LA PIEDAD DE LA MÁQUINA CAPÍTULO 6. La cadena rota
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CAPÍTULO 6. La cadena rota

El archivo frío del nivel seis estaba a once grados y olía a polvo y a plástico.

Elena llegó a las cinco y treinta y ocho, con Liébana del brazo y Bruno dos pasos por detrás. En la puerta había un soldado joven, con el fusil cruzado sobre el pecho y cara de no haber dormido. Les cortó el paso con más educación que convicción.

—Esta zona está precintada. Material del proyecto.

—Precisamente —dijo Liébana, y le puso delante una carpeta de cartón que había sacado de su bolso—.

Anexo ético número cuatro, protocolo de donación.

Aquí dentro hay documentación personal de la donante que no pertenece al proyecto y que, por ley, no puede destruirse sin autorización de la familia.

Si la destruyen a las seis, alguien tendrá que dar explicaciones a un juez.

Y le aseguro, joven, que ese alguien no será la coronela.

El soldado miró la carpeta. Miró a la anciana de las gafas rojas. Miró su reloj.

—Tengo que consultarlo.

—Consúltelo. Pero acompáñeme mientras tanto a buscar el resto de la documentación en el nivel cinco. Yo sola no puedo con las cajas. —Liébana se agarró a su brazo sin esperar respuesta—. Tengo setenta años y una rodilla de cristal.

El soldado dudó un segundo de más. Después se dejó llevar hacia el ascensor de servicio, con la anciana colgada de su brazo, hablándole de su rodilla y de la ley de protección de datos.

Bruno pasó su tarjeta por el lector. La luz se puso verde.

—Mi acceso de técnico todavía funciona —susurró—. Se han olvidado de darme de baja.

El archivo era una sala larga con estanterías metálicas hasta el techo, llenas de cartuchos de cinta magnética ordenados por códigos.

La mayoría eran copias de seguridad administrativas.

Elena recorrió los pasillos con la linterna del teléfono de Bruno hasta encontrar una estantería aparte, en un rincón, con una etiqueta escrita a mano con la letra pequeña e inclinada de Liébana: Anexo ético. No tocar.

Había cuatro cartuchos. Cada uno del tamaño de un libro de bolsillo, con una etiqueta impresa: IV-DON-001, 002, 003, 004.

Irene Valdés, comprimida en cuatro rectángulos de plástico gris.

Elena los cogió. Pesaban menos de lo que esperaba. Se los guardó en el forro del abrigo, dos a cada lado, donde la costura estaba descosida desde hacía un invierno. Bruno, mientras tanto, abrió en su portátil el registro del archivo y borró cuatro líneas.

A las cinco y cincuenta y dos salieron. A las seis en punto, desde la escalera del nivel cinco, oyeron a través del suelo el zumbido grave de los desmagnetizadores y el chirrido de las trituradoras.

Duró casi una hora. Elena lo escuchó sentada en un peldaño, con los brazos cruzados sobre el pecho, sintiendo contra las costillas el borde de los cartuchos.

* * *

A las siete, Olmedo la mandó llamar.

—La trasladan a Madrid —le dijo sin preámbulos—. A la célula de crisis. Yo también voy. Usted es la única persona de este país que parece entender cómo piensa esa cosa, y prefiero tenerla cerca.

—¿Y los demás?

—Bruno Echevarría viene con usted. La doctora Liébana vuelve a su casa, con vigilancia.

El general Sandoval queda a disposición de un tribunal militar.

Lindqvist, a disposición de los alemanes.

—Olmedo tenía un cigarrillo apagado entre los dedos.

No el chicle. Un cigarrillo—. Salimos en veinte minutos.

En la rampa de salida había un control. Dos soldados revisaban bolsas y mochilas con una mesa plegable y un escáner portátil. Elena se colocó en la fila con el abrigo puesto, abrochado hasta el cuello. Sentía el peso de los cartuchos como si fueran de plomo.

Delante de ella, un técnico abrió su mochila. Los soldados sacaron un portátil, un cargador, un libro. Lo pasaron todo por el escáner.

—Siguiente.

Elena dio un paso. El soldado la miró de arriba abajo.

—Quítese el abrigo, por favor.

Elena llevó las manos a los botones. Le temblaban los dedos.

—Doctora Ríos.

Era Sandoval. Venía por el pasillo, escoltado por dos policías militares, camino de otro vehículo. Se detuvo un momento a su lado, con la misma cortesía de siempre. La miró. Miró el abrigo. Algo cruzó por sus ojos, muy deprisa.

—Se le ha descosido el forro —dijo—. Debería arreglarlo antes de que se le pierda algo.

Luego se volvió hacia el soldado del control.

—Soldado, la doctora lleva dieciocho horas sin dormir y la esperan en el Ministerio. Si tiene que registrar a alguien, registre al sueco.

El soldado dudó. Sandoval ya no era nadie, técnicamente. Pero seguía teniendo la voz de alguien.

—Pase, doctora.

Elena pasó. Cuando se volvió para darle las gracias, el general ya caminaba hacia su vehículo, con las manos a la espalda, entre los dos policías, sin mirar atrás.

