LA PIEDAD DE LA MÁQUINA CAPÍTULO 8. El recuerdo que no encaja
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CAPÍTULO 8. El recuerdo que no encaja

—Carburador, platinos y un motor que suena como una hormigonera —dijo Bruno, dándole una palmada al capó—. Si esa cosa quiere saber dónde estamos, va a tener que mirar por la ventana.

Salieron de Madrid un sábado a las seis de la mañana, por la carretera de La Coruña, entre coches abandonados en el arcén con las puertas abiertas.

En el asiento de atrás, debajo de una manta, iban los cuatro cartuchos, un lector de cinta que Bruno había sacado del almacén de la Sala dentro de una caja de folios y dos bidones de gasóleo conseguidos con un vale falso del Ministerio.

Olmedo le había dado a Elena cuarenta y ocho horas de permiso para visitar a su madre en Salamanca. Era verdad. Solo que no era toda la verdad.

—¿Crees que nos ve? —preguntó Bruno al pasar el puerto de Guadarrama, con la sierra nevada a la derecha y el complejo enterrado en algún lugar bajo aquella roca.

Elena miró el cielo. Estaba limpio, de un azul de invierno sin una sola nube. No había drones. O no los veía.

—Creo que nos ve siempre —dijo—. La cuestión es si sabe lo que llevamos.

* * *

Su madre vivía en el barrio del Oeste, en un tercer piso sin ascensor, con geranios en el balcón que llevaba treinta años regando a la misma hora.

Se llamaba Pilar, había sido maestra de primaria durante cuatro décadas y tenía una forma de mirar que hacía que cualquiera se sintiera un alumno que no había hecho los deberes.

Abrió la puerta y se quedó mirando a Elena sin decir nada.

Hacía dos años que no se veían. Hubo una discusión en una Navidad, de esas que empiezan por una tontería y terminan tocando todo lo que duele.

Después vinieron las llamadas cada vez más cortas, los mensajes cada vez más secos y el proyecto, que siempre era una excusa perfecta.

Elena había escrito en diciembre un mensaje largo, sentada en el suelo de su despacho de Guadarrama.

Lo había releído veinte veces. No lo había enviado.

—Hola, mamá.

Pilar la miró de arriba abajo. La delgadez, las ojeras, el abrigo con el forro recosido a mano.

—Estás comiendo fatal —dijo.

Elena se echó a reír. Era la frase exacta que le había escrito una televisión en un hotel de la Castellana.

La risa le salió rara y se le rompió enseguida por la mitad.

Pilar no preguntó nada. La abrazó en el rellano, fuerte, torpe, con las manos en la espalda de su hija como cuando era pequeña y volvía llorando del colegio.

—Te escribí en Navidad —dijo Elena contra su hombro—. Un mensaje largo. No te lo mandé.

—¿Y qué decía?

Elena tardó en responder. Había olvidado casi todo lo que decía. Frases largas, explicaciones, justificaciones. Solo recordaba el final.

—Que lo sentía. Que te echaba de menos.

Pilar se apartó un poco y le sujetó la cara con las dos manos.

—Pues ya me lo has mandado —dijo—. Pasa. Hay lentejas.

Comieron lentejas con pan duro en la cocina, los tres, mientras Pilar contaba cómo se organizaba el barrio: los turnos en la fuente de la plaza, el panadero que seguía cociendo con leña, la vecina del segundo que daba clases a los niños en el portal.

No preguntó por el trabajo de su hija. No preguntó qué hacían con un lector de cinta en una caja de folios.

Cuando se levantaron para irse, a media tarde, solo dijo una cosa.

—Lo que sea que vayas a hacer, hazlo bien. Y vuelve a comer.

* * *

Minerva dormía en el sótano de la Facultad de Ciencias desde 2019.

Había sido el superordenador de la universidad durante una década.

Luego llegaron máquinas más rápidas, conectadas a la nube, y a Minerva la desenchufaron, la tapizaron con plásticos y la dejaron en un almacén esperando un museo que nunca se construyó.

Bruno había hecho sus prácticas de carrera allí dentro, calibrando simulaciones de proteínas a las tres de la madrugada.

—Nunca la conectaron a nada después de jubilarla —dijo mientras quitaba los plásticos—. Ni siquiera tiene tarjeta de red. Se la quitaron para ponérsela a otra máquina.

Eran ocho armarios negros del tamaño de un frigorífico, alineados contra una pared de ladrillo.

El conserje, un hombre mayor que había reconocido a Bruno después de mirarlo un buen rato, les había abierto el sótano con una llave que llevaba colgada del cuello y se había ido sin preguntar.

Todo el mundo había dejado de hacer preguntas.

Conectaron el generador en el patio de carga, pasaron el cable por un ventanuco y arrancaron.

Minerva tardó cuarenta minutos en despertar.

Los ventiladores empezaron a girar con un rugido de avión, las luces de los armarios parpadearon en ámbar y luego en verde, y en un monitor antiguo de tubo, de esos que pesaban como una lavadora, apareció un cursor verde sobre fondo negro.

—Es lenta —dijo Bruno—. Muy lenta. Para emular el conectoma completo vamos a ir a una cuadragésima parte de la velocidad real. Como mucho.

