CAPÍTULO 48
E N BUSCA DE LA VERDAD
Había despertado con un intenso regusto amargo en la garganta.
En mi mente resonaba una palabra de manera reiterada: bruja . Y flotaba una imagen, una flor rosada.
No recordaba el sueño en sí, pero sí las sensaciones que todavía impregnaban mis sentidos como una pátina pringosa y desagradable.
Miré el reloj, apenas quedaba una hora para que amaneciera.
Me puse en pie y me vestí apresurada. Arranqué la hoja del bloc donde había apuntado los datos y salí de casa envuelta en una gabardina oscura, amparada por la noche y seguida por el eco de mis pasos.
En lugar de bajar por la plaza de la Iglesia hacia la calle Ríos Portilla, decidí girar la esquina hacia la calle Horno para enfilar a continuación la calle Castillo.
Me dije que, en caso de que me siguieran, de ese modo sería más fácil trazar un recorrido laberíntico para escabullirme, pero en realidad me sentí fuertemente atraída hacia un lugar en particular.
En la calle Horno se abría una pequeña plazoleta cerrada que daba a la parte trasera de la capilla de la Virgen de la Paciencia, donde una gran higuera circundada por un banco de piedra pareció llamarme.
Caminé hacia ella conteniendo el aliento y, siguiendo un impulso extraño, me senté en el banco bajo aquella frondosa copa.
Cerré los ojos y oí el reconocible sonido de la lluvia.
Sobre mi mano sentí el rugoso tacto de otra piel, su calidez me reconfortó.
Mis labios se curvaron en una sonrisa agradecida.
Cuando abrí de nuevo los ojos, el amable rostro de una anciana se evaporó gradualmente delante de mí.
.., y una frase que no necesitó sonidos reverberó en mi mente: «Esa perla que llevas al cuello volverá a brillar. Confía en ella y en ti».
Mi mano mariposeó hacia mi escote esperando cerrarse en torno a esa perla que tanto acudía a mí. No encontrarla me provocó vértigo. Ansiaba su tacto, su protección. Y, aunque no sabía los motivos, ni lo que podía significar, sí supe que era importante, incluso vital para mí.
Decidí dejarme guiar por los instintos, apartando la razón, pues no había lógica alguna en lo que me estaba ocurriendo, y racionalizar aquello tan sólo lograba sumirme más en la desesperación. Si quería respuestas, incluso de mis desvaríos, debía buscarlas.
Me puse en pie y acaricié el tronco de la ancestral higuera. Su rugosa solidez, de algún modo, volvió a anclarme a la realidad, por muy inquietante que ésta fuera.
Caminé a buen paso entre las angostas callejuelas empedradas, descendiendo del centro histórico de la villa hacia la costa. Llevaba una mochila con unas cizallas y una linterna. Sólo rezaba para no tropezarme con nadie.
Tras una larga caminata, desemboqué en la calle Almería, que finalizaba en la avenida del Faro.
Frente a mí, la imponente fortaleza de planta cuadrada se irguió robusta y poderosa.
Me encaminé hacia la entrada, donde las puertas valladas impedían el acceso.
Miré cautelosa a ambos lados de la calle y saqué las cizallas de la mochila.
Corté, no sin esfuerzo, las cadenas que las cerraban y, tras echar un último vistazo, me adentré en el terreno que rodeaba la torre del Rey, bastión defensivo del siglo XV para repeler las continuas incursiones de los piratas berberiscos.
Respiré hondo y ascendí la suave loma hasta la recia puerta de acceso.
Miré temerosa hacia atrás. La noche me arropaba, y el silencio de una ciudad dormida pendía pesado pero quebradizo. Procuré ser sigilosa cuando rompí la cerradura, sofocando los golpes con la tela de la mochila.
El quejido de los goznes al abrir aleteó mi pulso.
De repente, me detuve rígida por una desazonadora inquietud: ¿y si ese extraño y a la vez familiar tipo de la Harley estaba siguiendo mis pasos? ¿Y si aquello era una trampa?
Sacudí la cabeza resignada. Si lo era, yo ya estaba en ella.
Me adentré en la sala principal de la planta baja.
La oscuridad, densa y pegajosa, se me antojó un ente latente y viscoso que se abalanzaba sibilino hacia mí.
Encendí la linterna atravesando aquella inquietante negrura, mostrándome a través de la oquedad de luz los añejos muros de piedra.
Detuve el haz en un acceso donde una escalera angosta y abrupta ascendía a la siguiente planta.
Me dirigí hacia allí y subí aquellos irregulares escalones agarrada a la soga que había fijada en el muro.
El aroma a rancio, a humedad y a salitre inundó mis fosas nasales.
En la primera planta, la oscuridad gozaba de menos presencia. Mortecinos rayos lunares se filtraban por las profundas troneras de la torre, azulando apenas los irregulares bloques de mampostería de los muros, carcomidos por el tiempo.
De pronto, un ruido de pasos me paralizó.
Apagué la linterna apresuradamente cuando descubrí alarmada que alguien más había atravesado la puerta de acceso de la planta baja.
