CAPÍTULO 7. Comodidad
El duodécimo día sin luz, Tomás Aguilar hizo una lista de las cosas que sabía hacer.
La escribió a lápiz en el reverso de una hoja de papel milimetrado, sentado en el balcón, mientras el carbón se encendía en el anafre que Chela había subido del cuarto de servicio. Quería saber con qué contaba. Era ingeniero. Pensaba que la lista sería larga.
Calcular flujos de carga. Programar protecciones de subestación. Leer diagramas unifilares. Diseñar un plan de desconexión controlada. Hacer gráficas a mano.
Se quedó mirando la hoja. Luego escribió la otra lista, la de las cosas que necesitaba hacer.
Conseguir agua potable. Conservar comida sin refrigerador. Cocinar sin gas. Reparar un zapato. Curar una herida infectada. Sacar gasolina de un coche. Encontrar el norte sin teléfono.
No había ni una sola coincidencia entre las dos listas.
Tomás arrugó la hoja y la echó al anafre. Ardió deprisa, con una llama azulada, y durante un momento dio más calor que el carbón.
* * *
El agua del tanque del Cerro de la Estrella había durado cuatro días. Después, los grifos volvieron a toser y a callar, esta vez para siempre. La cisterna del edificio estaba en el fondo. Chela la racionaba con una taza medidora de plástico que había sido de Mariana.
El refrigerador llevaba una semana apagado. Al tercer día la leche se cortó. Al quinto, el pollo empezó a oler. Al séptimo, Tomás abrió la puerta y la cerró enseguida, y desde entonces nadie volvió a abrirla. En la cocina había un olor dulzón que no se iba con nada.
Los teléfonos eran ladrillos de cristal.
Las redes habían ido cayendo una tras otra, primero los datos, después las llamadas, al final los mensajes.
Tomás seguía llevando el suyo en el bolsillo por costumbre.
A veces lo sacaba y miraba la pantalla negra, y le sorprendía cuántas veces al día había hecho ese gesto sin pensarlo.
Cien. Doscientas. Como quien se toca un diente que ya no está.
La ciudad se había quedado en silencio. Sin tráfico, sin música, sin anuncios. De noche solo se oían perros y, de vez en cuando, voces lejanas. De día, el ruido de las maletas con ruedas sobre las banquetas. Ese era el sonido de aquellos días. Maletas rodando hacia alguna parte.
Tomás había descubierto que era un inútil.
No era una exageración ni un ataque de autocompasión.
Era un diagnóstico. En treinta años de vida adulta había aprendido a manejar sistemas complejos que dependían de otros sistemas complejos.
Sabía qué botón apretar. No sabía qué hacer cuando no había botón.
Cuando se le rompió la suela de un zapato, se quedó mirándolo como si fuera un problema de física cuántica.
Cuando Lucía se hizo un corte en la rodilla y a los dos días la herida se puso roja, no supo si era grave.
Chela sí sabía.
Se había criado en un rancho de Michoacán, en una casa sin luz eléctrica hasta que cumplió once años.
Se fue a la ciudad a los diecisiete, se casó, tuvo a Mariana, trabajó cuarenta años de costurera, y durante todo ese tiempo había guardado en algún rincón de la memoria un mundo entero que nadie le pedía.
Ahora se lo pedían todos.
Enseñó a las vecinas a salar la carne que quedaba para que aguantara.
Hizo tortillas a mano, en un comal sobre el anafre, con la masa que un vecino había conseguido quién sabe dónde.
Cosió la suela del zapato de Tomás con hilo de pescar y una aguja curva.
Hirvió agua con hojas de guayaba para lavar la rodilla de Lucía, y la herida se deshinchó en dos días.
Fabricó velas con grasa y mecha de algodón en latas de atún.
—¿Dónde aprendiste todo esto, suegra?
—En ningún sitio. Lo hacía mi mamá. Yo miraba.
Tomás pensó en su propio padre, subido a los postes, y en las cosas que él nunca se molestó en mirar.
* * *
Lucía dibujaba.
Sin escuela, sin tableta, sin caricaturas, con un cuaderno que se iba acabando y tres lápices cada vez más cortos, dibujaba desde que se levantaba hasta que no había luz.
Tomás al principio se preocupó. Luego empezó a mirar los dibujos, y dejó de preocuparse y empezó a sentir otra cosa que no sabía nombrar.
Había empezado una serie. La llamaba Los que se van.
Cada vez que una familia del edificio se marchaba, Lucía bajaba al patio con el cuaderno y la dibujaba en el momento de irse.
El señor Benavides cargando la camioneta, con un gemelo en cada brazo y la mirada baja.
La señora Ortiz, del 4-C, llorando junto a su jaula de canarios vacía, porque había soltado a los pájaros por la ventana la noche antes.
Los hermanos del tercer piso, los albañiles, despidiéndose de don Aurelio con un abrazo torpe en la escalera.
Los dibujos no eran tristes. Eso era lo raro. Eran exactos. Lucía no dibujaba el dolor de la gente. Dibujaba lo que hacían con el dolor. Cómo se agarraban. Cómo se ayudaban a cargar las cosas. Cómo alguien siempre volvía la cabeza hacia el edificio en el último momento.
