La Persona Equivocada Capítulo 11
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Capítulo 11

La recogida debía llevar cuarenta minutos.

Ben lo sabía porque el proveedor había indicado veinte minutos para la comprobación, diez para liberar el material y otros diez como margen para cualquier problema sencillo.

El almacén estaba a poco más de media hora de Casa Horizonte, así que, teniendo en cuenta ida, recogida y vuelta, toda la tarea cabría cómodamente antes del almuerzo.

Una hora y veinte minutos después de llegar, seguía delante de un mostrador esperando a que alguien localizara dos cajas que constaban como separadas en el sistema.

—Estás mirando ese reloj como si pudieras intimidarlo —comentó Jamie, apoyado en una pila de catálogos.

—Estoy mirando porque dijeron quince minutos hace veintiocho.

—Quizá aquí utilicen otro sistema para medir el tiempo.

—Los minutos suelen estar bastante estandarizados.

—Te sorprenderías.

Ben guardó el móvil en el bolsillo y volvió a mirar la puerta del almacén.

Habían ido juntos porque parte del material debía comprobarse en persona antes de autorizar su salida.

Jamie necesitaba verificar el acabado y el tono; Ben, las cantidades y las condiciones de transporte.

La decisión de utilizar un solo coche había parecido eficiente cuando salieron de Casa Horizonte.

Ahora significaba que estaban atrapados juntos hasta que alguien encontrara las cajas.

Lo cual, después del beso de tres días antes y del acuerdo de no repetirlo mientras no entendieran qué querían, hacía que la espera resultara más perceptible de lo que debería.

—Si sigues caminando de un lado para otro, pueden pensar que estás preparando una invasión al almacén —dijo Jamie.

—No estoy caminando de un lado para otro.

—Has ido hasta esa puerta cuatro veces.

—Para comprobar si venía alguien.

—¿Y ha funcionado?

Ben miró la puerta cerrada.

—Todavía no.

Jamie sonrió y volvió a hojear un catálogo.

Durante los últimos dos días habían encontrado una manera funcional de trabajar juntos sin volver al beso cada cinco minutos.

No era exactamente naturalidad. Era una versión cuidadosamente administrada de ella.

Seguían hablando, discutiendo y provocándose, pero había momentos en los que alguna mirada duraba más de lo debido o la distancia se reducía sin necesidad, y ambos recordaban al mismo tiempo la regla que habían creado.

Ninguno lo mencionaba.

—Ya que aparentemente vamos a envejecer aquí, voy a mirar la tienda —dijo Jamie, cerrando el catálogo—. Avísame si encuentran nuestras reliquias.

—No compres nada.

Jamie empezó a alejarse.

—Ni siquiera he dicho que vaya a comprar.

—Has dicho «voy a mirar la tienda» con un tono concreto.

—¿Ahora también identificas riesgos financieros por la entonación?

—Estoy aprendiendo.

Jamie rio y desapareció entre las estanterías.

La zona delantera funcionaba como showroom del proveedor y reunía artículos que iban desde soportes y luminarias hasta objetos decorativos destinados a eventos, escaparates e instalaciones. Ben había pasado por allí al entrar sin mirar dos veces. No necesitaban nada aparte del pedido ya realizado.

Jamie regresó menos de tres minutos después cargando una luminaria baja y cilíndrica, con una estructura fina de metal oscuro y una superficie translúcida alrededor.

Ben ni siquiera esperó.

—No.

—No sabes qué voy a decir.

—Vas a sugerir que compremos eso.

—Quizá solo venía a compartir un descubrimiento estético.

—Estabas sujetando la etiqueta del precio.

Jamie miró su propia mano.

—Detalle circunstancial.

—Ya hemos cerrado la iluminación.

—Lo sé.

—Entonces devuélvela.

Jamie acercó la luminaria al mostrador y la giró un poco.

—Mírala antes.

—La estoy mirando.

—La estás mirando como alguien que ha decidido que no antes de saber por qué.

Ben guardó silencio.

Jamie lo notó inmediatamente.

—Eso ha sido un golpe bajo —dijo Ben.

—Ha sido eficiente.

—Explícate.

Jamie colocó la luminaria sobre el mostrador.

—La transición entre la zona de las historias y el pasillo sigue estando demasiado limpia. Funciona técnicamente, pero cuando baja la iluminación principal, ese tramo pierde continuidad. Estaba intentando solucionarlo sin colgar nada y sin pasar otro cable.

—¿Y esto lo resuelve?

—Funciona con batería. Puedo usar dos fuentes de luz bajas en lugar de añadir iluminación superior. No requiere instalación, no altera el flujo y puedo repetir el material translúcido en dos elementos que ya existen.

Ben volvió a mirar el objeto.

Ahora tenía sentido.

No el suficiente como para admitirlo de inmediato.

—¿Cuánto dura la batería?

Jamie sonrió.

—Sabía que esa sería la primera pregunta.

—¿Cuánto?

—El fabricante dice ocho horas. El evento necesita menos.

—Los fabricantes dicen muchas cosas.

—Podemos probarlo antes.

Ben examinó el tamaño, la base y la etiqueta sujeta a la estructura.

—¿Y necesitas esta en concreto?

—No. Necesito la idea. Puedo buscar otra.

—Entonces busca otra.

Jamie cogió la luminaria.

—Eso ha sido un no elegante.