Contuve el aliento y supe que estaba atrapada. La única vía de escape era esa entrada. Me asomé al ventanuco de la primera planta. Podría saltar, pero me arriesgaba a lesionarme, y en ese caso mi perseguidor me alcanzaría sin problemas.
Me mordí el labio inferior buscando la manera de encontrar el bloque marcado y salir de allí zafándome de aquel hombre.
Me pregunté cuánto tiempo llevaría siguiendo mis pasos; probablemente desde aquel aciago día.
El rastro de una sombra que había aparecido a raíz del accidente, el maldito día en que toda mi vida se desgarró en dos.
El eco de sus pasos sobre el pavimento de piedra rebotó en los muros, tensando todo mi cuerpo.
Apreté tan fuertemente el mango de la linterna que la piel de mis nudillos se estiró hasta perder todo color. Intentando no hacer mucho ruido y palpando ansiosa los muros, me deslicé a ciegas buscando la escalinata que llevaba a la parte alta de la torre.
Lejos de las troneras la negrura era absoluta, los muros tenían un grosor de casi tres metros y el único charco de plata lunar pintado sobre el pavimento era apenas un débil esbozo en una esquina, a unos metros de mi posición.
Avancé todo lo veloz que pude, empujada por aquellos pasos y por una respiración entrecortada.
Estaba ascendiendo la empinada escalinata hacia la primera planta.
De pronto me detuve asaltada por un fogonazo clarividente.
Si subía a la última planta, que además era descubierta, estaría atrapada, sin escapatoria alguna. Sabía lo que buscaba aquel hombre, como también sabía que no dejaría cabos sueltos.
Mi única oportunidad era retroceder sin pérdida de tiempo y pegarme al muro donde se abría la escalinata, rezar por que no enfocara con el haz de su linterna en mi dirección y escabullirme escaleras abajo cuando él entrara en la sala.
Mi pulso se aceleró cuando vi el ambarino resplandor de una linterna asomar por el hueco, mordiendo la negrura del umbral.
Aceleré de puntillas y me adentré en la oscuridad con los brazos extendidos, en dirección a mi objetivo.
Palpé la rugosa frialdad de la piedra caliza y adherí mi espalda a ella.
Contuve el aliento cuando la luz emergente se hizo más intensa abriendo su ángulo.
El eco se abrió resonando en toda la sala, sobresaltándome.
Me ceñí más a la pared intentando mimetizarme con ella, procurando acallar lo más posible mi respiración.
Sentí la presencia antes de verla y me encogí por un segundo apretando la mandíbula.
Con el rabillo del ojo vislumbré una silueta que avanzó con cautela.
Al cabo, se detuvo y comenzó al lamer cada rincón con la luz de su linterna.
Afortunadamente comenzó por la esquina opuesta.
No perdí la ocasión e, impelida por el pavor y un conveniente chute de adrenalina de mi eficaz glándula suprarrenal, me abalancé por el hueco escaleras abajo, agarrada a la barandilla de cuerda para evitar partirme la crisma.
El espacio era muy angosto, por lo que sólo una persona podía transitar por él.
Oír cómo sus pasos se precipitaban tras de mí aligeró mis piernas y desbocó mi corazón.
Aquellos malditos peldaños eran tan altos que temí acabar rodando por ellos.
Salté el último con un gruñido desesperado y crucé la puerta principal de la torre como una exhalación.
Un extraño zumbido pasó junto a mi oreja, me encogí instintivamente y salí al freso aire nocturno, bajando a la carrera el camino empedrado, enfilando hacia la verja de entrada.
Oí una imprecación entre dientes tras de mí y otro zumbido pasó rozando mi cabeza. ¡Me estaba disparando, joder! Ese sonido era un arma con silenciador. Asaltada por un pánico atroz, salí del sendero y comencé a zigzaguear entre las encinas circundantes.
Solté un grito aterrado cuando, de nuevo, un ya reconocido y pavoroso silbido surcó el aire a mi derecha e impactó contra un tronco que estaba a punto de sortear.
Un pedazo de corteza saltó como un resorte frente a mis ojos fragmentado en afiladas espinas, me encogí y desvié mi rumbo.
Descendí por la calle Almería en dirección al faro justo cuando una fina línea resplandeciente comenzaba a asomar tímida por el horizonte.
Y aunque, paradójicamente, ese atisbo de alba encendió un hálito de esperanza en mi interior, mi parte racional comprendió que actuaba en mi contra, mostrando con más claridad mi presencia al hombre que intentaba matarme.
El aire quemaba en mis pulmones, tenía la garganta seca y el pulso desbocado.
Mi única oportunidad era llegar al mar. Sería un blanco fácil si seguía la carretera y no alcanzaría el faro a tiempo, así que aceleré las zancadas y fijé la vista en el abrupto y estrecho sendero junto al murete del faro, que descendía directamente hasta el acantilado.
Miré angustiada tras de mí y me sobresalté dejando escapar un aterrador resuello al descubrir horrorizada una silueta que me apuntaba con una pistola.