CAPÍTULO 53
U NA brECHA ENTRE DOS MUNDOS
El mundo de Isabet
Aquella luz explosionó con la virulencia de un huracán.
La blancura más resplandeciente rugió acompañada de una energía tan poderosa que nos impelió hacia atrás, derribándonos.
Parpadeé confusa y dolorida, escudriñando mi entorno en busca de Dragut.
La perla había estallado en mil pedazos. En su lugar, aquella bola de luz había crecido abriendo un portal cuyo umbral relumbraba ante mis ojos.
Cuando el blancor comenzó a atenuarse, comprobé que los soldados huían despavoridos, que Pere trastabillaba impávido, mirándome horrorizado con los ojos vidriosos, y que Dragut continuaba de rodillas, inclinado sobre sí mismo, con los hombros hundidos y el cabello cubriéndole el rostro, aunque su pecho aún se agitaba.
Me puse en pie y me acerqué a aquel portal de luz. Pude reconocer su interior. Era la torre del Rey. También reconocí a la mujer del otro lado. Era ella.
Me vio y se aproximó con paso vacilante.
Frente a frente por fin, tan sólo separadas por un velo casi traslúcido que crepitaba.
—Elisa —pronuncié.
—Isabet —musitó.
Sus ojos estaban tan llorosos como los míos, su rictus tan atormentado como el mío. Éramos la misma persona, en tiempos diferentes, asoladas por un destino ingrato, dispuestas a todo por luchar contra la adversidad y por aquellos a quienes amábamos.
Alargué la mano titubeante, ella me imitó.
Aquella delgada capa cosquilleó mis manos. Descubrí que era sólida, como si fuera una delgada película de hielo fino. Elisa apoyó las suyas en aquella superficie haciendo coincidir nuestras palmas. Fue como si me mirara a través de un espejo.
—¿Dragut está vivo? —preguntó angustiada.
—Aún lo está —respondí con firmeza—. Y no dejaré que muera. Él regresó de la muerte en mi busca, y yo iría hasta el mismísimo infierno para traerlo de nuevo.
—También yo —afirmó determinada—, hasta con mi último aliento.
—No hay fuerza más poderosa en el universo que el amor.
—Tanto que es capaz de cambiar el mundo y nuestros destinos —espetó rotunda.
El portal comenzó a empequeñecerse entonces, cerrándose con lentitud.
Nos miramos fijamente por última vez, embargadas por una emoción profunda, sabedoras de que aquel vínculo seguiría existiendo, aunque ya no pudiéramos comunicarnos.
Conscientes de la gran responsabilidad de cada acción en la construcción de nuestro futuro.
Entendiendo por fin que existía la justicia, que nuestros actos y nuestras decisiones acababan recayendo en nosotros mismos, de aquella peculiar manera.
La luz murió y todo vestigio de aquella puerta resplandeciente desapareció como si nunca hubiera existido.
Miré a mi alrededor para descubrir que estábamos solos.
Al pie de la colina, las ruinas de la torre del Rey humeaban.
Varios reductos boscosos crujían presos del fuego de la artillería, y supe que en aquella villa se hablaría durante generaciones de la magia de una bruja que había asolado Oropesa con su poder demoníaco.
Pere tendría pesadillas de por vida, temiendo que mi poder lo alcanzara allá adonde fuese.
Nadie se atrevería jamás a enfrentarme, aunque si algo deseaba era largarme muy lejos de allí.
Corrí hacia Dragut, que se había desplomado, y aparté su mojado cabello de su rostro.
—Usa tu magia para curarme —profirió entreabriendo los ojos.
—Como desees.
Me incliné sobre él y apresé su boca, derramando en ella cuanto sentía.
Cuando me separé de él, me contempló afectado. Detecté un pícaro brillo mordaz en sus ojos que aligeró mi pecho.
—Has sellado mi corazón, morisca, pero mis heridas siguen abiertas.
—Nada que una buena sutura no remedie.
Enarcó una ceja perspicaz y sonrió liviano.
Unas voces a mis espaldas me arrancaron un resoplido de alivio.
Caramaní y los hombres de Dragut habían desembarcado. Pronto estaríamos a leguas de Oropesa y del mundo que una vez conocí.
—Creo recordar que la costura no era tu mejor virtud.
Esta vez sonreí yo, entre lágrimas de felicidad.
—Tendré que compensarlo con muchos besos.
