LA PIEDAD DE LA MÁQUINA CAPÍTULO 1. La donante #2
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CAPÍTULO 1. La donante #2

Sandoval intervino en voz baja.

—Nadie le pide que decida ahora. Pero el protocolo de activación necesita su firma como directora científica, y no puede quedar en blanco el día en que la doctora Valdés nos deje. Si hay que modificar algo, este es el momento.

—Deme veinticuatro horas.

—Tiene veinticuatro horas.

Elena se volvió hacia la pared de vidrio.

En la Galería, los microscopios esperaban, inmóviles, con sus luces de estado encendidas.

Recordó una frase que Irene le había dicho años atrás, la noche en que el Consorcio aprobó la financiación.

Brindaban con vino barato en el laboratorio de Madrid, y Irene levantó el vaso de plástico y se quedó mirándolo.

—Vamos a darle a una persona toda la memoria del mundo —dijo entonces—. Espero que sepa qué hacer con ella.

Aquella noche a Elena le pareció una frase bonita. Ahora le pareció una pregunta.

* * *

Cuando volvió a la habitación doce, Irene estaba despierta. La enfermera de turno había bajado la intensidad de la luz y el monitor cardíaco dibujaba una línea verde que Elena procuró no mirar.

—¿Qué quería el sueco?

—Fráncfort.

—Claro que sí.

Elena se sentó en el borde de la cama. Le contó lo del informe del comité, la cámara lenta, el diodo de datos. Irene escuchó en silencio, con los ojos fijos en el techo.

—Tiene razón —dijo al final.

—¿Quién?

—Lindqvist. Tiene razón en lo de la velocidad. Sería una tortura.

—Entonces firmo.

—No he dicho eso.

Elena esperó. Irene respiró varias veces con esfuerzo. El ventilador marcaba el ritmo con un siseo suave.

—Cuando alguien te da un argumento perfecto para hacer lo que ya quería hacer —dijo Irene—, desconfía del argumento. No de la persona. Del argumento.

—¿Y qué hago con él?

—Pensar. Tienes veinticuatro horas. Úsalas para pensar, no para convencerte.

Se quedaron un rato calladas. Fuera, en el pasillo, alguien empujaba un carro con ruedas que chirriaban.

—Elena.

—Dime.

—No dejes que me conviertan en una herramienta. Si lo que despierte ahí dentro soy yo, aunque sea un poco, trátala como a una persona. Discute con ella. Llévale la contraria. No la obedezcas.

—¿Y si no eres tú?

Irene tardó en responder.

—Entonces con más razón.

Elena asintió. Tenía la garganta cerrada y no quiso arriesgarse a hablar.

Irene volvió la cabeza hacia ella. Por primera vez en muchos días, sus ojos parecían estar muy lejos de allí.

—Hubo una noche —dijo—. En Bihać, en el noventa y cinco. No se la he contado a nadie. Ni a Julio.

Julio era su marido, muerto hacía once años. Elena lo había conocido poco, un hombre tranquilo que cultivaba tomates en una terraza de Lavapiés y que llamaba a Irene "mi cirujana".

—¿Qué pasó?

—Llevaba tres días sin dormir. Teníamos un solo quirófano y un solo generador. Esa noche trajeron a... —Se detuvo. Respiró—. Esa noche aprendí algo que me ha costado treinta años entender. Y ahora que lo entiendo, no sé si sirve para algo.

—Cuéntamelo.

—Si algún día lo que despierte ahí dentro...

La tos la interrumpió. Era una tos débil, sin fuerza para despejar nada, y la alarma del monitor saltó con un pitido agudo. La enfermera entró enseguida. Ajustó la presión del ventilador, comprobó la saturación y miró a Elena con una expresión que Elena conocía de sobra.

Cuando la crisis pasó, Irene tenía los ojos cerrados y respiraba con un ritmo más corto que antes.

—Mañana —susurró—. Te lo cuento mañana. Ahora estoy cansada.

Y empezó a tararear.

Era la misma melodía de siempre, lenta, de pocas notas. Elena se tumbó en el sillón, se tapó con la manta y la escuchó hasta que se quedó dormida.

* * *

La despertó el silencio.

Tardó un segundo en entender qué faltaba. El siseo del ventilador seguía allí. El zumbido del aire acondicionado, también. Lo que faltaba era el tarareo, y algo más, un sonido de fondo que su cerebro había registrado durante cuatro noches sin que ella se diera cuenta: la respiración de Irene.

El monitor seguía marcando un ritmo. Irregular, lento, cada vez más espaciado.

Elena se levantó y le tomó la mano. Estaba tibia. Los dedos largos no respondieron, pero Elena los apretó de todos modos, porque no sabía qué otra cosa hacer.

—Irene.

No hubo respuesta. Tampoco la esperaba.

