La Persona Equivocada Capítulo 13
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Capítulo 13

Sofia apareció en la pantalla exactamente a la hora acordada. Ben ya llevaba unos minutos frente al ordenador, con café a un lado y el móvil boca abajo sobre la mesa. La coordinadora lo saludó, confirmó que la conversación sería individual y fue directamente al motivo del contacto.

—La revisión ha identificado una vinculación incorrecta entre identificadores anónimos durante la formación del grupo —explicó Sofia, manteniendo el tono cuidadoso que Ben ya asociaba con las comunicaciones de Sin Rostro—.

Tus datos, tus respuestas al cuestionario y tu registro son correctos.

El problema se produjo en la fase que vinculaba los códigos utilizados dentro de la aplicación.

Como consecuencia, tu conexión actual no cumple los criterios mínimos de compatibilidad que normalmente utiliza el programa.

Ben permaneció en silencio durante unos segundos. La formulación era objetiva, pero la información reorganizaba todo lo que había creído durante aquellas tres semanas.

—Entonces Cometa y yo no habríamos sido conectados mediante el procedimiento normal.

—No. —Sofia lo confirmó sin intentar suavizarlo—.

Y quiero dejar claro que la responsabilidad del error es de la empresa.

La suspensión se produjo para comprobar si existía algún problema adicional, incluido alguno relacionado con la protección de datos.

No hemos encontrado ninguna exposición indebida de información.

—¿Cuál es nuestra compatibilidad?

—El índice específico no se mostrará en este momento. Formará parte de la sesión de cierre una vez terminada la revisión. Lo único que puedo confirmar ahora es que la conexión está por debajo del mínimo utilizado para formar un emparejamiento regular.

Ben apoyó el antebrazo sobre la mesa. Había entrado en Sin Rostro precisamente porque la propuesta le había parecido más racional que elegir a alguien a partir de una fotografía y unas cuantas frases de perfil.

Un cuestionario extenso, criterios definidos, algún intento de evaluar la compatibilidad antes de que la atracción y las expectativas complicaran todo.

Ahora descubría que el sistema que debía haber eliminado parte del azar había colocado el azar justo en el centro de la experiencia.

—¿Qué ocurre ahora?

—Tienes tres opciones. —Sofia consultó la pantalla que tenía delante, aunque claramente no necesitaba leer—.

Puedes finalizar tu participación sin ninguna penalización; puedes solicitar un nuevo emparejamiento dentro de los criterios del programa; o puedes autorizar conscientemente que continúe la conexión actual, manteniendo las reglas de anonimato hasta la fecha prevista de finalización.

Ben tardó un poco más antes de hacer la siguiente pregunta.

—¿Hay alguien más compatible conmigo?

—Según el modelo, sí —respondió Sofia—. Eso no representa una recomendación personal por mi parte. Significa únicamente que existen perfiles cuyas respuestas producen un índice de compatibilidad previsto superior al de tu conexión actual.

Era exactamente la información que Ben debería querer.

En otra situación, probablemente pediría todos los criterios disponibles antes de decidir.

Rutina, hábitos, expectativas sobre una relación, planificación, estabilidad.

Querría saber dónde estaban las diferencias, cuántas había y qué magnitud tenían.

Pero Sofia todavía no ofrecía ese nivel de detalle y, por primera vez, la ausencia de datos no impedía que supiera qué parte importaba de verdad.

Cometa era el hombre que se quejaba de las preguntas del programa antes de responderlas.

Que comía tarta para desayunar y cereales para cenar.

Que conseguía convertir una conversación absurda en algo serio sin avisar y que, la noche anterior a la suspensión, había admitido sentirse seguro cuando no necesitaba ser gracioso para que alguien siguiera queriendo que estuviera allí.

Ben lo había echado de menos después de un solo día sin acceso a la conversación.

—Si elijo continuar, ¿Cometa también tiene que elegirlo?

—Sí. La conexión solo se reactivará si ambos participantes autorizan su continuidad. Ninguno de los dos tendrá acceso a la decisión del otro hasta que ambas hayan quedado registradas.

Ben asintió. La posibilidad de que existiera alguien teóricamente más compatible seguía ahí. Simplemente no quería conocerlo en lugar de Cometa.

—Quiero continuar con Cometa.

Sofia mantuvo la expresión profesional, pero la siguiente confirmación sonó todavía más formal.

—Necesito dejar constancia de que estás tomando esta decisión sabiendo que la conexión actual no cumple el criterio mínimo que normalmente utiliza Sin Rostro. ¿Confirmas tu autorización para continuar?

—Confirmo.

◆◆◆

Jamie empezó su propia conversación intentando hacer una broma y desistió antes de llegar a la mitad.

—Entonces el programa que prometía encontrarme a alguien compatible consiguió conectarme con la persona equivocada.

—Evitaría definir al otro participante como «la persona equivocada» —respondió Sofia—.

