Capítulo 6
La reunión terminó poco después de las seis, cuando la lluvia ya había convertido las ventanas de Casa Horizonte en una superficie continua de agua.
Ben fue el primero en darse cuenta porque acababa de cerrar el portátil y revisar la última tarea del día. Fuera, el aparcamiento apenas se distinguía entre la lluvia intensa y la luz de las farolas. El sonido contra el tejado llegaba hasta el salón incluso con las puertas cerradas.
—¿Esto estaba en la previsión? —preguntó Jamie, acercándose a una de las ventanas.
—Desde ayer.
—¿Y no te pareció relevante comentarlo?
—No me preguntaste por el tiempo.
—A veces olvido que hablar contigo requiere formulario previo. —Jamie se volvió despacio.
—También tenías un aviso en el móvil a las cuatro de la tarde.
Jamie sacó el dispositivo del bolsillo, deslizó el dedo por la pantalla y encontró la notificación que había ignorado.
—Bien. Retiro formalmente la acusación.
—Acepto. —Ben guardó el cargador en la bolsa.
—De verdad acabas de decir eso sin ninguna ironía.
—Has retirado formalmente la acusación.
—Estaba bromeando.
—Yo también.
Jamie guardó silencio durante un segundo.
—¿Eso ha sido una broma?
—No vamos a convertirlo en un acontecimiento. —Ben cerró la bolsa.
Jamie sonrió y volvió a mirar la lluvia.
La previsión indicaba que la intensidad disminuiría en algún momento durante la siguiente hora, pero en aquel instante salir significaba cruzar el aparcamiento corriendo y aun así llegar al coche empapado.
Jamie había aparcado más lejos porque las plazas cercanas estaban ocupadas cuando llegó; Ben estaba en una zona mejor, aunque no lo suficiente para que la travesía resultara atractiva.
—Voy a esperar —decidió Jamie—. Quiero demasiado a mi portátil como para comprobar hasta qué punto la bolsa es impermeable.
—Diez o quince minutos probablemente no supondrán ninguna diferencia.
—Entonces tú también te quedas.
—Parece lo más racional.
—Esa frase ha conseguido convertir el miedo a la lluvia en planificación estratégica. —Jamie lo señaló.
Los dos ya habían terminado lo que necesitaban hacer.
Mara se había marchado casi media hora antes, al igual que el resto del equipo que trabajaba aquella tarde.
El salón estaba en silencio, salvo por el ruido de la lluvia, y por primera vez desde que habían empezado el proyecto no había una lista inmediata de decisiones esperándolos.
—Ya que estamos atrapados, tengo hambre. —Jamie volvió a sentarse a la mesa.
—¿Has almorzado?
—Sí.
Ben lo miró.
—Un almuerzo de verdad —añadió Jamie—. No pongas esa cara.
—No he hecho nada.
—Tienes una expresión específica para cuando crees que otra persona ha tomado una mala decisión alimentaria.
Ben pensó en la conversación con Cometa sobre comer tarta para desayunar y decidió que quizá Jamie tenía razón, aunque no había motivo para admitirlo.
—Son las seis y veinte.
—Exactamente. Una hora perfectamente aceptable para cenar.
—No he dicho que no lo fuera.
—Perfecto. Porque voy a pedir algo. ¿Quieres? —Jamie cogió el móvil.
Ben iba a responder que podía cenar cuando llegara a casa. La lluvia aumentó en aquel momento, haciendo que la posibilidad de salir durante los próximos minutos resultara todavía menos atractiva.
—Depende del sitio.
—Es comida, Ben. No estamos contratando a un proveedor.
—¿Puedes elegir un restaurante sin saber si entrega aquí?
—Puedo elegir varios. Después averiguo cuál entrega.
—Ese es exactamente el proceso inverso al que debería seguirse.
—¿Quieres cenar o quieres participar en la metodología? —Jamie levantó la vista del móvil.
—¿Qué está abierto? —Ben acercó la silla y se sentó.
Jamie pasó unos segundos buscando y giró la pantalla hacia él. Terminaron eligiendo un restaurante cercano que entregaba pasta y bocadillos. Jamie tardó menos de un minuto en decidir. Ben leyó la descripción de tres platos antes de elegir.
—Has investigado los ingredientes de un plato de pasta —comentó Jamie mientras terminaba el pedido—. Quería dejar constancia.
—He leído el menú.
—Has investigado el menú.
—Literalmente existe para eso.
—Yo he elegido en veinte segundos.
El móvil de Ben vibró. Era Clara.
CLARA: ¿Sigues trabajando?
BEN: La reunión ha terminado. La lluvia ha empeorado. Estoy esperando a que pase con Jamie. Hemos pedido comida.
La respuesta llegó casi de inmediato.
CLARA: ¿Ese Jamie otra vez?
BEN: ¿«Otra vez» qué?
CLARA: Hablas mucho de ese hombre para alguien que supuestamente lo considera irritante.
BEN: Nunca he dicho que sea irritante.
CLARA: Gracias por demostrar mi punto.
Ben bloqueó la pantalla.
