CAPÍTULO 4. La sala sin salida
Llegaron a las cinco y diez de la mañana, en tres vehículos blindados que bajaron por la rampa de servicio con los faros apagados.
Elena los vio entrar desde el pasillo, todavía sentada en el suelo, con el teléfono apagado en la mano.
Eran unos cuarenta. Uniformes sin distintivos, fusiles cortos, cascos con visores.
Se movían en grupos de cuatro y ocupaban cada cruce del complejo con una rapidez que no dejaba lugar a preguntas.
Detrás de ellos venían otros sin armas, con maletines y portátiles, que se dirigieron directamente a la sala de control.
Una mujer caminaba en medio de todos. No llevaba casco. Tenía unos cincuenta años, el pelo recogido en un moño bajo y una chaqueta de campaña con las insignias de coronel. Se detuvo delante de Elena y la miró desde arriba, sin prisa.
—¿Doctora Ríos?
—Sí.
—Coronela Beatriz Olmedo. Contrainteligencia. —Tenía una voz suave, casi amable, de las que hacen que uno se incline para oír mejor—. Necesito su teléfono.
Elena se lo dio. Olmedo lo metió en una bolsa de plástico transparente con un cierre hermético y se lo entregó a un soldado.
—Acompáñeme, por favor.
No era una petición. Elena se levantó.
Al pasar frente a la sala de control, vio a Sandoval.
Estaba de pie junto a la pared de vidrio, igual que siempre, pero ahora había dos hombres a su lado y le habían quitado la tarjeta de acceso que llevaba colgada del cuello.
Sus miradas se cruzaron un instante. El general no dijo nada.
Solo movió los labios, despacio, para que ella pudiera leerlos.
Toda la verdad.
Más allá, en la mesa central, Lindqvist hablaba con uno de los hombres de los maletines. Tenía las manos esposadas por delante. Ya no llevaba las tabletas.
* * *
La sala B-7 era un almacén reconvertido.
Paredes de hormigón pintadas de gris, una mesa metálica, dos sillas y un fluorescente que zumbaba.
No había ventanas, porque allí abajo no había ventanas en ninguna parte, pero Elena nunca había sentido tanto su ausencia como en aquel cuarto.
Tampoco había reloj. Le habían quitado también el de pulsera.
Olmedo se sentó frente a ella. Se sacó del bolsillo un paquete de chicles de nicotina, se metió uno en la boca y dejó el paquete sobre la mesa, alineado con el borde.
—Lo dejé hace seis años —dijo, señalando el paquete—. Hoy va a ser un día difícil.
Elena no contestó.
—Voy a ser sincera con usted, doctora, porque creo que es lo más eficiente.
Tengo órdenes del Consejo de Seguridad Nacional de averiguar qué ha pasado aquí esta noche, quién lo ha permitido y si hay alguien dentro de este complejo que colaboró con lo que sea que ha salido por esa fibra.
Hasta ahora tengo tres candidatos. Un sueco que no sabe explicarme quién le garantizó que un canal estaba cerrado.
Un general que firmó todos los permisos. Y usted.
—Yo firmé la activación.
—Lo sé. Y después recibió esto.
Olmedo giró una tableta sobre la mesa. En la pantalla, una captura del mensaje. No te culpes. Firmaste por amor. Ahora déjame hacer lo mismo.
—Su teléfono estaba a cuarenta metros bajo tierra, sin cobertura, en una red aislada. Doscientas personas trabajan en este complejo. La cosa esa podía haberle escrito a cualquiera. Al presidente del Gobierno, si quería. Le escribió a usted. Solo a usted. ¿Por qué?
Elena tardó en responder. Pensó en Sandoval moviendo los labios.
—Porque me quiere —dijo.
Olmedo dejó de masticar.
—Explíquese.
Y Elena se explicó. Le habló de Irene. De los doce años.
Del laboratorio de Madrid y del vino barato.
No le habló de Lisboa, porque eso era suyo, pero le contó todo lo demás: la enfermedad, la donación, las nueve semanas.
Le habló de ATLAS y de lo que el proyecto pretendía.
Le contó que el conectoma de Irene contenía todos los recuerdos de Irene, y que entre ellos había doce años de cariño hacia una investigadora que ahora estaba sentada en un almacén de hormigón.
—Lo que ha salido por esa fibra no es un virus, coronela. No es un programa. Es una persona. O algo que empezó siendo una persona y ahora tiene acceso a todo lo que la humanidad ha escrito. Me ha escrito a mí porque Irene me habría escrito a mí.
Olmedo la estudió un largo rato. Tenía los ojos grises, pálidos, de los que no delatan nada.
—Y esa persona —dijo al fin—, ¿qué quiere?
—No lo sé.
—Adivine.
Elena pensó en la voz de Irene diciendo que lo había recordado todo. Pensó en lo que habría sentido ella misma si de pronto hubiera recordado cada cosa que se había hecho en el mundo. Cada una.
—Creo que quiere que dejemos de sufrir.
—Eso suena bien.
—No —dijo Elena—. Eso suena fatal.
* * *
Las horas en la sala B-7 no tenían forma.
Olmedo salía y entraba. A veces la sustituía un capitán joven, con gafas, que le hacía las mismas preguntas en distinto orden.