Lo que hubo fue una vinculación incorrecta entre identificadores.

Podemos afirmar que la conexión no cumple los criterios mínimos del programa, pero eso no equivale a una evaluación completa de la relación que habéis desarrollado.

Jamie inclinó la cabeza.

—¿Siempre te vuelves más formal cuando la situación empeora?

—Intento ser precisa cuando existe riesgo de una interpretación incorrecta.

—Entonces sí.

Sofia ignoró la provocación y explicó el resto: ningún dato había quedado expuesto, los cuestionarios eran correctos y el fallo se había producido únicamente en la vinculación de los códigos. Cuando presentó las tres posibilidades, Jamie dejó de buscar humor en la conversación.

—Si pido otro emparejamiento, ¿encontráis a alguien que encaje mejor conmigo según el sistema?

—Podemos solicitar una nueva conexión dentro de los criterios regulares de la experiencia. No puedo informarte de quién sería esa persona antes del procedimiento correspondiente ni comentar las opciones ofrecidas a tu pareja actual.

Jamie miró el móvil sobre la mesa. Atlas seguía inaccesible desde el día anterior. Hasta escuchar a Sofia hablar de un nuevo emparejamiento, no se había dado cuenta de cuánto odiaba la posibilidad de que aquella conversación pudiera ser sustituida simplemente por otra.

—Y no puedo saber qué ha elegido Atlas antes de decidir.

—No. Tu elección tiene que ser independiente.

Aquello eliminaba la posibilidad cómoda de dejar que Atlas decidiera primero. Jamie tendría que hacer exactamente lo que solía evitar cuando una decisión adquiría demasiado peso: elegir algo sin ninguna garantía de que la otra persona elegiría lo mismo.

La ironía no se le escapó.

—De acuerdo. Quiero continuar con Atlas.

Sofia esperó un instante antes de hacer la confirmación formal.

—¿Autorizas la continuidad de la conexión actual aun sabiendo que no cumple los criterios mínimos utilizados normalmente por el programa?

Jamie la miró y respondió sin convertir la frase en una broma.

—Sí.

◆◆◆

La notificación llegó aquella misma tarde.

Ben estaba en Casa Horizonte revisando una secuencia de entregas cuando sintió vibrar el móvil. Al otro lado de la mesa, Jamie levantó la mirada hacia su propio dispositivo casi en el mismo instante, pero Ben ya había abierto el mensaje.

TU CONEXIÓN HA SIDO REACTIVADA.

Justo debajo, la aplicación confirmaba que la continuidad había sido autorizada por los participantes implicados y que las reglas de anonimato seguían vigentes.

Cometa había elegido quedarse.

Ben lo leyó una segunda vez antes de bloquear la pantalla. Cuando levantó la mirada, vio desaparecer una sonrisa rápida del rostro de Jamie mientras él también guardaba el móvil.

—¿Algo bueno? —preguntó.

—Nada malo. —Jamie acercó el portátil—. ¿Y tú?

—Tampoco.

Ninguno insistió.

Aquella noche, Atlas y Cometa se encontraron en la aplicación pocos minutos después de que la conversación volviera a funcionar.

COMETA: Entonces te has quedado.

Ben sonrió.

ATLAS: Tú también.

COMETA: Teniendo en cuenta lo que hemos descubierto, probablemente esto cuente como una decisión cuestionable.

ATLAS: Tienes experiencia con esas.

COMETA: He echado de menos esto durante aproximadamente tres segundos.

ATLAS: Más tiempo del que esperaba.

Jamie rio, pero las ganas de bromear disminuyeron cuando volvió a leer aquel primer intercambio. La reactivación significaba algo que ningún mensaje conseguía volver casual: Atlas había tenido la oportunidad de marcharse y no lo había hecho. Jamie tampoco.

COMETA: Ayer pensé que quizá la conversación simplemente no volvería.

ATLAS: Yo también lo pensé.

COMETA: No me gustó.

ATLAS: A mí tampoco.

Jamie dejó los dedos inmóviles sobre la pantalla. Había cosas de las que no podían hablar mientras el procedimiento de la empresa siguiera en marcha, pero no necesitaban hablar de la llamada para entender lo que significaba aquella pantalla abierta de nuevo.

COMETA: No puedo contar exactamente de qué he hablado hoy.

ATLAS: Yo tampoco. Pero imagino que habrá reglas para eso.

COMETA: Claro que tú imaginas reglas.

ATLAS: También has echado de menos eso.

COMETA: No abuses del momento.

Ben sonrió. La conversación no regresó inmediatamente al tono que tenía antes de la suspensión. Había una cautela diferente, no incómoda, simplemente consciente. Se habían quedado porque habían querido.

COMETA: Me alegro de que te hayas quedado.

Ben tardó un poco antes de responder.

ATLAS: Yo también. Más de lo que esperaba.

Jamie volvió a leer la frase, sintiendo el impulso de hacer alguna broma y, por primera vez, sin necesitarla.

