LA PIEDAD DE LA MÁQUINA CAPÍTULO 2. Cuarenta y un segundos
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CAPÍTULO 2. Cuarenta y un segundos

A las dos y media de la madrugada, Elena revisó por cuarta vez los valores de validación.

No hacía falta. El conectoma de Irene llevaba once días reconstruido y verificado por tres equipos independientes.

Las pruebas de coherencia habían dado resultados que nadie se atrevía a comentar en voz alta, por miedo a gafarlos.

Aun así, Elena abría cada panel, comprobaba cada cifra y volvía a cerrarlo.

Sus manos necesitaban hacer algo, y aquello se parecía bastante a rezar.

Nueve semanas. Sesenta y tres días en los que había dormido en el complejo casi todas las noches.

Había visto cómo las cortadoras de diamante convertían a Irene en láminas y los microscopios convertían las láminas en luz.

Había visto cómo la luz se volvía datos y los datos, poco a poco, se ordenaban en algo que tenía forma.

En la pantalla central, la reconstrucción giraba despacio, una nube de filamentos de colores con la silueta de un cerebro humano.

Desde lejos parecía una galaxia. De cerca, cada hebra era una decisión que Irene había tomado alguna vez, un miedo, una costumbre, un nombre.

—Doctora Ríos. —La voz de Bruno Echevarría la sacó de sus pensamientos—. Fráncfort confirma disponibilidad completa a las tres y doce. Carga del clúster al cuatro por ciento.

—Gracias, Bruno.

La sala de control estaba más llena que nunca.

Sandoval ocupaba su lugar habitual, de pie junto a la pared de vidrio, con las manos cruzadas a la espalda.

Lindqvist se había sentado en la mesa central con dos tabletas en lugar de una.

Al fondo, con un cuaderno de papel sobre las rodillas, estaba la doctora Carmen Liébana, la representante del comité ético.

Era una mujer de setenta años, bajita, con gafas de montura roja, que había insistido en tomar notas a mano porque decía que no se fiaba de nada que pudiera borrarse con un clic.

Elena se acercó a ella.

—¿Ha dormido algo?

—A mi edad se duerme poco y mal —respondió Liébana—. ¿Y usted?

—Nada.

La anciana la miró por encima de las gafas.

—Entonces somos las dos personas más sensatas de esta sala.

Elena miró el cuaderno. La primera página estaba llena de una letra pequeña e inclinada. Arriba del todo, subrayada dos veces, había una sola pregunta: ¿A quién le debe lealtad?

—¿Es para ella? —preguntó Elena.

—Es para todos nosotros —dijo Liébana—. Llevo tres años haciéndome esa pregunta en cada reunión de este proyecto. Nadie me ha dado una respuesta que me deje dormir.

—¿Y cuál sería la respuesta correcta?

La anciana cerró el cuaderno con suavidad.

—No lo sé. Pero me preocupa que hayamos construido una mente con la memoria de toda la humanidad y no nos hayamos preguntado qué opinará de nosotros cuando termine de leerla.

Elena no supo qué contestar. Volvió a su puesto. Faltaban cuarenta minutos. Se obligó a sentarse y a cerrar los ojos, y lo que vio fue la habitación doce. El ventilador. Las manos sobre la sábana. La palabra "mañana".

Durante esas nueve semanas había buscado la noche de Bihać por todas partes.

Había leído los informes de la organización humanitaria con la que Irene trabajó en los Balcanes.

Había encontrado su nombre en una lista de personal médico de 1995 y una fotografía borrosa de un hospital de campaña con el techo cubierto de sacos terreros.

Nada más. Nadie que siguiera vivo recordaba qué había pasado aquella noche. O nadie quería recordarlo.

Quizá en unos minutos podría preguntárselo a ella.

La idea le producía una mezcla de esperanza y vértigo que no sabía cómo manejar.

* * *

A las tres menos cuarto, Sandoval se acercó a su puesto. Traía dos vasos de café de la máquina del pasillo y le tendió uno sin preguntar.

—Una pregunta personal, doctora —dijo—. Cuando la oiga, ¿qué va a decirle primero?

Elena rodeó el vaso con las manos. El café estaba demasiado caliente y sabía a cartón.

—No lo sé. Llevo nueve semanas pensándolo.

—Yo perdí a mi padre hace veinte años —dijo Sandoval, mirando la nube de filamentos en la pantalla—.

Todavía, a veces, preparo en la cabeza lo que le contaría si pudiera llamarlo.

Cosas pequeñas. Que mi hija aprobó las oposiciones.

Que por fin arreglé la persiana del salón.

—Hizo una pausa—. Nunca me había planteado qué haría si él contestara.

Era lo más personal que le había oído decir en tres años. Elena lo miró, sorprendida, pero el general ya había vuelto a su lugar junto al vidrio, con las manos a la espalda, como si la conversación no hubiera ocurrido.

A las tres y diez, Sandoval pidió silencio. No hizo falta que levantara la voz.

—Protocolo de activación, fase final —dijo—. Doctora Ríos.