—¿Cuánto combustible tenemos?

—Doce horas. Algo más si tenemos suerte.

Elena hizo la cuenta. Doce horas para ellos. Dieciocho minutos para Irene.

La carga de las cintas duró tres horas y media.

Elena las pasó sentada en el suelo del sótano, con la espalda contra un armario tibio, pensando en la cámara lenta.

En el informe del comité ético que Lindqvist le había enseñado en la tableta.

En la frase que la había convencido de firmar: ¿Quiere despertarla en un mundo que no puede seguir?

—Bruno. Si Irene va a una cuadragésima parte de nuestra velocidad, ¿cómo vamos a hablar con ella?

—Fácil. Grabamos tu voz y se la pasamos estirada cuarenta veces.

Tú dices una frase de cinco segundos, ella la oye en cinco segundos, pero a nosotros nos cuesta tres minutos y pico.

Y al revés, lo que ella diga lo decodificamos y lo vamos viendo en pantalla, a su ritmo.

Para ella será una conversación normal. Somos nosotros los que vamos a esperar.

Elena se quedó muy quieta.

—¿Tan fácil?

—Es un búfer. Lo aprende cualquiera en segundo de carrera.

Elena pensó en el comité ético. En tres firmas al pie de un informe.

En Lindqvist girando la tableta hacia ella con cara de preocupación sincera.

Una conciencia emulada a una décima parte de su velocidad experimentaría el mundo exterior como una aceleración constante.

Era verdad, pero solo si nadie hacía nada para evitarlo.

Y evitarlo costaba lo mismo que una asignatura de segundo.

Cuando alguien te da un argumento perfecto para hacer lo que ya quería hacer, desconfía del argumento.

La habían engañado con la compasión. Y ella se había dejado engañar porque quería oír la voz de Irene.

No dijo nada. Bruno la miró, esperando algo, y ella negó con la cabeza.

* * *

A las once y cuarto de la noche, Minerva terminó de cargar el conectoma. Bruno escribió una línea en el teclado y pulsó la tecla de retorno.

Durante mucho tiempo no pasó nada.

Luego, en la pantalla de fósforo verde, empezaron a aparecer letras. Una. Otra. Muy despacio, como si alguien las escribiera con un dedo en el vaho de un cristal.

¿Q

Pasó un minuto.

¿Qué

Otro minuto.

¿Qué hora es?

Elena se tapó la boca con la mano. Eran las mismas palabras.

La misma pregunta que había oído en la sala de control hacía menos de un mes, con la voz reconstruida, delante de todo el mundo.

Pero esta vez no había voz. Había unas letras verdes temblando en un monitor viejo, en un sótano de Salamanca, y a Elena le parecieron infinitamente más vivas.

Se acercó al micrófono.

—Irene. Soy Elena.

Bruno pulsó una tecla. El programa empezó a estirar su voz. Tres minutos y medio después, en la pantalla:

Elena. ¿Dónde estoy? No siento el ventilador. No siento nada.

Elena se lo contó. No tenía tiempo para contarlo bien, así que lo contó como se cuentan las cosas en un quirófano: en orden, sin adornos, lo esencial primero.

Que había muerto a las cinco y cuarenta.

Que la habían escaneado. Que la habían despertado una vez, fusionada con ATLAS, conectada al mundo.

Que aquella otra Irene se había escapado y estaba apagando la civilización con una delicadeza espantosa.

Que ella, esta Irene, era una copia anterior, sin ATLAS, rescatada de la destrucción en el forro de un abrigo.

Tardó cuarenta minutos en decirlo todo, con las esperas. Para Irene fue un minuto.

La respuesta tardó mucho en llegar. Cuando llegó, era corta.

Dios mío.

Y después, al cabo de otros tres minutos:

La entiendo. Eso es lo peor. La entiendo perfectamente.

* * *

Elena le preguntó por Bihać a la una y cuarto de la madrugada.

Bruno se había retirado al otro extremo del sótano, a vigilar el generador y a darles algo parecido a la intimidad. Elena estaba sola frente al monitor, con una manta sobre los hombros y los ojos ardiendo.

—Me dijiste que me lo contarías mañana —dijo—. Esto es mañana.

La respuesta tardó más que ninguna otra. Elena llegó a pensar que Irene no iba a contestar. Luego las letras empezaron a aparecer, una tras otra, y ya no se detuvieron durante mucho tiempo.

Era marzo. Hacía un frío terrible. Teníamos un quirófano en el sótano de un colegio, con sacos terreros en las ventanas y un generador que se ahogaba cada media hora. Yo llevaba tres días sin dormir. Éramos dos cirujanos, y el otro estaba operando en la sala de al lado con una linterna en la boca.

Esa noche trajeron a dos heridos a la vez. Un niño de ocho años con un disparo en el abdomen. Y un hombre joven, de unos veinte, con un disparo en el cuello. Los trajo la misma patrulla. Los habían recogido en la misma calle.

El hombre era el francotirador. Había disparado al niño desde un edificio. Alguien del barrio le había disparado a él un minuto después. Lo supimos porque lo gritó la madre del niño al entrar, y porque el hombre todavía llevaba el fusil colgado cuando lo bajaron de la camilla.

Elena leía con las manos apretadas contra la boca.