LA PIEDAD DE LA MÁQUINA CAPÍTULO 3. El apagón del martes
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CAPÍTULO 3. El apagón del martes

Tomás Aguilar desconfiaba de todo lo que duraba un segundo.

Lo había aprendido de su padre, un electricista de Iztapalapa que se pasó treinta años subido a postes y que decía que los problemas grandes siempre avisan con un problema pequeño. Un chispazo. Un zumbido. Una luz que titubea y vuelve. La mayoría de la gente no le hace caso. Luego se quema la casa.

Por eso, el lunes a las ocho y doce de la noche, cuando el indicador de carga de la subestación Coapa bajó durante un segundo exacto y volvió a su valor, Tomás dejó el café sobre la consola y se inclinó hacia la pantalla.

—¿Viste eso?

Itzel Ramos, la ingeniera más joven del turno, levantó la cabeza de su monitor.

—¿Qué cosa?

—Coapa. Bajó a cero y regresó.

Itzel abrió el registro. Tardó unos segundos en encontrarlo.

—Un segundo —dijo—. Es el sensor. Esos transformadores de medida tienen quince años. Mañana le paso el reporte a mantenimiento.

—Un sensor que falla no baja a cero exacto. Baja a cualquier cosa.

—Tomás. —Itzel sonrió con la paciencia de quien ya conoce la conversación—. Es lunes. Son las ocho. No me lo compliques.

Tenía razón, y Tomás lo sabía. El Centro de Despacho del Valle de México controlaba la electricidad de más de veinte millones de personas.

Cada noche, en aquella sala de pantallas curvas y luz azulada, aparecían cientos de anomalías que no significaban nada.

Si uno se detenía en todas, no hacía su trabajo.

Aun así, antes de terminar el turno, Tomás sacó de su mochila la carpeta de papel milimetrado que llevaba siempre consigo.

Copió a mano la curva de carga de Coapa entre las ocho y las ocho y cuarto.

Una línea casi recta con un pozo diminuto en el centro, profundo y limpio, como el corte de un bisturí.

Itzel lo vio dibujar y negó con la cabeza, divertida.

—Eres el único ingeniero de México que todavía hace gráficas a mano.

—Mi papá decía que lo que dibujas, lo entiendes.

—Tu papá no tenía un sistema de supervisión que grafica solo.

—No. Tenía ojos.

Salió del centro a las diez y media. Mientras manejaba por Tlalpan, con la ciudad encendida a ambos lados como un tablero de circuitos, no dejó de pensar en aquel pozo diminuto. No sabía por qué le molestaba tanto. Solo sabía que un segundo limpio no era un fallo. Era una decisión.

* * *

El martes empezó como empezaban todos los días desde hacía tres años: tarde y con prisa.

—¡Lucía, los zapatos!

—¡Ya voy!

—¡Eso dijiste hace diez minutos!

El departamento de la colonia Del Carmen tenía dos recámaras, un balcón diminuto con vista a una jacaranda y una cocina donde Tomás había aprendido a hacer tres desayunos distintos, que rotaba con rigor militar.

Los martes tocaban quesadillas. Lucía se comía el queso y dejaba la tortilla, y él había dejado de pelear por eso hacía mucho tiempo.

Lucía apareció en la cocina con un zapato puesto, el otro en la mano y su cuaderno de dibujo bajo el brazo. Tenía nueve años, el pelo imposible de peinar y los ojos de su madre. Eso último Tomás intentaba no pensarlo antes del café.

—Mira —dijo, poniendo el cuaderno sobre la mesa.

Era el señor del gas. Lucía lo había dibujado el sábado, desde el balcón, mientras el hombre descargaba los cilindros de la camioneta.

No era un dibujo infantil. Era torpe en algunas proporciones, pero tenía algo que Tomás no sabía nombrar.

El hombre estaba cansado. Se notaba en cómo tenía los hombros.

Se notaba que le dolía la espalda y que llevaba muchos años cargando lo mismo.

—Está muy bien, mija.

—Le falta la mano. No me salió.

—Las manos son lo más difícil.

—¿Por qué?

Tomás pensó en su padre, en las manos agrietadas de tanto cable.

—Porque hacen muchas cosas.

Lucía lo pensó un momento, asintió como si la respuesta la satisficiera y se puso el otro zapato.

Mariana había muerto un jueves de octubre, en el Periférico, a las siete y cuarto de la tarde.

Un camión de carga se quedó sin frenos en una bajada.

Ella volvía de la secundaria donde daba clases de biología.

Tomás había tardado un año entero en poder pasar por ese tramo sin salirse de la vía rápida.

Todavía, a veces, se desviaba sin darse cuenta.

Desde entonces, él y Lucía habían construido una vida hecha de rutinas pequeñas.

Quesadillas los martes. Dibujos en la puerta del refrigerador.

La abuela Chela, la madre de Mariana, que vivía a dos cuadras y recogía a Lucía de la escuela los días que Tomás tenía turno de tarde.

Era una vida estrecha y frágil, pero funcionaba.

Tomás la sostenía como sostenía la red eléctrica: vigilando que nada fallara, sin descanso, sin permitirse pensar en lo que pasaría si algo fallaba de verdad.

Caminaron hasta la escuela. Seis cuadras. En la parada del metrobús de la esquina, una pantalla publicitaria mostraba a un actor famoso anunciando un banco. Sonreía, hablaba de préstamos, guiñaba un ojo.

Lucía se detuvo a mirarlo.

—A ese señor se le mueven mal los labios.