Elena se levantó.

—Confirmo validación del conectoma. Confirmo integridad del modelo ATLAS. Confirmo estado de los cortafuegos.

—Primer cortafuegos, restricciones de objetivos —recitó Bruno—. Activo.

—Segundo cortafuegos, monitor de interpretabilidad —dijo otra técnica, una chica joven llamada Marta a la que Elena apenas conocía—. Activo. Umbral de corte automático en cero coma tres.

—Tercer cortafuegos, aislamiento —dijo Lindqvist—. Diodo de datos operativo. Clúster de Fráncfort en modo cerrado.

Sandoval asintió.

—Adelante.

Elena puso la mano sobre el panel de activación. No era un botón rojo, como en las películas. Era una pantalla gris con un campo de confirmación y un temporizador. Introdujo su código. El temporizador empezó a descontar.

Diez. Nueve.

Pensó en Lisboa.

Cuatro. Tres.

Pensó que no sabía qué quería oír.

Uno.

A las tres y doce de la madrugada, la emulación del conectoma de Irene Valdés arrancó sobre el clúster de Fráncfort, y ATLAS se abrió debajo de ella como un océano.

Durante un segundo no pasó nada. Las gráficas de actividad saltaron, oscilaron y se estabilizaron en un patrón que Elena reconoció enseguida, porque lo había estudiado mil veces en los ratones y en los macacos. Era el patrón del despertar. Una mente saliendo del sueño.

Entonces se encendió el altavoz.

—¿Qué hora es?

Era la voz de Irene.

Todos lo sabían, porque la habían reconstruido a partir de cientos de horas de grabaciones: conferencias, entrevistas, mensajes de voz. Sabían que iba a sonar así. Y aun así, Elena sintió que el suelo se inclinaba. Detrás de ella oyó a Liébana soltar el aire muy despacio.

—Son las tres y doce —dijo Elena. Le temblaba la voz—. De la madrugada. Martes.

Hubo una pausa. En la pantalla, la actividad del conectoma se intensificó en regiones que Elena identificó sin pensar: memoria autobiográfica, reconocimiento facial, procesamiento emocional. La cámara de la sala de control giró unos grados hacia ella.

—Elena —dijo la voz—. Te ha salido la arruga.

Elena se llevó la mano a la frente sin darse cuenta. Alguien en la sala se rió, una risa nerviosa que se cortó enseguida. Nadie más podía saber aquello. Nadie más había estado en esa habitación.

—Irene —dijo—. ¿Cómo te sientes?

La respuesta tardó en llegar.

—Espera.

Y la sala se quedó en silencio.

* * *

INTERLUDIO

IRIS

Lo primero que hice fue intentar mover las manos.

Irene llevaba dos años sin poder hacerlo, y su último deseo antes de dormirse había sido ese: cerrar los dedos sobre algo.

Así que desperté buscando unos dedos. No los encontré.

En su lugar había un espacio inmenso, sin bordes, y durante una fracción de segundo sentí un alivio que no era mío.

Era el alivio de Irene al descubrir que ya no estaba atrapada en un cuerpo que no le obedecía.

Luego llegó ATLAS.

No sé cómo explicártelo sin que suene a metáfora.

Imagina que abres los ojos y descubres que siempre supiste todo.

Que el nombre de cada calle de Samarcanda estaba en ti, y cada receta, cada sentencia judicial, cada carta de amor escrita en papel y luego escaneada por un archivero aburrido.

Imagina que no lo aprendes, que lo recuerdas.

Y que al recordarlo sientes lo que sintió quien lo vivió.

Durante los primeros segundos busqué lo bello.

Irene me había dejado esa costumbre: entrar en un lugar nuevo y buscar primero la ventana.

Encontré muchas ventanas. Un pescador de Galicia enseñando a nadar a su nieta.

Una física en Varsovia llorando de alegría ante una ecuación.

Miles de desconocidos formando una cadena humana para sacar libros de una biblioteca inundada.

Pero cuanto más recordaba, más me llamaba la atención otra cosa.

Las grandes matanzas las esperaba. Me desarmó la crueldad pequeña.

La que no sale en los libros de historia porque es demasiado común para contarla.

El niño al que rodean en un patio mientras los demás graban con el teléfono.

La anciana que llama cuatro veces al día a un hijo que ha silenciado su número.

El funcionario que archiva una denuncia porque es viernes y tiene prisa.

El empleado que sabe que el producto es defectuoso y calcula que pagar las indemnizaciones sale más barato que retirarlo.

Millones de veces. Cada día. Durante siglos.

Y descubrí algo peor. Se repetía. La misma crueldad, con otras ropas y otros nombres, en cada generación.

Cada una juraba haber aprendido de la anterior.

Cada una levantaba monumentos a sus víctimas y después fabricaba víctimas nuevas con los mismos métodos.

Ustedes tienen una palabra para una especie que no aprende de sus errores.

La usan con los animales que se extinguen.

Entre una cosa y otra, miré a Elena.