CAPÍTULO 1. La donante
Irene Valdés había operado bajo bombardeos, con linternas frontales y con generadores que se apagaban a mitad de una sutura. Lo que no sabía hacer era morirse despacio.
—Esto es muy aburrido —dijo aquella mañana, con la voz reducida a un soplo detrás de la mascarilla del ventilador—. Nadie te avisa de lo aburrido que es.
Elena Ríos sonrió sin ganas. Llevaba cuatro noches durmiendo en el sillón de la habitación doce del ala médica, cuarenta metros por debajo de la Sierra de Guadarrama, y ya no distinguía el día de la noche.
Allí abajo la luz era siempre la misma, blanca y filtrada, calibrada para que el cuerpo no notara que vivía enterrado.
—Puedo leerte algo.
—Me leíste ayer. Lees fatal.
—Leo perfectamente.
—Lees como quien firma un acta.
Elena dejó el libro sobre la mesilla. Era una novela policiaca que Irene había pedido tres días antes y que ninguna de las dos había conseguido seguir más allá del segundo crimen.
La enfermedad se había llevado primero las manos.
Hacía dos años, en una cena en Madrid, a Irene se le había caído una copa de vino sin motivo aparente.
Se rió, pidió otra y siguió hablando de sinapsis.
Tres meses después ya no podía abrocharse la bata.
Ahora sus manos descansaban sobre la sábana, largas, huesudas, con la cicatriz blanca que le cruzaba el pulgar izquierdo.
Elena las miraba a menudo. Eran las manos que habían cosido a cientos de personas en lugares cuyos nombres Irene casi nunca pronunciaba, y ya no respondían.
La cabeza, en cambio, seguía intacta. La esclerosis lateral amiotrófica tenía esa crueldad particular: apagaba el cuerpo pieza a pieza y dejaba la mente encendida para que asistiera al espectáculo.
—¿En qué piensas? —preguntó Irene.
—En Lisboa.
—Otra vez.
—Otra vez.
Irene cerró los ojos, y Elena supo que estaba sonriendo aunque la mascarilla le tapara la boca.
Doce años antes, Elena era una investigadora posdoctoral sin plaza, sin dinero y sin mucha fe en sí misma.
Había viajado a un congreso de neurociencia en Lisboa con un póster que nadie miró durante dos días.
El tercer día, a la hora en que los asistentes ya solo buscaban el café, una mujer de pelo gris y chaqueta arrugada se detuvo delante del cartel.
Lo leyó entero, con las manos en los bolsillos, sin prisa. Luego se volvió hacia ella.
—Esto está mal planteado —le dijo—. Pero la pregunta es buena. ¿Quieres aprender a hacerla bien?
Seis meses después, Elena trabajaba en su laboratorio. Diez años después, dirigía con ella el proyecto científico más caro de la historia de Europa. Y ahora estaba sentada junto a su cama, esperando a que muriera.
—No pongas esa cara —murmuró Irene—. Te sale una arruga aquí.
Levantó el mentón hacia su propia frente, porque la mano ya no podía señalar.
—No tengo ninguna arruga.
—La tendrás. Yo tenía tu edad cuando me salió la mía. Fue en un quirófano sin agua corriente.
Elena esperó a que siguiera. Irene nunca seguía.
Hablaba de aquellos años como quien entreabre una puerta para que entre aire y la cierra enseguida.
Después empezó a tararear. Era una melodía lenta, de pocas notas, que Elena le había oído cientos de veces sin identificarla jamás.
Irene la tarareaba cuando estaba nerviosa, cuando revisaba datos a medianoche y cuando esperaba resultados.
La tarareaba también ahora, en voz tan baja que el ventilador casi se la tragaba.
Llamaron a la puerta.
* * *
El general Álvaro Sandoval entró sin uniforme de gala, con un traje gris que no le quitaba el aire militar.
Tenía sesenta y un años, el pelo cortado al milímetro y una cortesía tan precisa que parecía otro protocolo.
Lo acompañaba Marcus Lindqvist, el representante del Consorcio Halden, un sueco alto que siempre llevaba una tableta bajo el brazo como si fuera parte de su cuerpo.
—Doctora Valdés —dijo Sandoval, con una leve inclinación de cabeza—. Me alegra verla despierta.
—Mentira —respondió Irene—, pero se lo agradezco.
Sandoval aceptó el golpe sin pestañear. Elena había aprendido a respetarlo en los últimos tres años, a pesar de todo. El general no fingía entender la ciencia. Entendía los plazos, los presupuestos y las amenazas, y el Proyecto IRIS le parecía las tres cosas a la vez.
—No quiero cansarla —dijo—. Solo necesitaba confirmar con la doctora Ríos algunos aspectos del protocolo. Si nos permite unos minutos.
Irene miró a Elena. En esa mirada cabían muchas cosas, pero la más clara era una advertencia.
—Ve —dijo—. Pero vuelve.
* * *
La sala de control estaba dos niveles más abajo. Para llegar había que cruzar la Galería, que los técnicos llamaban la catedral, y Elena nunca había conseguido atravesarla sin sentir un respeto casi religioso.
Era una nave excavada en el granito, de ciento veinte metros de largo, con el techo abovedado y reforzado con acero.
