Capítulo 5 #2
Jamie apoyó lentamente las carpetas sobre la mesa.
—¿Ninguna explicación sobre cómo, técnicamente, yo tenía razón solo en un cuarenta y tres por ciento de la situación?
—No escuché la idea completa —dijo Ben, sosteniéndole la mirada.
El humor en el rostro de Jamie disminuyó un poco. No desapareció, pero perdió su función defensiva.
—De acuerdo.
—La regla era sencilla. Ayer estuve de acuerdo con ella y hoy hice exactamente lo contrario.
—Te diste cuenta rápido.
—Después de que una patrocinadora entrara por la puerta pidiendo exactamente lo que tú proponías.
—Sigue contando.
Ben no intentó convertir la disculpa en una discusión sobre porcentajes de culpa, plazos o riesgos que aún existían. Simplemente asintió y volvió al plano.
Jamie también regresó al trabajo, pero no inmediatamente. Durante unos segundos, observó a Ben comprobar las medidas, como si estuviera reajustando alguna impresión que se había formado. Después acercó su propia silla a la mesa.
—Bien. Ya que estamos viviendo una etapa histórica de crecimiento personal, yo también voy a admitir algo.
Ben levantó la mirada.
—Tu idea de utilizar al proveedor audiovisual para las pantallas fue mejor que buscar a otro solo porque quería decidirlo por mi cuenta.
—No sabía que estuvieras buscando a otro.
—Porque todavía no lo había buscado. Crecimiento personal preventivo.
—Impresionante. —Ben casi sonrió.
—No te acostumbres.
La paz duró hasta principios de la tarde.
El problema apareció en una llamada del proveedor responsable de parte de los soportes y estructuras ligeras que se utilizarían en las instalaciones.
Una de las piezas previstas para la entrada había dejado de fabricarse con el acabado solicitado, y la alternativa disponible requeriría cinco días adicionales.
En el calendario, cinco días no suponían un desastre inmediato, pero consumían prácticamente todo el margen de seguridad de aquella fase.
Ben recibió la información con el teléfono en altavoz porque Jamie estaba a su lado revisando muestras.
—Si el plazo pasa a cinco días, necesito saber hoy si existe otro acabado con entrega dentro del plazo original —dijo Ben—. De lo contrario, contactaré con el proveedor de reserva.
—Lo compruebo y te respondo en un máximo de una hora —respondió el empleado.
La llamada terminó.
Ben ya había abierto la lista de contactos.
—Espera —dijo Jamie.
—Tenemos una hora. Voy a confirmar la disponibilidad de la alternativa mientras ellos lo comprueban.
—Conozco a la dueña de esa empresa.
Ben levantó la mirada.
—¿A la dueña del proveedor?
—Trabajé con ella en dos eventos. Fue ella quien me puso en contacto con ellos al principio. Puedo llamarla directamente y averiguar qué ha pasado.
—El empleado acaba de decir que va a comprobarlo.
—Y yo puedo descubrir en cinco minutos si estamos ante un problema de producción o de existencias.
Ben dudó. Su primer impulso era continuar con el plan alternativo. No había ninguna desventaja en tener preparada una segunda opción. Al mismo tiempo, el problema todavía no exigía cambiar de proveedor y hacerlo implicaría revisar precios, medidas y condiciones ya aprobadas.
—Llámala.
Jamie ni siquiera comentó la decisión. Cogió su teléfono, buscó el contacto y se alejó unos pasos. La conversación empezó de una forma demasiado informal para el gusto de Ben.
—Paula, dime que todavía me quieres lo suficiente como para resolver una cosa antes de que un hombre con una hoja de cálculo declare el estado de emergencia.
Ben cerró los ojos.
Jamie lo miró y sonrió.
—No, está aquí. No, no vas a hablar con él ahora porque quiero resolverlo primero.
—Jamie escuchó durante unos segundos y cambió de tono—.
Es el acabado de los soportes de la entrada de Casa Horizonte.
Me han dicho que ha dejado de fabricarse y que la reposición tarda cinco días.
El problema es que no necesito necesariamente ese acabado concreto.
Necesito que todas las piezas parezcan iguales cuando estén terminadas.
Ben dejó de mover la lista.
Jamie caminó despacio mientras escuchaba la respuesta.
—De acuerdo. ¿Y si enviáis el material sin el acabado final? Yo puedo resolver aquí la superficie con la misma aplicación que vamos a utilizar en otro elemento... Sí. Exactamente. ¿Cuánto tiempo?
Hubo otra pausa.