La comida tardaría algo más de media hora.
Podrían haberse quedado sentados sin hacer nada, pero Ben volvió a abrir el portátil y empezó a revisar algunas cosas de la mañana.
Jamie hizo lo mismo y, durante los veinte minutos siguientes, trabajaron casi en silencio.
No era un silencio incómodo. Ninguno de los dos parecía sentir la obligación de producir conversación solo porque estuvieran solos.
Ben se dio cuenta cuando terminó un correo y levantó la vista.
Jamie estaba concentrado en su propio ordenador, con una mano apoyada en la barbilla y la otra moviendo el cursor. No tarareaba, no golpeaba la mesa con el bolígrafo ni intentaba llenar el ambiente con comentarios. Llevaba varios minutos trabajando en completo silencio.
Ben había imaginado que Jamie era el tipo de persona incapaz de dejar existir una pausa. No lo era.
—Se acabó mi capacidad productiva por hoy. —Poco después, Jamie cerró el portátil y se levantó.
—Has trabajado veintidós minutos.
—Exactamente. Lo he dado todo.
Ben siguió escribiendo.
Jamie empezó a caminar por el salón sin un destino evidente. Comprobó la lluvia, tocó algunas muestras sobre una mesa y abrió una de las cajas que Ben había organizado aquella tarde.
—No toques eso.
—Solo la he abierto.
—Normalmente ese es el paso anterior a tocar.
—No confías en mí.
—Confío lo suficiente como para pedirte que no toques.
Jamie encontró algo dentro de la caja y se detuvo.
—¿Qué es esto?
Ben levantó la vista.
La etiquetadora estaba en sus manos.
—Una etiquetadora.
—Gracias. Pensaba que era equipo médico.
—La uso durante el montaje.
—Evidentemente. —Jamie giró el aparato y pulsó algunos botones.
—Déjala.
—Espera.
—Jamie.
—Todavía no he hecho nada.
—Ese «todavía» es precisamente el problema.
Jamie siguió pulsando botones, ahora con más atención.
—Déjala antes de que cambies alguna configuración. —Ben cerró el portátil.
—¿Existe una configuración crítica en una etiquetadora?
—Existe una configuración correcta.
—No me puedo creer que hayas traído esto de casa. —Jamie empezó a reír.
—No la he traído de casa. Forma parte de mi material de trabajo.
—Eso no lo mejora.
—Facilita la identificación de cajas, equipos y cables.
—Claro que sí.
Jamie escribió algo y pulsó el botón de impresión. El aparato hizo un ruido breve y una pequeña etiqueta salió por un lateral.
—Dámela. —Ben extendió la mano.
—Solo un segundo.
Jamie arrancó la cinta y caminó hasta una de las cajas de equipos. Había varios alargadores y adaptadores dentro, todos separados y ya identificados.
Ben observó cómo Jamie pegaba la nueva etiqueta en la parte superior.
CABLES CON LOS QUE BEN SE VOLVERÁ LOCO SI LOS TOCAS
—Ahora está mucho más claro. —Jamie retrocedió para admirar su trabajo.
—Quita eso. —Ben se levantó de la silla.
—Es informativo.
—Ya tenía una etiqueta que decía «cables».
—Ambigua.
—No hay nada ambiguo en «cables».
—No informaba de las consecuencias.
Ben intentó mantener la expresión seria y falló durante un segundo. Jamie lo notó inmediatamente.
—Te has reído.
—No.
—Lo he visto.
—No has visto nada.
—Ben, estás sonriendo.
Se pasó una mano por la boca y recuperó la expresión neutra.
—Quita la etiqueta.
—Lo consideraré.
—¿Eso significa que no?
—Significa que tu petición está siendo evaluada.
El timbre de la entrada interrumpió la discusión. Jamie dejó la etiquetadora sobre la mesa y fue a recoger la comida. Ben miró la caja.
La etiqueta seguía allí.
Podía quitarla en dos segundos.
No lo hizo.
Cuando Jamie volvió cargando dos bolsas, miró rápidamente la caja y se dio cuenta de que su obra seguía intacta. No comentó nada, aunque la sonrisa dejaba claro que lo había notado.
Comieron en la misma mesa donde habían pasado buena parte del día trabajando. Jamie apartó los planos para evitar que cayera salsa sobre los documentos y Ben colocó servilletas antes de abrir ningún envase.
—Haces eso sin darte cuenta, ¿verdad? —preguntó Jamie.
—¿El qué?
—Organizas todo a tu alrededor. He puesto la comida sobre la mesa y en menos de diez segundos has creado una zona segura para documentos.
—¿Prefieres salsa sobre un plano que vamos a utilizar mañana?
—No. Solo estoy observando.
—Peligroso. —Ben abrió su envase.
—Estoy aprendiendo de ti. Observo primero, critico después.
—Ese no era el acuerdo.
—Deberías haber negociado mejor.
La conversación continuó sin esfuerzo. No hablaron únicamente de trabajo, aunque tampoco entraron en nada especialmente íntimo.
Jamie contó que una vez un cliente le había pedido una instalación «minimalista, pero llena de elementos».
