CAPÍTULO 49
L A ORDALÍA DEL AGUA
Suspiré hondo y clavé la mirada en Blanca.
—Vine a mantener una conversación privada contigo, pero si tu deseo es que sea pública, así será.
—No me interesa nada de lo que pueda decirme una bruja, una vil y miserable traidora que mordió la mano que le daba de comer.
—Pues yo creo que te interesaría mucho —repuse—, y más viendo lo demacrada que estás.
Se tensó inquieta en su silla y entornó la mirada con agudo encono.
—Tus palabras son infamias, nada de lo que digas tendrá credibilidad alguna —me contestó astuta.
Me volví hacia Pere, que me miraba grave y alerta. La rigidez de su porte anticipó la volatilidad de su ira. Aun así, me arriesgué.
—¿Cómo se llama tu hijo?
Abrió los ojos con notable desconcierto.
—Es una niña, y no voy a decirle su nombre a una bruja.
—No veo por qué no —repliqué serena—: nació de una.
Su mano se alzó y restalló en mi mejilla, volteando violentamente mi rostro.
—¡Detente, Pere! —interpeló su padre—. No merece la pena mancharse las manos con alguien que ya está muerto.
Me sequé el hilillo de sangre que manaba de la comisura de mis labios con el dorso de la mano y alcé la barbilla altanera, clavando una mirada ensañada en Pere.
A continuación, me volví con toda la intención hacia el ilustre Joan de Cervelló y esbocé una sonrisa cínica.
—Por cierto, enhorabuena por vuestra nueva paternidad.
El gesto del hombre se paralizó estupefacto. Poco a poco, su impresión dio paso a un rictus ofuscado, contraído por la ira.
Sentí un movimiento junto a mí y retrocedí un paso. Pere fue detenido por su padre.
—Son embustes destinados a enfrentarnos —replicó el conde—. Ardides demoníacos a los que no debemos prestar oídos, hijo mío.
—Ardides son, pero no míos. Tu padre te obligó a desposar a Blanca porque ella llevaba a su hijo en su vientre.
—No la escuches, Pere —siseó Blanca, que se puso en pie lívida.
—Sé que son patrañas. Sus celos envenenaron su alma y la entregó a Satán únicamente para hallar venganza.
—No sólo los celos envenenan el alma —clavé mi flamígera mirada en Blanca y mantuve mi rígida sonrisa—, también algunos tónicos, ¿verdad? Por eso hay que ser prudente con lo que se bebe.
Me observó ceñuda y temerosa. Su mano aleteó hacia su vientre y pude ver cómo una ligera punzada de dolor contraía su rostro. Mi sempiterna sonrisa sibilina le hizo abrir con desmesura los ojos y su palidez se agudizó.
—¿Qué... tratas de insinuar?
—Que, de un modo u otro, la vida te devuelve lo que le ofreces.
Tragó saliva y se acercó a mí. Su paso era inseguro y su debilidad, patente.
—Justo por eso, maldita perra morisca, yo soy condesa, y tú dentro de muy poco serás sólo cenizas que el viento esparcirá para que podamos pisotearlas. Tu nombre se perderá en el viento, y tu recuerdo será la ignominia de los Llerán.
—Quizá partamos juntas, yo convertida en cenizas y tú con la lengua morada y un túmulo de tierra encima.
Compuso una mueca furibunda en la que reverberó un visible deje atemorizado.
—¡No te temo, perra!
—No es a mí a quien debes temer, sino a quien te juzgue en el más allá. Aunque, quizá, si te redimes aquí y ahora, te dé tiempo a tomar la cura del veneno que asola tu cuerpo.
—¡Maldita bruja del demonio! —gritó Pere, golpeándome de nuevo.
Me cubrí con los brazos, hasta que logró arrinconarme y aferrarme por el cuello.
—Bruja, sí, y te maldigo a ti y a toda tu estirpe. —Escupí un cuajarón de sangre que se escurrió por su rostro—. Si vuelves a tocarme, miserable cobarde, tu esposa morirá presa de horribles estertores.
Pere jadeaba. Su rictus crispado y su mirada angustiada brillaron horrorizados.
—Mientes —profirió Blanca—, esto es tan sólo una simple indisposición.
—Quizá cuando el inquisidor venga y vea cómo convulsionas, crea que tienes el demonio dentro y te ajusticie conmigo. Sería un perfecto final para las dos, ¿no te parece? Y más si le cuento que realizábamos juntas nuestros sortilegios.
—¿Qué veneno has usado?
—No voy a decírtelo hasta que confieses a Pere cómo fornicabas con su padre, y no sólo eso, hasta que pruebes que eso es cierto. Exijo una prueba de tu vileza y yo te mostraré la mía.
Sus ojos se achicaron presos de un odio feroz.
—Déjame matarla ya, padre —pidió Pere sacando su daga del cinto.
—¡No! —exclamó Blanca angustiada.
—Deberías saber que tu esposa planeaba matarte. Sin duda tu padre debe de ser mucho mejor que tú en el lecho.
Aquel dardo lo hizo lanzarse sobre mí. Esquivé su golpe a tiempo. El conde y dos siervos lograron reducirlo.
—Adelante, Blanca, no tienes mucho tiempo —apremié.
Aquella observación arrancó un estrangulado gemido de su garganta. Su barbilla comenzó a retemblar y sus dientes a castañetear.
Suspiró pesadamente en un intento de sofocar el agudo malestar que la constreñía y asintió con sutileza.
