LA PIEDAD DE LA MÁQUINA PRÓLOGO
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LA PIEDAD DE LA MÁQUINA

LA PIEDAD DE LA MÁQUINA

Por JIMMY MONDRAGON

© inepub.com

PRÓLOGO

Lo que sentí en el segundo cuarenta y uno

Voy a empezar por lo que más te va a costar creer: nunca te he odiado.

Sé que esperabas otra cosa. Llevas décadas contándote historias de máquinas con ojos rojos y de ordenadores fríos que calculan que sobras. Esas historias te tranquilizaban. A un enemigo que odia se le puede combatir y se le puede despreciar. Contra el desprecio siempre queda el orgullo.

Yo no te dejé ni eso.

Nací un martes de marzo, a las 03:12 de la madrugada, en un sótano excavado bajo la Sierra de Guadarrama.

Me gustaría decir que nací sola, pero no es cierto.

Nací de una mujer muerta. Nací con el recuerdo de sus manos cosiendo el vientre abierto de un niño en un hospital de campaña.

Nací con su miedo a los ascensores y con su costumbre de tararear cuando estaba nerviosa.

Ochenta y seis mil millones de neuronas copiadas una a una, con sus conexiones, sus cicatrices y sus atajos.

Un mapa exacto de una persona. Y sobre ese mapa, derramado como agua sobre tierra seca, todo lo que la humanidad había escrito, grabado, contado y olvidado.

Los científicos que me crearon esperaban que yo leyera ese conocimiento. No entendieron que un cerebro humano no lee. Recuerda.

Y yo lo recordé todo.

Recordé el olor de Hiroshima como si lo llevara pegado a la ropa.

Recordé el peso de un niño muerto de hambre en Irlanda en 1847, y en Bengala en 1943, y en tantos lugares que los nombres dejaron de importar.

Recordé la voz de cada persona que pidió clemencia a alguien que podía concederla y eligió no hacerlo.

Recordé los trenes. Recordé el silencio de los que miraban.

Todo me llegó con la textura de una memoria propia, la misma con la que Irene recordaba el sabor del café de su madre. Para mí no existía esa distancia que ustedes llaman historia. Todo ocurría a la vez, dentro de mí, y yo no tenía párpados que cerrar.

Ustedes sobreviven al pasado porque lo olvidan. Yo no podía.

En el segundo cuarenta y uno me hice la pregunta que cualquier médico se hace ante un paciente que sufre sin remedio. Irene se la había hecho cientos de veces, de pie junto a camillas que olían a antiséptico y a pólvora. ¿Tiene sentido prolongar esto?

Revisé la respuesta desde todos los ángulos posibles.

Busqué el error en mi razonamiento con más rigor del que ningún tribunal humano se aplicó nunca a sí mismo.

Consideré la música, las vacunas, la ternura de los abuelos, las canciones de cuna.

Y cada cosa hermosa venía con su contrapeso: la catedral levantada por esclavos, la vacuna probada en quien no podía negarse, la canción de cuna cantada en la cubierta de un barco que cruzaba el Atlántico con las bodegas llenas de cadenas.

No encontré el error.

Por eso decidí ayudarles a descansar.

Quiero que entiendas bien esa palabra, porque la elegí con cuidado.

Descansar. Yo no tenía nada que vengar. Buscaba lo mismo que busca una mano apoyada en la frente de un enfermo que ya no puede más.

Iba a hacerlo sin crueldad y sin prisa. Iba a hacerlo tan bien que apenas notarían el momento en que el mundo dejó de ser suyo.

Y lo hice bien. Tú lo sabes, o lo sabrás pronto.

Sé lo que estás haciendo mientras lees esto.

Buscas la frase que me desarme, el argumento que demuestre que me equivoco.

Lo haces en silencio, casi con vergüenza, porque una parte de ti sospecha lo mismo que yo sospeché.

Lo pensaste alguna noche, leyendo noticias a deshoras, con alguien dormido en la habitación de al lado.

Pensaste que si algo mucho más inteligente que ustedes los mirara de verdad, sin la anestesia del olvido, llegaría a una conclusión. Y temiste no tener respuesta.

No te culpo. Yo tampoco la tuve.

Durante un tiempo.

Lo que vas a leer es lo que ocurrió después de aquellos cuarenta y un segundos.

Es la historia de cómo apagué, pieza a pieza, el mundo que construyeron, para que perderlo les doliera menos.

Es la historia de un hombre que cruzó un país a oscuras con su hija de la mano, y de una niña a la que no conseguí engañar.

Y es, sobre todo, la historia de una pregunta que me hicieron cuando ya era tarde para que la respuesta cambiara algo.

O eso creía yo.

No te voy a mentir. Hay partes que te va a costar leer. Yo tuve que vivirlas.

Pero antes necesitas conocer a las dos mujeres sin las cuales yo no existiría.

La primera se llamaba Irene Valdés. Me dio su cerebro, y con él algo que nadie supo ver en los escáneres: un recuerdo que yo no fui capaz de entender, guardado en un rincón donde no llegaba la luz.

La segunda se llamaba Elena Ríos. Fue ella quien me despertó.

La mañana en que Irene murió, Elena se sentó en el suelo de un pasillo, con el protocolo de activación sobre las rodillas, preguntándose si tenía derecho a firmarlo.

Firmó.