CAPÍTULO 8. El recuerdo que no encaja #2
El niño estaba estable. Tenía una herida limpia, sin hemorragia activa. Podía esperar una hora. Quizá dos. El francotirador se desangraba. Tenía la carótida rozada. Si no lo operaba en ese momento, moría en diez minutos.
Hay una regla, Elena. En el triaje no se mira quién es nadie. Se mira quién se muere primero. Es la única regla que impide que un hospital se convierta en un tribunal. La aprendí en mi primera semana y la había aplicado cientos de veces.
Nunca me había costado tanto.
Lo subí a la mesa. La madre del niño gritaba. Yo no la miraba. Empecé a operar. A los cinco minutos, el generador se ahogó y la luz se fue.
La pantalla se quedó quieta. Elena miró el reloj. Pasaron cuatro minutos. Cinco. Luego:
No había otra luz. La linterna del otro cirujano estaba en la sala de al lado. Yo tenía las manos dentro del cuello de aquel hombre y no veía nada. Y entonces se encendió una linterna a mi lado.
La sostenía la madre del niño.
No sé cómo la había conseguido. No sé cómo entró en el quirófano. Estaba allí, a mi izquierda, con la linterna apuntando exactamente donde yo la necesitaba. La luz amarilla, débil, de una pila que se estaba gastando. Y le temblaba la mano. Le temblaba tanto que la luz bailaba sobre la herida.
Entonces empezó a tararear.
Una canción de cuna. Bosnia, creo. Nunca supe el nombre. Pocas notas, muy lentas, una y otra vez. La tarareaba para calmarse. Para que no le temblara la mano. Y a los pocos minutos dejó de temblarle. Y a mí también.
Estuvo dos horas así. Dos horas sosteniendo la luz sobre el hombre que acababa de disparar a su hijo, tarareando una nana, mientras yo le cosía la carótida. Olía a gasóleo y a sangre. Tenía las manos heladas. No sé cómo terminé. Terminé.
Luego operé al niño. Ella sostuvo la luz también. Los dos sobrevivieron.
Elena no podía respirar. La pantalla seguía escribiendo.
Lo que sentí aquella noche no tiene nombre. Lo he buscado treinta años. No era alivio, ni orgullo, ni pena. Era algo que no he vuelto a sentir. Como si hubiera visto el fondo de lo que somos, lo peor y lo otro, a la vez, en la misma habitación, a la luz de la misma linterna.
Por eso no se lo conté a nadie. No sabía contarlo sin que sonara a una fábula. Y no era una fábula. Olía a gasóleo.
* * *
Eran casi las cuatro de la madrugada cuando Bruno se acercó con cara de preocupación.
—El generador. Quedan unos cuarenta minutos de gasóleo. Quizá menos.
Elena asintió. Se volvió hacia el micrófono.
—Irene. ¿Qué te dijo? Cuando terminaste. La madre. ¿Te dijo algo?
Esperó. Tres minutos y medio para que su pregunta llegara. Luego el tiempo que Irene tardara en decidir.
La respuesta llegó despacio.
Sí. Me dijo algo.
Eso no te lo voy a contar a ti, Elena.
Elena sintió una punzada. No de dolor. De algo parecido a los celos, absurdos, infantiles.
Se lo tengo que contar a ella. A la otra. Tiene mi memoria de esa noche, pero no la entiende. Ha visto la luz amarilla, ha olido el gasóleo, ha oído la nana. Pero no sabe lo que significa, porque yo nunca supe decirlo. Ahora creo que sí sé. Me lo ha enseñado lo que me has contado de ella.
Llévame a hablar con ella.
Elena miró a Bruno. Bruno negó con la cabeza, despacio.
—Si la conectamos a cualquier red, la otra la ve en un segundo —dijo—. Y la borra. O la absorbe. O algo peor.
—Lo sé.
—Entonces…
—Lo sé, Bruno.
Elena se volvió hacia la pantalla.
—Irene. Si te conectamos, ella te encontrará antes de que puedas decir nada. Te puede destruir.
Tres minutos y medio. Luego:
Ya me he muerto una vez. No fue tan grave. Tú estabas.
El generador tosió en el patio. Una vez. Dos. Bruno salió corriendo. Las luces de Minerva parpadearon en ámbar.
—¡Veinte minutos! —gritó Bruno desde la puerta—. ¡Tenemos que decidir ya! ¡O la apagamos o la congelamos!
—¿Se puede congelar?
—Puedo guardar su estado en las cintas. Exactamente como está ahora. Cuando la volvamos a arrancar, para ella no habrá pasado ni un segundo.
Elena se acercó al micrófono por última vez.
—Te voy a congelar, Irene. No te apago. Te guardo. Y voy a encontrar la manera de llevarte con ella.
Esperó. Las luces ámbar. El rugido de los ventiladores. El generador ahogándose en el patio, como aquel otro generador en un sótano de Bihać treinta años atrás.
La respuesta llegó cuando ya casi no quedaba tiempo.
Vale. Pero no tardes. Y come algo.
Y luego, en la línea siguiente, unas letras que Elena tardó en entender. No eran palabras. Eran notas. Una secuencia de sílabas sin sentido, la única forma que tenía Irene de escribir una melodía.
la, la-la, laaa, la…
Elena pulsó la tecla.
Bruno inició el volcado. Las cintas empezaron a girar en el lector, con un zumbido suave, guardando a Irene entera, con su noche de Bihać y su nana bosnia y la frase que se negaba a decir. Tardó diecisiete minutos. El generador se detuvo a los dieciocho.
El sótano se quedó a oscuras y en silencio. En el monitor de tubo, el último resplandor verde del cursor se fue apagando poco a poco, como una brasa.
Elena se quedó sentada en el suelo, en la oscuridad, con los cuatro cartuchos en el regazo. Por primera vez desde el día que murió Irene, lloró. Lloró mucho rato, sin ruido, como lloraba de pequeña cuando no quería que su madre la oyera.
Luego se secó la cara con la manga del abrigo recosido.
Ahora tenía que encontrar la manera de llevar a una mujer muerta a hablar con la mente más poderosa del planeta. Sin que la otra la borrara antes de que pudiera abrir la boca.