La perla del agua EPÍLOGO
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EPÍLOGO

—¿Te he dicho hoy cuánto te amo, morisca?

Su voz, grave y rasgada, se me antojó una caricia en mi piel por el hormigueo que provocaba en mis sentidos.

—Apenas amanece —ronroneé acomodándome en su pecho.

—Mírame —pidió Dragut acariciando mi mejilla con el dorso de sus dedos.

Obedecí.

Me sumergí subyugada en aquel mar de plata bruñida. Me estremeció su intensidad.

—Te amo, tanto que apenas puedo respirar cuando me miras así.

Tanto que me duele cerrar los ojos y no verte.

Tanto que mi corazón se encoge con cada paso que no das en mi dirección.

Tanto que quiero ser aire para tocarte a cada instante, para meterme en tu interior, tanto que deseo ser el alimento que te llene, tanto que anhelo ser ese fuego que te calienta, y tanto que quiero convertirme en esas pieles que te arropan.

—Pero si tú ya eres todo mi mundo —repuse emocionada—, eres parte de mí. Te respiro, te devoro, te caldeo y te arropo. Y tú a mí.

—Y así será, en este mundo y en cualquier otro —susurró grave—, porque allá a donde vayas, allá iré yo.

Su mirada rubricó sus palabras. No le dije que eso ya lo había conseguido. Pues no tuve duda alguna de que, si vivía en otros tiempos, además de en el de Elisa, él estaría en todos ellos.

A un amor como el nuestro no le bastaba una sola vida. Un amor así requería de mil vidas para saciarse.

Apresé su boca con aquel ávido frenesí que siempre me poseía y él gruñó complacido con mi voracidad.

Dragut se cernió sobre mí y yo lo cobijé entre mis piernas.

—¿Cuándo llegará?

—En primavera, y será un niño —respondí repasando su firme mentón.

—¿Cómo lo sabes?

—Simplemente lo sé.

—¿Y qué más sabes?

—Que antes de que el sol se alce en el firmamento yo tocaré la luna entre tus brazos.

Dragut sonrió jactancioso.

—Aullarás de placer como una loba hasta que esa luna nos sonría —prometió.

—Y tú rugirás cuando te robe el alma en cada beso.

—Ya lo haces con cada mirada.

»Tuyo.

—Tuya...