Capítulo 11 #2
—A veces. Si no digo con tres semanas de antelación que voy a estar en algún sitio, tampoco tengo que descubrir dos semanas y seis días después que no puedo cumplirlo.
—Eso reduce el riesgo de decepcionar a alguien.
—Exacto.
—Pero también reduce la posibilidad de que alguien cuente contigo.
Jamie permaneció en silencio durante un instante.
Ben se dio cuenta de que quizá había ido demasiado lejos, pero Jamie no pareció ofendido. Solo apoyó los antebrazos en la mesa y miró el plato.
—Lo sé. —El humor habitual desapareció de su voz sin desaparecer del todo de él—. Es una solución pésima para un problema real.
Ben no respondió inmediatamente.
Jamie continuó antes de que tuviera que hacerlo.
—No es que no quiera estar allí. A veces quiero tanto estar que prefiero no prometerlo antes que correr el riesgo de fallar. Un razonamiento excelente si la intención es conseguir que todo el mundo piense que no te importa lo suficiente como para hacer planes.
—Estás mejorando mucho a la hora de identificar tus propias contradicciones.
—Gracias. Me está encantando este almuerzo.
Ben sonrió.
—Mi familia ya ha aprendido a traducir —continuó Jamie—. Cuando digo «probablemente vaya», ellos oyen «quiere ir, pero le da miedo confirmar». No estoy seguro de si eso es una adaptación saludable o simplemente se han dado por vencidos conmigo.
—Si se hubieran dado por vencidos, no seguirían invitándote.
Jamie levantó la mirada.
La respuesta era sencilla, casi obvia, pero algo en ella lo dejó callado durante unos segundos.
—Eres sorprendentemente bueno diciendo cosas tranquilizadoras cuando no lo intentas —comentó.
—Quizá el problema sea que esperas que se me dé mal.
—No voy a entrar en eso porque probablemente tengas documentación.
Ben soltó una carcajada y bebió agua.
La conversación podría haber vuelto al trabajo. En lugar de eso, Jamie preguntó por Clara, y Ben respondió sin la reserva automática que normalmente aplicaba cuando alguien empezaba a cruzar la frontera entre información e intimidad.
Habló de su hermana con facilidad. De cómo tenía la irritante costumbre de llegar antes de la hora acordada y luego comportarse como si la culpa fuera de él. De cómo conocía todas sus formas de evitar un tema y disfrutaba señalándolas. Jamie escuchó con una sonrisa que crecía con cada ejemplo.
—La quieres mucho —dijo cuando Ben terminó.
—Es mi hermana.
—Eso no responde.
—Sí. —Ben se recostó en la silla.
Jamie esperó.
Ben notó la expectativa y entrecerró los ojos.
—¿Qué?
—Nada. Solo estoy disfrutando del momento en que admites afecto sin presentar una justificación operativa.
—No tengo dificultades para admitir afecto.
Jamie se limitó a mirarlo.
—No pongas esa cara.
—No he dicho nada.
Ben apartó la mirada hacia su plato, pero ya estaba sonriendo. Permaneció unos segundos en silencio antes de añadir:
—Guardo todas las tarjetas que me da.
Jamie se detuvo.
—¿Todas?
—Desde que éramos niños. Cumpleaños, Navidad, cualquier cosa escrita a mano.
—Estás bromeando.
—No.
—Ben, tú etiquetas cables.
—Una cosa no impide la otra.
—¿Dónde las guardas?
Ben dudó, y la reacción fue suficiente para que Jamie comprendiera que aquella no era una información que compartiera normalmente.
—En una caja en mi apartamento. Hay tarjetas suyas, algunas notas antiguas y otras cosas.
—«Otras cosas» suena extremadamente sospechoso.
—Entradas. Invitaciones. Algunos recuerdos.
—Tienes una caja sentimental. —Jamie esbozó lentamente una sonrisa.
—No la llames así.
—¿Cómo la llamas tú?
—Caja.
—Evidentemente.
Ben negó con la cabeza, pero no intentó terminar el tema.
Jamie parecía sinceramente encantado con el descubrimiento, lo que resultaba irritante únicamente porque Ben no conseguía arrepentirse de habérselo contado.
Cometa no sabía lo de la caja.
La constatación apareció sin ningún motivo evidente. Durante las últimas semanas, Ben le había contado al hombre anónimo cosas que normalmente tardaba en compartir con alguien. Aun así, había partes de él que Cometa no conocía y que Jamie ahora sí conocía.
Eso no hacía una relación más importante que la otra.
Solo lo hacía todo más complicado.
—No voy a usar esto contra ti —prometió Jamie.
—Esa frase implica que existe material utilizable contra mí.
—¿Un hombre que organiza su vida por categorías y guarda tarjetas de cumpleaños desde niño? Hay material para meses.
—Termina tu almuerzo.
Jamie rio y obedeció.
Ninguno de los dos llamó a aquello una cita.
Cuando salieron, Jamie sostuvo la puerta para Ben mientras él cargaba la bolsa con la luminaria, y Ben le preguntó si quería café antes de ir a por el coche.
Siguieron sin llamarlo así.
◆◆◆
Aquella noche, Sin Rostro activó una nueva misión.
Ben llevaba algo más de una hora en casa cuando apareció la pregunta en la pantalla.
