CAPÍTULO 49 #2
—Has vomitado casi todo el veneno, el de la adelfa, porque el que te va a matar dentro de poco será el tuyo, el que alberga ese negro corazón que tienes —murmuré encogiéndome de hombros para esquivar proyectiles de todo tipo—.
Yo sólo quería asegurarme de que me dejarías tranquila.
No fui yo quien empezó esto, pero sí quien lo ha terminado.
—Ojalá viva lo suficiente para verte morir antes que yo —escupió con aguda inquina.
—Tu maldad me ha condenado y te arrastra conmigo. No importa quién muera antes, tengo claro que iremos a lugares muy distintos.
Los aldeanos siguieron nuestros pasos, en un ambiente festivo donde los niños nos lanzaban objetos y los adultos nos increpaban feroces.
Cuando llegamos a la costa, ambas apenas nos sosteníamos en pie.
Yo tenía el rostro cubierto de sangre y el cuerpo magullado.
Ésa era la expiación de mis pecados, justo cuando descubría que no habían sido tales, que tan sólo era culpable de un arrebato celoso e inmaduro, que, sin embargo, había cambiado mi vida, llevándome hasta un final tan trágico.
No obstante, decidí aislar mi mente del horror que me rodeaba y de la muerte que pronto me abrazaría y me afané en recordar los buenos momentos vividos a pesar de todo.
Unos acerados y sagaces ojos grises acudieron en mi auxilio.
Cerré los párpados y mi gesto se contrajo ante el recuerdo de sus besos, de sus caricias, de sus palabras, de su amor por mí.
Resultaba irónico que el demonio que me había apresado fuera ahora el ángel que protegía mi alma de la barbarie.
Me refugié en su recuerdo, anclándome desesperadamente a él, intentando huir de aquel lugar y partir con una sonrisa en los labios.
Al fin y al cabo, pronto me reuniría con él.
Dejamos atrás la torre del Rey y sentí de repente una extraña atracción por aquel bastión de vigía; tuve la sensación de haber estado dentro, cuando jamás lo había pisado.
Fuimos llevadas al acantilado y nos obligaron a descender por un pedregoso sendero hasta una plataforma rocosa junto al mar. Aquel preciso lugar era justamente donde Dragut había desembarcado la primera vez que lo vi.
Todo iba a terminar donde empezó.
Fijé la vista en la brumosa lontananza, como había hecho días atrás, sin que ningún bajel se dibujara en el horizonte. Suspiré profundamente y apenas escuché el sermón del párroco ni el veredicto del inquisidor.
Mi mente estaba ya muy lejos de allí.
Nos llevaron justo al borde de la roca. El viento agitó nuestros cabellos casi mezclándolos.
Trigo y tizón, día y noche, luz y oscuridad.
El azul mar de sus ojos y el carbón de los míos; el nácar de su piel, la canela de la mía.
Tan diferentes por dentro como por fuera, pero unidas en un mismo destino.
Sin embargo, esa culpa, pesada y ominosa, que me había desgarrado todo ese tiempo había desaparecido, dejando mi alma ligera como una pluma.
Llegaba al final del camino que había comenzado a andar hacía ya casi un año.
A mis espaldas, toda una aventura, un gran amor, traiciones, intrigas, dolor y pasión, toda una vida en apenas un año.
No temía a la muerte, no cuando nada me anclaba a la vida. No cuando en ella me aguardaba ese hombre de ojos grises al que le había entregado algo más que mi corazón. Mi alma se había engarzado a la suya, y eso ya era la mejor recompensa que podía obtener de una vida en la que nunca había encajado.
Fuimos colocadas una junta a la otra mientras nos ataban los tobillos.
—Algún día, mi hija me vengará. Al menos, yo dejo descendencia en este mundo —siseó Blanca.
La miré y, por primera vez desde que descubrí quién era, realmente sentí lástima por ella.
—Con suerte, tu hija olvidará a través de quién tuvo la desgracia de venir al mundo. El resto te olvidará antes de que caigas al agua.
Su sesgada y enconada mirada me apuñaló. A cambio, le regalé una sonrisa vacua.
—A ti te recordarán como la pérfida morisca causante del peor ataque que ha sufrido Oropesa. Tu nombre será pisoteado y maldecido durante mucho tiempo.
—Al menos me voy con la conciencia tranquila.
Tras una breve homilía que celebró la animada concurrencia congregada tras nosotras, se autorizó la ejecución y nos empujaron al agua.
Nos zambullimos como dos fardos de piedras.
Una cortina de pequeñas burbujas, como minúsculas perlas, nos envolvió.
A mi lado, Blanca se contorsionaba desesperada mientras se hundía lentamente. Intentaba doblarse sobre sí misma para desatar la cuerda de sus tobillos, pero no lograba alcanzarlos. Aun así, su instinto de supervivencia no cejó.
Yo me sacudí instintivamente, mi ser también se rebelaba, apenas breves espasmos, mientras las aguas me tragaban.
Ya no me quedaba aire en los pulmones, y el agua entró en mí anegando mis sentidos.
El pecho comenzó a arderme, la presión constriñó mi cuerpo como si una mano gigante me estuviera estrangulando.
Oí unos jadeos sordos y sibilantes que escapaban de mi garganta.
Grandes burbujas ascendían hacia la radiante luz de la superficie, invitándome a subir con ellas.
Me agité quizá en mis últimos estertores. La muerte dolía.
Mi visión se emborronó y aquel telón turquesa comenzó a desvanecerse ante mí. De repente, una punzada atravesó mi pecho doblándome en dos. Abrí los ojos desmesuradamente y entonces un resplandor cegador emergió frente a mí.
La perla de agua flotaba resplandeciente, despertando a la vida cuando la mía se apagaba.
Y entonces la vi...
La mujer del futuro, Elisa, braceaba hacia mí...
Luché denodada contra la negrura, extendí el brazo hacia ella y nuestras manos se enlazaron.
La luz de la perla nos envolvió en su halo.
.. Mi mente se abrió en una explosión de imágenes y sensaciones que azotó hasta la más ínfima fibra de mi ser.
Toda una vida extraña pasó ante mis ojos, una intensa amalgama de emociones estalló con fuerza haciendo vibrar mis sentidos como las tensas cuerdas de un laúd. ..
Su mundo me atravesó como un rayo, el mío la traspasó...
Elisa... Ella vivía en mí y yo en ella... Su aliento alimentó el mío... Su fuerza vital se unió a la mía y, juntas, fuimos un todo...
Tras ella vislumbré la figura de un hombre...
Él...