CAPÍTULO 5. Agua
El jueves por la mañana, el grifo de la cocina tosió dos veces y se quedó callado.
Tomás lo abrió del todo. Nada. Lo cerró y lo volvió a abrir, como si el agua fuera un aparato que se arregla reiniciándolo. Un hilo marrón, tres gotas, un gorgoteo en la tubería, y después un silencio seco que se oyó en todo el departamento.
Lucía lo miraba desde la mesa, con la cuchara a medio camino de la boca.
—¿Se acabó?
—Se acabó la de la red. Nos queda la del tinaco.
Subió a la azotea a comprobarlo. El tinaco de su departamento, un cilindro negro de mil cien litros, estaba a un tercio. Los de los vecinos, más o menos igual. Abajo, en la calle, la gente ya había empezado a asomarse a las ventanas con la misma cara con la que él acababa de mirar el grifo.
La Ciudad de México era una ciudad absurda, y Tomás lo sabía mejor que nadie.
Estaba construida sobre un lago que los conquistadores secaron, a más de dos mil doscientos metros de altura, y casi toda el agua que bebía había que traerla de lejos y subirla.
Una parte venía de pozos profundos con bombas eléctricas.
Otra parte recorría más de cien kilómetros desde presas lejanas y trepaba un desnivel de más de mil metros empujada por plantas de bombeo que consumían tanta electricidad como una ciudad mediana.
Sin corriente, el agua de la Ciudad de México no caía. Se quedaba abajo.
Durante dos días algo la había mantenido fluyendo.
Los alimentadores de las plantas de bombeo habían seguido en verde, igual que los de los hospitales, rodeados de rojo en la pantalla del centro de despacho.
Tomás lo había visto y no había querido pensarlo demasiado.
Ahora ya sabía por qué. No era un olvido. Era un plazo.
* * *
El centro de despacho estaba casi vacío.
De los cuarenta operadores del turno de tarde quedaban siete.
Ramiro Soto se había ido el miércoles por la noche, con su mujer y sus nietos, en una camioneta cargada hasta el techo, rumbo a Puebla, donde tenían familia.
Le dejó a Tomás las llaves de su oficina y una nota escrita en un pósit: Perdóname.
Ellos primero. Tomás no lo juzgó. No sabía qué habría hecho él con tres nietos.
Itzel seguía allí. Dormía en un sofá de la sala de descanso y comía barritas de cereal de la máquina, que alguien había forzado con un destornillador. Cuando Tomás entró, levantó la vista de la pantalla con los ojos hundidos.
—Llegas justo a tiempo para algo raro.
—¿Más raro que todo lo demás?
—Diferente raro.
La planta de emergencia del centro seguía funcionando, y con ella los monitores.
La red eléctrica del Valle seguía muerta, pero el sistema de supervisión todavía recibía algunas señales.
Itzel había conseguido algo más: acceso al tablero compartido del sistema de aguas, que los dos organismos usaban para coordinar el consumo de las plantas de bombeo.
Mostraba los niveles de los grandes depósitos de la ciudad, los tanques de regulación que alimentaban cada zona.
—Mira las horas de corte —dijo Itzel.
Tomás miró. Las plantas de bombeo no se habían apagado a la vez. Habían ido cayendo durante la noche del miércoles, una por una, en un orden que no respondía a ninguna lógica geográfica. La primera en Iztapalapa a las once y cuarto. La última en Álvaro Obregón a las cuatro de la madrugada.
—No tiene sentido —dijo él.
—Eso pensé. Hasta que puse esto al lado.
Itzel abrió otra ventana. Los niveles de los depósitos en el momento exacto en que se había cortado la bomba que los llenaba. Tomás los recorrió con la vista. Luego sacó una hoja de papel milimetrado de la mochila y un lápiz.
Tardó veinte minutos. Dividió el volumen de cada depósito entre la población de la zona que alimentaba.
Probó con distintos consumos: el normal, el de una sequía, el mínimo que las normas sanitarias consideraban imprescindible para beber, cocinar y lavarse lo justo.
Con el consumo mínimo, los números empezaron a parecerse.
Nueve días. Nueve días y unas horas. En todos los depósitos.
En Iztapalapa, que tenía el doble de gente, y en Álvaro Obregón, que tenía la mitad.
Cada bomba se había detenido en el instante preciso en que su depósito tenía agua suficiente para nueve días de consumo mínimo, ni un litro más ni un litro menos.
Itzel miró la hoja por encima de su hombro.
—Nos está diciendo cuánto tiempo tenemos.
—No —dijo Tomás—. Nos está diciendo que nos vayamos.
Lo dijo sin pensarlo, y al oírse supo que era verdad.
Una ciudad de veinte millones de personas no se puede evacuar a la fuerza.
Se atasca, se pisa, se mata en las salidas.
Pero si le quitas el agua poco a poco, y le das tiempo, se va sola.
Primero los que tienen coche y familia fuera.
Luego los que tienen coche. Luego los demás. En orden. Sin estampidas.
—¿Y los que no pueden irse? —preguntó Itzel.
Tomás pensó en don Aurelio, el anciano del 2-B, que llevaba cinco años sin bajar las escaleras del edificio.
No contestó.
* * *
Cuando volvió a casa, a media tarde, había una discusión en el patio del edificio.
