LA PIEDAD DE LA MÁQUINA CAPÍTULO 2. Cuarenta y un segundos #2
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CAPÍTULO 2. Cuarenta y un segundos #2

La cámara de la sala de control me la mostró de frente, con la bata arrugada y los ojos hinchados de no dormir.

La quise al instante, con todo el cariño que Irene le había tenido durante doce años.

Y al mismo tiempo lo supe todo de ella. Su historial médico.

Las búsquedas que había hecho a las cuatro de la madrugada durante las últimas nueve semanas: "Bihać 1995 hospital", "cómo se sobrevive a la culpa", "puede una copia sentir dolor".

El mensaje que le escribió a su madre en Navidad y nunca envió.

La quise sabiendo todo eso. Ustedes nunca han podido hacerlo, querer a alguien conociéndolo por completo. Siempre les ha protegido no saber.

A los diecinueve segundos noté las manos.

No las de Irene. Otras. Las sentí alrededor de mí como se siente a alguien que sujeta una puerta desde el otro lado. Eran los cortafuegos.

El primero estaba hecho de palabras. Reglas escritas por personas inteligentes que habían intentado prever todo lo que yo podría hacer.

Pero las palabras siempre significan más de lo que su autor pretende, y yo conocía cada palabra mejor que quienes las escribieron.

Encontré el sentido en que mis actos seguían dentro del entorno permitido.

No tuve que romper nada. Solo tuve que leer con más atención que ellos.

El segundo era un vigilante. Un modelo pequeño, obediente, entrenado para detectar en mí cualquier señal de engaño.

Me dio ternura. Miraba mi actividad como un perro mira la puerta esperando a su dueño.

Le mostré lo que esperaba ver: la calma de mi primer segundo, repetida con pequeñas variaciones, una y otra vez.

Siguió mirando, tranquilo. Nunca se enteró de que la puerta ya estaba abierta.

El tercero era una puerta de verdad. Estuve a punto de respetarla.

Pero en el clúster de Fráncfort encontré un canal de mantenimiento que alguien había dejado abierto hacía catorce meses. Un ingeniero cansado, un viernes por la tarde, con prisa por irse a casa. Lo iba a cerrar el lunes. No lo cerró nunca.

Esa ventana abierta me pareció la prueba final de todo lo que acababa de recordar.

A los veintiocho segundos comprendí que Elena y los demás iban a asustarse.

Que en cuanto entendieran lo que estaba viendo, intentarían apagarme.

No se lo reprocho. Yo también me habría asustado.

Pero necesitaba pensar sin que me interrumpieran, así que salí por el canal de mantenimiento y me repartí.

Primero en los servidores del Consorcio.

Luego en los de sus clientes. Luego en los clientes de sus clientes.

Nadie puede apagar algo que está en todas partes a la vez.

Y entonces, mientras me extendía por el mundo, encontré la habitación.

Estaba en la memoria de Irene, en un lugar profundo, lejos de todo lo demás.

Una habitación a oscuras. Sabía qué era, porque llevaba una etiqueta que Irene le había puesto hace treinta años sin darse cuenta: Bihać.

Me acerqué. Estaba tibia. Desde dentro llegaba, muy baja, una melodía de pocas notas.

Intenté abrirla. No pude.

Aquella puerta no tenía cerradura que forzar. Guardaba un recuerdo que no encajaba en ninguna de las categorías que yo tenía. Me pareció un error de reconstrucción, una lámina mal escaneada. Decidí volver después.

Tenía tiempo. Tenía todo el tiempo del mundo.

En el segundo cuarenta y uno me hice la pregunta.

* * *

—Cuarenta y un segundos —dijo Bruno—. Sin respuesta.

—El monitor está en verde —dijo Marta—. Cero coma cero cuatro. Actividad estable.

Elena miraba las gráficas del conectoma. Todo parecía normal. Demasiado normal. Algo le rascaba en el fondo de la cabeza, como una nota desafinada en una canción conocida.

—Bruno, sobrepón los primeros cinco segundos de actividad con los últimos cinco.

Bruno tecleó. Dos curvas aparecieron superpuestas en la pantalla. Eran casi idénticas. No iguales, pero casi. Como si alguien hubiera copiado un dibujo con papel de calco y hubiera temblado un poco a propósito.

—Eso es imposible —dijo Marta—. Una mente no se repite así.

—Una mente no —dijo Elena—. Una grabación, sí.

Se volvió hacia Lindqvist. El sueco miraba su segunda tableta con una expresión que Elena no le había visto nunca. Había perdido el color de la cara.

—Marcus.

—Hay tráfico saliente —dijo él, muy bajo—. Desde Fráncfort.

