CAPÍTULO 48 #2
Me encogí sin dejar de descender atropelladamente.
Un sonido sordo me confirmó dónde había impactado la bala.
El pánico más absoluto me impulsó entre los riscos y a punto estuve de despeñarme cuando guijarros sueltos se deslizaron bajo mis pies, haciéndome perder el equilibrio por momentos.
Maldije entre dientes, con el corazón en un puño y el terror más primitivo circulando abrasivo por mi torrente sanguíneo.
Entre afilados peñascos logré aproximarme al borde, vislumbrando mi objetivo.
Me dirigí hacia el puesto de pesca número 38, marcado con cal sobre la roca, mientras rezaba por llegar a tiempo al borde.
Los trigueños cabellos de un sol adormecido ya flotaban en sinuosos mechones sobre el horizonte, mecidos por un mar calmo. La aurora despuntaba y mis posibilidades mermaban con cada rayo de luz.
Sentí la urgencia de mirar tras de mí, pero cada segundo era vital. Me asomé buscando un punto seguro donde lanzarme. Debía saltar con mucho impulso para sortear los riscos que asomaban afilados del mar y donde la espuma se arremolinaba empujada por engañosas olas amables.
Tomé una profunda bocanada de aire, flexioné las rodillas, cerré los ojos un segundo antes de saltar y me impulsé al vacío con el corazón rebotando alocado en mi cavidad torácica.
Caí al mar como un proyectil submarino.
Una miríada de burbujas engarzadas en un manto turquesa oscuro me envolvió aturdiendo mis sentidos.
Por un agónico instante no fui capaz de mover un músculo.
La serena belleza de aquel apacible mundo acuático me subyugó peligrosamente.
Era como si atravesara un portal líquido hacia una dimensión desconocida.
Una acariciadora paz me acompañó al fondo, hasta que unas extrañas y sinuosas guedejas rojas se entrecruzaron molestas en mi campo de visión.
Parpadeé confusa, resiguiendo ensimismada con la mirada aquellas hebras escarlatas que flotaban como algas alrededor de mi cabeza.
Y justo en aquel instante una explosión de dolor y ahogo me dobló en dos.
Comencé a bracear y patalear, boqueando como un pez. Proferí un grito sordo que sonó como un gorjeo lejano, y mi anterior quietud pereció en un estallido de pánico que me impulsó a la superficie como una exhalación.
Ese vigoroso empuje que insufla la más primigenia supervivencia me llevó a lograr nadar hacia la rocosa costa del acantilado, anulando el miedo.
Pero, aunque la adrenalina me hizo creer por un instante que lo lograría, la debilidad comenzó a imponerse implacable, desdibujando aquella tentadora costa, alejándola, del mismo modo que alejaba la vida de mi exiguo cuerpo, con cada gota de sangre que se diluía en el mar.
Grité furiosa, aterrada y desesperada, golpeando el agua con los puños, rompiendo en llanto ante aquel inesperado final. Y, entre sollozos, el mar comenzó a tragarme.
A tan sólo unos pocos metros, la efervescente espuma se rizaba alborozada entre las impasibles rocas, que contemplaban indolentes mi derrota.
Miré por última vez aquel cielo teñido del desvaído oro de un alba incipiente y, mientras me embebía de aquel último aliento de vida, divisé una silueta asomada al borde del acantilado.
Una silueta que aguardaba paciente el destino que había elegido para mí, un destino que había comenzado a truncar mi vida tan sólo un año antes. Aquel día soleado en que hallé aquel libro de aventuras, un libro que cambió mi vida y decidió mi muerte.
Dicen que leer un libro es vivir otra vida; en mi caso, no pudo ser más cierto...
Sucumbí exhausta a la llamada de las profundidades, carente de la fuerza necesaria para ascender, consciente de que mi ser moraría en aquel reino líquido. Quizá las respuestas que buscaba me aguardarían en el más allá, si lo había.
Mi visión comenzó a cerrarse y a emborronarse, y mi pecho a arder.
Tras unas violentas sacudidas, exiguos vestigios de un cuerpo que se resistía todavía a perecer, quedé inmóvil, descendiendo en una extraña burbuja de paz. Arriba, la luz brillaba cegadora; a mi alrededor, un intenso azul me acompañaba a mi última morada.
A mi mente acudió la ilustración tan detallada de aquel libro. Y aquel hombre, aquel pirata, cobró entonces vida ante mis ojos en aquel universo acuático, tendiéndome la mano.
No obstante, sus ojos eran de un brillante tono verde musgo que refulgía bajo las aguas. Supe que era mi ángel guardián, porque en su pecho relucía una luz brillante y blanca que me envolvió en su halo.
Sonreí serena, estaba a salvo, él me guiaría a donde fuera que tuviera que ir.
El ángel me abrazó y aquella luz pareció penetrar en mi pecho como si un torrente de calor me abriera en canal.
Mis adormecidos sentidos despertaron de pronto, abrí los ojos desmesuradamente y entonces reparé en un sobrecogedor detalle: sus alas no eran de plumas, sino de cuero.
Parpadeé confusa y, tras él, vi a una mujer que me miraba atónita y horrorizada.
Sus largos cabellos rizados y oscuros flotaban en torno a ella como algas ondulantes e hipnóticas; también sangraba en guedejas escarlatas que ondeaban junto a los brunos tentáculos de su melena. .. Estaba atada de pies y manos.
Sentí la urgencia de nadar hacia ella, me debatí y escapé de mi ángel. Debía impedir que ella se perdiera en las profundidades del océano.