—¿Mañana? —Jamie volvió la cara hacia Ben y arqueó una ceja—. Eso mejora bastante mi tarde.
Ben guardó la lista de contactos.
—Mándame la especificación exacta del material antes de enviarlo. Si es lo que estoy pensando, funcionará. Y te debo una. Otra, técnicamente. No empieces a contarlas.
La llamada terminó pocos minutos después.
—Tienen preparada la estructura base —explicó Jamie, volviendo a la mesa—. El problema es solo el acabado que pedimos. La mandan sin él mañana y yo utilizo el mismo revestimiento previsto para la instalación de la pared. Visualmente queda igual y no cambia las medidas.
Ben volvió a abrir la ficha del proveedor.
—Tenemos que confirmar que el revestimiento se adhiera al material.
—Paula va a mandar ahora la especificación.
El teléfono de Jamie vibró.
—Ya está.
Ben comprobó los datos, buscó la ficha técnica del revestimiento y tardó menos de dos minutos en confirmarlo.
—Funciona.
—Lo sé.
Ben lo miró.
—Perdón. La fuerza de la costumbre. —Jamie levantó las manos.
La solución era sencilla, pero Ben sabía que no la habría encontrado en tan poco tiempo. Habría contactado con el proveedor de reserva, solicitado un nuevo presupuesto y protegido el calendario por la vía más previsible. Funcionaría. También llevaría más tiempo y probablemente costaría más.
Jamie había hecho una llamada.
No porque se tomara el problema menos en serio. Sino porque conocía otra manera de resolverlo.
—¿Has trabajado mucho con ellos? —preguntó Ben mientras actualizaba la hoja de cálculo.
—Dos veces. La primera entregaron una pieza equivocada pocas horas antes del montaje y Paula apareció personalmente con el reemplazo.
La segunda fui yo quien cambió la mitad del pedido demasiado tarde.
Después de eso llegamos a un acuerdo informal para seguir trabajando juntos, pero fingiendo que ninguno de los dos recuerda los detalles.
—Parece una base sólida para una relación profesional.
—Funciona mejor que muchas reuniones que he tenido.
Ben terminó la actualización y envió la confirmación al proveedor.
—Mismo plazo, mismo presupuesto y sin cambios de estructura. No tengo objeciones.
—Quería grabar eso.
—No.
—Solo para los días difíciles.
—Sigue siendo no.
Jamie volvió a las muestras con una sonrisa.
La tarde continuó a ese ritmo. No sin desacuerdos, porque los dos parecían incapaces de mirar el mismo plano y ver exactamente lo mismo, pero las discusiones empezaron a terminar más rápido.
Jamie presentaba la propuesta completa antes de que Ben señalara las restricciones.
Ben hacía preguntas sin dar por hecho que la respuesta sería un problema.
Cuando aparecía una limitación, Jamie la incorporaba en lugar de reaccionar automáticamente.
Cuando Jamie encontraba una salida que Ben no había considerado, Ben la comprobaba antes de descartarla.
En algún momento, Mara entró en el salón, encontró a los dos inclinados sobre la misma mesa y redujo el paso.
—¿Necesito saberlo?
—No —respondió Ben, sin apartar los ojos del plano.
Jamie levantó la cabeza.
—De verdad que no.
Mara miró de uno a otro, desconfiada.
—Esto es más preocupante que cuando estabais discutiendo.
—Estamos trabajando —dijo Ben.
—Reconozco el concepto. Solo que nunca os había visto haciéndolo juntos durante tanto tiempo sin que alguien amenazara a una pared.
—No perturbes el ecosistema. —Jamie señaló la salida.
Mara decidió aceptar el consejo.
Cuando se marchó, Ben volvió al documento abierto frente a ellos. Ajustó una medida, respondió un correo y le pidió a Jamie que confirmara un archivo. Jamie lo envió, señaló un error en una identificación, lo corrigió y retomó su propio trabajo. El tiempo pasó sin que Ben pensara en él.
Solo se dio cuenta cuando la luz que entraba por las ventanas empezó a disminuir.
Cogió el móvil para comprobar un mensaje y vio la hora.
Se quedó unos segundos mirando la pantalla.
Jamie seguía trabajando al otro lado de la mesa, concentrado en una modificación del proyecto, con tres muestras esparcidas alrededor del portátil y un bolígrafo entre los dedos.
Ben intentó recordar cuándo había mirado el reloj por última vez.
No pudo.
Guardó el móvil sin decir nada.
Y volvió al trabajo.