CAPÍTULO 52
L A MUERTE NO PERDONA DOS VECES
De nuevo en el interior de la torre del Rey, Luis y yo esperábamos a Simón y a los Ramos.
Me puse rígida cuando oí los pasos acercándose. Luis tomó mi mano y me miró tranquilizador.
—Confía en mí.
Asentí e intenté sonreírle, pero ese gesto apenas logró ser una mueca extraña e indefinida.
Cuando la puerta chirrió, mis latidos se desbocaron. Algo dentro de mí me gritaba que aquello no saldría bien. Y, aunque intentaba acallar aquella voz interna, no pude dejar de pensar en que era un aviso, una premonición, quizá de quien lo estaba viviendo. De ella.
Tragué saliva y me mantuve alerta.
Simón fue el primero en franquear la puerta y mirarnos desconfiado.
Sus ojos avellana se clavaron en mí con evidente rencor. Luego se deslizaron hacia Luis y se entornaron furiosos. Ambos sostuvieron un duelo visual plagado de amenazas y resentimiento.
Detrás de él, Félix Ramos, su hermano Martín y el hombre que me había seguido en Benicàssim se adentraron en la torre cerrando la puerta tras de sí. Sus miradas aviesas acompañaban un rictus malicioso que me desazonó todavía más.
Miré a Luis. Su porte rígido y su mirada recelosa confirmaron que él también temía alguna treta.
—¿Otro trato, Luis? —comenzó Félix.
—No —respondió sereno—, acudimos a nuestra última sesión, sólo que esta vez soy yo quien va a cerrar el expediente.
—Tienes cojones, eso está claro —masculló Simón.
—Los que te faltan a ti.
Simón hizo el amago de abalanzarse sobre él, pero Félix lo detuvo.
—Eh, campeón, parece que olvidas tu juramento hipocrático —acicateó Luis.
—Y tú que puedes quedarte sin dientes.
—Cuando llegue a viejo —masculló sardónico.
—¡Basta! —intervino Martín, ceñudo y adelantándose un paso—. ¿Has traído la perla?
—Está aquí —anunció Luis, ampliando el perímetro intencionadamente. De esa forma, daba a entender que estaba escondida en algún rincón, cuando en realidad estaba en el bolsillo de su cazadora.
—E imagino que vas a pedirme que os deje en paz si me la entregas. La perla por la chica, ¿no es así?
—Ya he dicho que no he venido a hacer un trato —reiteró Luis.
—Entonces ¿qué demonios quieres?
—Deciros que estamos fuera de esto —comenzó—.
Anunciaros que, si a mí o a ella nos pasara algo, cierto documento redactado por mí, con un jugoso anexo de fotos y grabaciones de voz, llegará a la prensa y a la policía, incriminándoos.
Todo está en poder de un abogado que actuará si yo no lo llamo cada día para decirle que estamos bien.
Y, para que os quede claro que esto se acabó, creo que lo mejor es demostrarlo.
Ya se metía la mano en el bolsillo de la cazadora cuando una carcajada lo interrumpió.
—Vaya, vaya, temía que nos tuvieras preparado algo así. Siempre fuiste muy ingenioso, Luis, habrías sido un físico brillante si hubieras aceptado trabajar conmigo —repuso Martín con una sonrisa arrogante—. Pero, no, te dominó el corazón en lugar de la razón.
—Algo que no puede pasarte a ti: no tienes —increpó Luis.
—La ciencia no necesita emociones ni sentimientos, necesita dedicación, entrega y sacrificios. Y un cerebro privilegiado y analista que sepa discernir entre la evolución de la humanidad y un simple ser humano.
Martín me dirigió un gesto desdeñoso antes de volver a centrar su atención en Luis.
—Ésa es la diferencia entre nosotros —prosiguió con vehemencia—.
Los grandes avances científicos se llevaron a cabo porque sus precursores estuvieron dispuestos a todo con tal de conseguir su propósito.
Fueron producto de hombres pertinaces que no se rindieron, que carecían de dogma alguno, de ética incluso, sólo por ofrecer al mundo lo mejor de sí mismos, por entregarle el gran regalo del conocimiento.
Inventos, grandes descubrimientos, avances que han revolucionado la humanidad y la han convertido en lo que ahora es.
Y ahora tú pretendes robarles eso, la puerta a otros mundos, a otras realidades que modifiquen sus vidas y las mejoren. ¿Y por qué? Nunca conseguí entenderlo.
—No podrías —murmuró Luis—. Como bien dices, no tienes ética, principios ni moral.
Tan sólo posees ambición. Mencionas a la humanidad, pero eso es justo lo que te falta, humanidad.
¿Cuántos individuos eres capaz de sacrificar por un avance que todavía está por demostrar que beneficie al mundo?
Y, de ser así, estaría tan manchado de sangre que ese noble propósito se convertiría en algo sórdido y miserable.
No, Martín, ningún experimento que se cobre una sola vida humana o que juegue con ella puede calificarse de humano, ni puede favorecer al mundo en modo alguno.
