CAPÍTULO 50 #3
—Mis últimas revisiones están limpias. Mi médula sanó, según los médicos, milagrosamente, aunque yo pienso que los milagros también se provocan y se luchan; en mi caso, más allá de todo lo racional.
No rendirse es la clave del éxito. —Su rictus determinado se iluminó orgulloso—.
Y así ha sido, la enfermedad remitió hasta desaparecer de mi organismo.
No obstante, me someteré a controles rutinarios de por vida.
Y no sólo sé que ha funcionado por eso, sino porque he logrado modificar el pasado.
—Hizo una pausa en la que me miró complacido y, al cabo, añadió—: Los registros de la muerte de Dragut automáticamente han cambiado en todos los libros de historia.
Su muerte está registrada en 1565 en el terraplén del fuerte de San Telmo por un cañonazo durante un ataque otomano a Malta.
Me abracé a su cuello enterrando mi rostro en él.
El inmenso alivio que asaltó mi pecho barrió todas las vicisitudes y las amarguras sufridas, apartó a patadas la inquietud por nuestra situación y, a cambio, dejó en su lugar una dicha tan rebosante que reí entre lágrimas, completamente agradecida al destino por devolvérmelo.
Tras un instante en que me deleité con los vigorosos latidos de su corazón, la calidez de su cuerpo y su cosquilleante aliento en mi piel, logré soltarlo. Necesitaba saber qué tenía planeado para terminar con todo eso de una maldita vez y dedicar toda mi vida a amarlo como merecía.
—¿Harás otro trato? —pregunté escrutando en sus ojos.
—No.
Su rotundidad me desconcertó.
—Voy a citarlos, vamos a ir, y pienso destruir la perla ante sus ojos. Además, he redactado un documento que nos protegerá de ellos.
—Eso cerrará la brecha con ese otro plano —sospeché.
—Sí, es hora de centrarnos en una sola realidad, de vivirla y disfrutarla, sabiendo que cada acto repercute en nuestro futuro, que cada decisión, cada paso, condiciona nuestro presente. Es hora de vivir de verdad.
—Las tragedias de nuestras vidas nos unieron hace ya tantos años que nadie merece más la felicidad que nosotros —afirmé.
—Veo que lo recuerdas todo —murmuró ahondando en mi mirada—. La perla ha derribado todas las barreras de tu mente.
Asentí.
Recordaba perfectamente cuando, internada en el centro psiquiátrico, acudía con cierta ilusión a las sesiones con el doctor Ramos, porque siempre me tropezaba con una verde y atormentada mirada que brillaba como la mía cuando nuestros ojos se cruzaban.
Recordaba perfectamente cómo mi corazón se agitaba en aquellos breves encuentros, cómo su cercanía me afectaba, cómo me sudaban las manos esperando verlo salir de la consulta o verlo entrar cuando yo terminaba.
Recordaba haber tartamudeado cuando él me saludaba, y recordaba cómo fantaseaba con él en mi habitación, imaginando cómo sabrían sus besos o cómo me haría el amor.
Soñaba con él, y él conmigo. Hasta que un día me robó aquel beso soñado, y yo. .. yo volví a la vida.
Recordaba cómo planeamos nuestra huida, entregándonos notas secretas que intercambiábamos al cruzarnos en aquella sala de espera, donde nuestro amor había ido floreciendo hasta reventar en nuestros corazones.
Recordaba..., hasta que un día el doctor Ramos me dijo que habían descubierto las notas en mi cuarto... y entonces dejé de recordar.
—¿También te hicieron olvidarme?
—Sí, después de amenazarme —respondió. Su gesto se tornó grave ante aquellos duros recuerdos—.
Amenazaron con dejarte catatónica si yo no desaparecía, y no sólo de tu vida, sino de la vida de todos.
Así que planificaron mi suicidio, firmaron mi acta de defunción y me dieron otra identidad y el olvido necesario para empezar de nuevo.
Por eso mi nombre no figura en los registros de ningún hospital.
Luis Roig Rada está oficialmente muerto.
Yo acepté, incluso pensé que era lo mejor para todos, seguía convencido de que sólo dañaba a los que me querían, de que era un peligro en potencia, y lo ocurrido contigo me lo ratificaba.
Había destruido a mi familia, ahora tú corrías peligro, así que no luché, no me planteé nada, estaba aterrado.
Apenas soportaba respirar tras la muerte de mi hermano, habría hecho cualquier cosa para protegerte, incluso morir. Y así fue, técnicamente.
—Pero empezaste a soñar...
—No lo borraron todo de mi mente, sólo a ti.
Me hicieron creer que yo había pedido una nueva identidad para empezar de nuevo, para huir del pasado.
Y cuando comencé a soñar no sólo te vi a ti, también vi retazos de mí mismo en otra época, pero tan vívidos que se lo comenté a Ramos pensando que estaba enloqueciendo.
—Y ellos decidieron usarte de cobaya.
—El resto ya lo conoces.
Suspiré y tomé la perla entre las manos. La sentí cálida.
—¿Podrán utilizar quizá otra perla de cuarzo y otros individuos para continuar con sus experimentos? —inquirí preocupada.
—Quizá, pero las probabilidades de éxito son ínfimas —respondió—. Somos dos casos excepcionales.
—Al final conseguirán abrir puertas intertemporales —conjeturé.
—No hace mucho, viajar a la luna era sólo posible en novelas de ciencia ficción. La física cuántica revolucionará el mundo, de eso estoy seguro.
—También yo, hemos sido la avanzadilla.
Luis se volvió hacia su mesilla, cogió su móvil y me lo entregó.
—Ahora debes llamar a Simón.
Aquel nombre agrió la boca de mi estómago.
—¿Sabías que él y yo...?
Torció el rictus disgustado y asintió.
—He presenciado algunas de vuestras salidas —respondió irritado—. Creo que he contraído una úlcera conteniendo las ganas de partirle la cara.
—¿Cómo sabían ellos que habías vencido finalmente a la leucemia?
—Quizá la nota que decía «Voy a por vosotros, cabrones» les dio alguna pista.
Sonreí y atrapé de nuevo su boca.
—¿Te he dicho ya cuánto te amo, nena?
—Exigiré que lo hagas cada nuevo día.
—Despertarás en mis brazos, y lo pronunciaré mirándote a los ojos —prometió.
Supe que lo cumpliría, como yo suspiraría y se lo demostraría.
—Terminemos con esto de una jodida vez, llámalo.
Asentí y marqué el teléfono de Simón.
Empezaba la última parte de aquel enrevesado juego, sólo que ahora las reglas las poníamos nosotros.