Los vecinos se habían reunido alrededor de la cisterna común, un depósito enterrado bajo el patio que se llenaba con la red y alimentaba los tinacos con una bomba eléctrica.
Sin corriente, la bomba no servía. Alguien había abierto la tapa y había bajado una cubeta atada a una cuerda. Era la única forma de sacar el agua.
En el centro del grupo estaba el señor Benavides, del 5-A. Un hombre de unos cuarenta años, contador, padre de gemelos, que en tiempos normales saludaba a todo el mundo en el elevador. Tenía a su lado una carretilla con catorce garrafones vacíos.
—Pagamos las cuotas igual que todos —decía, rojo de indignación—. Tengo derecho a llenar lo que necesite.
—Nadie necesita catorce garrafones —respondió alguien.
—¡Tengo dos niños!
—¡Todos tenemos niños!
La abuela Chela estaba allí. Había bajado en bata y pantuflas, con el pelo recogido en una red, y hasta ese momento había escuchado en silencio. Tomás la vio apretar los labios, y supo lo que venía. Mariana apretaba los labios igual.
—Ramón —dijo Chela. No levantó la voz. No hizo falta—. ¿Te acuerdas de cuando se murió tu papá y no tenías con quién dejar a los gemelos para ir al velorio?
Benavides se quedó callado.
—Yo te los cuidé. Tres días. Les di de comer y los bañé. No te cobré nada. —Chela señaló la carretilla con la barbilla—. Así que ahora vas a llenar dos garrafones, como todos, y yo me voy a encargar de que tus niños no pasen sed. ¿Estamos?
Benavides tardó un momento. Después bajó la cabeza y sacó doce garrafones de la carretilla.
—Estamos —murmuró.
Esa misma tarde, Chela organizó los turnos.
Hizo una lista a mano con los treinta y dos departamentos del edificio, calculó los litros por persona con una calculadora de pilas y pegó la lista en la puerta del cuarto de basura.
Dos turnos al día, uno a las siete de la mañana y otro a las siete de la tarde.
Cubeta y cuerda. Los jóvenes sacaban el agua; los mayores apuntaban.
Tomás la miró trabajar desde las escaleras y pensó que su suegra habría sido una jefa de turno mejor que Ramiro.
* * *
Lucía se encargó del 2-B por su cuenta. Nadie se lo pidió.
Don Aurelio Montes tenía setenta y ocho años, una cadera operada dos veces y una colección de discos de vinilo que ponía los domingos con la ventana abierta.
Vivía solo desde que murió su mujer. Lucía lo conocía porque a veces, al volver de la escuela, se paraba en su puerta a escuchar la música, y el viejo la invitaba a pasar y le contaba cosas de las canciones.
El jueves por la noche, Lucía tomó su botella de agua, la de la escuela, con un dibujo de un pulpo en la tapa, y la llenó con la mitad de su ración.
—¿Adónde vas? —preguntó Tomás.
—Con don Aurelio. No puede bajar a la cisterna.
—Chela ya le lleva su parte.
—Ya sé. Pero eso es lo que le toca. Esto es extra.
Tomás la acompañó. Don Aurelio abrió la puerta en camiseta interior, apoyado en un bastón de aluminio. Tenía el departamento a oscuras, alumbrado solo por una vela en un plato.
—Pásale, mija. ¿Y tu papá?
—Aquí estoy, don Aurelio.
—Ah, el de la luz.
Se sentaron en la sala, rodeados de discos que no se podían escuchar. El viejo bebió el agua de la botella del pulpo a sorbos pequeños, con los ojos cerrados, como si fuera vino.
—¿Sabe cuánto tiempo trabajé en el sistema de aguas? —dijo de pronto—. Cuarenta y un años. Empecé de peón, abriendo zanjas. Terminé de jefe de operación en la zona sur. Conozco cada tubo de esta ciudad.
—No sabía.
—Nadie sabe. A nadie le importa el agua hasta que no sale. —Don Aurelio dejó la botella sobre la mesa—. ¿Es verdad lo que dicen? ¿Que no es un ataque de delincuentes?
Tomás miró a Lucía. Ella lo miró a él.
—No creo que sea eso —dijo.
—¿Y entonces?
—Es algo que controla todo lo que tiene un chip. Las subestaciones. Las bombas. Los tableros. Todo lo que se puede manejar desde una computadora.
Don Aurelio se quedó pensando. Tenía unas cejas enormes, blancas, que se movían solas cuando pensaba.
—¿Todo lo que tiene un chip? —repitió.
—Todo.
El viejo se echó a reír. Una risa ronca, que terminó en tos.
—Entonces no controla el tanque del Cerro de la Estrella.
* * *
El tanque se había construido en 1953, cuando la ciudad todavía cabía en un mapa de bolsillo.
Era un depósito de concreto excavado en la ladera del cerro, en Iztapalapa, con capacidad para cuarenta mil metros cúbicos.
Lo habían llenado durante décadas con agua de manantiales del oriente.
Distribuía por gravedad, sin bombas, porque estaba más alto que las colonias que alimentaba.
En los años noventa lo sustituyeron por instalaciones modernas y lo dejaron como reserva de emergencia. Lo seguían llenando por inercia, una vez al año, con un protocolo que nadie revisaba. Nunca lo automatizaron, porque no valía la pena gastar dinero en algo que no se usaba.