—Joan... —comenzó a regañadientes. Un violento escalofrío la sacudió— Joan tiene un... lunar junto a sus atributos, en la ingle izquierda.
Pere dejó escapar un resuello conmocionado y miró boquiabierto a su padre.
—Ése es el dato, ahora falta la prueba —resalté.
—¡No pienso mostrar mis vergüenzas en público! —barbotó el conde indignado.
—Lo vas a hacer —siseó Blanca, que apretaba los dientes sofocando accesos de dolor abdominal—. Dudo que haya sirvienta que no las haya visto.
—¡No lo haré!
—Hazlo, padre —el tono de Pere fue seco e impaciente—, o yo mismo te bajaré las calzas.
Joan palideció acorralado.
—Ella se metió en mi cama, hijo, te lo juro. Apeló a mi hombría, y yo..., bueno, ¿qué iba a hacer? Quería un heredero, y tú no...
El rugido de Pere me erizó la piel. Su rostro se contorsionó dolido, su resentimiento se volcó en su padre, pero sobre todo en Blanca.
—Fue así —admitió ella, pero se dirigió desesperada a mí—. Y ahora dime qué veneno tengo dentro.
Su esperanza era poder contrarrestarlo de algún modo con algún remedio que lo frenara. Pero para eso necesitaba conocer contra lo que poder luchar.
—¿Admites que conoces las hierbas mágicas y que las usas para tu propia ambición?
—Lo admito.
—¿Admites que tu hija es de Joan de Cervelló?
—Sí, maldita sea.
—¿Admites que pensabas matar a Pere para apropiarte del condado?
—Sí.
Se arqueó en dos y gimió dolorida.
Me volví hacia los Cervelló, que contemplaban horrorizados la escena.
—Queríais la confesión de una bruja, y aquí la tenéis.
Metí una mano en el bolsillo de la capa y saqué la flor rosada que me había dado Patou.
Me acerqué a ella, que había caído de rodillas sobre el pavimento enlosado del salón con los brazos cruzados sobre el vientre mientras temblaba abruptamente. Cuando alzó su lívido rostro hacia mí, le mostré la flor y la dejé caer en su regazo.
—Adelfa —pronuncié con lentitud.
Su expresión se congeló en un rictus de absoluto pavor.
Su extenso conocimiento acababa de descubrirle que aquél era un veneno mortal. Lo que no sabía era que la dosis no era letal.
Dejó escapar un sollozo de furiosa impotencia que flotó en el rancio aire del salón.
—¡Matadla! —gritó meciéndose sobre sí misma, sumida en un llanto amargo.
—No —musitó Pere. Su tono apagado y abatido me asombraron—. Hoy el inquisidor juzgará y sentenciará a dos brujas.
—Nooo..., no llegaré viva... Ten piedad, busca un remedio —gimió mortificada, con el terror desdibujando sus facciones.
—Llegarás, para desgracia tuya, llegarás —aclaré impertérrita.
* * *
Fue un juicio corto, sin alegatos ni contratiempos.
Las marcas de mi cuerpo me condenaron sobradamente. Que además todos supieran que yo había invocado al mal, para que arrasaran la villa, apresuró mi condena, ávidos por ver mi carne arder.
En cuanto a Blanca, su ignominia fue mayor. Comenzó a convulsionar en el estrado, echando espuma por la boca y vomitando las gachas de su desayuno. Al inquisidor no le cupo duda alguna sobre la posesión de la que era objeto.
No obstante, su dictamen no fue el esperado: le traspasó la decisión a un elemento más sagrado incluso que el fuego.
El inquisidor tuvo a bien, por evitar remordimientos de cualquier tipo, y recriminaciones posteriores, y más dado que una de las acusadas era de noble cuna y los Zúñiga estaban en la corte de Tordesillas, sacudirse toda responsabilidad, condenándonos a la ordalía del agua.
De este modo, seríamos entregadas al mar y él decidiría.
Nos lanzarían maniatadas al mar: si nos hundíamos era señal de que éste nos acogía en su seno sagrado, con lo cual nos declararían inocentes; si flotábamos o de algún modo lográbamos escapar, significaba que el mar nos expulsaba por ser impuras, con lo cual se verificaba nuestra condición diabólica.
En ninguno de aquellos casos saldríamos con vida.
Fuimos empujadas como reas por las callejuelas de la villa entre improperios y escupitajos. Los más exacerbados nos lanzaban fruta podrida, e incluso algún guijarro. Aun así, ninguna bajamos la barbilla.
Los ayudantes del alguacil y varios soldados del castillo nos empujaban y casi nos arrastraban de la soga que unía nuestras manos como si fuéramos animales.
Una de aquellas piedras impactó en mi sien.
Me tambaleé hacia atrás mareada por el golpe y terminé cayendo de rodillas.
En ese momento recibí un violento puntapié en el costado que me derribó.
Tosí violentamente entre gemidos y jadeos de ahogo.
Recibí un brusco tirón de la cuerda que me impelió hacia delante poniéndome en pie abruptamente; me costó mantener el equilibrio mientras recuperaba el resuello.
Blanca también había sido alcanzada por varias piedras, pero era a mí a quien atravesaba con una mirada rebosante de odio.
—Debería haberme comido esa flor en cuanto me la diste —se lamentó—. No querías matarme, perra morisca, sólo deseabas verme sufrir, por eso no usaste la cantidad debida.