—En tal caso, deberías empezar ya, tiemblo de imaginarte con una aguja en la mano.
Reí plena de dicha y lo besé de nuevo.
Saber que teníamos toda una vida para amarnos no aplacó la urgencia que sentí por fundirme en él. Y de algún modo supe que daba igual cuán larga fuera nuestra vida, aquel anhelo jamás se colmaría.
* * *
El mundo de Elisa
El luminoso portal interdimensional se cerró, evaporando cualquier rastro de su existencia. Una inquietante penumbra ocupó su lugar.
Miré a mi alrededor para descubrir que el deslumbrante fogonazo de la perla al estallar había cegado momentáneamente a los demás.
Se hallaban encogidos sobre sí mismos, protegiendo sus cabezas con las manos.
En aquel reducido espacio, la resplandeciente luminosidad que había irradiado la perla, acompañada de un potente campo de energía, había asolado aquel espacio como si lo arrasara un huracán blanco.
Yo había sido la única que había podido contemplar la brecha y a Isabet.
Cuando alzaron sus asustados rostros hacia mí, parpadeaban aturdidos.
Me abalancé sobre Luis, que permanecía tendido en el pavimento con la mano sobre la herida del pecho.
Saqué mi móvil, marqué el 112 y los informé ansiosa de la situación y el lugar donde nos encontrábamos.
Comprobé aliviada que respiraba y luego me volví hacia los hermanos Ramos, que se ponían en pie tambaleantes. —Desapareced de nuestras vidas para siempre —siseé furibunda— y rezad por que él viva.
—Ha... ha sido un desafortunado accidente.
Simón, con el labio partido y sangrante y la nariz que comenzaba a inflamarse llamativamente, me contempló rabioso.
—Si vuelvo a verte, te juro por Dios que lo lamentarás —amenacé resentida.
Me puse en pie y los miré duramente, liberando todo el odio que les profesaba. Simón apretó los labios, su mirada continuaba retadora. Sentí ganas de terminar lo que Luis había empezado. Sin embargo, encaré a los Ramos.
—Ya no hay perla, ya no hay nada. Corté el vínculo con ese otro plano y ya no puede volver a abrirse. Esto se acabó, ¿entendido?
Se miraron entre sí y finalmente asintieron.
—Pero se abrió una brecha, ¿no es cierto? —musitó esperanzado Martín.
—No —mentí deleitándome en su desilusionada expresión—, la perla liberó la energía que contenía al estallar. Nada más.
—El quantum —profirió en tono solemne.
—Lo que sea se extinguió —mascullé impaciente.
El lejano ulular de una sirena flotó hasta nosotros, haciendo que se tensaran.
—¡Largaos! —grité con urgencia—. Y recordad: rezad, porque, si muere, no habrá piedad en mi corazón para ninguno de vosotros.
Los hombres se apresuraron hacia la puerta. Simón fue el último en salir, antes de hacerlo se volvió hacia mí. No supe interpretar su expresión. Yo le regalé una mirada admonitoria plagada de rencor y todo mi desprecio.
La sirena se oía ahora mucho más cercana. Miré hacia el rincón donde Julia se agazapaba llorosa y me acerqué a ella. La desaté y la abracé con fuerza.
—Perdóname por todo, Elisa —gimoteó contra mi cuello.
—No hay nada que perdonar, te manipularon como a mí.
Froté su espalda para reconfortarla mientras intentaba alejar el miedo de mi mente.
Luego acudí de nuevo al lado de Luis y le cogí la mano. Los servicios de emergencia me habían advertido que no debía moverlo, pero que sintiera mi tacto quizá lo ayudara. Acaricié su frente y la besé con extrema dulzura.
—Aguanta, mi amor, te lo suplico... Te necesito...
Exhaló un gemido débil y yo me llevé su mano a los labios.
Cuando la puerta se abrió y entraron los paramédicos con el maletín y un desfibrilador, me negué a soltarlo.
Abrieron su camisa y midieron sus constantes vitales. Lo trasladaron a una camilla y lo condujeron a la uvi móvil.
—¿Quién es usted?
—Su mujer —respondí con naturalidad, limpiándome las lágrimas.
—Venga con nosotros... Su estado es crítico.
—Lo conseguirá —musité rotunda—, ya superó la muerte una vez.
—Entonces es un luchador. —El médico me sonrió tranquilizador.
—Lo es.