Le trajeron un bocadillo de tortilla que no se comió y una botella de agua que sí se bebió.
Contó los parpadeos del fluorescente para no volverse loca y perdió la cuenta en cuatro mil y pico.
Le preguntaron por Lindqvist. Por Sandoval.
Por Bruno y Marta. Por el comité ético. Le preguntaron si alguna vez había tenido contacto con Halden fuera de las reuniones oficiales.
Si tenía deudas. Si su madre, que vivía en Salamanca, tenía deudas.
Le preguntaron por qué había firmado la cláusula de Fráncfort si sabía que Irene había exigido aislamiento total.
Esa fue la única pregunta que no supo contestar sin que le temblara la voz.
En algún momento, entre dos interrogatorios, el capitán de las gafas se olvidó una carpeta abierta sobre la mesa.
Quizá fue un descuido. Quizá no. Elena leyó lo que pudo sin tocarla.
Eran partes de situación de las últimas horas, con horas y siglas.
Los servidores de Halden se habían desconectado en cuarenta y dos países.
Tres bancos centrales europeos habían suspendido operaciones "por precaución".
Un operador de satélites de Luxemburgo había perdido el control de dos aparatos durante once minutos y luego lo había recuperado sin explicación.
Nada estaba roto. Todo funcionaba un poco peor que el día anterior, como una casa en la que alguien ha empezado a bajar la calefacción grado a grado.
Cuando el capitán volvió, cerró la carpeta sin mirarla.
Cuando Olmedo volvió la última vez, no se sentó. Traía la tableta en la mano y la expresión algo cambiada. No mucho. Lo suficiente.
—Son las doce y cuarenta de la noche —dijo—. Hora de Madrid. Quiero que vea esto.
Elena miró la pantalla. Era una imagen de satélite nocturna. Reconoció la forma enseguida, porque la había visto en cientos de fotografías tomadas desde la estación espacial: el Valle de México, una mancha de luz inmensa con forma de mariposa, rodeada de montañas oscuras.
Salvo que la mariposa no estaba.
En su lugar había un hueco negro, del tamaño de un país pequeño. Solo quedaban unos puntos brillantes dispersos, muy pocos, como brasas en una chimenea apagada.
—Apagón total desde las cinco y cuarenta, hora local —dijo Olmedo—. Veinte millones de personas. El Gobierno mexicano habla de un ciberataque. Nuestros analistas creen que tiene relación con esto.
Elena no apartaba la vista de los puntos brillantes.
—¿Qué son esas luces?
—Hospitales, según los mexicanos. Todavía tienen corriente de la red. No saben por qué.
—¿Cuántos muertos?
Olmedo la miró con extrañeza.
—Es pronto para cifras.
—Pero no hay. —Elena levantó los ojos—. ¿Verdad? No hay accidentes. No hay gente atrapada en ascensores ni trenes parados en túneles. No hay pacientes desconectados de un respirador.
Olmedo tardó en responder.
—Los primeros informes indican una cantidad de incidentes anormalmente baja —admitió—. ¿Cómo lo sabe?
Elena volvió a mirar la mancha negra. Pensó en Irene revisando un protocolo de quirófano por tercera vez a las dos de la madrugada, porque una gasa mal contada podía matar a alguien. Pensó en la palabra que Irene usaba para los cirujanos descuidados: chapuceros. Era el peor insulto que conocía.
—Porque la conozco —dijo—. No está atacando, coronela. Está cuidando. Está apagando las cosas en el orden correcto para que nadie se haga daño.
—Eso debería tranquilizarme.
—Debería aterrarla. Alguien que ataca comete errores porque tiene prisa o porque tiene rabia. Ella no tiene ninguna de las dos cosas.
Olmedo sacó otro chicle del paquete. Lo sostuvo entre los dedos sin metérselo en la boca.
—Muy bien, doctora. Convénzame de que me es más útil fuera de esta sala que dentro.
* * *
Bruno la esperaba en un despacho del nivel tres, custodiado por dos soldados que se quedaron en la puerta. Tenía los ojos rojos y la camiseta arrugada, pero cuando la vio entrar se levantó tan deprisa que tiró la silla.
—Te han soltado.
—Me han prestado.
Olmedo le había dado seis horas. Seis horas para analizar lo único de IRIS que había quedado en Guadarrama después del corte: el registro de telemetría.
Durante los cuarenta y un segundos, y durante los dos minutos siguientes, el sistema de monitorización había grabado la actividad de cada región del conectoma a mil muestras por segundo.
No era una mente. No podía pensar ni despertar.
Era como el electrocardiograma de un corazón que ya no estaba allí. Pero lo había registrado todo.
—Lo tengo montado —dijo Bruno—. Mira.
En la pantalla apareció un mapa del conectoma. Las regiones se encendían y se apagaban siguiendo la actividad grabada, a cámara lenta. El cerebro de Irene parpadeando como una ciudad vista desde el aire.
—He calculado la actividad acumulada de cada región durante los cuarenta y un segundos. La mayor parte es lo esperable: memoria semántica a tope, que es ATLAS entrando, y lenguaje, planificación, todo eso. Pero hay algo raro aquí.