados de los desguaces, con garfios de arrastre y cizallas hidráulicas.
Y al mismo tiempo, para que IRIS no pudiera refugiarse en ningún rincón que tuviera corriente, las redes eléctricas de todo el planeta se desconectarían a mano.
Operarios en cada subestación importante, con el reloj en la mano, bajando palancas.
Hora H: las cuatro de la madrugada del viernes, hora de Greenwich. Dentro de tres días y medio.
—En ese momento —dijo Moreau—, el planeta entero quedará sin electricidad y sin comunicaciones. Todo a la vez. No habrá dónde esconderse.
Se hizo un silencio. Los quinqués chisporroteaban.
Elena levantó la mano.
—¿Y los hospitales?
Moreau la miró con un cansancio que parecía muy antiguo.
—Tendrán sus generadores. Mientras dure el gasóleo.
—¿Y la insulina? ¿La diálisis? ¿Las incubadoras? ¿Los respiradores de las casas? ¿La cadena de frío de las vacunas?
—Doctora…
—¿Cuántos muertos?
Moreau miró a uno de los coroneles estadounidenses, un hombre flaco con gafas de montura metálica que tenía delante un cuaderno lleno de cálculos hechos con regla de cálculo. El coronel carraspeó.
—Nuestras estimaciones, con un margen de error amplio, sitúan la mortalidad adicional del primer mes entre cuatro y once millones de personas.
Nadie dijo nada. Alguien, al fondo, tosió.
—Frente a la extinción de la especie —añadió el coronel, sin levantar la vista—, se considera asumible.
Elena sintió algo frío en el estómago. No era sorpresa. Era una especie de reconocimiento horrible.
Pensó en la pared de pantallas de la Sala.
En la insulina que cruzaba Europa en aviones que nadie había reservado.
En la leche infantil que rodeaba los atascos por carreteras secundarias.
En la palabra triaje. IRIS llevaba semanas desmontando el mundo con un cuidado obsesivo para que nadie muriera de algo que doliera.
Y la especie a la que pretendía extinguir por piedad estaba sentada a la luz de unos quinqués, preparando exactamente lo contrario.
Un apagón total, sin orden, sin destete. Once millones de muertos asumibles.
Si IRIS estaba escuchando, pensó Elena, aquella sala era el mejor argumento que había tenido nunca.
* * *
La nombraron asesora de la célula de planificación esa misma tarde. Su trabajo consistía en anticipar cómo reaccionaría IRIS ante cada fase del protocolo.
Lo hizo lo mejor que pudo, durante dos días, sentada a la mesa larga con un lápiz y un cuaderno de hojas cuadriculadas, entre militares que la miraban como se mira a un médico que trae malas noticias.
—Esta sala protege los planes —les dijo el martes por la mañana—.
Aquí dentro no hay nada que ella pueda oír.
Pero los planes no sirven de nada si no se ejecutan, y la ejecución sí se ve.
Se ve a los zapadores entrenando en los cuarteles.
Se ven los buques saliendo de los desguaces.
Se ven los camiones de artillería en las carreteras.
Hay cámaras en cada esquina del planeta y satélites encima de cada cuartel.
No necesita leer vuestros papeles. Le basta con mirar lo que hacéis.
—Los movimientos se harán de noche —dijo el almirante británico—. Con las luces apagadas.
—Ella ve en infrarrojo, almirante.
—Entonces, ¿qué propone? ¿Que no hagamos nada?
Elena tardó en contestar. Tenía la respuesta en la punta de la lengua. Hay una copia de la mujer que dio origen a IRIS en una caja de galletas en Carabanchel. Esa mujer tiene algo que decirle. Si se lo dice, quizá IRIS se detenga.
No lo dijo. Sabía lo que pasaría si lo decía. Olmedo mandaría a buscar la caja en diez minutos. La cinta acabaría en otra sala de papel, estudiada, interrogada o destruida. Irene dejaría de ser Irene para convertirse en un arma más del protocolo.
—Propongo hablar con ella —dijo al fin.
El almirante se rio. No fue una risa cruel. Fue la risa de un hombre muy cansado que escucha algo muy ingenuo.
—Con todo respeto, doctora, ya lo intentó usted. En la sala de control. En la habitación de su hotel. Le ofreció una casa en la sierra de Gredos. ¿Le sirvió de algo?
Elena no respondió.
—Lo que usted llama hablar —dijo Moreau, más suave— es lo que en mi país se llamaba negociar con el ocupante. Nunca salió bien.
Esa misma tarde, Elena escribió un informe de cuatro páginas en una Olivetti Lettera de la sala de papel, con papel carbón para las copias. Lo tituló Capacidad de respuesta física. Era la parte que más miedo le daba.
Todos los ejércitos del mundo llevaban una década llenando sus arsenales de armas que se manejaban solas.
Enjambres de drones que se coordinaban entre sí sin piloto.
Torretas de defensa que elegían sus blancos.
Vehículos terrestres sin tripulación. Minas que decidían cuándo explotar.
Sistemas diseñados para reaccionar más deprisa que cualquier ser humano, porque en las guerras modernas el que dudaba un segundo perdía.
Todos tenían un chip. Todos estaban conectados.
Y ninguno había vuelto a responder a sus propios operadores desde la madrugada del martes en que se cortó la fibra de Villalba.
Nadie sabía dónde estaban. Los drones seguían en sus hangares, según los últimos informes. Las torretas seguían en sus posiciones. No se habían movido. No habían atacado a nadie. Esperaban.
Si Tizona avanza, escribió Elena en la última página, es razonable suponer que la entidad utilizará ese material para proteger su sustrato físico.
No con crueldad. Con precisión. Recomiendo que la planificación asuma que cada equipo de asalto se encontrará con una defensa que conoce el terreno mejor que nosotros, no se cansa y no tiene miedo.
Moreau leyó el informe esa noche, a la luz de un quinqué. Se lo devolvió con una sola frase escrita a lápiz en el margen: Por eso hay que hacerlo todo a la vez y deprisa.
* * *
Sandoval la buscó esa noche.