DESCRIBE UN LUGAR DONDE TE SIENTAS SEGURO.
Cometa tardó en responder.
Atlas también.
COMETA: Creo que no tengo un lugar.
Ben volvió a leerlo.
ATLAS: ¿Ninguno?
COMETA: No en el sentido que parece buscar la pregunta. Tengo lugares que me gustan. Mi casa. La casa de mi familia. Algunos sitios donde he trabajado. Pero para mí la seguridad no funciona exactamente así.
Ben se recostó en el sofá.
ATLAS: Para mí tampoco.
Jamie sostuvo el móvil con ambas manos.
COMETA: Entonces responde tú primero.
Ben volvió a mirar la pregunta. La respuesta más fácil sería hablar de su propio apartamento. Le gustaba estar allí. Todo estaba en el lugar que había elegido, la rutina era suya y nadie podía desordenar nada sin permiso.
No era eso.
Escribió despacio.
ATLAS: Me siento seguro cuando sé que alguien no se va a marchar en cuanto algo sale mal.
Jamie leyó la frase y no respondió inmediatamente.
No había suficiente ironía para caber allí.
COMETA: Eso es mucho más personal que una dirección.
ATLAS: La pregunta ha sido tuya.
COMETA: La pregunta era de la aplicación. Yo solo he sido lo bastante cobarde como para hacerte responder primero.
Ben sonrió, pero esperó.
Jamie sabía que podía ofrecer una respuesta más ligera. Podía decir que se sentía seguro cuando estaba con su familia, cuando trabajaba en algún proyecto que dominaba o cuando regresaba a casa después de viajar. Todas eran ciertas.
Ninguna era la respuesta.
COMETA: Cuando no necesito ser gracioso para que alguien siga queriendo que esté allí.**
Ben se quedó inmóvil.
La frase provocó algo en su interior que ninguna de las provocaciones de Cometa había conseguido durante las últimas semanas.
Quizá porque explicaba demasiados momentos sin intentar explicarlos: el humor automático, la velocidad con que Jamie —no, Cometa— desviaba las preguntas serias, la forma en que transformaba la incomodidad en algo de lo que uno pudiera reírse.
Ben escribió.
Lo borró.
Lo intentó de nuevo.
ATLAS: ¿Crees que lo necesitas?
Jamie apoyó la cabeza en el sofá.
COMETA: No siempre. Pero me doy cuenta cuando lo estoy haciendo.
ATLAS: ¿Conmigo?
La pregunta permaneció en la pantalla durante unos segundos.
COMETA: Al principio, bastante.
Ben sintió una incomodidad que no era exactamente culpa, pero se acercaba bastante.
ATLAS: ¿Y ahora?
Jamie sonrió sin darse cuenta.
COMETA: Ahora puedo quedarme en silencio.
Ben recordó las pausas en sus conversaciones, los minutos en los que ninguno escribía y nadie necesitaba mandar una broma para impedir que aquello pareciera extraño.
ATLAS: Me gusta cuando te quedas.
Jamie leyó.
Una vez.
Luego otra.
Los dedos permanecieron inmóviles sobre la pantalla.
COMETA: Esa frase ha sido injustamente eficaz.
ATLAS: No estaba intentando ser eficaz.
COMETA: Peor todavía.
Ben sonrió, pero no intentó convertir aquello en humor.
ATLAS: Para que conste, no necesitas ser gracioso para que yo quiera hablar contigo.
Jamie sintió que el pecho se le apretaba.
No de una forma desagradable.
COMETA: Lo sé.
Dudó antes de completar la respuesta.
COMETA: Creo que precisamente por eso he respondido eso.
Ben pasó mucho tiempo mirando el mensaje.
La pregunta de la aplicación seguía en la parte superior de la pantalla, pidiendo un lugar.
Ninguno de los dos había dado uno.
Aun así, Ben comprendió que entendía perfectamente la respuesta de Cometa.
Jamie también entendía la suya.
COMETA: ¿Y tú?
ATLAS: ¿Qué?
COMETA: Dijiste que te sientes seguro cuando sabes que alguien no se marchará en cuanto algo salga mal.
Ben esperó.
COMETA: ¿Crees que yo lo haría?
La pregunta era demasiado sencilla para el efecto que causó.
Ben no sabía casi nada de la vida concreta de Cometa. No sabía su nombre, dónde vivía, a qué se dedicaba ni qué rostro encontraría si algún día el programa finalmente permitía que se conocieran.
Pero conocía la forma en que regresaba a una conversación difícil después de unos minutos. Sabía que reconocía cuándo se equivocaba. Sabía que podía escuchar una crítica sin convertirlo todo en una defensa. Sabía que, cuando algo importaba de verdad, el humor disminuía.
No era una garantía.
Ben llevaba años buscando garantías.
ATLAS: No.
Jamie soltó el aire lentamente.
ATLAS: No lo creo.
Esta vez fue Cometa quien tardó.
COMETA: Bien.
Ben sonrió.
La conversación continuó durante un rato después de aquello, pero ningún tema pareció especialmente importante.
Cuando terminaron, la pregunta de Sin Rostro seguía sin una respuesta geográfica.
Ninguno de los dos parecía considerar que hubiera respondido mal.