—Es un anuncio doblado, mija. Seguro lo grabaron en inglés.

—No. —Lucía frunció el ceño, con el mismo gesto concentrado con el que dibujaba—. Los labios dicen una cosa y la cara dice otra. La cara no está contenta.

Tomás miró la pantalla. El actor sonreía con todos los dientes. A él le pareció perfectamente contento.

—Vámonos, que llegamos tarde.

Lucía se dejó llevar, pero volvió la cabeza dos veces para mirar el anuncio, como quien vigila a un desconocido en un vagón vacío.

En la puerta de la escuela le dio un beso rápido, de esos que ya empezaban a darle vergüenza, y desapareció entre los demás niños.

Tomás se quedó un momento en la banqueta.

En la radio de un puesto de periódicos, un locutor hablaba de una caída de servidores en Europa.

Una empresa alemana. Problemas en algunos bancos.

Nada grave, decía. Se estaba investigando.

Tomás no le prestó atención. Tenía la cabeza en un pozo diminuto dibujado en papel milimetrado.

* * *

Entró a trabajar a las dos de la tarde. A las tres ya había revisado el registro completo del lunes.

No encontró nada más en Coapa. Pero, por puro hábito, amplió la búsqueda a todas las subestaciones del Valle. El sistema tardó cuatro minutos en devolver el resultado. Cuando lo hizo, Tomás sintió que la sala se quedaba sin aire.

Sesenta y un eventos. Todos de un segundo exacto. Todos entre las ocho y doce y las ocho y quince de la noche del lunes. Todos clasificados automáticamente como "fallo de medida".

Estaba a punto de imprimir la lista cuando Ramiro Soto, el jefe de turno, pasó detrás de él con una taza de café en la mano.

—¿Qué haces, Aguilar?

—Mira esto.

Ramiro se inclinó. Era un hombre grande, cercano a la jubilación, que había sobrevivido a tres reestructuras y a un terremoto sin perder la calma.

—Fallos de medida —leyó.

—Sesenta y uno en tres minutos. En todo el Valle. ¿Cuándo has visto eso?

Ramiro lo pensó. Tomás lo respetaba precisamente por eso: nunca descartaba algo sin pensarlo primero.

—Nunca —admitió—. Mándamelo por correo. Lo reviso con los de ciberseguridad mañana temprano.

Tomás imprimió la lista, la dobló en cuatro y se la guardó en el bolsillo de la camisa. Después le mandó el correo a Ramiro. Nunca supo si llegó a leerlo.

A las cinco y cuarenta de la tarde, la pantalla central de la sala se volvió roja.

No toda a la vez. Empezó por el oriente. La subestación Iztapalapa Norte abrió sus interruptores y dejó sin corriente a trescientas mil personas. Tres segundos después, Iztapalapa Sur. Luego Tláhuac. Luego Xochimilco. La mancha roja avanzaba sobre el mapa del Valle como tinta derramada sobre papel.

—¡Pérdida de carga en oriente! —gritó Itzel—. ¡Seiscientos megavatios!

—¡Recierre! —ordenó Ramiro.

Tomás ya tenía las manos sobre el teclado. Mandó la orden de recierre a Iztapalapa Norte. El sistema la aceptó. La confirmó. Y el interruptor siguió abierto.

—No responde.

—¡Otra vez!

La mandó otra vez. Confirmada. Abierto.

—No es que no responda —dijo Tomás, muy despacio—. Responde. Nos dice que sí. Y no lo hace.

Alrededor de él, la sala se había convertido en un coro de voces. Teléfonos sonando. Operadores gritando nombres de subestaciones. Ramiro hablando por la línea roja con el centro nacional. En la pantalla, el rojo había llegado a Coyoacán. A Benito Juárez. A Cuauhtémoc.

A la colonia Del Carmen.

Tomás pensó en Lucía, que a esa hora estaría en casa de la abuela Chela, haciendo la tarea en la mesa del comedor. Sacó el teléfono. Tenía señal. Marcó. Timbró cuatro veces.

—¿Tomás? —La voz de Chela, asustada—. Se fue la luz.

—Ya sé. ¿Están bien?

—Sí, sí. La niña está aquí. ¿Qué pasa?

—No sé todavía. No salgan. Voy para allá en cuanto pueda.

Colgó. Volvió a mirar la pantalla. Y entonces, en medio del caos, empezó a ver el patrón.

La primera cosa extraña fue el Metro. El sistema del Metro tenía su propia alimentación, pero dependía de la red para los rectificadores de tracción. Tomás conocía a un ingeniero del puesto central de control y lo llamó por el celular, sin pensarlo.

—Gerardo, ¿tienen trenes varados?

—Ninguno —respondió Gerardo, con una voz rara—. Eso es lo que no entiendo. Todos los trenes llegaron a estación antes de que se cortara la tracción. Todos. Los doscientos y pico. Como si alguien hubiera esperado a que abrieran las puertas.

Tomás colgó y buscó en el mapa los alimentadores de los hospitales. El Siglo XXI. La Raza. El Instituto de Cardiología. El Nacional de Pediatría. Todos seguían en verde. Rodeados de rojo, como islas.

—Ramiro. Los hospitales tienen corriente.

—Menos mal.

—No. Mira. No es suerte. Son los únicos alimentadores activos de cada zona. Alguien los está dejando para el final.

Ramiro se quedó mirando la pantalla con la línea roja todavía pegada a la oreja.

Itzel habló desde su puesto, con la voz temblorosa.