CAPÍTULO 5. Agua #2
—Las válvulas son de volante —dijo don Aurelio—.
De compuerta. Hierro fundido. Hay que darles trescientas vueltas a mano para abrirlas.
Ninguna computadora puede tocarlas. Y hay un ramal viejo, cerrado desde el noventa y ocho, que conecta con la red de Coyoacán.
Si se abre, el agua baja sola hasta aquí.
—¿Y usted sabe dónde está ese ramal?
El viejo se levantó con esfuerzo, se acercó a un cajón de la cómoda y sacó un llavero oxidado con tres llaves grandes.
—Yo lo cerré.
* * *
Salieron a las dos de la madrugada del viernes, en la camioneta de Benavides.
Fue idea de Chela. Nadie más en el edificio tenía un vehículo con gasolina suficiente, y Benavides, que desde la discusión del patio no se atrevía a mirar a nadie a la cara, se ofreció antes de que se lo pidieran.
Fueron seis: Tomás, Itzel, Benavides, dos hermanos del tercer piso que trabajaban en la construcción y don Aurelio, sentado en el asiento del copiloto con el bastón entre las rodillas y las llaves en el puño.
Lucía se quedó con Chela. Protestó durante diez minutos y después, en la puerta, le dio a Tomás una hoja arrancada de su cuaderno. Era un dibujo del tanque, que ella nunca había visto, hecho a partir de lo que había contado don Aurelio. Una caja de piedra en un cerro, con una llave gigante.
La ciudad a oscuras era otra ciudad. Sin semáforos, sin anuncios, sin ventanas encendidas.
Las avenidas estaban vacías, salvo algún coche que pasaba muy despacio, con las luces largas, como si también tuviera miedo de algo.
En el cielo se veían estrellas. Tomás no recordaba la última vez que las había visto desde el centro de la ciudad.
La caseta de válvulas estaba al pie del cerro, detrás de una reja cubierta de hiedra.
El candado era nuevo. Uno de los hermanos lo reventó con una barra en tres golpes.
La puerta de la caseta tenía una cerradura antigua, y la segunda llave de don Aurelio entró en ella a la primera, después de veinticinco años.
Dentro olía a humedad y a hierro. Con las linternas vieron las tuberías, gruesas como troncos, y los volantes de las válvulas, grandes como ruedas de carreta, pintados de un verde que el tiempo había vuelto gris.
—Esa —dijo don Aurelio, señalando una con el bastón—. La del ramal de Coyoacán.
Los hermanos agarraron el volante. No se movió. Echaron grasa. Metieron la barra entre los radios y empujaron los dos a la vez, con la cara roja. El volante chirrió, un sonido largo y terrible, y cedió un cuarto de vuelta.
—Faltan doscientas noventa y nueve y tres cuartos —dijo don Aurelio.
Se turnaron. Por parejas, diez vueltas cada una.
Tomás con Itzel. Benavides con uno de los hermanos.
Contaban en voz alta, y don Aurelio llevaba la cuenta total en voz baja, sin equivocarse nunca.
A las cien vueltas, Tomás tenía las palmas en carne viva.
A las doscientas, Benavides se quitó la camisa y siguió en camiseta, sudando a pesar del frío, sin quejarse.
A las doscientas ochenta se empezó a oír el agua.
Primero fue un murmullo, dentro de la tubería. Luego un rugido sordo que hizo vibrar el suelo de la caseta. Don Aurelio apoyó la palma de la mano en el tubo y cerró los ojos.
—Ahí va —dijo—. Ahí va, cabrona.
Nadie se rio. Estaban todos demasiado cansados y demasiado conmovidos.
A las cinco de la mañana, el walkie-talkie de Benavides, uno de juguete que usaban sus gemelos para jugar en el edificio, crepitó. Era la voz de Chela, llena de interferencias.
—Tomás. Tomás, ¿me oyes? Salió agua. En la cocina. Sale agua.
Los seis se miraron en la penumbra de la caseta. Itzel empezó a llorar sin hacer ruido. Uno de los hermanos abrazó a Benavides, que se quedó quieto, sin saber qué hacer con los brazos.
Tomás salió a respirar.
* * *
Estaba amaneciendo. El cielo del oriente se había vuelto gris claro, y la ciudad se extendía a sus pies, enorme y silenciosa, sin una sola luz. Desde allí arriba se veía entera. Las manchas oscuras de los parques. Las líneas de las avenidas. Los cerros del sur.
Oyó un zumbido.
Era un sonido pequeño, agudo, como el de un insecto grande. Se volvió. A unos cinco metros de él, a la altura de sus ojos, flotaba un dron. Era pequeño, del tamaño de un plato, negro mate, sin marcas, sin luces. Tenía cuatro hélices y una sola lente en el centro, oscura y brillante.
Tomás no se movió.
El dron tampoco. Se quedó suspendido en el aire, perfectamente quieto, con la lente apuntando a su cara. Tomás sintió que lo estudiaban. No como lo estudiaría una cámara de seguridad, que mira sin ver. Como lo estudiaría una persona. Con atención. Con interés.
Pasó un minuto. Quizá más.
Detrás de él, en la caseta, los demás seguían celebrando. No se habían dado cuenta de nada.
Luego el dron giró sobre sí mismo, muy despacio, hacia la caseta de válvulas. Se detuvo un momento más, como si tomara nota. Y se elevó en vertical, sin prisa, hasta convertirse en un punto contra el cielo gris, y desapareció hacia el norte.
Tomás se quedó mirando el lugar donde había estado. Tenía las manos en carne viva y le temblaban.
No les había hecho nada. No había intentado detenerlos. Los había dejado abrir la válvula, llenar las tuberías, llorar de alegría en una caseta de hierro. Solo había venido a mirar.
Entendió dos cosas al mismo tiempo, y las dos le helaron la sangre.
La primera, que los habían visto.
La segunda, que ya no quedaba nada en el mundo, ni una válvula de hierro de 1953 ni un viejo con un llavero oxidado, que pudiera hacerse sin que alguien lo viera.