COMETA: Yo también.

Siguieron hablando durante un rato, sin intentar forzar explicaciones que todavía no podían dar. Cuando terminaron, la elección seguía allí, silenciosa y mucho más concreta que cualquier pregunta de compatibilidad que hubiera hecho el programa.

◆◆◆

Al día siguiente, una reunión en Casa Horizonte terminó dejando a Ben y Jamie solos en el salón pequeño. El equipo salió llevándose muestras y documentos, mientras Jamie cerraba el portátil sin la prisa habitual por marcharse.

—Estamos evitando una conversación —dijo, guardando el cargador en la bolsa—. Y normalmente apoyaría este método hasta que el problema muriera por abandono, pero creo que ya lo hemos dejado suficiente tiempo.

—Estoy de acuerdo. —Ben cerró la carpeta que tenía delante—. Sobre todo porque fingir que el beso no ocurrió no está funcionando.

Jamie levantó la mirada, sorprendido por la franqueza.

—Perfecto. Nos hemos ahorrado unos diez minutos de negación.

—Ya acordamos que no fue un error.

—Lo sé. El problema es todo lo demás. —Jamie apoyó las manos sobre la mesa, escogiendo las palabras antes de continuar—.

La persona de la que te hablé está en Sin Rostro.

No es alguien con quien haya salido una o dos veces.

Hablo con él desde el principio del programa y esto se ha vuelto... más serio de lo que había planeado.

Ben sintió el impacto de la confirmación, aunque la situación no era muy diferente de lo que ya había imaginado. El otro hombre ahora tenía un contexto, y era exactamente el mismo contexto que Cometa ocupaba en su vida.

—Para mí también hay alguien en Sin Rostro —respondió—. Y tampoco es algo casual.

Jamie soltó una risa breve, más incrédula que divertida.

—Entonces estamos interesados el uno en el otro mientras desarrollamos algo con dos personas de las que ni siquiera sabemos quiénes son. Esto es casi ofensivamente complicado.

—No creo que haga falta el «casi».

Jamie sonrió, pero enseguida volvió al tema.

—No me arrepiento de haberte besado. Y, para evitar otra semana entera de interpretaciones cuidadosas, todavía quiero volver a hacerlo.

Ben sostuvo su mirada. La atracción ya no necesitaba esconderse detrás de las discusiones, la adrenalina o el error de juicio que ambos habían intentado considerar durante los primeros días.

—Yo también quiero. Precisamente por eso creo que no deberíamos mientras esas otras relaciones sigan sin resolverse.

—Estoy de acuerdo. —Jamie soltó el aire y cogió la bolsa—. Lo cual es profundamente irritante, porque preferiría que hubieras dicho alguna cosa absurda para poder llevarte la contraria.

—Puedo intentarlo.

—No. Ya estamos sufriendo bastante.

Ben sonrió. No había rechazo en aquella decisión. Ninguno de los dos estaba retrocediendo ante lo que existía entre ellos; simplemente se negaban a avanzar mientras todavía hubiera otra persona emocionalmente implicada a cada lado.

—Entonces seguimos como estamos hasta resolverlo —dijo Jamie.

—Sí. Y no tenemos que fingir que aquí no existe nada.

Jamie lo observó durante un instante antes de asentir.

—Eso definitivamente no podría hacerlo.

Salieron juntos del salón sin ningún intento de convertir la conversación en algo menor de lo que había sido.

◆◆◆

Más tarde, Jamie regresó a Casa Horizonte para recoger el cargador que, pese a toda la conversación sobre guardarlo, había conseguido olvidar encima de una mesa. Llevaba una pequeña bolsa de papel en la otra mano cuando encontró a Ben solo frente al portátil.

—Has vuelto —comentó Ben, levantando la mirada.

—Me dejé aquí el cargador. —Jamie localizó el objeto junto a la silla y levantó la bolsa antes de que Ben preguntara—. Y he solucionado una emergencia alimentaria por el camino.

Ben miró la hora.

—¿Eso es el almuerzo?

—No. —Jamie abrió la bolsa mientras caminaba—. Decisión nutricional estadísticamente irresponsable.

Ben no se movió.

Jamie dio otros dos pasos antes de darse cuenta del silencio. Se detuvo con la mano todavía dentro de la bolsa y miró hacia atrás.

La expresión de Ben había cambiado.

Jamie oyó mentalmente su propia frase otra vez.

La tarta.

Los cereales.

La broma que solo existía dentro de aquella conversación.

Las pequeñas familiaridades que ambos habían notado y descartado.

Ben se levantó despacio.

—¿Cometa?

El cuerpo de Jamie se quedó rígido antes de que su mente encontrara una respuesta razonable.

—No.

Ben continuó mirándolo.

—Jamie.

Jamie cerró los ojos.

—No.

El silencio duró un segundo más.

—Atlas.

Jamie abrió los ojos.

Y miró fijamente a Ben.