CAPÍTULO 54
R ESURRECCIÓN
Luis me miró nervioso, respiró hondo y llamó al timbre.
Tomé su mano y la apreté ligeramente.
—Todo irá bien —aseguré con una sonrisa.
Arrugó el ceño, pero procuró devolvérmela. No terminó de conseguirlo.
Resopló preocupado y se lamió los labios. La rigidez de su porte evidenciaba la tensión que estaba soportando.
Yo había llamado previamente, para preparar el terreno. Una noticia de esa envergadura era difícil de transmitir, y más cuando era tan descabellada. Pero conseguí predisponerlo para llevarle una prueba. Y esa prueba en cuestión zapateaba impaciente en el umbral de la casa de su niñez.
Cuando oímos los pasos, Luis volvió a inspirar y a exhalar largamente.
La puerta se abrió y el afable rostro del padre de Luis se congeló por unos interminables segundos, los ojos clavados en la cara de su hijo.
Contuve el aliento.
Se sostuvieron la mirada, y yo tragué saliva angustiada ante la reacción de su padre.
La estupefacción desencajaba su mandíbula y agrandaba sus ojos.
—¡Santo Dios...! —exclamó en un resuello estrangulado.
Había perdido todo color, y por un momento creí que la impresión lo tumbaría.
Retrocedió unos pasos y se inclinó sobre su cintura aferrándose los muslos con las manos. La emoción lo constreñía por completo.
Agitó la cabeza y gimió anonadado.
Cuando volvió a erguirse, tenía los ojos llorosos y la faz teñida de mil emociones cambiantes.
Abrió la boca, pero nada salió de ella.
Su barbilla retembló y se cubrió los labios con la mano. Gruesas lágrimas ya recorrían sus mejillas.
—Padre —pronunció Luis con suavidad.
El hombre alzó las cejas y se derrumbó. Cayó de rodillas y levantó una mano para evitar que nos acercáramos. Sus hombros se agitaron y yo apreté más la mano de Luis. Temblaba.
Lo miré. Su llanto silencioso contraía sus facciones. Sentí deseos de abrazarlo, pero eran otros brazos los que él ahora necesitaba.
Cuando el padre de Luis logró alzar la mirada y fijarla en su hijo, dejó escapar un quebrado sollozo que se me clavó en el alma.
Alargó la mano hacia él y lo miró anhelante.
Luis se acercó y cayó de rodillas frente a él.
El hombre balbuceaba emocionado. Logré captar un emocionado «Hijo...» que impelió a Luis a estrecharlo entre sus brazos.
Se abrazaron desgarrados por todo el dolor sufrido, por la inmensa dicha de aquel reencuentro impensable, por aquella herida reabierta pero rodeada de vendas que ambos estaban dispuestos a usar.
Por aquel milagro que había vuelto a unirlos.
Por aquella resurrección no sólo de una vida que la tragedia y la ciencia habían maltratado, sino de un corazón tan roto que nunca había soñado con recomponerse.
Lloré por ellos, lloré por todo ese dolor que nos había tocado vivir, por cada minuto de soledad, de miedo, de desesperación.
Lloré por tantos años perdidos, por tanto engaño sufrido y por la dicha de poder contemplar ese momento.
Lloré por cada día de hospital que había pasado conectado a un respirador, por cada plegaria en su nombre, por cada abrazo de Julia, por el día en que por fin abrió los ojos y por el que salimos andando del hospital.
Un hospital en el que ya no trabajaba el doctor Simón Muñoz.
Había pedido un traslado, acatando mi amenaza.
Imaginaba que no cejarían en su empeño de abrir un portal a otra realidad, de continuar sus experimentos, esperaba que esta vez con cobayas voluntarias.
Pero eso nunca lo sabría. Por desgracia, los malos no siempre pagaban sus deudas, al menos, no de nuestra mano; quizá en una de sus realidades paralelas, sus otros yoes estuvieran sufriendo tormentos eternos.
Nosotros no podíamos hacer nada sin pruebas que respaldasen una denuncia.
Por otro lado, un largo proceso judicial, impredecible por otra parte, iniciado por dos personas con antecedentes psiquiátricos, y una de ellas, además, con acta de defunción oficial, tenía pocos visos de salir airoso.
Nuestra recompensa era la libertad, la tranquilidad y el amor.
Y eso no sólo nos bastaba, sino que nos hacía dar gracias cada día por disfrutarlos.
No pedía más, tenía a Julia, lo tenía a él, y aquello era mucho más de lo que jamás había soñado.
