CAPÍTULO 3. El apagón del martes #2
—Me acaba de escribir mi hermana. Trabaja en un edificio de oficinas en Reforma. Dice que los elevadores bajaron solos a planta baja y abrieron las puertas. Cinco minutos antes del apagón. Todos los del edificio. Nadie los tocó.
La sala se fue quedando en silencio, operador por operador, a medida que cada uno entendía.
Los semáforos de Insurgentes, de Tlalpan, del Periférico, de Reforma. Las grandes avenidas. Se apagaron las últimas, veinte minutos después que las calles pequeñas, cuando el tráfico ya había empezado a detenerse por sí solo y los agentes de tránsito habían tenido tiempo de salir a los cruces.
Más tarde sabría que los hospitales pasaron a sus generadores de emergencia a las once y media de la noche. Seis horas después del primer corte. En orden. Uno por uno. Con la carga reducida al mínimo antes de la transferencia, para que las plantas diésel arrancaran sin sobresaltos.
Tomás había diseñado planes de desconexión controlada durante quince años. Sabía cómo se apaga una ciudad cuando hay que hacerlo: con cuidado, por partes, protegiendo lo esencial. Nunca lo había visto ejecutado con tanta perfección. Ni en simulacros.
—Esto no es un ataque —dijo en voz alta, sin dirigirse a nadie.
Ramiro lo miró.
—¿Entonces qué es?
Tomás no supo contestar. Buscaba la palabra y no la encontraba. Quien ataca rompe cosas. Quien ataca busca el daño, el miedo, el caos. Esto era lo contrario. Era una evacuación. Alguien estaba desalojando la ciudad del mundo moderno sin que nadie se hiciera daño en el proceso.
A las seis y cuarto, la televisión del rincón, que funcionaba con la planta de emergencia del centro, mostró al secretario de Seguridad en conferencia de prensa. Hablaba de un ciberataque sofisticado. De grupos criminales internacionales. De que todas las capacidades del Estado estaban desplegadas.
Nadie en la sala le hizo caso.
* * *
Tomás llegó a la colonia Del Carmen a las diez y veinte de la noche.
Tardó tres horas en recorrer catorce kilómetros.
La ciudad estaba a oscuras, pero no en silencio.
Había gente en las banquetas, con linternas de celular.
Había cláxones. Había vecinos organizando el tránsito en las esquinas con chalecos reflejantes que nadie sabía de dónde habían sacado.
Nadie corría. Nadie saqueaba. Todavía no.
La gente parecía más desconcertada que asustada, como invitados que llegan a una fiesta y encuentran la casa vacía.
Recogió a Lucía en casa de la abuela Chela. La niña dormía en el sillón con el cuaderno de dibujo abierto sobre el pecho. Chela le había preparado un termo de café y una bolsa con pan dulce.
—¿Van a volver mañana? —preguntó la anciana en la puerta, en voz baja.
—No lo sé, suegra.
—¿Cómo que no sabes? Tú trabajas ahí.
Tomás no supo qué decirle.
Subió los cuatro pisos a pie con Lucía en brazos. Pesaba más que la última vez que la había cargado. La acostó en su cama, encendió dos velas en la cocina y sacó la radio de pilas que Mariana había comprado el año del temblor y que nunca habían vuelto a usar.
La radio funcionaba. Una estación de amplitud modulada transmitía con planta propia.
El locutor repetía lo mismo cada diez minutos: apagón en el Valle de México, causa bajo investigación, se estima que el servicio se restablezca en cuarenta y ocho horas.
Luego leía notas sueltas. Una caída de servidores en bancos europeos.
Fallos de comunicación en aeropuertos de Asia.
Problemas de conexión en Lagos. Sin relación aparente, decía.
Tomás se sentó a la mesa de la cocina. Sacó del bolsillo de la camisa la lista doblada en cuatro. La desplegó bajo la luz de la vela y la leyó despacio, renglón por renglón. Luego sacó una hoja de papel milimetrado y empezó a dibujar.
Colocó cada subestación en su lugar sobre un mapa aproximado del Valle.
Anotó al lado la hora exacta de su parpadeo.
Ocho y doce con cero segundos. Ocho y doce con tres segundos.
Ocho y doce con seis segundos. Cada tres segundos, una subestación distinta.
Y no al azar. Seguían un recorrido. Unían los nodos de la red en el orden en que estaban conectados, de la periferia al centro, como alguien que recorre una casa desconocida a oscuras tocando cada interruptor para saber qué enciende.
Cuando terminó, la hoja mostraba un mapa completo de la red eléctrica del Valle de México. Trazado en tres minutos. El lunes a las ocho de la noche.
Y el martes a las cinco y cuarenta, esa misma red se había apagado siguiendo ese mapa al revés.
—¿Papá?
Lucía estaba en la puerta de la cocina, descalza, con el cuaderno en la mano y los ojos hinchados de sueño.
—Vuelve a la cama, mija.
—¿Por qué está todo oscuro?
—Se fue la luz.
—¿En toda la ciudad?
—En toda la ciudad.
Lucía se acercó y miró la hoja de papel milimetrado. Los puntos. Los números. Las líneas que los unían.
—¿Alguien la apagó a propósito?
Tomás la miró. Pensó en mentirle. Pensó en decirle que había sido un accidente, que mañana todo estaría bien, que la luz volvería en cuarenta y ocho horas como decía el señor de la radio.
Pero la niña que había visto que la cara del actor no estaba contenta no se iba a creer eso.
—Sí —dijo—. Creo que sí.
—¿Quién?
—No lo sé.
Lucía se quedó mirando el mapa un rato largo.
Luego se subió a sus rodillas, como cuando era más pequeña, y apoyó la cabeza en su hombro.
Afuera, una de las ciudades más grandes del mundo estaba a oscuras por primera vez en su historia moderna.
Se oían voces lejanas, algún perro, una sirena que se alejaba.
En la radio, el locutor volvió a repetir que el servicio se restablecería en cuarenta y ocho horas.
Tomás sabía que no. Lo supo con la misma certeza con la que su padre sabía que un zumbido anuncia un incendio.
Había pasado la tarde viendo cómo alguien bajaba los elevadores antes de cortar la corriente, cómo esperaba a que los trenes abrieran las puertas, cómo dejaba a los hospitales para el final.
Así se apaga una casa antes de irse de viaje. Se cierra la llave del gas. Se desenchufan los aparatos. Se revisa que no quede nadie dentro.
Y nadie apaga una casa con tanto cuidado si piensa volver.