Ben respondió con la historia de un evento en el que un ejecutivo había cambiado la hora de su propia conferencia sin avisar a la organización y luego se había quejado porque el público no estaba presente.
—¿Y qué hiciste? —preguntó Jamie, sosteniendo el tenedor.
—Le expliqué que la gente normalmente acude a la hora anunciada, no a la hora que él decide mentalmente.
—¿Se lo dijiste exactamente así?
—No.
—Qué pena. Estaba empezando a respetarte más.
—Le dije que podíamos reorganizar parte del horario, pero no hacer retroceder el reloj.
—¿Le dijiste eso? —Jamie casi se atragantó de la risa.
—Sí.
—Y todavía crees que no eres gracioso.
—Nunca he dicho que no lo sea.
—Actúas como si el humor necesitara autorización previa.
—Haces una cantidad impresionante de valoraciones sobre alguien a quien conoces desde hace poco más de una semana. —Ben apoyó el antebrazo sobre la mesa.
—Siete días trabajando juntos equivalen al menos a tres meses en condiciones normales.
—Esa matemática no tiene ningún fundamento.
—Tiene fundamento emocional.
—Ha empeorado.
Jamie volvió a reír.
Ben se dio cuenta de que aquella versión de él le gustaba más.
O quizá no fuera una versión distinta. Sin un proveedor esperando respuesta, un calendario sobre la mesa o alguna limitación que discutir, Jamie seguía provocándolo, pero sin convertir cada frase en una disputa.
Era fácil hablar con él cuando ninguno de los dos tenía que defender una decisión.
Después de comer, Jamie recogió sus propios envases y llevó las bolsas hasta una papelera. Ben guardó los documentos que habían apartado y volvió a sentarse. La lluvia seguía cayendo, aunque con menos fuerza.
—Creo que dentro de unos veinte minutos podremos salir —dijo Ben.
—Estoy de acuerdo.
No hicieron nada durante los minutos siguientes.
Jamie volvió a sentarse, apoyó los brazos sobre la mesa y se quedó mirando la lluvia a través de las ventanas. Ben revisó algunos mensajes en el móvil y luego dejó el dispositivo a un lado.
El silencio volvió.
Esta vez no había trabajo que lo justificara.
Aun así, Jamie no intentó llenarlo.
Ben esperó algún comentario, una broma sobre el tiempo o una nueva investigación sobre sus hábitos. No llegó nada. Jamie parecía perfectamente cómodo simplemente sentado allí.
Después de unos minutos, volvió la cara.
—¿Me estás mirando porque he hecho algo?
—No te estaba mirando. —Ben apartó los ojos de la ventana hacia él.
—Llevabas mirando en mi dirección el tiempo suficiente como para que empezara a revisar mis últimos actos.
—Estaba pensando.
—Eso me preocupa más.
Ben soltó una risa breve.
Jamie sonrió, pero no le preguntó en qué estaba pensando.
Y eso sorprendió a Ben un poco más.
◆◆◆
La lluvia había disminuido considerablemente cuando finalmente decidieron marcharse. Guardaron los últimos materiales, apagaron las luces del salón y caminaron juntos hasta la entrada.
—No olvides tu equipo profesional de alta tecnología —dijo Jamie, señalando la caja donde estaba guardada la etiquetadora.
—No lo he olvidado.
—¿Y la etiqueta se queda?
Ben lo miró.
—Solo pregunto. Pensaba que la integridad del sistema de identificación era importante. —Jamie levantó las manos.
—Buenas noches, Jamie.
—Eso significa que se queda.
—Ve a tu coche antes de que vuelva a llover. —Ben abrió la puerta.
Jamie rio y cruzó la entrada.
En el aparcamiento, tomaron direcciones distintas. Ben llegó primero al coche y, antes de entrar, miró hacia atrás. Jamie ya corría los últimos metros hasta su vehículo, protegiendo contra el cuerpo la bolsa del portátil.
Ben entró, cerró la puerta y arrancó el coche.
Había esperado casi una hora por culpa de la lluvia, pedido cena en un salón vacío, discutido por una etiquetadora y pasado más tiempo en Casa Horizonte del que exigía cualquier tarea.
No había sido una molestia.
Al otro lado del aparcamiento, Jamie entró en el coche y se dio cuenta de lo mismo por otro camino: no había tenido ninguna prisa por que dejara de llover.
◆◆◆
Más tarde, Ben abrió Sin Rostro y encontró a Cometa conectado.
La conversación empezó con comentarios sobre el día y avanzó sin ninguna pregunta oficial de la aplicación.
Ben escribió sin pensarlo demasiado.
ATLAS: He acabado pasando unas horas inesperadamente agradables con alguien.
COMETA: ¿Una cita?
Ben miró la palabra.
Pensó en la cena sobre la mesa de Casa Horizonte, en la lluvia, en el silencio y en la ridícula etiqueta que seguía pegada a la caja.
ATLAS: Definitivamente no.
Jamie se quedó mirando la respuesta.
La leyó de nuevo.
—Interesante. —Después apoyó el móvil sobre la pierna.