CAPÍTULO 51
U N DEMONIO CON ALAS DE FUEGO
Un estruendo sordo pareció sacudir la superficie del mar como si la golpeara el puño de Dios.
Alguien me aferraba de la cintura impulsándome hacia arriba. Mi conciencia titilaba en un juego de luces y sombras difusas. No podía distinguir un mundo de otro, ni la vida de la muerte. No sabía si subía al cielo en brazos de un ángel o si era un demonio el que me devolvía a la vida.
En mi mente, un tropel de escenas confusas se atropellaban. Imágenes extrañas de otro mundo, rostros desconocidos, objetos indescriptibles y, sin embargo, tremendamente familiares.
La negrura seguía tendiéndome piadosa su mano, y yo extendía ansiosa la mía hacia ella, pero algo me impedía tomársela.
Una fuerte sacudida, un alboroto enloquecedor, gritos asustados, el chapoteo del agua y un picante olor a pólvora me alejaron del sopor que tanto anhelaba abrazar.
Mi garganta se arqueó dolorida cuando una bocanada de aire rasgó su interior en un primer soplo de vida.
Alguien presionaba mis labios insuflándome su aliento.
Alguien sacudía mis hombros.
Alguien pronunciaba mi nombre.
La oscuridad comenzó a alejarse en favor de una vibrante penumbra.
La paz, el sopor, la plenitud, la ligereza, la dicha se diluían para empujarme abruptamente a la pesadez de un cuerpo que despertaba con frío, con dolor, con angustia y con desconcierto.
Me arqueé vomitando agua salobre, acometida por punzadas dolorosas y zarandeada por violentos escalofríos. Unos férreos brazos me rodearon estrechándome contra un duro y agitado pecho.
Alguien jadeaba entrecortadamente junto a mi oído, susurrando mi nombre en tono desgarrado, preso del alivio, pero también de una emoción tan profunda que lo rompía en sollozos.
Entreabrí los ojos y emití un gemido quejumbroso.
¿Los demonios lloraban?, me pregunté.
Aquél, sí.
Aquél cubría mi rostro de besos.
Aquél miraba al cielo y rugía feroz.
Era un demonio hermoso surgido de las profundidades.
Su larga melena negra goteaba sobre mi rostro. Sus duras facciones estaban contraídas por aquel llanto quebrado. Sus grises ojos refulgían perlados, preñados de una emoción tan desbordante que mi corazón latió con fuerza aleteando vivaz en mi pecho, ahuyentando la helada garra de la muerte.
Aquel demonio era mi demonio.
—Creí que..., Dios, creí que...
Su voz rasgada se perdió en el aire.
Un atronador sonido me sobrecogió.
Dragut alzó la vista y frunció el ceño. Luego miró ansioso hacia el mar y apretó los labios con preocupación.
—Debemos llegar al bote cuanto antes.
Me tomó en sus brazos y ascendió conmigo los rocosos peñascos de la costa entre jadeos.
Cuando llegamos arriba, contuve el aliento.
La torre del Rey era devorada por las llamas. Comprendí en mi aturdimiento que estaba siendo atacada por los piratas. Los zumbidos de los cañones de una galera lanzaban sus andanadas contra la costa. La muchedumbre corría despavorida y los estallidos se sucedían desbrozando el litoral.
No todos huían.
Dragut me depositó en el suelo y desenfundó su alfanje.
Abrí los ojos horrorizada.
Pere y el alguacil lideraban un grupo de soldados que ya se cernían sobre nosotros, rodeándonos.
Supe que la única oportunidad de Dragut era lanzarse al mar y nadar. Como supe que no me dejaría allí.
—Un paso más y mis hombres arrasarán la villa. No dejarán cuerpo con vida ni piedra sobre piedra —amenazó en castellano.
—¿Crees que me importa esta villa? —profirió Pere con una sonrisa pérfida—.
Arrásala si te place, buscaré un buen puesto en la corte, nada ya me ata aquí, tan sólo malos recuerdos.
Pero no pienso irme sin cobrarme venganza y sin impartir justicia.
Y por Dios y toda la corte celestial que llevaré tu cabeza ante el emperador y quemaré una bruja.
Los juglares cantarán gestas de mi hazaña.
—Si buscas ser un héroe, enfréntate a mí tú solo. Nadie elogiará un combate de diez contra uno.
—No quiero ser un héroe muerto —replicó.
—Tampoco serás un cobarde vivo. Puede que yo no salga de aquí, pero puedes jurar que te llevaré al infierno conmigo —advirtió Dragut enarbolando su acero.