Además, Luis había recibido misteriosamente un sobre con una sustancial cantidad de dinero.
Se suponía que una indemnización de parte de los Ramos, aunque en realidad podía considerarse que compraban nuestro silencio, pues, aunque nadie nos creyera, el revuelo que podía crear la simple acusación dañaría la reputación científica y médica de los hermanos.
Un revuelo que también nos perjudicaría a nosotros.
Los medios de comunicación nos perseguirían y convertirían nuestra vida en un circo mediático y a nosotros en dianas andantes.
No, el silencio era libertad, y para quienes habíamos estado presos de una maquiavélica conspiración experimental, nuestra única ambición era sabernos libres.
Con ese dinero nos habíamos comprado una casita en la playa del Torreón, en Benicàssim, muy cerca de nuestro rompeolas, al que acudíamos cada noche para contemplar abrazados aquel durmiente mar mecido por la luna.
A menudo me preguntaba qué sería de Isabet y de Dragut, y a menudo mi intuición me contestaba curvando una sonrisa en mi rostro, o aleteando una pluma en mi corazón. Esas respuestas me regocijaban. Ellos eran tan felices como nosotros, así lo decía mi instinto a través de emociones como aquéllas.
Tanto Luis como yo sabíamos interpretar y traducir aquellas percepciones sensoriales, de tal modo que atinábamos en presagiar cosas tan vanas como algún accidente doméstico, un resfriado e incluso una alteración en el organismo de más calado, como un embarazo.
Descubrí que esperaba un hijo de Luis cuando sentí la mano cariñosa de un hombre acariciándome el vientre con ternura. Una mano invisible que sentí, pero no vi. Aquel gesto fue tan revelador que corrí a la farmacia a por una prueba de embarazo.
Nunca olvidaré la expresión de Luis cuando le di la noticia.
A veces, cuando la vida te golpea tan duramente, cuando sólo conoces el dolor, la alegría te noquea.
Y eso le ocurrió a él: cayó de rodillas ante mí y se abrazó a mis piernas, trémulo y conmocionado.
Como ahora le ocurría frente a su padre.
Había sufrido tanto que no terminaba de gestionar las emociones dichosas.
Confiaba en que algún día pudiera acostumbrarse a ellas, pues, si algo necesitaba para ser plenamente feliz, era verlo sonreír, ver esa luz alborozada en sus felinos ojos verdes.
Decían que eso era el amor verdadero. Y no sólo tenía la suerte de sentirlo, también lo recibía en igual medida.
Y, allí de pie, mientras veía cómo el hombre al que amaba con toda el alma recuperaba a su padre, y quizá a su madre y la vida que debería haber tenido, reflexioné sobre nuestro periplo personal hasta llegar a ese momento.
Si todo el sufrimiento vivido era el camino para llegar a ese punto, merecía la pena, pues dudaba que nadie que no hubiera conocido el dolor tan profundamente como nosotros pudiera valorar la dicha que ahora nos embargaba.
No, nadie que no hubiera estado en el infierno podría apreciar la belleza del cielo.
Nadie que no hubiera olido el acre aroma del azufre podría deleitarse con el almizcleño perfume de los pinos, o el refrescante aroma del ozono tras una tormenta, o la embriagadora fragancia de las flores mimadas por el sol.
No, nadie que no hubiera sentido las punzadas de los tridentes de los demonios más despiadados podría gozar de la caricia del viento, o la tersura de la lluvia, o el aliento del verano, o las cuchillas del frío.
Nadie que no hubiera estado muerto podría valorar tanto la vida.
Y, con ella, el mejor de los sentimientos, ese amor tan radiante, poderoso y apasionado que reventaba nuestros corazones de una dicha inconmensurable.
Luis ayudó a su padre a levantarse, besó su mejilla, secó sus lágrimas y le pasó el brazo por los hombros para acercarlo a mí.
—Ella me resucitó —murmuró afectado.
Su padre me regaló la expresión de gratitud más conmovedora que jamás hubiera visto.
—Bueno, en realidad, nos resucitó, no he vuelto solo —añadió mirándolo preso de una ilusión que cosquilleó mi estómago.
Acaricié mi vientre aún incipiente en su gestación y sonreí.
En el rostro del hombre se abrió una sonrisa tan luminosa que caldeó mi corazón.
—Se llamará Óscar.
Su padre avanzó hasta mí.
Nos abrazamos los tres.
Apenas alcé la vista emocionada para descubrir el número de la casa.
Era el 33.
Sonreí. El universo nos estaba aprobando.