No hay justificación para eso. Los medios son los que engrandecen el fin, y no al revés.
El rictus de Martín se endureció ofuscado.
—Luchas contra un imposible, Luis. Tarde o temprano, la física cuántica pasará a la esfera macroscópica, y el mundo tal como lo conocemos cambiará radicalmente.
—Lo sé, pero no a costa de mi vida ni de la de ella. Y espero que de ninguna otra vida. Intentas saltarte años de estudio para ser el hombre que corone esa cima y alcanzar la gloria perpetua.
—Sin experimentación con sujetos de estudio, en la materia que nos ocupa es imposible confirmar ninguna teoría.
—Sujetos que den su consentimiento, que se sometan voluntariamente a tu experimento, y no manejando a tu antojo la mente de dos seres rotos por la vida —repuso Luis, cada vez más airado.
—Sabes de sobra que no todo el mundo posee vuestras extraordinarias percepciones.
—¡Me importa una mierda! —estalló—. Nuestras percepciones son sólo nuestras, nadie puede disponer de ellas, y mucho menos robarnos la vida y exponernos a la muerte. Y esto hoy acaba aquí.
Me lanzó una mirada cómplice y sacó su mano del bolsillo con la perla en ella.
—Voy a destruir la perla de una jodida vez.
Cogió el colgante de plata y comenzó a hacerlo girar para estamparlo contra el muro más cercano.
—¡No! —exclamó Martín con rictus desencajado.
—Si la destruyes —intervino Félix—, estarás acabando con una vida. Una que, además, aprecias.
Luis se detuvo en el acto. Yo contuve el aliento.
—Julia está en nuestro poder. O me entregas la perla o morirá.
Mis latidos se detuvieron y mi garganta se constriñó presa de la angustia.
—¿Cómo sé que eso es verdad?
Simón se adelantó un paso, sacó su móvil y me mostró una foto.
Julia se encontraba amordazada y maniatada en el maletero de un coche.
—¡Hijo de puta! —siseó Luis furioso.
—Vosotros sois intocables, pero ella no. La perla por la vida de Julia —propuso Martín, extendiendo la mano.
—La tendrás cuando la liberes —señaló Luis todavía con la perla pendiendo de sus dedos.
Martín asintió, y el hombre que los acompañaba, el que me había seguido en Benicàssim y el que me había disparado, salió presto de la torre.
El tenso ambiente se crispó con amenazas silenciosas, rabia sofocada y un oscuro miedo que me prensaba el alma.
La mirada de Luis taladraba a los tres hombres con un odio feroz. No me pasó desapercibido que introducía la mano izquierda en un bolsillo de su cazadora. La perla no era lo único que había intentado ocultar.
Aquel ominoso presentimiento que me había desazonado desde que había entrado en la torre titiló con fuerza.
Luis iba armado. Y supe que ellos también.
Cuando la puerta chirrió de nuevo, mis nervios eran ya una amalgama de absoluta crispación.
Ver a Julia, tan pequeña, tan vulnerable y tan asustada, eclipsó mi miedo para dar paso a una violenta llamarada de cólera que recorrió mis venas como si fuera ácido. Sus ojos llorosos mostraban aturdimiento y angustia. Los míos despedían fuego.
—¡Maldito cabrón, suéltala! —escupí iracunda.
Empujaron a Julia hacia nosotros. Yo me adelanté para abrazarla y retirarme con ella hacia un rincón.
Y entonces, todo se precipitó.
Luis se acercó a Simón, le mostró la perla con intención de entregársela, y lo hizo, no sin antes descargar en su mentón un violento puñetazo que lo derribó.
—¡Joder, no podía aguantarme más!
Simón se puso en pie y se abalanzó sobre él.
Luis esquivó sus puños con artera agilidad.
Adoptó aquella pose de avezado púgil carcelario y comenzó a acribillarlos a golpes.
Tras sortear los puños de Simón, siempre lograba colocar los suyos donde se proponía, hasta que el médico no fue capaz de levantarse.
Un disparo nos sobresaltó.
Martín empuñaba un arma y había efectuado un tiro al techo para atraer la atención y detener a Luis. Sin embargo, éste se desplomó de rodillas. La bala había rebotado en los muros de piedra y luego había impactado en él. Una flor roja comenzó a extenderse en su pecho tiñendo su camiseta blanca.
—Nooo...
Grité y me abalancé sobre él. Martín nos observaba horrorizado, boqueando como un pez.
Luis se miró el pecho con gesto asombrado, lo palpó incrédulo y luego fijó su verde mirada en mí, ceñuda y aturdida.
Mis alaridos rebotaban en la piedra. Me contraje de dolor como si aquella bala se alojara en mi pecho.
La perla en aquel momento rodó entre las grandes losas del suelo, y, cuando Martín Ramos fue a cogerla, un brillo cegador comenzó a emerger de ella, deslumbrándonos.
El eco de mis gritos se multiplicó rebotando en los muros...