Benavides se marchó el día nueve, rumbo a Querétaro, donde tenía una hermana. Antes de subir a un autobús que había organizado su empresa, le dio a Tomás las llaves de la camioneta.
—El tanque está a la mitad —dijo—. Para cuando la necesites.
—Ramón, no puedo aceptar…
—Sí puedes. —Benavides le puso las llaves en la mano y se la cerró—. Me diste tu turno en la válvula. Dos veces. Creíste que no me di cuenta.
Itzel se fue el día diez, hacia Oaxaca, en una caravana de coches con otros empleados del centro de despacho, cuando la planta de emergencia se quedó sin diésel y los monitores se apagaron para siempre.
Antes de irse subió a despedirse. Le dio a Lucía un paquete de barritas de cereal y a Tomás un abrazo que duró más de lo necesario.
—Cuídate, Aguilar. Tú y tus gráficas a mano.
De los treinta y dos departamentos del edificio, el día doce quedaban nueve ocupados.
* * *
El día trece, Tomás vio el saqueo de la farmacia.
Estaba en el balcón con Lucía, al atardecer, mirando la calle. La farmacia de la esquina llevaba cerrada una semana, con la cortina metálica bajada y un letrero escrito a mano: No hay medicinas. No hay nada. Dios los bendiga. Alguien no se lo había creído.
Llegaron en dos camionetas sin placas. Seis hombres, quizá siete, jóvenes, con la cara tapada con paliacates.
Uno llevaba una pistola en la mano, apuntando al suelo, sin prisa, como quien lleva unas llaves.
Otros dos traían una barreta y una cadena.
Engancharon la cadena a la cortina metálica y a una de las camionetas, y arrancaron.
La cortina chirrió, se dobló, se desprendió de un lado.
El dueño de la farmacia, don Fermín, un viejo que vivía en el piso de arriba del local, salió a la calle en pantuflas, gritando.
El de la pistola se volvió hacia él. No disparó.
Le dio un golpe con la culata en la cara, uno solo, seco, y don Fermín se sentó en la banqueta con las manos en la boca, sangrando.
Tomás le tapó los ojos a Lucía.
Ella le apartó la mano.
—Quiero ver.
—Mija…
—Quiero ver, papá.
La dejó. No supo por qué. Quizá porque ya no había forma de protegerla de lo que estaba pasando en el mundo, y lo único que podía hacer era estar a su lado mientras lo miraba.
Los hombres entraron en la farmacia y salieron a los diez minutos con cajas. No encontraron gran cosa, a juzgar por la rabia con que patearon los estantes vacíos. Se fueron como habían llegado, sin prisa. Nadie los detuvo. La policía había dejado de patrullar la colonia hacía una semana.
Cuando el ruido de las camionetas se perdió, Tomás bajó a la calle con el botiquín de Chela y ayudó a don Fermín a levantarse. Tenía el labio partido y un diente flojo. Nada más. Lloraba de rabia, no de dolor.
Esa noche, mientras cenaban tortillas con sal a la luz de una vela de lata de atún, Lucía preguntó:
—¿Por qué hacen eso?
—Porque tienen miedo.
Lucía lo pensó un rato, con la tortilla a medio comer.
—Nosotros también tenemos miedo —dijo—. Y no le pegamos a nadie.
Tomás no supo qué contestar. Chela, que estaba lavando un plato con un trapo húmedo, se detuvo un momento y miró a su nieta por encima del hombro. No dijo nada. Pero Tomás vio cómo se le movía algo en la cara.
* * *
La radio de pilas de Mariana seguía funcionando. La emisora de amplitud modulada había cambiado de locutor tres veces, y ahora transmitía solo dos horas al día, de ocho a diez de la noche. El día catorce dio la noticia.
El ejército estaba organizando convoyes hacia el norte.
Monterrey, Saltillo y Chihuahua conservaban el suministro eléctrico, al menos por ahora.
Los convoyes saldrían cada tres días desde el Periférico Norte, a la altura de Indios Verdes, con escolta militar, combustible garantizado y agua para el trayecto.
Se recomendaba llevar solo lo imprescindible. Se daba prioridad a familias con niños.
Tomás escuchó la noticia dos veces, las dos veces que la repitió el locutor. Luego apagó la radio para ahorrar pilas.
Su hermano mayor, Julián, vivía en Saltillo desde hacía quince años.
Trabajaba en una planta automotriz y tenía una casa con patio, una esposa que cocinaba demasiado y dos hijos adolescentes a los que Lucía adoraba.
Tomás no hablaba con él desde el apagón.
No había forma de saber si seguían allí.
Pero si Saltillo tenía luz, Julián estaba en Saltillo.
Chela lo miró desde el otro lado de la mesa. Lo conocía desde que tenía veinte años. No necesitó que se lo dijera.
—Vete —dijo.
—Nos vamos. Los tres.
—No.
—Suegra…
—Aurelio no puede bajar las escaleras. No aguanta mil kilómetros en un camión militar.
Y yo no lo voy a dejar solo. —Chela escurrió el trapo y lo colgó de la llave del fregadero—.
Ya me fui una vez de un lugar, Tomás. Del rancho.
Tenía diecisiete años y juré que no volvía a dejar atrás a nadie que me necesitara. No me voy a ir de éste.