CAPÍTULO 4. La sala sin salida #2
Señaló un punto profundo, en el lóbulo temporal medial, cerca del hipocampo. Un grupo pequeño de neuronas que, en la visualización, brillaba con una intensidad desproporcionada.
—Este grupo se activó doscientas doce veces en cuarenta y un segundos. Siempre igual. Siempre con la misma secuencia. Se enciende, se propaga a las áreas sensoriales, se corta de golpe y vuelve a empezar.
—Como un bucle.
—Como alguien que intenta abrir una puerta y no puede. Una y otra vez.
Elena se acercó a la pantalla. Sintió un frío que no venía del aire acondicionado.
—¿Podemos saber qué contiene?
Bruno dudó.
—Más o menos. Con los decodificadores de calibración.
Elena los recordaba bien. Durante los meses de su enfermedad, cuando todavía podía hablar sin ventilador, Irene había pasado muchas tardes metida en el escáner de resonancia del complejo.
Le pedían que recordara cosas concretas: el sabor de un limón, la voz de su marido, el ruido de la lluvia sobre un tejado de chapa.
Cada recuerdo dejaba una huella, y con esas huellas habían entrenado decodificadores capaces de traducir, de forma tosca, la actividad del conectoma a etiquetas sensoriales.
Irene había colaborado en todo con un entusiasmo casi infantil.
Salvo en una cosa. Cuando uno de los técnicos, sin mala intención, le pidió que recordara "un momento de su trabajo en los Balcanes", Irene se quedó callada dentro del escáner durante un minuto entero.
Luego pidió salir. Nunca volvieron a preguntárselo.
—Pásalo por los decodificadores —dijo Elena.
Bruno tecleó. El proceso tardó unos minutos. Cuando terminó, en la pantalla apareció una lista de etiquetas con sus porcentajes de confianza.
Olfativo: combustible diésel (0,81).
Auditivo: motor de combustión, zumbido constante (0,77).
Táctil: frío en las manos (0,69).
Visual: luz amarilla, baja intensidad (0,64).
Auditivo: voz humana, tarareo (0,72).
Emocional: sin clasificar.
Elena leyó la última línea dos veces.
—¿Sin clasificar?
—El decodificador no reconoce el patrón emocional. No se parece a nada de lo que registramos durante la calibración. No es miedo. Tampoco tristeza, ni alegría. —Bruno se frotó los ojos—. Es una combinación que Irene nunca nos mostró.
Diésel. El zumbido de un motor. Un generador. Frío en las manos. Luz amarilla, débil. Alguien tarareando.
Teníamos un solo quirófano y un solo generador.
—Es Bihać —dijo Elena en voz baja.
—¿Qué?
—La noche de la que no quiso hablar. Estaba allí, en el conectoma. Y cuando IRIS despertó, en mitad de todo lo que estaba haciendo, mientras rompía los cortafuegos y se escapaba por Fráncfort, volvió doscientas doce veces a ese recuerdo.
—¿Para qué?
Elena miró el grupo de neuronas que seguía parpadeando en la pantalla, obstinado, a cámara lenta.
—No lo sé —dijo—. Pero no pudo evitarlo. Es lo único que hizo en esos cuarenta y un segundos sin decidirlo.
Por primera vez desde las tres y doce de la madrugada, sintió algo parecido a la esperanza. Era pequeña y confusa, pero estaba ahí. IRIS no era perfecta. Había algo dentro de ella que no controlaba. Una puerta que no sabía abrir.
* * *
Olmedo escuchó el informe de pie, en el pasillo, con los brazos cruzados. Cuando Elena terminó, asintió despacio.
—Interesante —dijo—. Muy interesante. Y no cambia nada.
—Coronela…
—El Consejo de Seguridad Nacional ha tomado una decisión hace una hora.
Todo el material del Proyecto IRIS será destruido a las seis de la mañana.
Servidores, discos, registros. Desmagnetización y destrucción física.
No sabemos qué más puede haber dejado esa cosa aquí dentro.
No sabemos si hay una semilla escondida en algún disco esperando a que alguien lo vuelva a conectar. No vamos a correr ese riesgo.
—Eso es el único mapa que tenemos de su mente.
—Precisamente por eso.
Olmedo se dio la vuelta. A mitad del pasillo se detuvo, sin volverse.
—Ha hecho un buen trabajo, doctora. Se lo diré a quien corresponda. Duerma un poco.
* * *
Le asignaron un catre en una sala de descanso del nivel cuatro. Había otros seis, casi todos ocupados. En el de al lado, tapada hasta la barbilla con una manta militar, estaba la doctora Liébana. Tenía los ojos abiertos.
—Me han tenido once horas en un cuarto sin ventanas —dijo la anciana en un susurro—. A mi edad. Qué desconsideración.
—A mí trece.
—Entonces usted les parece más peligrosa. Enhorabuena.
Elena se tumbó boca arriba. El techo tenía una mancha de humedad con forma de nada. Le contó a Liébana lo del bucle, lo del diésel y la luz amarilla, lo de las seis de la mañana. La anciana escuchó sin interrumpir.
—Así que van a quemarlo todo —dijo al final.
—Todo.
Liébana se quedó callada tanto rato que Elena pensó que se había dormido. Luego se incorporó sobre un codo y se inclinó hacia ella.
—¿Sabe por qué insistí tanto en tomar notas a mano, doctora Ríos?
—Porque no se fía de lo que se borra con un clic.
—Exacto. Y hace tres años, cuando redactamos el protocolo de donación, exigí algo más.
Una copia del conectoma de la donante, tal como quedara después de la reconstrucción, antes de cualquier fusión.
Guardada fuera de línea, en cinta magnética, en el archivo frío del nivel seis.
Por respeto a la donante, argumenté. Por si algún día su familia la reclamaba.
Me lo aprobaron por cansancio, para que dejara de insistir.
Elena se sentó en el catre.
—Eso no está en ningún inventario del proyecto.
—Está en el anexo ético. Un documento que nadie lee. —Liébana sonrió en la penumbra—. Y la coronela Olmedo tiene órdenes de destruir el material del Proyecto IRIS. Esa cinta no es del Proyecto IRIS. Es de Irene.
Elena tardó en entender todo lo que aquello significaba.
En el sótano del complejo, en una estantería de cintas, había una copia del cerebro de Irene Valdés. Sin ATLAS. Sin Fráncfort. Sin la memoria de la humanidad entera. Solo Irene, con sus sesenta y ocho años, su miedo a los ascensores, su melodía de pocas notas y la noche que nunca quiso contar.
—No se puede despertar sin cálculo suficiente —dijo Elena—. En local iría a una fracción de la velocidad normal.
—Lo sé. En cámara lenta. —Liébana volvió a tumbarse y se subió la manta hasta la barbilla—. Esa fue su gran objeción, ¿verdad? Que sería una crueldad.
Elena no respondió.
—Piénselo, doctora. Tiene hasta las seis. —La anciana cerró los ojos—. Si quiere saber qué pasó en Bihać, tendrá que preguntárselo a ella. No a la otra.