La perla del agua CAPÍTULO 50 #2
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CAPÍTULO 50 #2

Atrapó mi labio inferior entre los suyos, luego el superior.

Después deslizó su lengua por ambos. Entreabrí ávida la boca y se filtró en ella, paladeando cada rincón con desatado frenesí.

Sus roncos gruñidos devastaban mis sentidos y alimentaban aquella hambre que me quemaba las entrañas.

Aferré su nuca para ceñirlo más a mí, entrelazando al tiempo los dedos en su suave cabellera negra.

Pero, cuando moví el otro brazo deseando acariciar su pecho, sentí un lacerante punzón atravesando mi hombro.

Gemí, esta vez de dolor, y Luis se detuvo para mirarme con honda preocupación.

—Joder, olvido que estás herida.

—Estoy bien —aseguré con una sonrisa.

Luis se reprendió de todos modos y se apartó ligeramente de mí.

—Tan cerca soy incapaz de no besarte, y si te beso... me pierdo —se justificó—. He soñado tanto tiempo con tenerte a mi lado de nuevo... que apenas puedo controlar mi deseo.

Su expresión, tan contenida como tierna, estrujó mi corazón. Aun herida, débil y confusa por todo lo acontecido, yo también ansiaba fundirme en él.

—Estos meses para ti han sido mucho peores, sin duda. ¿Qué... qué fue de ti?

—Tuve una recaída —confesó—. Que desconfiaras de mí fue la excusa para alejarme y para decidirme a acabar con aquello. Me escondí pensando que iba a morir. Justo porque estaba desahuciado, me ofrecí a cambio de una liberación para ti: el olvido. Y me entregué a sus experimentos.

Alcé las cejas demudada.

—Ése fue el trato que hice con ellos —explicó—. Julia también estaba de acuerdo. Mi leucemia ganaba la batalla, y..., bueno, entregué mi mente a la ciencia antes de que mi cuerpo la apagara.

—¿Qué... qué te hicieron?

—Llenar mi cabeza de sensores para captar mis ondas cerebrales, indagando así en mi mente durante el sueño REM.

—Hizo una pausa, su mirada se oscureció—.

Logré conectar con mi otro yo, Dragut, pero sólo en esa fase del sueño podía comunicarme con él.

Yo llevaba la perla, pero conmigo no funcionaba.

No obstante, sí obtuvieron una prueba de nuestra conexión.

Las heridas que sufrió Dragut durante la batalla surcaron mi cuerpo ante los atónitos ojos de los hermanos Ramos.

Grabaron varias sesiones y estudiaron el modo de poder sacar de mi cabeza las imágenes que yo veía durante el sueño, pero mi tiempo se acababa. Yo empeoraba por momentos.

Bajó la vista y suspiró quedo.

—Antes de entregarme, había estado en la biblioteca reuniendo toda la información acerca de aquella batalla en Francia.

Estudié minuciosamente cada paso de los tercios imperiales, la geografía del terreno y las posibles escapatorias desde el campo de batalla.

Memoricé el avance del ejército, tanto el que se batía en retirada como el que continuaba avanzando hacia París.

E hice algo más, aprendí algunas frases en francés.

Lo contemplé absorta, completamente intrigada.

—Y le pasaste toda esa información a Dragut a través de sus sueños o intuiciones.

—Digamos que fui o soy su ángel de la guarda. Escucha mi voz, mis consejos como parte de su instinto. No sé cómo habrá normalizado en su mente que, misteriosamente, sabe algo de francés, cuando no conoce esa lengua, para salvar su vida, pero salió vivo del combate gracias a mí.

Resoplé aliviada y mi mano aleteó hasta mi pecho.

—¿Por eso tú estás vivo? ¿Qué fue exactamente lo que ocurrió?

Tragó saliva, su mentón se tensó y sus comisuras se curvaron ligeramente.

—Dragut cayó en una emboscada, o sería más acertado decir que caímos —puntualizó—.

Fue como si me hubiera desdoblado en dos planos de tiempo diferentes a la vez, siendo consciente de ambas realidades, que conjugaron equilibradas en mi mente durante las sesiones.

Viví cada sensación, formulé cada pensamiento y luché, joder si luché, y denodadamente, y por la única causa por la que merecía la pena vivir.

En la mente de Dragut brillaba el mismo rostro que en la mía, aunque con un nombre diferente.

Tú..., vosotras nos salvasteis en realidad.

Su penetrante mirada me atravesó el alma con la fiereza de un relámpago en la noche. Mi corazón vibró como si fuera sacudido por un desfibrilador.

La emoción que prensó mi pecho desató el nudo de mi garganta empañando mis ojos.

—Mi amor...

Esta vez fui yo quien se abalanzó sobre su boca.

Luis me recibió tan vorazmente conmovido como yo.

Nuestras bocas se fundieron gritando lo que clamaban nuestros corazones, con esa tierna desesperación de quien conoce la pérdida, el miedo y el vacío y que por fin vuelve a sentirse pleno.

Con esa urgencia por llenar los espacios rotos de su alma y recuperar cada instante perdido.

Sentí cómo cada pieza de mi ser encontraba por fin su lugar encajando con apasionada complacencia.

