CAPÍTULO 50
U N ÁNGEL DE LA GUARDA CON ALAS DE CUERO
Mi garganta se rasgó en un jadeo punzante que arqueó mi cuello.
Mi primera bocanada de oxígeno fue dolorosa.
Un violento acceso de tos me hizo escupir borbotones de agua salada.
Unas manos me pusieron de costado y palmearon vigorosas mi espalda.
Gemí, y tan sólo aquella vibración de las cuerdas vocales provocó un ardoroso escozor en mi laringe.
Parpadeé confusa respirando agitadamente.
El cercano rumor de las olas en el rompiente y el intenso aroma salobre me anunciaron dónde estaba.
Un rostro comenzó a perfilarse ante mí. El intenso verdor de una mirada angustiada atrajo un nombre a mi mente... Luis...
Su cabello negro goteaba sobre mi cara, su mueca preocupada fruncía su ceño y pulsaba su mentón.
—Estás a salvo —musitó jadeante.
Alargué una mano y pasé la punta de los dedos por su mejilla. Mi expresión acentuó su ceño, sin embargo, su gesto se distendió.
—Dios..., cuando... —hizo una pausa en la que respiró hondo y de nuevo su gesto se contrajo— cuando vi que te disparaba, se me encogió el corazón. Pero cuando te lanzaste al mar, se me detuvo en el pecho. ¡Joder, jamás en toda mi vida he pasado tanto miedo!
—Luis..., mi amor...
Agrandó los ojos asombrado, su boca se entreabrió y su faz resplandeció.
—¿Me... me recuerdas? —susurró trémulo con voz quebrada.
—No sólo... recuerdo mi vida al... completo, también la de ella —confesé entrecortada, deslizando los dedos sobre sus voluptuosos labios.
Espiró un resuello tan aliviado que estos se curvaron en una sonrisa afectada. Su mirada se empañó emocionada. Se inclinó sobre mí y se abrazó conmovido a mi pecho.
Enterré las manos en su mojado cabello y su cuerpo se sacudió ligeramente en trémulos sollozos.
Lo estreché contra mí con fuerza y lloré con él.
La inmensidad del amor que sentía por aquel hombre me llenó más de vida que el aire que respiraba.
Cuando logró alzar su rostro, su rota mirada me mostró abiertamente el tormento que había albergado en su interior, pero también la pureza y la intensidad de sus sentimientos hacia mí.
Daba igual cómo se llamara, de qué color fueran sus ojos, en qué época o plano lo hallara, estábamos condenados a encontrarnos y a amarnos.
—¿Dónde has estado todo este tiempo?
—Regresando de la muerte para buscarte de nuevo.
Se abalanzó sobre mi boca, como si necesitara respirar a través de mí. Su desesperación arrancaba gruñidos de su garganta, su voracidad los arrancaba de la mía.
Cuando se apartó y me miró, esta vez fueron sus lágrimas las que gotearon sobre mis mejillas.
—Sabía que sólo la perla te devolvería a mí.
—Necesito saber qué pasó...
—Ahora no, aún estamos en peligro.
Fijó su atención sobre mi hombro y pareció mascullar para sí mientras examinaba la herida que lo horadaba.
—Por fortuna, la bala te atravesó limpiamente —dictaminó—. Debemos salir de aquí cuanto antes. Creo que no me vio lanzarme al agua.
Me ayudó a incorporarme y me tomó en sus brazos.
—Creo que puedo andar —señalé.
—No dejaré que lo compruebes.
Nos encontrábamos en la pedregosa orilla junto a los puestos de pesca, sobre una rocosa planicie.
Me abracé a su cuello y cobijé mi rostro en él.
Ascendió entre los peñascos con el sobresfuerzo de cargarme, con una agilidad apabullante.
Cuando llegamos a la explanada del mirador, se detuvo y miró hacia arriba, hacia la desierta carretera.
Tras cerciorarse de que nadie nos esperaba allí, subió los escalones con rauda urgencia y casi corrió hacia el faro, donde estaba estacionada su moto.
Montó en la parte trasera del asiento y a mí delante, lateramente.
—No me sueltes, nena.
—Nunca —susurré ciñéndome a él.
Arrancó presionando un botón, el ronroneo del motor rugió rasgado y ronco, la destrabó y aceleró apremiante.
Sentí la vibración de la Harley debajo de mí, el viento batiendo mis ropas empapadas y los atronadores latidos de su corazón acariciando mi pecho, y supe que, si había muerto, estaba en el paraíso y, si no, estaba en casa.
* * *
Luis eligió un lugar discreto para hospedarnos, no quería correr riesgos innecesarios.
El coqueto bungaló del camping Azahar era una pequeña cabaña de madera azul celeste en el exterior y blanca en el interior.
Apenas tenía siete metros cuadrados, pero ofrecía todas las comodidades necesarias.
Un saloncito con un sofá cubierto por una manta azul del mismo tono que el exterior.
Una mesa de madera con cuatro sillas blancas, una pequeña cocina con encimera de madera y puertas en blanco, un cuarto de baño con ducha, moderno y limpio, y una pequeña habitación con una gran cama doble con cabecero blanco de forja empotrada entre dos bonitas mesillas de noche.