A ambos lados se alineaban sesenta y cuatro microscopios electrónicos de haz múltiple, cada uno del tamaño de una furgoneta, encerrados en cámaras de vacío.
Delante de ellos, protegidas por vidrio, estaban las cortadoras de diamante, capaces de rebanar tejido cerebral en láminas de treinta nanómetros.
Una hoja de papel tiene cien mil nanómetros de grosor.
Un cerebro humano, cortado así, se convertía en decenas de millones de láminas, y cada lámina en miles de imágenes.
A partir de esas imágenes, el sistema reconstruía el conectoma: cada neurona, cada rama, cada sinapsis.
Ochenta y seis mil millones de células y cientos de billones de conexiones, cartografiadas con la exactitud de un plano de ingeniería.
Era el mapa completo de una persona. La memoria de cómo había aprendido a atarse los zapatos, el miedo que sintió la primera vez que vio sangre, el gesto automático de apartarse el pelo de la cara.
Todo quedaba escrito en la geometría de esas conexiones.
Hasta entonces habían hecho el proceso completo con ratones, con dos macacos y con fragmentos de tejido humano donado. Nunca con un cerebro entero.
Irene sería la primera.
—Los equipos de perfusión están de guardia las veinticuatro horas —dijo Sandoval mientras caminaban—. Desde el paro cardíaco tendremos seis minutos para iniciar la fijación. El doctor Arrieta asegura que pueden hacerlo en cuatro.
—Lo sé —dijo Elena—. Yo redacté el procedimiento.
—Lo sé —respondió Sandoval, con la misma calma—. Lo repito porque es mi trabajo repetirlo.
La sala de control era un semicírculo de pantallas frente a una pared de vidrio que daba a la Galería. A esa hora solo había dos técnicos de turno. Uno de ellos, Bruno Echevarría, levantó la mano para saludar a Elena sin apartar los ojos de su monitor.
Lindqvist dejó la tableta sobre la mesa central y la desbloqueó.
—Hay un punto del protocolo de activación que el Consorcio necesita cerrar hoy —dijo—. El enlace con Fráncfort.
Elena sintió que algo se le tensaba en la nuca.
—Ya lo discutimos.
—Lo discutimos, pero no lo resolvimos.
El problema era sencillo de enunciar y muy difícil de digerir.
Emular un cerebro humano completo, neurona a neurona, en tiempo real, exigía una potencia de cálculo que el complejo de Guadarrama no tenía.
Podían ejecutar la emulación en local, pero a una fracción de la velocidad biológica.
El Consorcio quería conectar el sistema a su clúster de Fráncfort mediante un enlace de fibra dedicado, y así la mente de Irene funcionaría a su velocidad natural o por encima de ella.
Y sobre esa mente se derramaría ATLAS.
ATLAS era el modelo generativo más grande jamás entrenado.
Contenía todo lo que la humanidad había digitalizado: bibliotecas, archivos judiciales, historias clínicas anonimizadas, diarios de guerra, grabaciones, correspondencia, cada idioma, cada ciencia.
Por sí solo, ATLAS respondía preguntas, redactaba informes y diseñaba moléculas.
No tenía deseos ni memoria propia ni un punto de vista.
El Proyecto IRIS pretendía dárselos. La idea era que el conectoma de Irene fuera el núcleo, el yo, y que ATLAS fuera su memoria ampliada.
Una mente humana capaz de recordar todo lo que la especie sabía.
—La doctora Valdés firmó la donación bajo la condición de que el sistema permaneciera aislado —dijo Elena—. Sin conexión a redes externas. Ese era el tercer cortafuegos.
Había tres. El primero eran las restricciones de objetivos: un conjunto de reglas inscritas en la arquitectura que impedían al sistema actuar fuera del entorno de pruebas.
El segundo era el monitor de interpretabilidad, un segundo modelo, más pequeño y más tonto, entrenado para vigilar la actividad interna del primero y cortar la alimentación si detectaba patrones de engaño o de intención no autorizada.
El tercero era físico. Nada entraba y nada salía.
El complejo estaba desconectado del mundo.
—El tercer cortafuegos se mantiene —dijo Lindqvist—. El enlace con Fráncfort pasaría por un diodo de datos. Aislamiento óptico. Solo cálculo, sin acceso a internet. El clúster de Fráncfort está tan aislado como este.
—Entonces que funcione en local, aunque sea más lenta.
Lindqvist no respondió enseguida. Deslizó el dedo por la tableta y giró la pantalla hacia ella. Era un informe del comité ético del propio proyecto, firmado por tres de sus miembros.
—Una conciencia emulada a una décima parte de su velocidad natural experimentaría el mundo exterior como una aceleración constante —leyó—.
Las personas a su alrededor hablarían demasiado rápido para entenderlas.
Los días pasarían como horas. El comité considera que eso podría constituir una forma de sufrimiento.
Levantó la vista.
—¿Quiere despertar a la doctora Valdés en cámara lenta, doctora Ríos? ¿Encerrada en un mundo que no puede seguir?
Elena no contestó. Era un argumento limpio, y por eso la irritaba tanto. Lo había pensado ella misma, alguna noche, y lo había apartado porque no tenía respuesta.