Cuando nos separamos, jadeantes, nuestras miradas continuaron besándose.

—Dios, nena, me estalla el corazón —pronunció trémulo.

Apoyó su frente en la mía y cerró los ojos, intentando acomodar su respiración y asentar sus emociones.

Acaricié su rostro en silencio, saboreando aquel instante, mientras mi corazón continuaba galopando desbocado en mi pecho.

Nos separamos apenas para mirarnos a los ojos. El fuego verde de su mirada refulgía como nunca.

—No vuelvas a alejarme de tu lado —susurré.

—Nunca —musitó vehemente.

—¿Dónde has estado este tiempo?

—Recuperándome —respondió en apenas un hilo de voz.

Se apartó un poco más e inspiró profundamente—, asegurándome de que la enfermedad había desaparecido.

No podía irrumpir en tu vida para recaer después.

Quise... quise evitarte el dolor de mi pérdida con ese olvido que te impusieron con la hipnosis.

Si no podías recordarme, si yo no había existido en tu vida, no podías llorarme, ni desmoronarte.

Tenía que borrar todo vestigio de mí de tu memoria.

De mí, y de toda la odisea en la que te había sumergido.

Y eso hicieron. Cumplieron su parte, y yo la mía.

—Pero les robaste la perla y desapareciste, para protegerme, ¿no es cierto?

—Así es. Mientras tuvieran la perla, tú no estabas a salvo. Tras mi muerte, lo seguirían intentando contigo. Así que tracé mi propio plan alternativo.

Entrelazó sus dedos entre los míos y clavó los ojos en la ventana. Su mirada se perdió por ella.

—En la mente de Dragut, accedí a todos sus registros emocionales, a sus pensamientos más profundos y a su memoria, y pude ver momentos compartidos por ellos, pude sentir el amor tan desbordante que sentía por Isabet, y, sobre todo, la advertencia de ella respecto a la batalla en Francia flotando en su mente.

Sin embargo, y a pesar de estar sobre aviso, un escuadrón de caballeros hospitalarios acudió de improviso para sumarse a los tercios del emperador.

Y fueron ellos los que rodearon al grupo de Dragut. Iban a por él.

»Supe por qué. Al abrirse mi mente en el fondo del mar gracias a la perla, toda la vida de Isabet había quedado grabada en mi conciencia como un apartado más de mi propia existencia, pero, por fortuna, bien diferenciada y separada, como si recordara una vida anterior, aunque, en este caso, fuera simultánea.

—Los caballeros de Malta buscaban venganza porque él mató a su capitán —musité.

Luis asintió.

—Consiguieron acorralarlo —prosiguió. Su rostro se endureció—, luchó como una fiera contra varios soldados, pero al final unos alabarderos lo rodearon.

Yo sabía que, en las crónicas de su muerte, había sucumbido bajo la espada de un hospitalario tras ser saeteado por las lanzas de los tercios.

Así que, con esa premisa, actué. En lugar de enfrentarse a ellos, Dragut usó la larga pica que llevaba para mantenerlos a distancia, evitando que lo alcanzaran pero retrocediendo hacia sus hombres.

Recibió un largo tajo en el costado y en la espalda, pero consiguió unirse a Caramaní y al resto de los corsarios, con lo que pudo cubrirse las espaldas y, entonces sí, hacer frente a los cristianos.

Los hombres, apenas cinco, formaron un círculo encarando a sus enemigos y resistieron ferozmente, aniquilando a todo soldado que se atreviera a combatirlos.

—Hizo una pausa y pude ver en su mirada cómo aquel recuerdo tan vívido todavía lo sobrecogía—. Pero aún conseguí algo más.

—¿El qué?

—Logré que pagara su deuda de sangre, para así limpiar la mía —contestó con gesto grave—.

Dragut, aun malherido, no sólo salvó la vida de sus hombres, que lograron esconderse en el granero de una pequeña aldea, sino también a los aldeanos, evitando que quemaran las reservas de alimentos que tenían escondidos.

Luchó contra los tercios, salvaguardando a hombres, mujeres y niños que habrían perecido de inanición si hubiesen quemado el granero.

Con las palabras en francés, se hizo pasar por un aldeano galo, logrando engañar a los soldados y atacarlos por sorpresa.

Pero le costó mucho salir de Francia andando y en lastimosas condiciones.

Apenas se tenía en pie, fue asolado por unas fiebres que lo llevaron al borde la muerte, pero resistió, gracias a ese rostro que siempre estaba presente en su mente.

Deliraba con su nombre en la boca y se aferraba a ella para escapar de la muerte.

Cuando se recuperó, lo apresaron los franceses, pero, por fortuna, no sabían que era el almirante de Solimán.

Luego Dragut logró escapar y partió rumbo a Castellón en busca de Isabet.

—Isabet no está allí.

Le conté los últimos momentos que recordaba de ella y cómo había sido empujada al mar, acusada de bruja.

—La ha encontrado —murmuró convencido—, creo que nos lanzamos al agua a la vez. Pude sentirlo.

Dejé escapar el aire contenido.

—Entonces... ¿estás curado?

Su triunfal sonrisa caldeó mi corazón.