Además, contaba con un bonito porche amueblado para tomar el fresco.
Un lugar encantador y muy privado a escasos cinco minutos de la preciosa playa de Voramar, y al principio de la Vía Verde, pero lo suficientemente escondido para ocultarnos, además de perfecto para escabullirnos en caso de tener que escapar.
Yo llevaba encima su cazadora de cuero para ocultar la herida de mi hombro y, aunque tiritaba y el dolor tras el shock comenzaba a taladrarme, conseguí mantener una sonrisa indiferente el tiempo que tardamos en registrarnos.
La chica de recepción, encantadora, nos miraba como si fuéramos una alocada pareja que había decidido darse un chapuzón en el mar como una travesura de enamorados. Quizá que Luis no soltara mi cintura por temor a que me desvaneciera, o su forma de mirarme, le dio esa impresión.
Cuando la recepcionista nos dejó frente al bungaló deseándonos una feliz estancia, Luis me cogió en brazos y cruzó conmigo la puerta de entrada, como una pareja de recién casados atravesando por primera vez el umbral de su hogar.
Me regocijé en aquel pensamiento mientras el ardor del hombro se extendía como lava hacia el codo y la clavícula.
El improvisado vendaje que Luis me había hecho en la entrada del camping con el bajo de su camiseta ya estaba empapado en sangre.
Me tumbó en el sofá y se apresuró al cuarto de baño. Regresó con toallas, un albornoz y un botiquín bastante básico.
—Veo que has elegido la cabaña para clientes heridos —musité jocosa.
—También soy un capullo previsor.
Me sonrió jovial, aunque en las arrugas de sus ojos se vislumbraba un marcado deje preocupado.
—Ésa es mi suerte —murmuré acariciando su mejilla.
—La mía fue encontrarte —profirió en tono afectado—. Y, ahora, deja que cuide de ti.
Me desnudó con sumo mimo, me secó con toallas y me puso el albornoz, dejando fuera el brazo herido. Con entrañable dulzura, desinfectó la herida y me la vendó, mirándome continuamente para comprobar mis reacciones.
—Hablando de suerte, la bala era de un calibre pequeño y, además, aunque ha perforado tejido, no ha impactado en la clavícula.
Acarició mi mejilla con el dorso de su mano y me sonrió aliviado. Luego me ofreció un analgésico que tomé obediente y, finalmente, volvió a cogerme en brazos para llevarme a la cama. Me metió en ella, me cubrió con la manta y me besó con infinita ternura.
—Intenta dormir, yo voy a darme una ducha y a lavar nuestras ropas, con suerte mañana estarán secas.
Asentí, me pesaban los párpados y estaba exhausta y dolorida.
* * *
Cuando desperté, la tenue luz del alba lamía tímida los menguantes retazos penumbrosos, que todavía se agazapaban pertinaces en los rincones. Parpadeé aturdida y, cuando conseguí enfocar la vista, lo descubrí de costado junto a mí, observándome apoyado en el codo.
—Espero que hayas dormido algo —musité todavía embotada por el sueño.
—Me ha recordado a las noches que pasaba alerta en mi celda, aunque con mejores vistas, sin duda.
Sonreí y él besó la punta de mi nariz.
—¿Crees que están buscándonos?
Luis frunció el ceño y compuso un gesto circunspecto.
—Están esperando a que salte la noticia de que han encontrado tu cuerpo en algún punto de la costa, o a que haya una denuncia por desaparición. Cuando ninguna de esas dos cosas suceda, rastrearán la zona para localizarte.
—¿Y qué haremos entonces? Tendremos que huir muy lejos de aquí, ¿no?
Luis negó con la cabeza. La yema de su dedo índice recorrió lentamente la línea de mi mentón para terminar repasando el contorno de mis labios. Suspiré.
Su gesto ausente se contrajo ante mi suspiro. Una mirada anhelante preñó sus hermosos ojos con deseo evidente: besarme.
Respiró hondo y trató de apartar su atención de mi boca.
—No será necesario. Yo les robé la perla de cuarzo, y es lo que buscan, por eso te seguían, porque esperaban que yo me pusiera en contacto contigo y así poder dar con ella.
Lo miré intrigada.
Llevaba el colgante de cuarzo sobre su protuberante pecho. Alargué el brazo hacia él y acaricié la perla. Estaba tibia.
—En el fondo del mar... se iluminó y su poder abrió mi mente.
—Ésa era mi última esperanza, que ella te devolviera la memoria.
—Tu beso ayer casi lo hace —murmuré sintiendo ese reconocible hormigueo en el vientre ante la tentadora cercanía de su boca.
Luis sonrió y dejó escapar un suave gruñido que me estremeció.
—Ahora mismo me muero de ganas de afianzarte cada recuerdo.
—Y yo de que lo hagas.
—Nena...
Rozó su boca con la mía y yo gemí hambrienta.
—¿Tienes idea de lo que provocan en mí tus gemidos? —susurró contra mi boca.
—Alguna, pero no la suficiente.
—Me incendian, nena.
Volví a gemir provocadora y sus ojos se nublaron presos del deseo que lo estrangulaba.