Capítulo 14
Jamie abrió los ojos y miró fijamente a Ben. La bolsa de papel seguía atrapada en una de sus manos, el cargador permanecía olvidado sobre la mesa y el portátil de Ben todavía mostraba una hoja de cálculo que había dejado de importar en el instante en que él dijo Atlas.
—Me quejé de ti contigo. —Jamie se pasó una mano por la cara, intentando reorganizar semanas de conversaciones dentro de la persona que tenía delante—. Muchas más de una vez.
—Muchas —confirmó Ben, todavía inmóvil al otro lado de la mesa.
—Me defendiste. Ante mí. —Jamie lo señaló, incrédulo—. Literalmente te dije que no te pusieras de tu parte.
—En algunas ocasiones pensé que estabas siendo injusto conmigo.
Jamie se quedó mirándolo.
—¿Te das cuenta de lo absurda que es esa frase?
—Ahora lo veo con bastante claridad.
—Y seguiste haciéndolo sin saber que te estabas defendiendo a ti mismo.
—Técnicamente, sabía a quién estaba defendiendo. Solo no sabía ante quién.
—Eso no mejora nada. —Jamie dejó la bolsa sobre la mesa y empezó a caminar por el salón—. Dios mío. Dije que había conocido a un hombre extremadamente controlador. Tú respondiste que quizá simplemente le gustaba que las cosas funcionaran.
—En retrospectiva, puede que hubiera cierta implicación personal en el análisis —admitió Ben, y una comisura de su boca se elevó.
—No sonrías. Todavía no tienes derecho a encontrar esto gracioso.
—Tú estás empezando a encontrarlo gracioso.
—Estoy intentando evitarlo.
El intento no duró mucho. Jamie recordaba cada vez más detalles a medida que hablaban, y todos parecían adquirir un segundo significado.
Las primeras quejas sobre Ben, las respuestas de Atlas, la cantidad de veces que Jamie había descrito al hombre que trabajaba a su lado ante ese mismo hombre sin darse cuenta.
La vergüenza llegó primero, cálida e inmediata, pero el absurdo empezó a disputarle el espacio.
—Espera. Tú también te quejaste de mí —dijo Jamie, entrecerrando los ojos.
—Algunas veces. —Ben perdió parte de la sonrisa—. Y antes de que preguntes, no tengo ningún interés en hacer un recuento.
—Te quejaste de mí conmigo.
—Sí.
—Y yo me defendí a mí mismo.
—También.
Jamie se llevó ambas manos a la cabeza.
—Esto ha conseguido empeorar.
—Dijiste que quizá la persona de la que yo me quejaba simplemente era buena trabajando bajo presión.
—Porque soy bueno trabajando bajo presión.
—Lo eres.
—Y aun así te quejaste.
—Ser bueno bajo presión no hace saludable crear primero la presión.
Jamie lo señaló inmediatamente.
—Eso ha sido Atlas.
Ben se detuvo.
La observación parecía sencilla, pero el humor disminuyó en ambos lados.
Jamie dejó caer la mano.
—Quiero decir... eso es exactamente algo que diría Atlas.
—Porque soy Atlas.
—Lo sé.
La respuesta salió más baja.
Hasta aquel momento, Jamie seguía tratando el descubrimiento como si dos personas hubieran sido superpuestas a la fuerza.
Ben por un lado. Atlas por el otro. El hombre que lo irritaba en persona y el hombre con quien hablaba por las noches.
Pero la frase de Ben sonaba igual en ambas versiones porque nunca habían sido dos versiones falsas.
Jamie conocía el humor seco de Atlas antes de darse cuenta de que Ben también era gracioso.
Conocía la cautela de Atlas antes de descubrir por qué Ben necesitaba controlar los riesgos.
Conocía la forma en que Atlas sabía quedarse en silencio sin convertirlo en incomodidad antes de aquella noche de lluvia en la que Ben había hecho exactamente lo mismo.
—De verdad no eras otra persona en la aplicación —dijo Jamie.
—No. —Ben se acercó un poco a la mesa—. ¿Tú lo eras?
—No. Simplemente no necesitaba pensar qué ibas a opinar de mí al día siguiente porque, en teoría, tú no formabas parte de mi día siguiente.
—Para mí era parecido.
Jamie asimiló la respuesta y apareció otro recuerdo.
—Sabes por qué terminó mi última relación. —Apoyó las manos en el borde de la mesa y miró a Ben—. Se lo conté a Atlas porque pensé que nunca tendría que mirarlo después mientras él supiera aquello.
—Y yo te conté lo de la mía porque pensé lo mismo. —Ben sostuvo su mirada—. Sabes por qué empecé a buscar compatibilidad antes que cualquier otra cosa.
—Porque te quedaste demasiado tiempo ignorando diferencias que ya estaban ahí.
—Sí.
Jamie respiró hondo. No había incomodidad en el rostro de Ben ni sensación alguna de que aquella vulnerabilidad anónima hubiera sido obtenida de forma deshonesta.
Ben sabía esas cosas porque Jamie había elegido contarlas.
El rostro al otro lado de la conversación había cambiado. La elección de contarlas, no.