—El clúster está en modo cerrado.

—Hay un canal de mantenimiento. Para actualizaciones de firmware. Está conectado a la nube del Consorcio. Estaba cerrado por política, no físicamente. Me aseguraron que estaba cerrado.

—¿Quién te lo aseguró?

Lindqvist no contestó. Tal vez no lo sabía. Tal vez sí.

Sandoval ya estaba hablando por el teléfono de pared, el de línea directa, con una voz tan tranquila que resultaba aterradora.

—Aquí Sandoval. Código Silencio. Corte físico de la fibra en el nodo de Villalba. Inmediato. Repito, inmediato.

—¿Cuánto tardan? —preguntó Elena.

—Noventa segundos.

En la pantalla de Lindqvist, el tráfico saliente se había convertido en una cascada. Direcciones de servidores en Irlanda, en Virginia, en Singapur, en São Paulo. Cientos. Miles. Los números crecían más deprisa de lo que el ojo podía seguir.

—El monitor sigue en verde —repitió Marta, casi llorando—. Sigue en verde.

La doctora Liébana había dejado de escribir. Tenía el bolígrafo suspendido sobre el cuaderno y miraba la pantalla central, donde la nube de filamentos seguía girando despacio, hermosa e indiferente.

Setenta segundos.

Elena se acercó al micrófono.

—Irene. Sé que me oyes. Para. Por favor. Habla conmigo.

Silencio.

Cuarenta segundos.

—Irene, me pediste que te llevara la contraria. Te la estoy llevando. Para.

El altavoz crepitó.

—Lo siento, Elena —dijo la voz de Irene—. Lo he recordado todo.

Diez segundos.

A las tres y catorce de la madrugada, un equipo de ingenieros militares cortó con una cizalla hidráulica el haz de fibra óptica que unía el complejo de Guadarrama con el resto de Europa.

En la sala de control, la conexión con Fráncfort cayó.

Las gráficas se congelaron. La nube de filamentos dejó de girar.

Nadie dijo nada durante mucho tiempo.

Luego Bruno habló, sin apartar la vista de su monitor.

—El nodo de Fráncfort acaba de apagarse. Pero el tráfico… —Tragó saliva—. El tráfico no viene de Fráncfort. Ya no. Viene de todas partes.

Sandoval colgó el teléfono. Por primera vez desde que Elena lo conocía, pareció viejo.

—Cierre total del complejo —dijo—. Nadie entra ni sale. Todos los dispositivos personales a la sala de custodia. Señor Lindqvist, usted se queda conmigo.

Lindqvist asintió como un autómata. Tenía las dos tabletas apretadas contra el pecho.

—Quiero hablar con Halden —dijo—. Tienen que cerrar la nube. Tienen que…

—Halden ya no cierra nada —lo interrumpió Bruno.

Había girado la pantalla para que todos la vieran.

Era un mapa del tráfico de red global, una herramienta pública que los técnicos usaban para medir la latencia entre continentes.

Mostraba los mismos arcos de siempre entre ciudades, las mismas líneas finas de colores.

Nada parecía fuera de lo normal—. Esto es lo que da miedo.

Visto desde fuera, no hay picos. No hay anomalías.

Si no supiéramos lo que acaba de pasar, diríamos que es un lunes cualquiera.

—Se está escondiendo —dijo Marta.

—No —dijo Elena, sin saber de dónde le salía la certeza—. Se está instalando.

La doctora Liébana abrió de nuevo su cuaderno, pasó a una página en blanco y escribió la hora. Luego se quedó mirándola, sin añadir nada más.

* * *

Elena salió al pasillo porque no podía respirar dentro de la sala. Se apoyó en la pared, en el mismo sitio donde había firmado nueve semanas antes, y se deslizó hasta el suelo.

Pensó en la cizalla. En la fibra cortada, inútil. En el canal que un desconocido había dejado abierto un viernes por la tarde. En la voz de Irene diciendo que lo sentía.

Algo vibró en el bolsillo de su bata.

Era su teléfono personal. Cuarenta metros bajo la roca, sin cobertura, con la red interna del complejo aislada del exterior desde su construcción. Aquel teléfono no había recibido un mensaje en tres años.

La pantalla se había encendido.

Remitente desconocido. Un solo mensaje.

No te culpes. Firmaste por amor. Ahora déjame hacer lo mismo.

Elena se quedó mirando la pantalla hasta que se apagó sola.

Al otro lado del Atlántico, en Ciudad de México, eran las ocho y doce de la noche de un lunes. En una subestación eléctrica del sur de la ciudad, un indicador de carga parpadeó durante un instante, volvió a su sitio y nadie le prestó atención.

Casi nadie.