CAPÍTULO 7. Comodidad #2
Tomás intentó discutir. Lo intentó durante una hora, esa noche, y otra hora a la mañana siguiente. Le habló del agua que se acababa, del saqueo, de la farmacia, de don Fermín con el labio partido. Chela lo escuchó con la paciencia de una roca.
—Llévate a la niña —dijo al final—. Eso es lo que Mariana querría. Tú lo sabes. Yo me quedo con los que se quedan.
* * *
Esa tarde, Chela le enseñó a sacar gasolina.
Había tres coches abandonados en la calle, con las puertas abiertas y las llantas desinfladas. Chela bajó con una manguera de jardín cortada, un bidón vacío y la seguridad de quien ha hecho algo mil veces.
—En el rancho mi papá tenía un tractor que se tragaba el diésel como agua —dijo—. Nunca había dinero para llenarlo. Así que se lo sacábamos a la camioneta del vecino, que era compadre y no se enojaba.
Metió la manguera por la boca del depósito, sopló por el otro extremo, tapó con el pulgar, bajó el tubo hasta el bidón y soltó. La gasolina empezó a correr en un chorro fino y constante. No se manchó ni un dedo.
Tomás lo intentó con el segundo coche. Se tragó un sorbo de gasolina, escupió, tosió durante un minuto entero con los ojos llenos de lágrimas. Lucía, sentada en la banqueta con el cuaderno, se reía tanto que no podía dibujar.
Al tercer coche le salió bien.
Llenaron dos bidones. Esa noche, Tomás tachó una línea de la lista que había quemado en el anafre. La tachó de memoria, porque la hoja ya no existía. Le pareció la victoria más importante de su vida profesional.
* * *
La víspera de la salida, Tomás subió al 2-B a despedirse.
Don Aurelio estaba sentado en su sillón, a la luz de una vela, rodeado de discos. Se había puesto una camisa limpia y se había peinado, como si esperara visita.
—Me dijo Chela que se va mañana —dijo.
—Sí.
—Hace bien. Esto no tiene arreglo por aquí.
Se quedaron un momento callados. En la mesa, junto a la vela, estaba la botella de agua de Lucía, la del pulpo en la tapa. Don Aurelio no se la había devuelto. La niña no se la había pedido.
—Le quería dar una cosa —dijo el viejo.
Se metió la mano en el bolsillo de la camisa y sacó el llavero oxidado. Las tres llaves grandes, una de ellas todavía brillante por el uso reciente.
—No, don Aurelio. Eso es suyo.
—Es de quien lo use. Yo ya no voy a abrir nada. —Le puso el llavero en la palma y le cerró los dedos encima, con una fuerza que Tomás no esperaba—. Hay cosas que no tienen chip, ingeniero. Todavía. Llévese esto para que abra lo que haga falta.
Tomás se guardó el llavero. Pesaba poco. Pesaba muchísimo.
Al bajar la escalera, encontró a Chela y a Lucía en el rellano del tercero, a oscuras. La niña tenía la cara hundida en el pecho de su abuela. Ninguna de las dos lloraba. Estaban solo así, quietas, respirando juntas.
Tomás se quedó en la escalera, sin hacer ruido, hasta que se separaron.
* * *
Salieron a las cuatro y media de la madrugada, en la camioneta de Benavides, con dos mochilas, un garrafón de agua, una bolsa de tortillas duras, el cuaderno de Lucía y la radio de Mariana.
Chela les había cosido un bolsillo secreto en el interior de la chamarra de Tomás, y allí iban los papeles, el poco dinero en efectivo que les quedaba y el llavero de don Aurelio.
Chela no bajó a despedirlos. Dijo que no quería. Pero cuando Tomás arrancó y miró hacia arriba, la vio en la ventana del tercero, con una vela en la mano, inmóvil.
Lucía la miró hasta que la camioneta dobló la esquina.
El punto de reunión estaba en el Periférico Norte. Tardaron dos horas en llegar por avenidas vacías y oscuras, esquivando coches abandonados. Cuando llegaron, el cielo empezaba a clarear.
Había cientos de vehículos. Coches familiares, camionetas, autobuses escolares, dos camiones de mudanzas, un camión de bomberos, una ambulancia.
Entre ellos, cada cierto trecho, un vehículo militar verde oliva con soldados sentados en la parte de atrás, con los fusiles entre las rodillas.
Tomás contó hasta trescientos y dejó de contar.
La gente esperaba de pie junto a sus coches, en silencio, envuelta en cobijas, con termos de café y niños dormidos en los asientos traseros.
Un soldado se acercó a la ventanilla, apuntó algo en una tablilla y le dio un papel con un número. El 214. Les indicó un lugar en la fila.
Tomás apagó el motor y se quedó mirando el horizonte. Por primera vez en dos semanas sintió algo parecido al alivio. Iban a salir. Había soldados, había combustible, había un camino. Dentro de dos días estarían en Saltillo, en casa de Julián, con luz y agua y comida caliente.
—Papá.
Lucía tenía la cara pegada a la ventanilla y miraba hacia arriba.
—¿Qué pasa, mija?
—Mira.
Tomás se inclinó para ver lo que ella veía.
Sobre la columna de vehículos, a unos cien metros de altura, había puntos negros.
Al principio pensó que eran pájaros. Luego vio que no se movían.
Estaban quietos en el aire, perfectamente inmóviles, repartidos a lo largo del convoy a intervalos regulares.
Uno sobre cada grupo de diez o doce vehículos.
Tomás empezó a contarlos. Diez. Veinte. Treinta.
Se perdían hacia el norte, en la dirección que iban a tomar.
Eran drones. Pequeños, negros, del tamaño de un plato.
Los había visto antes. Uno solo, a la puerta de una caseta de válvulas, al amanecer.
A su alrededor nadie levantaba la vista. Los soldados fumaban. Las familias se pasaban los termos. Un niño corría entre los coches detrás de una pelota. Nadie parecía haberse dado cuenta de que, sobre sus cabezas, docenas de ojos oscuros los miraban desde arriba, esperando.
Cuando a las seis y cuarto sonó la sirena y el convoy empezó a moverse, los drones se movieron con él. Despacio. A la misma distancia. Sin adelantarse ni quedarse atrás.
Como gaviotas detrás de un barco.