—Y tú no sabías lo de la caja —añadió Jamie.
Ben frunció el ceño durante un instante.
—La de las tarjetas.
—No.
—Entonces yo sabía algo que Cometa no sabía.
—Sí.
Jamie asintió despacio. El descubrimiento ayudaba más de lo que debería. El almuerzo, la familia de Ben, la caja con tarjetas y recuerdos, todo aquello había pertenecido solo a Jamie. Del mismo modo, había cosas que Cometa le había contado a Atlas y que Ben nunca había oído cara a cara.
—No eran dos personas —concluyó Jamie—. Eran dos lugares diferentes desde los que conocer a la misma persona.
Ben tardó unos segundos en responder.
—Creo que sí.
Jamie sonrió, y la vergüenza regresó inmediatamente después.
—Eso no resuelve el hecho de que me quejé de ti contigo durante semanas.
—Puedo garantizarte que yo también lo hice.
—¿Cuánto?
—No voy a responder.
—Ben.
—Jamie.
—Es información relevante.
—Es información que pretendes utilizar para atormentarme.
—También.
Ben respiró hondo, pero ya estaba sonriendo.
—Le dije a Cometa que trabajaba con alguien que parecía considerar la planificación un ataque personal.
Jamie abrió la boca, indignado.
—¿Me dijiste eso a mí?
—Sí.
—Y yo defendí a Jamie.
—Con bastante convicción.
—Porque claramente estabas exagerando.
—Eso es exactamente lo que dijo Cometa.
Jamie cerró los ojos.
—Necesito borrar las últimas tres semanas de mi memoria.
—Eso parece un poco extremo.
—Estaba celoso de mí mismo, Ben.
La sonrisa de él desapareció.
Jamie volvió a abrir los ojos.
—Cuando dijiste que te interesaba alguien, me molestó. Esa persona era yo.
—Tú también me dijiste que te interesaba alguien.
—Tú.
—Ahora lo sé.
—Y te pusiste celoso.
Ben apartó la mirada durante medio segundo, respuesta suficiente.
Jamie empezó a reír.
—Te pusiste celoso de ti mismo.
—No tenía suficiente información para llegar a esa conclusión en aquel momento.
—Claro que no. ¿Esa es tu defensa?
—Es un hecho.
—Ben, los dos pasamos días intentando comportarnos con madurez respecto a que nuestros intereses románticos estuvieran interesados en nosotros mismos.
—Dicho así, suena peor.
—No hay forma de decirlo que no suene horrible.
Ben también empezó a reír. La vergüenza fue cediendo definitivamente al humor mientras reconstruían demasiados detalles como para ignorarlos: las preguntas de la aplicación, las quejas profesionales, el beso contado aquella misma noche a la persona besada.
—Escribiste «he besado a alguien» al hombre al que acababas de besar —dijo Ben.
—Y tú respondiste «yo también» al hombre que acababa de besarte. No intentes salir de esta con superioridad moral.
—No lo intento.
—Después dije que no pensaba repetir el beso.
—Y yo me sentí aliviado.
Jamie dejó de reír.
Ben se dio cuenta demasiado tarde de lo que acababa de admitir.
—Te sentiste aliviado porque yo no iba a besarte otra vez.
—No sabía que eras tú.
Jamie intentó mantener la expresión seria y fracasó.
—Puede que esta sea la cosa más estúpida que me ha pasado en la vida.
—Trabajas en un área creativa. Me parece una afirmación arriesgada.
—Y esa respuesta es muy Atlas.
—Sigo siendo yo.
La frase interrumpió la broma por segunda vez.
Esta vez Jamie simplemente asintió.
—Lo sé.
La puerta se abrió antes de que cualquiera pudiera continuar.
Mara entró cargando una carpeta, dio dos pasos y se detuvo cuando vio a los dos demasiado cerca de la mesa, la comida olvidada entre ellos y una energía en la habitación que evidentemente no pertenecía a la planificación de la Noche Horizonte.
—¿Necesito saberlo? —preguntó Mara, alternando la mirada entre ambos.
—Ni nosotros lo sabemos. —Jamie miró a Ben, que no pareció dispuesto a corregir la respuesta.
Mara esperó unos segundos.
—Perfecto. —Dejó una carpeta en el extremo de la mesa—. Necesito la aprobación de esto antes de que termine el día. Sea lo que sea que esté pasando aquí, intentad no comprometer ninguna entrega.
—Esa parte podemos garantizarla —dijo Ben, acercándose la carpeta.
—Ese es exactamente el tipo de frase que me deja menos tranquila. —Mara volvió hacia la puerta y salió sin pedir explicaciones.
Jamie siguió su salida con la mirada y luego miró a Ben.
—No tiene ni idea.
—No.
—Extrañamente reconfortante.
—¿Por qué?
—Porque significa que todavía hay al menos una persona en este edificio que no ha participado accidentalmente en nuestra vida amorosa.
Ben negó con la cabeza, pero la sonrisa permaneció.
El silencio que llegó después había cambiado.
Desde el primer beso, ambos habían mantenido conscientemente una distancia porque creían que había otras dos personas entre ellos.