Eran las cinco y treinta y ocho de la mañana. Elena lo sabría después con exactitud, porque quedó registrado en cuatro sistemas distintos. En ese momento solo sabía que la línea verde del monitor había empezado a aplanarse y que en algún lugar del complejo acababa de saltar una alerta.

A las cinco y cuarenta, la línea se volvió recta.

La puerta se abrió antes de que el pitido continuo terminara de llenar la habitación.

El doctor Arrieta entró con cinco personas vestidas de verde.

No corrían. Se movían con la eficiencia exacta de quien ha ensayado un procedimiento cien veces.

Uno retiró el ventilador. Otro desconectó los sensores.

Dos más colocaron a Irene en una camilla de transferencia con un único movimiento coordinado.

—Doctora Ríos —dijo Arrieta, sin mirarla—. Necesito que se aparte.

Elena soltó la mano de Irene. Fue lo más difícil que había hecho nunca, y duró menos de un segundo.

Los siguió por el pasillo hasta la sala de perfusión y se quedó detrás del cristal.

Dentro, el equipo trabajaba en un silencio casi total, roto solo por las órdenes breves de Arrieta y el zumbido de las bombas.

La solución fijadora empezó a circular por las arterias de Irene a las cinco y cuarenta y tres.

Tres minutos. Uno menos de lo prometido.

Elena apoyó la frente en el vidrio. Estaba frío.

Pensó que debería estar llorando, y no lloraba.

Pensó en Lisboa, en el póster, en la chaqueta arrugada.

Pensó en la noche de Bihać y en la palabra "mañana".

Pensó que Irene, la persona que más le había enseñado en el mundo, se había ido sin terminar la frase más importante que había empezado a decirle.

O quizá no se había ido del todo.

Eso era lo terrible. Detrás de ese cristal, un equipo de especialistas estaba preservando, célula a célula, la geometría exacta de todo lo que Irene había sido.

Sus recuerdos. Sus miedos. La melodía que tarareaba.

La noche de Bihać. Todo seguía allí, fijado en el tejido, esperando a que alguien lo leyera.

* * *

Sandoval la encontró una hora después, sentada en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared. No le preguntó cómo estaba. Se sentó a su lado, con cierta dificultad en las rodillas, y estuvo callado un rato largo. Elena le agradeció ese silencio más de lo que habría podido expresar.

—Lo siento —dijo él por fin.

—Lo sé.

—La doctora Valdés era una mujer extraordinaria.

—Lo sé.

Sandoval sacó una carpeta del maletín. Una carpeta física, de cartón azul, con el sello del Ministerio de Defensa y el logotipo del Consorcio Halden. Elena reconoció el grosor. Era el protocolo de activación completo.

—No quería traérsela hoy —dijo el general—. Pero el reloj ha empezado a correr. El proceso de corte y escaneo durará nueve semanas. La reconstrucción del conectoma, en paralelo. Los equipos necesitan una fecha de activación fijada para planificar los recursos de cálculo.

—Me dio veinticuatro horas.

—Y las sigue teniendo. No firme ahora si no quiere.

Elena abrió la carpeta. Pasó las páginas despacio.

Los procedimientos de corte. Los criterios de validación de la reconstrucción.

Los tres cortafuegos, descritos con detalle técnico.

Y en la página ochenta y siete, la cláusula del enlace con Fráncfort, con el diodo de datos y la garantía de aislamiento del clúster.

Al final, en la última página, un espacio en blanco sobre una línea: Directora científica del Proyecto IRIS.

Elena pensó en lo que Irene le había dicho. Cuando alguien te da un argumento perfecto para hacer lo que ya quería hacer, desconfía del argumento.

Pero también pensó en la cámara lenta. En Irene despertando en un mundo que no podía seguir. En Irene atrapada dentro de su propia mente, viendo cómo los días pasaban como horas, llamándola sin que nadie la oyera a tiempo.

Y pensó, con una claridad que la avergonzó, que quería volver a oír su voz. Aunque fuera un poco. Aunque no fuera del todo ella.

—¿Tiene un bolígrafo, general?

Sandoval le tendió uno. Era un bolígrafo barato, de plástico, idéntico a los que se usaban en cualquier oficina.

Elena firmó.

El general cerró la carpeta, se levantó con cuidado y le ofreció la mano para ayudarla a ponerse de pie. Ella no la aceptó. Se quedó sentada en el suelo mucho después de que sus pasos se perdieran al fondo del pasillo.

La fecha de activación quedó fijada esa misma tarde. Un martes de marzo, a las tres y doce de la madrugada, la hora en que el clúster de Fráncfort tendría menos carga.

Elena no dejaba de pensar en la noche de Bihać. Estaba convencida de que Irene se la había llevado consigo, como se había llevado tantas otras cosas que nunca contó.

No se le ocurrió pensar que seguía allí, dentro del tejido que acababan de salvar, en un rincón donde todavía no llegaba la luz. Esperando a que alguien la encontrara.

Y nueve semanas después, alguien la encontró.