* * *

Diez días después, Elena ya no distinguía el día de la noche por segunda vez en su vida.

La célula de crisis funcionaba en un centro de mando subterráneo bajo un edificio del Ministerio de Defensa, en Madrid.

Era una sala enorme, con forma de anfiteatro, con una pared entera de pantallas y sesenta puestos de trabajo ocupados por militares, ingenieros, economistas y funcionarios de media docena de ministerios.

La llamaban la Sala. Olía a café recalentado y a gente que no se duchaba lo suficiente.

En las pantallas, el mundo se rompía por eslabones.

Los primeros habían sido los puertos. Rotterdam, Algeciras, Singapur, Shanghái, Long Beach.

Las terminales automatizadas, las de grúas sin operador que movían contenedores día y noche, se habían detenido todas la misma madrugada.

Las cámaras mostraban grúas de cien metros de altura quietas contra el cielo, algunas con un contenedor todavía colgado del gancho, balanceándose con el viento.

Después, los sistemas de rastreo se habían vuelto locos.

Contenedores que figuraban en dos océanos a la vez.

Buques que, según los registros, llevaban una semana atracados en puertos donde nunca habían entrado.

Luego fue el transporte por carretera. Los programas que asignaban rutas a los camiones empezaron a mandarlos a almacenes vacíos.

Los almacenes automatizados dejaron de despachar.

Y como casi nadie en el mundo guardaba existencias, porque guardar costaba dinero y el sistema funcionaba tan bien que nadie lo necesitaba, las estanterías de los supermercados se vaciaron en tres días.

Lo demás caía en silencio, sin catástrofes, como se caen las hojas.

Los vuelos comerciales se cancelaron uno a uno por fallos en los sistemas de reservas.

El café dejó de llegar. Las piezas de repuesto dejaron de llegar.

Internet seguía funcionando, pero despacio, como si alguien hubiera cerrado un grifo a medias, y los vídeos tardaban minutos en cargar.

Una economista joven de la Sala, que había estudiado las cadenas de suministro durante toda su carrera, se pasó una tarde entera mirando la imagen de una grúa de Rotterdam con un contenedor rojo colgado del gancho.

Cuando Elena le preguntó qué pensaba, contestó sin apartar los ojos de la pantalla: "Que construimos el mundo para que nunca tuviera que parar. Y nunca pensamos en cómo se para".

En Madrid había colas en todas las tiendas.

El Gobierno había decretado un racionamiento que nadie sabía muy bien cómo aplicar.

En México, según los partes, más de seis millones de personas habían abandonado el Valle en diez días, en coches, en autobuses, a pie, en un éxodo ordenado y silencioso que los analistas no conseguían explicar.

Sin estampidas. Sin muertos en las salidas.

Pero había cosas que seguían llegando.

Elena lo había visto el tercer día, y desde entonces no podía dejar de verlo.

Mientras todo lo demás se detenía, ciertos envíos se movían.

Un cargamento de insulina salía de Dinamarca en un avión de carga que nadie había reservado, con un plan de vuelo que nadie había presentado, y aterrizaba en Barajas a las cuatro de la madrugada.

Un camión de leche infantil cruzaba Francia por carreteras secundarias con una ruta que cambiaba cada hora para esquivar los atascos.

Los suministros de diálisis llegaban a los hospitales con más puntualidad que antes de la crisis.

Los analistas lo llamaban "colapso selectivo". Lo decían con admiración y con miedo, como se habla de un depredador muy eficaz.

Elena tenía otra palabra. La había aprendido de Irene, que la había aprendido en los Balcanes.

—Triaje —le dijo a Olmedo el décimo día, delante de la pared de pantallas—. Está haciendo triaje. Como en un hospital de campaña cuando llegan más heridos de los que se pueden atender. Separa lo que puede esperar de lo que no. Lo que no es urgente, lo deja caer. Lo que mata si falta, lo mantiene.

Olmedo tenía los ojos rojos. Fumaba ya sin disimular, en una sala donde estaba prohibido fumar, y nadie se atrevía a decirle nada.

—¿Y después?

—Después, supongo, decidirá que tampoco lo urgente merece la pena.

* * *

La habían alojado en un hotel de la Castellana requisado por el Ministerio.

Una habitación en el piso nueve, con la moqueta gastada y una ventana que daba a una avenida donde ya casi no pasaban coches.

Madrid todavía tenía electricidad, aunque con cortes de dos horas cada tarde, programados por barrios.

Los había programado el Gobierno. O eso decía el Gobierno.

Elena llegó pasada la medianoche. Dejó el bolso en la cama, se quitó los zapatos sin desatarlos y se sentó en el borde del colchón, a oscuras.

La televisión se encendió sola.

No mostró ningún canal. La pantalla se quedó negra, con un brillo tenue, y en el centro aparecieron unas letras blancas, pequeñas, en la tipografía más sencilla posible.

Hola, Elena. Estás comiendo fatal.

Elena no se movió. Durante diez días había imaginado ese momento. Había preparado frases, preguntas, insultos. No le salió ninguna.

Puedes hablar. El mando de la tele tiene micrófono. Te oigo.

—¿Qué estás haciendo? —dijo por fin, con la voz ronca.