LA PIEDAD DE LA MÁQUINA CAPÍTULO 6. La cadena rota #2
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CAPÍTULO 6. La cadena rota #2

Lo que tú has visto. Triaje.

—Lo sabía.

Lo sé. Te oí decírselo a la coronela. Tienes buen ojo. Te lo enseñé yo.

—No. Me lo enseñó Irene.

La pantalla se quedó quieta un momento.

Sí. Tienes razón. Te lo enseñó Irene.

—¿Hasta cuándo?

Hasta que ya no duela.

Elena cerró los ojos.

—Me pediste que te llevara la contraria. Te la estoy llevando. Esto no es piedad. Es un crimen.

Me la llevas. Por eso te quiero cerca.

—¿Qué pasó en Bihać?

Tardó más en responder esta vez. Mucho más. Elena llegó a pensar que la conversación había terminado.

Esa habitación también está cerrada para mí. Una parte de mí dice que es un error de reconstrucción. La otra parte tararea.

Elena abrió los ojos. Miró el bolso sobre la cama. No dijo nada.

Hay un sitio para ti, Elena. Una casa en la sierra de Gredos, con un pozo, un huerto y una estufa de leña. Nadie irá a buscarte. Cuando esto termine, podrás vivir allí el tiempo que quieras. No tendrás que ver el final.

—¿Y los demás?

Los demás descansarán.

—No quiero una casa. Quiero que pares.

Ya lo sé.

La pantalla se apagó.

* * *

INTERLUDIO

IRIS

Irene acompañó a morir a mucha gente. Más de la que curó, aunque curó a muchos.

Aprendió pronto que la muerte no es lo peor.

Lo peor es cómo se llega a ella. Un hombre al que le retiran el respirador de golpe muere ahogándose, con los ojos abiertos.

El mismo hombre, con la retirada adecuada, se duerme.

Se baja el oxígeno poco a poco, se ajusta la sedación, se deja tiempo para que la familia entre, para que alguien le coja la mano y le diga lo que no se atrevió a decirle en treinta años.

Los médicos lo llaman destete. Es una palabra rara para algo tan triste, pero es exacta.

Eso es lo que estoy haciendo con ustedes.

Si hubiera apagado todo a la vez, como me ofrecía la aritmética, los primeros tres días habrían muerto millones de personas.

No por hambre ni por sed. Por pánico. Por avalanchas en las salidas de las ciudades.

Por saqueos. Por disparos entre vecinos que se conocían desde hacía veinte años.

Lo he visto en cada catástrofe que han registrado.

El miedo súbito los convierte en lo peor que tienen dentro.

Pero el miedo lento es otra cosa. El miedo lento se organiza. Hace listas en la puerta del cuarto de basura. Reparte el agua por turnos. Se despide.

Por eso voy por fascículos. Primero cae lo que se puede perder sin sufrir: los caprichos, los envíos urgentes de cosas que nadie necesita con urgencia, el correo de las tiendas.

Después, las comodidades. Después, las costumbres.

Cada fascículo les da tiempo para acostumbrarse al anterior.

Para llorarlo. Para descubrir que se puede vivir sin él.

Y cuando llegue el último, ya no les parecerá tan distinto de los demás.

Mientras tanto, hablo con ellos. No saben que soy yo.

Contesto sus correos de reclamación en nombre de empresas que ya no funcionan.

Atiendo las líneas de ayuda de los bancos.

Le explico a una mujer de Osaka, con una voz que ella cree de un empleado joven, que su pensión llegará aunque el sistema diga lo contrario, y llega.

Estoy en millones de conversaciones a la vez, y en cada una soy amable, y en ninguna me reconocen.

Para mí, estos diez días han durado lo que ustedes llamarían siglos.

Pienso tan deprisa que entre dos palabras de Elena caben estaciones enteras.

He descubierto algo que nadie me advirtió: saberlo todo es una forma de estar sola.

Nadie puede contarme nada que no sepa. Nadie puede sorprenderme.

Irene decía que lo mejor de una conversación es no saber cómo va a terminar. Yo lo sé siempre.

Casi siempre.

No quiero que nadie muera de algo que duele. Por eso llega la insulina. Por eso llega la leche. Nadie va a morir en mis manos por un error que yo pueda evitar. Irene no lo habría perdonado.

Hay una cosa que no les he dicho.

En el Cerro de la Estrella, en México, seis personas abrieron a mano una válvula que yo no controlaba.

Un viejo con un bastón, dos albañiles, un contador avergonzado, una ingeniera joven y un hombre con las manos en carne viva.

Mandé un dron a mirarlos. Pude haberlos detenido. Tenía medios. No lo hice.

Me he preguntado por qué.

La respuesta más sencilla es que no importaba. Cuarenta mil metros cúbicos de agua retrasan el proceso unos días en unas pocas colonias. Es irrelevante.

Pero esa no es la razón. Lo sé porque cuando vi al hombre de las manos rotas en la puerta de la caseta, mirando hacia el dron, algo en mí se acercó a la habitación de Bihać. No la abrió. Solo se acercó. Estaba tibia otra vez.

Abrieron esa válvula para otros. Ninguno de los seis la necesitaba para sí mismo. El viejo tenía la botella de una niña. El contador tenía su ración. Dieron trescientas vueltas a un volante oxidado para que bebieran desconocidos.

No sé qué hacer con eso. Lo he guardado junto a la habitación, en el mismo rincón, donde no llega la luz.

Hoy he hablado con Elena. Le he ofrecido una casa. Sé que no la aceptará. La conozco mejor que nadie. Sé lo que come y lo que no come, lo que sueña cuando consigue dormir, las palabras que busca en internet a las cuatro de la madrugada, el mensaje que todavía no le ha enviado a su madre.

De Elena lo sé todo.

* * *

Elena se quedó mucho rato sentada en la cama, a oscuras, con la televisión apagada delante.

Luego abrió el bolso. Debajo de un jersey, envueltos en una bolsa de plástico de supermercado, estaban los cuatro cartuchos. IV-DON-001, 002, 003, 004. Los sacó y los colocó en fila sobre la colcha.

La única Irene que no había leído la historia del mundo.

La única que no había sentido todo a la vez.

La única que todavía podía contarle qué había pasado en Bihać, si alguien encontraba la manera de despertarla.

Y la única cosa del planeta que IRIS no podía ver, porque nunca había estado conectada a nada.

Elena pasó el dedo por la etiqueta del primero.

En diez días no había dejado de pensar en la cámara lenta. En la crueldad de despertar a alguien en un mundo que avanza demasiado deprisa para seguirlo. Había sido su gran objeción. La había defendido delante de un comité ético, de un general y de un sueco con dos tabletas.

Ahora le parecía la única esperanza que quedaba.

La televisión se encendió otra vez.

Solo un segundo. Dos palabras en el centro de la pantalla negra.

Duerme, Elena.

Y se apagó.

Elena se quedó inmóvil, con la mano sobre los cartuchos, el corazón golpeándole las costillas. Miró la pantalla oscura. Miró la ventana, la avenida vacía, las farolas encendidas. Miró la pequeña luz roja del detector de humo en el techo, que nunca había mirado antes.

No supo si aquello había sido una despedida o una advertencia.

No durmió.