Separó ligeramente las piernas y las flexionó poniéndose en guardia. Se volvió a un lado y a otro trazando arcos con la espada, exhibiendo su ágil dominio. Exudaba poder, fuerza y coraje, y una maestría en el combate que empequeñeció a sus oponentes haciéndolos retroceder.
A nuestro alrededor, los fogonazos de los cañones seguían masacrando la costa. Algunos impactos restallaron cercanos, horadando la roca, que saltaba en una lluvia de esquirlas afiladas camufladas por el polvillo con que sangraba la piedra.
La torre del Rey se desmoronaba entre estrepitosos crujidos.
—¡Vamos, venid por mí! —alentó Dragut mostrando los dientes y contrayendo el rictus en una mueca feroz.
Varios hombres comenzaron a titubear, mirándose entre ellos.
Contuve el aliento cuando dos de ellos avanzaron decididos hacia Dragut. Aquel gesto animó a otros dos. Pere se mantuvo en su posición. Podía ser cobarde, pero no era estúpido.
Los aceros chirriaron al entrechocar, erizándome la piel.
La destreza de Dragut manejó con desenvoltura un combate tan desigual.
Frenaba continuas estocadas, y en los quiebros aprovechaba para efectuar sus lances.
En un mismo movimiento sesgó el vientre de dos contrincantes, que se desplomaron como fardos.
Otros dos ocuparon su lugar. Dragut extrajo de otra funda que pendía de su cinto una espada corta y comenzó a pelear usando ambas manos con la misma habilidad.
Los aceros giraban en sus dedos con tan imprevisible rapidez que los soldados fueron incapaces de prever sus ataques.
Ensartó a uno de ellos mientras, y casi a un tiempo, hundía el filo de su alfanje en el cuello del otro.
Quedaban seis todavía.
Me puse en pie y miré hacia el mar.
La galera de Dragut se acercaba. Los largos remos apaleaban aquel manto azul con premura, descosiéndolo en rizados hilos blancos. No había más buques de su flota, sólo el suyo.
Fijé la vista de nuevo en el combate y gemí asustada al ver a cuatro hombres hostigar a Dragut.
Uno de ellos lanzó una estocada certera que le atravesó el costado.
Él se tambaleó un instante, para recomponerse gruñendo y cargando con más fiereza.
Ver cómo su sangre empapaba su camisola blanca me desató una oleada de angustia intensa.
No podía permanecer cruzada de brazos viendo cómo se enfrentaba a la muerte.
Miré alterada a mi alrededor y cogí varias piedras. Intenté apuntar y comencé a lanzarlas. Mi objetivo era desconcentrarlos lo suficiente para que Dragut los derrotara.
Di en el blanco con dos de ellos, que en ese brevísimo instante en que capté su atención buscando el origen de la pedrada encontraron su muerte en el acero del pirata.
La mirada de Dragut me animó a seguir.
No era fácil apuntar a blancos móviles, pero sólo me preocupaba no acertar en Dragut. Tan concentrada estaba en aquella empresa, que no lo vi venir.
Cuando me percaté de la ausencia de Pere y del resto de los hombres, ya era demasiado tarde.
Habían avanzado lateralmente hacia mí, descendiendo por las plataformas rocosas con intención de apresarme. Cuando Dragut quiso avisarme, ya los tenía encima.
Cayeron sobre mí como burdas alimañas.
El filo de un puñal impidió que me resistiera. Contuve el aliento y oí horrorizada la voz de Pere a mi lado.
—¡Despídete de él, perra!
—Nunca —gemí sibilante.
—¡Suelta las armas o la mato! —gritó triunfal.
Dragut clavó la mirada en mí, su gesto se contrajo impotente y por fin obedeció.
Pude percibir cómo, tras de mí, Pere asentía y, a continuación, una espada atravesaba la espalda de Dragut.
—Nooo...
Un borbotón de sangre escapó de su boca. Cayó de rodillas, mirándome derrotado. En sus ojos relució un perdón que sus labios no pudieron pronunciar.
Grité rota de dolor, de rabia y de impotencia...
Tras Dragut apareció uno de los soldados, que lo cogió del pelo para obligarlo a alzar la barbilla. Puso el filo de la espada en su cuello y esperó la orden de Pere.
Nuestras miradas se engarzaron con la intensidad de una despedida inminente. Un dolor punzante e insoportable acicateaba cada fibra de mi ser.
Lo dejé salir cabalgando en mis alaridos...
Grité y grité...
Maldije y sollocé...
El tormento en los ojos de Dragut me rompía por dentro...
Y entonces... algo estalló en mi pecho... y todo se volvió blanco...
Tras de mí, Pere dio la orden...