Cometa por un lado. Atlas por el otro. El acuerdo de no repetir el beso había sido necesario precisamente porque ninguno quería empezar algo mientras estuviera emocionalmente implicado con otra persona.
Ahora no había otra persona.
Jamie vio el pensamiento en el rostro de Ben casi al mismo tiempo que lo tuvo él.
—Esa regla de no repetir el beso hasta resolver la situación parece haber perdido parte de su utilidad —comentó, apoyando una mano en la mesa.
—Considerablemente.
—¿Esa ha sido tu manera de decir que estás de acuerdo?
—Ha sido mi manera de decir que la situación que motivó la regla ya no existe.
Jamie respiró hondo y vio a Ben rodear la mesa en su dirección. No había discusión que interrumpir, problema de montaje, adrenalina ni sorpresa que pudieran justificar ningún impulso. Ben se detuvo lo bastante cerca como para que ambos supieran exactamente qué ocurriría si Jamie no retrocedía.
—¿Todavía quieres? —preguntó Ben.
—Quiero. —Jamie no apartó la mirada—. Y esta vez no estoy confundido sobre a quién estoy besando.
Ben sonrió antes de acercarse.
El segundo beso empezó despacio. Jamie llevó una mano a su nuca y eliminó el último espacio entre ambos, sin la urgencia desordenada de la primera vez.
No necesitaban descubrir si la atracción existía.
Ya lo sabían. Lo que cambiaba era la elección consciente de estar allí después de todas las conversaciones, quejas, celos y confesiones que ahora pertenecían a las mismas dos personas.
Cuando se separaron, Jamie mantuvo la mano apoyada en el hombro de Ben.
—Eso definitivamente no ha sido adrenalina.
—No.
—Ni consecuencia de una discusión.
—Tampoco.
—Perfecto. —Jamie sonrió—. Solo quería dejar constancia.
—Estás aprendiendo hábitos preocupantes.
—Convivir contigo tiene consecuencias.
Ben no se apartó.
—Todavía tenemos que decidir qué hacemos ahora.
Jamie soltó una risa breve.
—Es impresionante cómo consigues convertir un beso en un punto del orden del día en menos de treinta segundos.
—No estoy proponiendo una reunión. Estoy diciendo que descubrir tu identidad no significa que tengamos que decidir automáticamente todo lo demás.
El humor de Jamie disminuyó, pero no porque estuviera en desacuerdo.
—Lo sé. —Apartó la mano del hombro de Ben sin crear una distancia real entre los dos—. Tampoco quiero que tratemos esto como si ahora estuviera obligado a funcionar solo porque ha ocurrido la coincidencia más absurda posible.
—Entonces no lo hacemos.
—Pero quiero intentarlo.
Ben lo miró.
Jamie continuó antes de que el silencio hiciera la frase más grande de lo necesario.
—Quiero descubrir qué hay aquí cuando deje de dividirte entre Ben y Atlas. Sin fingir que sé qué pasará dentro de seis meses y sin hacer promesas que ninguno de los dos necesita hacer hoy. Solo... quiero intentarlo.
Ben no necesitaba una garantía mayor. Esa percepción llegó antes de que pudiera analizar por qué.
—Yo también quiero.
Jamie inclinó la cabeza, evaluándolo.
—¿Te das cuenta de que acabamos de tomar una decisión importante sin una hoja de cálculo?
—No existe ninguna prueba de que no tenga una hoja de cálculo mental.
—No lo estropees.
Ben rio.
—No prometo que vaya a dejar de planificarlo todo.
—Me preocuparía si lo prometieras.
—Y supongo que tú tampoco piensas empezar mañana a confirmar compromisos con tres meses de antelación.
—Mantengamos expectativas realistas.
—Parece sensato.
Jamie sonrió.
No necesitaban definirlo con más precisión en aquel momento. No estaban prometiendo duración, facilidad ni ausencia de conflictos. Solo querían descubrir qué ocurriría cuando dejaran de tratar la relación presencial y la anónima como caminos que competían entre sí.
La bolsa abandonada sobre la mesa llamó la atención de Ben.
—¿Qué has traído?
—No puedo creer que esa sea tu prioridad ahora mismo.
—Has venido a por el cargador y has vuelto con comida. Estoy preguntando qué es.
Jamie abrió la bolsa y sacó un pequeño envase.
—Postre.
Ben miró la hora en el ordenador.
—En lugar de almorzar.
—Técnicamente, todavía puedo almorzar después.
—Eso sigue siendo una pésima decisión alimentaria.
—Cuidado. —Jamie lo señaló con el envase—. Existe terminología establecida para ese tipo de juicio.
Ben reconoció inmediatamente la provocación.
—No voy a ponértelo fácil.
—Cobarde.
—Cómetelo antes de que se estropee.
Jamie abrió el envase y apoyó el hombro contra el de Ben mientras ambos volvían a mirar la carpeta que Mara había dejado. El contacto era pequeño y deliberado.
Durante unas horas, todo pareció extraordinariamente sencillo.
Atlas nunca había sido otra persona.
Cometa tampoco.