—Ha sido un «no necesitamos comprar lo primero que has encontrado».

—Para alguien que empezó con «no» antes de escuchar la explicación, hemos evolucionado bastante.

—Estás utilizando mi desarrollo personal contra mí.

—Es una de las ventajas de prestar atención.

Jamie volvió a llevar la pieza a su sitio.

Ben lo siguió con la mirada hasta que desapareció otra vez entre las estanterías.

La puerta del almacén finalmente se abrió y apareció un empleado con una de las cajas.

La segunda, al parecer, estaba en otro sector.

Ben comprobó el material liberado, comparó las cantidades con el pedido y encontró una diferencia de dos unidades en uno de los artículos.

Cuando resolvió aquello, el empleado volvió al almacén para localizar el resto.

Jamie todavía no había regresado.

Ben miró hacia las estanterías.

Luego el reloj.

Después la primera caja.

No había nada que necesitara hacer en aquel minuto.

Caminó hacia el showroom.

Encontró a Jamie junto a una estantería con tres modelos distintos de luminaria. Había colocado el móvil junto a una de ellas y comparaba alguna especificación en la pantalla.

—Esta es más pequeña —dijo Jamie en cuanto notó que Ben se acercaba—. Misma autonomía, temperatura regulable y cuesta menos. La base además ocupa casi nada.

Ben examinó el objeto.

—Es más estable.

Jamie levantó la mirada.

—¿Acabas de encontrar espontáneamente una cualidad positiva?

—He dicho que la base es más estable.

—Lo consideraré un cumplido.

Ben revisó la ficha situada junto a la pieza. La solución era sencilla, barata y eliminaba precisamente un problema que habían dejado para más adelante porque no merecía la pena modificar la instalación eléctrica solo por eso.

—Todavía no tenemos que decidirlo ahora.

—Lo sé. Puedo hacerle una foto e investigarlo después.

—Las fotos no mostrarán bien la intensidad de la luz.

Jamie cruzó los brazos.

—Estás haciendo un esfuerzo impresionante por no decir que te gusta.

—He dicho que funciona.

—No es lo que has dicho.

—La caja ha llegado.

Jamie miró hacia el mostrador.

—Eso ha sido una huida.

—Ha sido información operativa.

—Claro.

Volvieron a la recogida.

Cinco minutos después, Jamie estaba comprobando la segunda caja cuando Ben apareció a su lado cargando la luminaria.

Jamie miró el objeto.

Luego a Ben.

Después otra vez el objeto.

—No voy a decir nada.

—Excelente elección. —Ben colocó la luminaria junto a las cajas y sacó la cartera.

Jamie se mordió el interior de la mejilla para no sonreír demasiado.

Fracasó.

◆◆◆

La recogida terminó casi dos horas más tarde de lo previsto.

Cuando por fin acomodaron las cajas en el coche, ya no tenía sentido volver a Casa Horizonte antes de comer.

Ben hizo la observación mientras comprobaba que el material estuviera bien sujeto en el maletero, y Jamie aceptó demasiado rápido para alguien que, supuestamente, solo estaba resolviendo una necesidad logística.

—Hay un sitio a dos manzanas de aquí —dijo Jamie, entrando en el coche—. Lo vi cuando llegamos.

—¿Lo has buscado?

—Vi gente almorzando. Es un indicador bastante sólido de que sirven comida.

Ben arrancó el coche.

—Eso no dice nada sobre la calidad.

—Has sobrevivido a una luminaria no planificada. Creo que podrás enfrentarte a un restaurante sin auditoría previa.

Ben abrió la aplicación de mapas.

Jamie miró la pantalla.

—Estás investigando.

—Estoy mirando dónde está.

—Tiene un cuatro coma seis.

—No he preguntado.

—Pero he visto tus ojos.

Ben guardó el teléfono.

—Dos manzanas.

—Crecimiento personal.

El restaurante era pequeño, con pocas mesas y un menú escrito en una pizarra cerca del mostrador.

No había ningún motivo para que el almuerzo pareciera diferente de cualquier otro que podrían haber hecho durante una jornada de trabajo.

Tenían cajas en el coche, recibos sobre la mesa y todavía debían regresar a Casa Horizonte después.

Aun así, cuando se sentaron uno frente al otro y ningún plano, portátil o calendario ocupó el espacio entre los platos, la justificación profesional empezó a perder fuerza.

Jamie fue el primero en abandonar el tema del evento.

Contó una historia sobre un viaje familiar que había empezado con seis personas confirmadas y había terminado con nueve dentro de la misma casa porque nadie en su familia parecía comprender el concepto de límite de ocupación.

Ben rio, y la conversación derivó con naturalidad hacia cumpleaños, almuerzos interminables y la dificultad de decir que no cuando alguien de la familia aseguraba que «solo era pasarse un rato».

—Hablas de ellos quejándote, pero parece que te gustan —observó Ben, cortando parte de la comida.

—Me gustan. Mucho. Precisamente por eso intento no prometer ciertas cosas con demasiada antelación.

—Jamie hizo girar el vaso entre los dedos—.

Ya he confirmado viajes, cenas, cumpleaños, fines de semana enteros y después he tenido que cancelar por trabajo.

Odio esa cara que pone la gente cuando dice que lo entiende, pero está claro que contaba contigo.

Ben lo observó.

—Entonces prefieres no prometer.